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Los Caballeros de Neraka

Электронная книга - «Los Caballeros de Neraka». Краткое содержание книги:

Аннотация

Han transcurrido casi cuarenta años desde la devastadora Guerra de Caos, cuando los dioses abandonaron Krynn. Dragones crueles y poderosos se han repartido el dominio del continente de Ansalon y exigen tributo a los pueblos que han esclavizado.
Sin embargo, para bien o para mal, un cambio se avecina en el mundo. Una violenta tormenta mágica azota Ansalon y ocasiona inundaciones, incendios, muerte y destrucción. En medio del caos desatado surge una joven misteriosa cuyo destino está estrechamente vinculado al de Krynn, ya que sólo ella conoce la verdad sobre el futuro. Un futuro que está relacionado de manera inextricable con un misterio aterrador del pasado de Krynn.
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Medan agradeció el cumplido con una inclinación de cabeza, pero no pensaba entrar en una conversación que desacreditaba al hombre que lo ayudaba a mantener Qualinesti bajo control, así que cambió de tema.

—Habéis abandonado la fiesta a una hora temprana, señora. Confío en que no se deba a que os encontráis mal —manifestó cortésmente.

—No podía soportar el calor y el ruido —contestó Laurana—. Salí al jardín en busca de un poco de tranquilidad.

—¿Habéis cenado? ¿Queréis que mande a los sirvientes que traigan comida o vino?

—No, gracias, gobernador. Últimamente no tengo mucho apetito. Me serviréis mejor haciéndome compañía un rato, si vuestras obligaciones no os reclaman.

—Con una compañía tan encantadora, dudo que ni siquiera la propia muerte pudiera hacer que me ausentara.

Laurana miró al hombre con los párpados entrecerrados y esbozó una leve sonrisa.

—Por lo general, los humanos no son dados a pronunciar frases tan bonitas. Lleváis mucho tiempo viviendo entre elfos, gobernador. De hecho, creo que ahora sois más elfo que humano. Vestís nuestras ropas, habláis perfectamente nuestro idioma, disfrutáis con nuestra música y nuestra poesía. Habéis promulgado leyes que protegen nuestros bosques; unas leyes más estrictas de las que nosotros habríamos podido aprobar. Tal vez estaba equivocada —añadió en tono trivial—. Quizá sois vos el conquistado y nosotros los conquistadores.

—Me estáis tomando el pelo, señora, y probablemente os reiréis cuando os diga que no os equivocáis mucho. Antes de venir a Qualinesti no reparaba en la naturaleza. Un árbol era algo que utilizaba para construir la empalizada de un fortín o un mango para mi hacha de guerra. La única música que me gustaba era el redoble marcial de un tambor llamando a la batalla. La única lectura con la que disfrutaba eran los despachos del cuartel general. No tengo reparos en admitir que, cuando pisé esta tierra, si veía a un elfo hablar respetuosamente a un árbol o a una flor con ternura, me daba risa. Y entonces, una primavera, cuando llevaba unos siete años viviendo aquí, me sorprendí a mí mismo esperando con ansiedad el regreso de las flores a mi jardín, preguntándome cuáles florecerían primero o si daría rosas el rosal que el jardinero había plantado el año anterior. Más o menos por la misma época, descubrí que mi mente evocaba las melodías interpretadas por el arpista. Empecé a estudiar la poesía, a buscar el sentido de las palabras.

»La verdad, mi señora Lauralanthalasa, es que amo vuestra tierra. Y es por ello —añadió, ensombrecida su expresión—, por lo que hago todo cuanto está en mi mano para mantenerla a salvo de la ira del dragón, y por lo que he de castigar duramente a aquellos de los vuestros que se rebelan contra mi autoridad. Beryl sólo espera tener una excusa para destruiros a vosotros y a vuestro reino. Al persistir en su resistencia, al cometer actos de terrorismo y sabotaje contra mis fuerzas, esos desatinados rebeldes están provocando que la destrucción se abata sobre todos vosotros.

Medan ignoraba qué edad tenía Laurana; cientos de años, quizás. Aun así, era tan bella y parecía tan joven como en los tiempos en que era el Áureo General y dirigía los ejércitos de la Luz contra las fuerzas de la Reina Oscura, durante la Guerra de la Lanza. El gobernador conocía viejos soldados que todavía se hacían lenguas de su valor en la batalla, de su empuje, que levantó el ánimo de unas tropas desmoralizadas por las derrotas sufridas y las había conducido a la victoria. Habría querido conocerla entonces, aunque se habrían encontrado en bandos opuestos. Ojalá la hubiese visto cabalgando hacia la batalla a lomos de su dragón, con el dorado cabello ondeando al viento cual estandarte luminoso al que sus tropas seguían.

—Decís que confiáis en mi honor, señora —continuó y, llevado por su fervor, le tomó la mano—. Entonces debéis creerme cuando os digo que trabajo día y noche para intentar salvar Qualinesti. Esos rebeldes no me facilitan la labor. El dragón se ha enterado de sus ataques, de sus desafíos, y su cólera está a punto de estallar. Se pregunta en voz alta por qué pierde tiempo y dinero en gobernar a unos súbditos tan conflictivos. Hago cuanto está a mi alcance para aplacarla, pero está perdiendo la paciencia.

—¿Por qué me contáis todo esto, gobernador Medan? —preguntó Laurana—. ¿Qué tiene que ver conmigo?

—Señora, si ejercéis alguna influencia sobre esos rebeldes, haced que interrumpan sus hostilidades, por favor. Decidles que aunque sus actos de terrorismo pueden causarnos ciertos daños a mis hombres y a mí, a quien perjudican a la larga es a su propio pueblo.

—¿Y qué os hace pensar que yo, la reina madre, tengo algo que ver con los rebeldes? —inquirió Laurana. Sus mejillas se sonrojaron; sus ojos refulgieron.

Medan la miró con silenciosa admiración durante un instante antes de contestar.

—Digamos que me resulta difícil creer que alguien que combatió contra la Reina Oscura y sus seguidores tan tenazmente hace setenta años, durante la Guerra de la Lanza, haya dejado de luchar.

—Os equivocáis, gobernador —protestó Laurana—. Soy mayor, demasiado, para esas cosas. No, señor caballero —se anticipó—. Sé lo que vais a decir: que parezco tan joven como una doncella que asiste a su primer baile. Guardad vuestros bonitos cumplidos para quienes desean oírlos. No es ése mi caso. Ya no tengo ánimos ni empuje para luchar. Se quedaron, junto con mi corazón, en la tumba donde mi querido esposo, Tanis, está enterrado. Mi familia es lo único que me importa ahora. Quiero ver a mi hijo felizmente casado. Quiero sostener en mis brazos a mis nietos. Quiero que nuestro país viva en paz y estoy dispuesta a pagar el tributo al dragón para que siga así.

Medan la miró con escepticismo. Percibía un tono de sinceridad en su voz, pero no estaba diciendo toda la verdad. Laurana había sido una hábil diplomática en los días posteriores a la guerra. Estaba acostumbrada a decir a la gente lo que ésta quería oír y, al mismo tiempo, convencerla sutilmente para que creyera lo que ella deseaba que creyera. Con todo, habría sido muy descortés por su parte manifestar abiertamente sus dudas sobre lo que decía. Y, si hablaba en serio, entonces la compadecía. El hijo al que adoraba era un encogido sin carácter que tardaba horas en decidir si pedía fresas o arándanos para la comida. No parecía probable que Gilthas diese alguna vez el importante paso de decidir casarse. A menos, claro, que otra persona escogiese la novia por él.

Laurana giró la cabeza, pero no antes de que Medan viera el brillo de las lágrimas en sus ojos almendrados. En consecuencia, retomó la conversación sobre las orquídeas. Intentaba cultivar en su jardín una nueva variedad, con escaso éxito. Se extendió sobre ese tema para dar a Laurana la oportunidad de recobrar la compostura. Tras un rápido toque de los dedos en sus ojos, la elfa recuperó el control de sí misma. Le recomendó a su propio jardinero, un maestro con las orquídeas.

Medan aceptó su oferta, sumamente complacido. Los dos permanecieron una hora más en el invernáculo, hablando de raíces fuertes y flores delicadas del color y la textura de la cera.

—¿Dónde está mi honorable madre, Palthainon? —preguntó Gilthas, Orador de los Soles—. No la he visto en la última media hora.

El rey iba disfrazado como un soldado elfo de las frondas, las ropas en tonos pardos y verdes, unos colores que lo favorecían. Gilthas ofrecía un aspecto magnífico, aunque pocos soldados de los bosques realizarían su cometido vestidos con polainas y túnicas de la mejor seda y chaleco de cuero repujado en oro, con botas a juego. Sostenía una copa de vino en la mano, pero sólo se mojaba los labios por cortesía. Todo el mundo sabía que el vino le producía dolor de cabeza.

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