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Los Caballeros de Neraka

Электронная книга - «Los Caballeros de Neraka». Краткое содержание книги:

Аннотация

Han transcurrido casi cuarenta años desde la devastadora Guerra de Caos, cuando los dioses abandonaron Krynn. Dragones crueles y poderosos se han repartido el dominio del continente de Ansalon y exigen tributo a los pueblos que han esclavizado.
Sin embargo, para bien o para mal, un cambio se avecina en el mundo. Una violenta tormenta mágica azota Ansalon y ocasiona inundaciones, incendios, muerte y destrucción. En medio del caos desatado surge una joven misteriosa cuyo destino está estrechamente vinculado al de Krynn, ya que sólo ella conoce la verdad sobre el futuro. Un futuro que está relacionado de manera inextricable con un misterio aterrador del pasado de Krynn.
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—La salud de su majestad es frágil —replicó, muy estirado, el prefecto—. Y es mi deber quitarle la carga de las preocupaciones y responsabilidades inherentes al gobierno de la nación élfica. Pobre joven. No puede evitar ser irresoluto, vacilar a la hora de tomar decisiones. Su ascendencia humana, ya sabéis, gobernador. Notoriamente débil —agregó, al parecer olvidando que su interlocutor era un humano—. Y ahora, si me disculpáis, iré a presentar mis respetos a su majestad.

El gobernador militar no dijo palabra e hizo una inclinación de cabeza mientras pensaba que la máscara de Palthainon era muy apropiada: una estilizada ave de presa. Lo siguió con la mirada mientras se dirigía hacia el joven monarca para picotearlo. Políticamente, el prefecto Palthainon le resultaba útil en extremo. Personalmente, Medan lo encontraba detestable.

El gobernador militar Alexius Medan era un hombre mayor. Había ingresado en la Orden de los Caballeros de Takhisis bajo el liderazgo de su fundador, lord Ariakan, antes de la Guerra de Caos, el conflicto que había puesto fin a la Cuarta Era de Krynn y dado inicio a la Quinta. Medan fue el general responsable de llevar a cabo la invasión de Qualinesti y el que aceptó la rendición de la nación élfica; había permanecido al mando desde entonces. Era estricto y gobernaba con mano dura cuando era necesario, si bien no actuaba con crueldad gratuita. Ciertamente, los elfos tenían muy pocas libertades personales, pero Medan no veía perjuicio alguno en esa carencia. A su entender, la libertad era una idea peligrosa que conducía al caos, a la anarquía, al desbarato de la sociedad.

Disciplina, orden y honor: ésos eran los dioses de Medan, ahora que Takhisis, con una absoluta falta de disciplina y honor, se había vuelto una traidora y había huido dejando a sus leales caballeros en una posición ridícula, como unos verdaderos necios. Medan imponía orden y disciplina en los qualinestis. Imponía orden y disciplina en sus caballeros. Por encima de todo, se imponía dichas pautas a sí mismo.

Medan observó con repugnancia cómo Palthainon se inclinaba ante el rey. Plenamente consciente de que la humildad del prefecto era puro teatro, el gobernador se dio la vuelta. Casi sentía lástima por el joven Gilthas.

Los bailarines danzaban cerca del gobernador militar disfrazados de cisnes, osos y otras variedades de ave o animal del bosque. Había muchos bufones y payasos vestidos con alegres colores variopintos. Medan asistía al baile de máscaras porque el protocolo lo exigía, pero se negaba a llevar disfraz ni máscara. Años antes, el gobernador militar había adoptado el estilo de vestimentas elfas, decantándose por túnicas largas, sueltas, elegantemente drapeadas sobre el cuerpo, por resultar más cómodas y prácticas en el clima cálido y templado de Qualinesti. Puesto que era la única persona con ropas elfas que asistía al baile de disfraces, el humano tenía la rara distinción de parecer más elfo que cualquiera de los presentes.

El gobernador militar abandonó el caluroso y ruidoso salón de baile y escapó, con alivio, al jardín. No llevaba guardia personal; a Medan le desagradaba ir seguido por caballeros con ruidosas armaduras, y no temía por su seguridad. Sin duda, los qualinestis no le tenían aprecio, pero Medan había sobrevivido a una veintena de intentos de asesinato. Sabía cuidar de sí mismo, probablemente mejor que cualquiera de sus caballeros. No le caían bien los hombres que eran aceptados en la caballería en la actualidad, y los consideraba un montón de ladrones, asesinos y matones indisciplinados y hoscos. A decir verdad, Medan se fiaba mucho más si eran elfos los que tenía a la espalda que si eran sus propios hombres.

La suave brisa nocturna estaba impregnada con el perfume de rosas, gardenias y azahares. Los ruiseñores cantaban en los árboles y sus trinos se mezclaban con la música de arpas y flautas. Medan reconoció la canción. A su espalda, en el salón de baile, encantadoras doncellas elfas interpretaban una danza tradicional. El gobernador militar hizo un alto y se giró un poco, tentado por la hermosa música de regresar. Las doncellas bailaban el Quanisho, La Rueda del Despertar, una danza de la que se decía que volvía locos de pasión a los elfos. Se preguntó si surtiría algún efecto en el rey. Quizá lo indujese a escribir un poema.

—Gobernador Medan —dijo una voz a su lado.

El caballero se volvió.

—Honorable madre de nuestro Orador —dijo al tiempo que inclinaba la cabeza.

Laurana extendió la mano, una mano blanca, tersa y fragante como la flor de la camelia. Medan la tomó en la suya y se la llevó a los labios.

—Oh, vamos, ahora nos encontramos solos —respondió ella—. Tales títulos protocolarios están de más entre quienes somos... ¿Cómo podría describirnos? ¿«Viejos enemigos»?

—Respetados adversarios —sugirió Medan, sonriente. Le soltó la mano, un poco a regañadientes.

El gobernador militar no estaba casado, salvo con su deber. No creía en el amor, al que consideraba como un defecto en la armadura de un hombre, que lo hacía vulnerable, expuesto a un ataque. Medan admiraba y respetaba a Laurana; le parecía hermosa, en el mismo sentido que le parecía hermoso su jardín. Le resultaba útil, porque lo ayudaba a desenvolverse en la tupida tela de araña que era la versión elfa del gobierno de una nación. La utilizaba y era plenamente consciente de que, a su vez, ella lo utilizaba a él. Un arreglo satisfactorio y lógico.

—Creedme, señora —comentó en voz queda—, prefiero vuestra animosidad a la amistad de otras personas.

Dirigió una mirada significativa al palacio, donde Palthainon se hallaba de pie junto al joven monarca, susurrando algo a su oído. Laurana siguió su mirada.

—Os comprendo, gobernador —contestó—. Sois el representante de una organización que, a mi modo de ver, se ha entregado por completo al Mal. Sois el conquistador de mi pueblo, el que nos tiene sojuzgados. Estáis aliado con nuestro peor enemigo, un dragón que se ha marcado como meta nuestra total destrucción. Sin embargo, confío en vos mucho más que en ese hombre. —Giró bruscamente sobre sus talones—. No me gusta la vista que hay desde aquí, señor. ¿Os importaría que diésemos un paseo hasta el invernáculo?

Medan estaba más que dispuesto a pasar una preciosa noche de luna en la tierra más encantadora de Ansalon en compañía de la mujer más cautivadora que conocía. Caminaron uno al lado del otro, en cordial silencio, por el paseo de mármol triturado que refulgía como queriendo imitar a las estrellas. El perfume de las orquídeas era embriagador.

El Invernáculo Real era un edificio de cristal, repleto de plantas que por su fragilidad y delicadeza no podían sobrevivir siquiera en el clima relativamente templado de los inviernos de Qualinesti. Se encontraba a cierta distancia del palacio, y Laurana no habló durante el largo paseo. Medan no se consideraba quien para romper el tranquilo silencio, de modo que tampoco dijo nada. Y así, los dos se acercaron al edificio de cristal, en cuyas múltiples facetas se reflejaba la luna, de manera que parecía que hubiese cientos de satélites en el cielo, en lugar de sólo uno.

Entraron por una puerta, también de cristal. La atmósfera estaba cargada de humedad por el vapor condensado en el proceso respiratorio de las plantas, que se agitaron y mecieron como si les diesen la bienvenida.

El sonido de la música y las risas se quedó fuera. Laurana suspiró hondo, inhaló profundamente el aroma que perfumaba el cálido y húmedo aire. Puso la mano sobre una orquídea y la volvió hacia la luz de la luna.

—Exquisita —dijo Medan, admirando la planta—. Mis orquídeas crecen con fuerza, en especial las que vos me disteis, pero no consigo flores tan magníficas.

—Es cuestión de tiempo y paciencia —repuso Laurana—. Como en todas las cosas. Y, continuando nuestra conversación anterior, gobernador, os diré por qué os respeto más que a Palthainon. Aunque en ocasiones no me resulta fácil escuchar lo que decís, sé que cuando habláis os sale del corazón. Jamás me habéis mentido, ni siquiera cuando una mentira habría sido más conveniente para vuestro propósito que la verdad. Las palabras de Palthainon resbalan de su boca y caen al suelo, para después deslizarse hacia la oscuridad.

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