Los Caballeros de Neraka
- Автор: Уэйс Маргарет, Хикмэн Трэйси
- Серия: La Guerra de los Espiritus #1
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «Los Caballeros de Neraka». Краткое содержание книги:
Аннотация
Han transcurrido casi cuarenta años desde la devastadora Guerra de Caos, cuando los dioses abandonaron Krynn. Dragones crueles y poderosos se han repartido el dominio del continente de Ansalon y exigen tributo a los pueblos que han esclavizado.Sin embargo, para bien o para mal, un cambio se avecina en el mundo. Una violenta tormenta mágica azota Ansalon y ocasiona inundaciones, incendios, muerte y destrucción. En medio del caos desatado surge una joven misteriosa cuyo destino está estrechamente vinculado al de Krynn, ya que sólo ella conoce la verdad sobre el futuro. Un futuro que está relacionado de manera inextricable con un misterio aterrador del pasado de Krynn.
—¡Sufrir, sí! Fui prisionero de los Caballeros de la Espina durante tres meses. ¡Tres meses! Y no hubo un solo día en que no me atormentaran de un modo u otro. ¿Sabes por qué? ¿Imaginas lo que perseguían? ¡Querían saber la razón de que el poder mágico estuviera disminuyendo! ¡Creían que yo tenía algo que ver en ello! —Palin soltó una amarga risa—. ¿Y sabes por qué me dejaron marchar? ¡Porque se dieron cuenta de que no representaba amenaza alguna! Que no era más que un viejo destrozado que no podía causarles ningún perjuicio ni ser un obstáculo para ellos.
—Podrían haberos matado, señor —apuntó el caballero.
—Habría sido mejor para mí que lo hicieran —replicó Palin.
Los dos guardaron silencio; Gerard bajó la vista al suelo. Incluso el kender se había callado, abatido.
Palin dejó escapar un ligero suspiro. Alargó su mano destrozada y la posó en el brazo de Gerard.
—Discúlpame, caballero —dijo, casi en un susurro—. No tengas en cuenta lo que he dicho. Últimamente me doy por ofendido enseguida. Y todavía no te he dado las gracias por traerme la noticia del fallecimiento de mi padre. Gracias. Lamento su muerte, pero no lloro su pérdida. Como he dicho, se ha ido a un lugar mejor.
»Pero —añadió, dirigiendo una mirada perspicaz al joven caballero—, empiezo a pensar que no es sólo esa triste nueva la que te ha traído tan lejos. Llevar ese disfraz te pone en gran peligro, Gerard. Si los caballeros negros descubriesen la verdad, sufrirías un tormento mayor aún que el que yo padecí, y después te ejecutarían. —Los finos labios de Palin esbozaron una amarga sonrisa—. ¿Qué otras nuevas me traes? Malas, deduzco. Nadie arriesgaría la vida para darme una buena noticia. ¿Y cómo sabías que me encontrarías?
—Yo no os encontré, señor. Vos me encontrasteis a mí —contestó el caballero.
Palin pareció desconcertado en un primer momento, pero después asintió con la cabeza.
—Ah, ya entiendo. Por eso mencionaste el artefacto que antaño perteneció a mi tío Raistlin. Sabías que despertaría mi interés.
—Confiaba en eso, señor —admitió Gerard—. Imaginé que o bien el elfo destacado en el puente formaría parte de la resistencia o bien que el propio puente estaría bajo vigilancia. Esperaba que la mención del artefacto, asociado al nombre de Majere, llegaría hasta vos.
—Corriste un gran riesgo al facilitar que te capturaran los elfos. Como habrás observado, los hay que no tendrían ningún reparo en matar a alguien como tú.
Gerard miró a los dos elfos, Kalindas y Kellevandros, si había entendido bien sus nombres. No le habían quitado los ojos de encima un solo momento ni habían retirado las manos de las empuñaduras de sus espadas.
—Soy consciente de ello, señor —dijo—. Pero parecía que ése era el único modo de llegar hasta vos.
—¿He de entender, pues, que no existe tal artefacto? —inquirió Palin con un dejo de desilusión—. ¿Que todo era una artimaña?
—En absoluto, señor. El artefacto existe. Es en parte el motivo de que haya venido.
En ese momento los chillidos ahogados del kender se reanudaron, más agudos e insistentes. También empezó a patalear contra el suelo y a retorcerse violentamente dentro del saco.
—Por los dioses benditos, haced que se calle —ordenó, irritado, Palin—. Sus gritos atraerán a todos los caballeros negros de Qualinesti. Llevadlo dentro.
—Deberíamos dejarlo en el saco, señor —sugirió Kalindas—. No interesa que conozca el camino para llegar aquí.
—De acuerdo —aceptó Palin.
Uno de los elfos recogió al kender metido en el saco. El otro observó ceñudo a Gerard e hizo una pregunta.
—No —contestó Palin—. No es necesario vendarle los ojos. Pertenece a la vieja escuela de caballeros, los que aún creen en el honor.
El elfo que cargaba al kender se dirigió directamente hacia la pared trasera de la cueva y, ante el inmenso asombro de Gerard, continuó caminando a través de la sólida roca. Palin lo siguió y, poniendo la mano sobre el brazo del caballero, lo empujó hacia adelante. La ilusión de la piedra resultaba tan convincente que Gerard no pudo evitar encogerse al acercarse a lo que parecía un muro de rocas irregulares.
—Al parecer todavía hay alguna magia que funciona —comentó, impresionado.
—Alguna —dijo Palin—. Pero es imprevisible. El conjuro puede fallar en cualquier momento y hay que estar renovándolo constantemente.
Gerard salió del muro para encontrarse en un jardín de increíble belleza, protegido por la sombra de los árboles, cuyas ramas y denso follaje formaban una tupida cortina por encima y alrededor de ellos. Kalindas dejó al kender sobre las losas del paseo. Había sillas hechas con flexibles ramas de sauce y una mesa de cristal junto a un resplandeciente estanque de aguas claras.
Palin dijo algo a Kellevandros. Gerard captó el nombre «Laurana», y el elfo se alejó por el paseo del jardín corriendo con pasos ligeros.
—Tenéis unos guardianes leales, señor —comentó el caballero, que seguía con la mirada al elfo.
—Son del personal de la reina madre —explicó el mago—. Llevan años al servicio de Laurana, desde la muerte de su esposo. Refréscate.
Hizo un gesto con las tullidas manos y apareció una pequeña cascada que caía desde una pared ilusoria al estanque.
—He mandado informar a la reina madre de tu llegada. Ahora eres huésped de su casa. O, más bien, de uno de los jardines de su casa. Aquí estás a salvo, tanto como puede estarlo cualquiera en estos días aciagos que nos ha tocado vivir.
Con profundo alivio, Gerard se despojó del pesado peto y se frotó las costillas doloridas, tras lo cual se lavó la cara y bebió en las frescas aguas.
—Saca al kender ahora —ordenó Palin.
Kalindas desató el saco y de él salió el kender, congestionado e indignado, con el largo copete cubriéndole la cara. Inhaló hondo y se enjugó la frente.
—¡Menos mal! Empezaba a marearme con el olor del saco. —Sacudió la cabeza para echar hacia atrás el copete y miró alrededor con interés—. ¡Vaya! —exclamó—. Qué jardín tan bonito. ¿Hay peces en el estanque? ¿Podría coger uno? Hacía mucho calor dentro de ese saco, y prefiero ir a caballo sentado en la silla que tumbado sobre ella. Siento cierta molestia aquí, en el costado, donde se me iba clavando algo. Me presentaría —añadió, contrito, al parecer dándose cuenta de que no estaba cumpliendo con las mínimas normas de urbanidad—, pero sufro de... —Reparó en la mirada de Gerard y finalizó la frase poniendo énfasis en ciertas palabras—. Sufro los efectos de un fuerte golpe en la cabeza, y no estoy muy seguro de quién soy. Me resultas tremendamente familiar. ¿Nos conocemos?
Palin Majere no había dicho palabra durante toda la parrafada. Se había puesto muy pálido y tenía abierta la boca aunque no emitía sonido alguno.
—Señor. —Gerard alargó la mano hacia él para agarrarlo—. Señor, deberíais sentaros. Tenéis mala cara.
—No necesito que me sostengas —espetó el mago al tiempo que apartaba la mano del caballero con brusquedad. Miró de hito en hito al kender—. Déjate de tonterías. ¿Quién eres?
—¿A ti quién te parece que soy? —preguntó a su vez el kender.
Palin estuvo a punto de replicar de mala manera, pero se tragó las palabras y, tras respirar hondo, contestó con voz tensa:
—Te pareces a un kender que conocía, llamado Tasslehoff Burrfoot.
—Y tú guardas cierto parecido con un amigo mío llamado Palin Majere. —El kender lo observaba con interés.
—Soy Palin Majere. ¿Quién...?
—¿De verdad? —le interrumpió Tas con los ojos abiertos de par en par—. ¿Eres Palin? ¿Qué te ha pasado? ¡Tienes un aspecto horrible! ¿Has estado enfermo? ¡Y tus pobres manos! Déjame verlas. ¿Dijiste que los caballeros negros te hicieron eso? ¿Cómo? ¿Te machacaron los huesos de los dedos con un martillo? Porque eso es lo que parece...