Los Caminantes
- Автор: Сиси Карлос
- Год: 2009
- Язык: испанский
- Жанр: Ужасы
Электронная книга - «Los Caminantes». Краткое содержание книги:
Los Caminantes nos sumerge en un entorno de indecible presión psicológica, explorando la oscuridad del alma humana a medida que se enfrenta a sus peores pesadillas.
– A lo mejor tengo un hermano -le soltó a Moses un día, en el patio de la cárcel-. Por ahí, en alguna parte.
Moses reflexionó sus palabras unos instantes.
– Un hermano es un hermano -contestó al fin-. No te lo pienses y búscalo cuando salgas de aquí. Busca a tu hermano.
El Cojo asintió sin levantar la vista.
– Creo que eso haré.
Permanecieron los dos en silencio un buen rato. El Cojo se entregaba a la dulce ensoñación de pensar por dónde empezaría su búsqueda: las viejas vecinas de su madre, el viejo barrio, los viejos amigos largamente olvidados en los recodos de la vida. Trazaba el primer borrador de un plan y eso le provocaba una cálida sensación interior, y sonreía, sin saberlo, con pequeños ojos ausentes. Moses, en cambio, pensaba en lo mucho que le hubiera gustado tener una familia. Aunque sólo fuera un hermano. Un primo. Alguien.
Algunas semanas más tarde, libre ya de la condena y sentado en un escalón de la calle San Juan a eso de las tres y media de la madrugada, Moses encontró a Jesús en el fondo de una botella de vino barato. Fue en verdad raro porque después de aquella noche Moses no sintió jamás la necesidad de tomar más drogas. Se quitó de encima el mono; se levantó limpio, sintiéndose despejado y bien. Se dijo a sí mismo que por fin había hecho las paces con el Jefe.
Cuando el Cojo salió a su vez de la cárcel, Moses lo esperaba. El ex-presidiario detectó el cambio enseguida: algo en su aspecto prolijo y su sonrisa le traían promesas de futuro. Moses ayudó al Cojo a reengancharse en el tren sociaclass="underline" un alquiler, un trabajo, responsabilidades. Le consiguió empleo como vendedor en una conocida tienda de telas, y lo mantuvo alejado de la calle. Era allí donde, arropada por la oscuridad de la noche y evolucionando como fantasmas insípidos e insustanciales, se movía la calaña.
A medida que el Cojo se aclimataba a su nueva existencia, Moses empezó a pensar en la búsqueda del hermano perdido. Rogaba a Dios que existiera, que pudiera encontrarlo, y que fuera un buen modelo para su compañero, alguien que se asegurara de que el Cojo no volvía a planear una bajada por los rápidos de las cloacas de la vida. Tardó muchos meses, pero por fin averiguó que la señora Vaello había dado a luz dos hijos: Alejandro y Josué Vaello, más conocido como "el Cojo".
Por lo que pudo averiguar, mamá Vaello tuvo a Alejandro cuando ella aún no era mayor de edad. Resultó ser un bebé rollizo y saludable con unos hermosos y redondos ojos azules. Ella era toxicómana y una ruina humana por añadidura, así que sus padres confiaron el pequeño a unos familiares argentinos que quedaron rápidamente prendados. La pareja, que no había podido tener hijos, se lo llevó y cortó lazos. Ella, sin embargo, no lo echó de menos, hasta que muchos años después quedó embarazada de nuevo. El padre no era mal tipo, al menos al principio, pero la llegada del bebé obró un importante cambio en éclass="underline" se volvió intransigente, malhumorado y egoísta. Cuando él se acercaba al pequeño -lo que por otro lado no ocurría a menudo- a ella le saltaban todas las alarmas. Algo en la manera como él le miraba estaba francamente mal. Lo sentía en la piel, lo sentía en los poros, y una mañana fría de enero, ella se largó.
Cuando miraba a Josué, vestido con esos preciosos trajecitos de hilo blanco que la Iglesia le conseguía, su corazón volvía con persistencia a su hermano, pero Argentina era tan inalcanzable para ella como el satélite marciano Deimos, así que se contentó con cuidar de su hijo todo lo bien que sabía y podía. Su legado genético no era tan bueno como lo había sido el de su hermano, y Josué salió con una deficiencia en el menisco. Su fémur derecho era también más corto que el izquierdo y, como consecuencia de todo eso, Josué había cojeado siempre.
Una vez que hubo averiguado todo eso, habló con el Cojo.
– Tenías tú razón… tienes un hermano -le soltó una noche durante la cena.
El Cojo levantó rápidamente la cabeza y estudió el rostro de su amigo. Sujetaba la cuchara con la que daba buena cuenta de un plato de sopa de ajo.
– ¿Has estado… investigando? Moses asintió.
– ¿Lo has visto?
– No. Se lo llevaron a Argentina, antes de que tú nacieras.
– ¿Cómo se llama?
– Se llama… Alejandro. Aunque quizá sus nuevos padres le cambiaron el nombre. Tu madre nunca le puso el apellido de su padre biológico. Ella era menor de edad por entonces, y tenía problemas con las drogas, problemas económicos… no creo que supiera tampoco quién era el padre, así que como tú, se apellidaba Vaello.
El Cojo removió, pensativo, los tropezones de pan de su plato de sopa.
– Argentina…
– Estuve buscando por Internet, pero no encontré nada. Vaello es un apellido común. No… no he podido encontrar nada más -musitó. Se había esforzado mucho, había indagado, preguntado a muchísima gente, telefoneado, rebuscado en los registros oficiales de la provincia, pero ahora sentía que tenía, en realidad, muy poco que ofrecer a su amigo en conclusión. Experimentaba una sensación de frustración tan física que notaba cómo le hormigueaban las manos. Por fin, sintiendo que debía añadir algo más, terminó con unas palabras de disculpa.
– Es curioso… -dijo el Cojo después de un rato, ahora sin levantar la vista, mientras sorbía lentamente su sopa.
– ¿El qué?
– Tú buscabas a mi hermano, pero en todo este tiempo, yo lo he encontrado.
– ¿Qué? -preguntó Moses, sin comprender realmente.
– Me ayudaste en la cárcel y me ayudaste fuera de la cárcel. Me ayudaste a conseguir un empleo. Me diste una nueva vida. Te pasaste meses sin querer apartarte de mí las noches de los fines de semana, para que no sintiera la tentación de volver a la calle de nuevo, ¿crees que no me daba cuenta? Y ahora descubro que te has tirado no sé cuánto tiempo intentando encontrar un hermano para mí…
Moses, callado, escuchaba envuelto en una miríada de sensaciones.
– ¿Sabes lo que te digo…? Que quién le necesita. Tú eres mi hermano ahora, tío. Mi familia.
Hubo un pequeño silencio mientras Moses asimilaba todo lo que su amigo le había dicho. El Cojo, por su parte, se concentraba en dar buena cuenta de la sopa, con la cabeza prácticamente metida en el plato.
– Bueno, bueno… -dijo Moses al fin-, no nos chupemos las pollas.
Rieron de buena gana durante un buen rato, y después rieron otra vez. Sentados en la pequeña cocina, vagamente iluminada por un destartalado y amarillento neón en el techo, ambos experimentaron una alegría interior que era del todo desconocida para ambos: era el calor invisible y embriagador de la familia.
El día en el que el Infierno cerró sus puertas y dejó de aceptar más huéspedes, Moses andaba trapicheando en el rastro. Conseguía y vendía cosas, la mayor parte de las veces cosas que la gente ya no quería: cachivaches y pequeños electrodomésticos cogidos de la basura que luego arreglaba, pero también revistas, objetos de decoración, muebles y, a decir verdad, cualquier cosa susceptible de ser encontrada y que pudiese despertar el interés adquisitivo de alguien. Tenía un apaño bastante bueno con el chaval de la camioneta de los Servicios Operativos del Ayuntamiento de Mijas, y cuando había cosas interesantes para recoger, le llamaba. Era inaudito lo que la gente tiraba a la calle en urbanizaciones de alto standing como las de Calahonda, Elviria o Cabopino. Desde ordenadores y periféricos informáticos en buen estado hasta frigoríficos en perfectas condiciones pasando por mobiliarios de alta gama completos.