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Los Caminantes

Электронная книга - «Los Caminantes». Краткое содержание книги:

Los Caminantes es un desgarrador relato que recoge los últimos días de la civilización tal y como la conocemos. Tras sobrevivir a la sobrecogedora pandemia que hace que los muertos vuelvan a la vida, los supervivientes se enfrentan al reto de llegar al final de cada día. La novela narra con un lenguaje visual y directo como los destinos de estos supervivientes se entretejen en torno a un misterioso personaje: El Padre Isidro.
Los Caminantes nos sumerge en un entorno de indecible presión psicológica, explorando la oscuridad del alma humana a medida que se enfrenta a sus peores pesadillas.
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– Por lo que unos tiran otros suspiran -decía Moses cuando las piezas eran buenas.

Aquel soleado domingo de septiembre las cosas habían ido complicándose desde primera hora. Los coches de la policía local, la municipal y la benemérita pasaban de un lado a otro continuamente con las sirenas puestas, y hacía rato que las dos parejas encargadas de velar por la seguridad habían sido convocadas en alguna otra parte. También pasaron ambulancias y un coche de bomberos.

– ¿Qué pasa hoy? -preguntó el africano que atendía el puesto continuo al de Moses.

– Ni idea… -contestó éste con los ojos entornados, como hacía siempre que pensaba en algo.

– ¿Todo el mundo loco hoy, amigo?

– El mundo está loco siempre…

Moses siguió colocando las cajas con la mercancía.

– Esta mañana yo escuchado un problema, ¿tú sabe? -continuó diciendo el africano.

– ¿Qué problema? -Moses seguía colocando las cajas, sin mirarle.

– En Madrid, en Madrid un poblema gande. Un persona, mucha persona hase una ataque a… edifisio que muere persona, ¿tú sabe?

– ¿Hospital?, ¿un hospital?

– Nono… no hospital, si tú muere, tú va de hospital a ese sitio…

– Un… ¿tanatorio?, ¿un depósito de cadáveres?

– ¡Sí, amigo!, un depósito cadávere… esse sitio. Lo atacaron… lo atacaron de vera… yo vi en la tele hoy tempano, sí… ¡Un cosa increíble!

– Tenía la mirada ausente, como recordando las imágenes que había visto en la televisión. Por fin, sacudió la cabeza y dijo unas palabras en portugués, como para sí-: A ruina de uma nação…

Moses pensó brevemente en lo que el africano acababa de decirle.

– ¿Y para qué coño querría alguien atacar un depósito de cadáveres?

– Yo no sabe, ¿sí?, pero muy muuuy muy violento, amigo, muy fuerza que atacaba a la pulisía, a todo a todo… y entonse se corta, ¿sí?, la tele es cortado de pronto… y luego sale una mujer que habla en outro lado y ya no se ve como atacaron, y esto muy raro, yo pienso, que muy raro porque siempe siempe televisión pone toda imágenes más violento, y más fuerte, ¿sí? ¿Y este ahora que hoy no pulisía aquí? ¿Hoy? ¿Ahora? Este muy raro, muy raro…

Moses sintió un deje de inquietud. Miró alrededor. A decir verdad, ¿no había poca gente? Estudió los rostros de las personas que andaban de puesto en puesto, cogiendo alguna cosa, mirándola con cierto interés, y volviéndola a dejar. Había una pareja de adolescentes que bromeaban con una especie de corazón de peluche de color rojo brillante. El sol se filtraba por entre las ramas de los árboles y arrancaba preciosos destellos en el cabello de ella. Sonreían, y sus ojos brillaban con la ilusión del primer amor. Esa imagen le convenció de que no pasaba nada, de que era domingo, de que el día era precioso y largo aún, de que la vida era maravillosa, y de que todo andaba por fin bien.

Unas horas más tarde, Moses volvía a casa en la vieja furgoneta Renault. Las ventas habían ido regular, peor de lo esperado, pero sería suficiente para pasar la semana. Además podría pasarse por los recreativos a ver si Paco, el encargado, querría pagarle una tarde o dos; todo dependería de la cartelera de cine. Con eso debería alcanzarle para llegar al próximo domingo.

Aparcó y subió al pequeño ático donde vivía con el Cojo. Encontró a éste enganchado al pequeño televisor rojo de 14 pulgadas que habían conseguido hacía ya algunos meses.

– Buenas… ya estoy aquí -dijo, dejándose caer en una butaca. El Cojo se dio la vuelta, como reparando por primera vez en su presencia.

– Joder, Mo… tío, no sabes lo que está pasando.

Solamente esas palabras despertaron una profunda inquietud en Moses. Llegó rápida, como una bala certera, acompañada de una sirena que ululaba como un demonio. En el fondo, había estado sintiéndolo toda la mañana, lo sentía en las vísceras, lo sentía en la base de la nuca. Era un sexto sentido que había ido forjando a lo largo de su vida, y era un sexto sentido en el que confiaba. Y Dios, cómo chillaba aquel apacible domingo. Chillaba que algo iba tan mal que más le valía coger un par de calzoncillos limpios y saltar fuera del puñetero planeta. Se agarró con fuerza a los brazos de la butaca y consideró salir corriendo. No quería escucharlo. No quería escucharlo de la boca del Cojo. No quería que nada cambiase.

El Cojo lo miró con los ojos bien abiertos. No recordaba haber visto esa expresión en su rostro jamás. "Jesús", pensó, "parece una versión sin afeitar del grito de Munch". Luego reculó en la butaca como el que espera que le caiga encima una bomba. "Ahí viene. Me lo va a soltar…".

– Hay gente muerta que está volviendo a la vida.

Boom.

VII

Sumido en el silencio total de la pequeña oficina de la tercera planta, Antonio Rodríguez escuchaba.

Le latían las sienes. Sentía las rápidas pulsaciones, el corazón y la respiración todavía acelerados. Permanecía agachado tras una mesa de despacho, sintiendo el tacto rasposo de la vieja moqueta en la mano. En la otra mano llevaba los restos de un viejo flexo de hierro. Lo había estado utilizando para golpear a gente. A pacientes del hospital.

Hacía ya un par de horas que estaba todo en silencio. Los gritos y los ruidos dejaron de escucharse y, sin embargo, el puño se cerraba sobre el flexo tan fuertemente que los nudillos estaban blancos. Su mente se repartía entre la tarea de escuchar y la de repasar las últimas horas. Las imágenes se repetían en su cerebro con contundentes mazazos. Intentaba apartarlas, pero era inútil.

Sacudió la cabeza con un pronunciado escalofrío y miró su muñeca desnuda. ¿Qué hora sería? Le parecía que había pasado una eternidad desde que empezó todo, y sin embargo, esa misma mañana se había regalado con la deliciosa rutina del desayuno: nube doble y catalana. Apenas dos horas más tarde había golpeado a un grupo de inmigrantes que estaban… estaban muertos. Estaban muertos pero habían arrancado un trozo de carne del cuello de su ayudante, y después se habían lanzado a por él también. Antonio había cogido entonces un flexo de la mesa y le había propinado un sonoro golpetazo al agresor. Un coágulo de sangre negra y espesa había salido volando por mor del contundente impacto, pero el agresor no reaccionó ni en un sentido ni en otro, siguió avanzando con una horrible mueca dibujada en el rostro. Antonio golpeó otra vez, y otra, con desmedida violencia. Se recordaba chillando mientras lo hacía, aunque entre la bruma blanca del pánico que rodeaba la escena en su cabeza, pensaba en las terribles lesiones craneales que sus golpes podían estar provocando. El agresor, sin embargo, no cejaba, avanzaba con ambos brazos levantados, contraídos en un espasmo. Por fin se escuchó un sonoro crujido. La cabeza del agresor cayó hacia un lado, la mejilla rozando su propio hombro y los ojos acuosos concentrados en él. Antonio detuvo la tormenta de golpes. Aquello no era posible. Le había descoyuntado la cabeza. Tenía que haber caído redondo al suelo. Muerte instantánea. ¿Pero acaso no había estado muerto antes también? Miró a su alrededor. Todos ellos estaban muertos. Lo veía en la mirada furibunda y apagada de sus ojos ausentes, y sin embargo, avanzaban.

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