Los Caminantes
- Автор: Сиси Карлос
- Год: 2009
- Язык: испанский
- Жанр: Ужасы
Электронная книга - «Los Caminantes». Краткое содержание книги:
Los Caminantes nos sumerge en un entorno de indecible presión psicológica, explorando la oscuridad del alma humana a medida que se enfrenta a sus peores pesadillas.
Rodríguez abrió la puerta de la gran sala frigorífica donde se guardaban los cadáveres. Resultaba imposible abrirse paso por ella, de tantos cuerpos como yacían en el suelo, amortajados con las sábanas sanitarias en las que los envolvieron o vestidos todavía con las ropas con las que fallecieron. Alrededor de las paredes se amontonaban los cadáveres, dos en cada nicho. En una segunda cámara frigorífica los nichos eran más estrechos, por lo que el señor Rodríguez no tenía más que una espeluznante alternativa: o la de apilar los cuerpos unos encima de otros, con lo que las caras se quedaban aplastadas, o dejar los cuerpos fuera, en el vestíbulo, donde la refrigeración era inexistente. El señor Rodríguez se resistía a que los cuerpos se deformasen, y ésa era la razón por la que un par de cadáveres habían sido dejados fuera, en camillas, detrás de una cortina. El olor a descomposición no era muy fuerte, pero sí nítido.
– ¿Es todo? -preguntó a uno de los ayudantes.
– Sí, ése era el último… -contestó con tono visiblemente afectado. Estaba revisando una lista y escribiendo algunos datos en ella-. Mañana habrá que embalsamar a los que van a irse, creo que estarán más de setenta y dos horas en tránsito.
Rodríguez se tomó un momento para echar un vistazo a los cadáveres que habían dispuesto. Sabía que era una solución temporal hasta el día siguiente, pero se sentía muy mal por no haber podido dar un buen aposento a los cuerpos.
– Deberíamos filtrar esto a la prensa, a ver si amplían de una puta vez -comentó con aire distraído. Sus ojos estaban fijos en una marca de nacimiento en uno de los pies descalzos, en forma de corazón-. Enviarles una puta foto de esta mierda, sabes lo que te digo…
– Si vas a hacerlo, yo mismo te regalo mi cámara digital -contestó el ayudante sin apartar los ojos de su lista.
– Es que esto no es normal, hombre.
– No, no lo es.
– Es…
En ese momento, el mundo tranquilo y rutinario de Rodríguez cambió para siempre. Ya no habría más cervecitas después del trabajo en la cafetería Oña, ni celebraría la tradicional Compra Del DVD El Viernes Por La Noche. Ni volvería a comer cocido en casa de su madre o a beber aquel vodka ruso con su amiga Paola la noche de Navidad. Y ese Punto y Final llegó con el espasmo tremendo de uno de los cadáveres. Se sacudió con tanta violencia que uno de los cuerpos que tenía al lado se dio vuelta y cayó pesadamente al suelo con un golpe sordo.
Rodríguez dio un acusado respingo.
– ¡Coño!
Durante unos segundos, él y su ayudante permanecieron en silencio; el zumbido de los tubos de neón y las gigantescas cámaras frigoríficas llenaban el aire. Pero al fin, espasmos similares recorrieron muchos de los otros cuerpos. Y entonces empezaron a levantarse.
Rodríguez no daba crédito. Miraba alrededor, posando su vista en un cuerpo y en otro a medida que se incorporaban, más o menos trabajosamente, con los ojos en blanco y las bocas abiertas. Las sábanas caían a un lado, los brazos se levantaban, las manos trocadas en garras y puños cerrados. Al incorporarse, casi todos carraspeaban horriblemente, o proferían horribles cloqueos y ruidos guturales de sorda naturaleza, y una mujer de cabello encrespado vomitó una suerte de puré negruzco.
– Qué… ¿Qué…?
– Por Dios, ¿qué…? A-ayuda… ¡Ayuda!
El joven ayudante se acercó rápidamente al primero de los hombres. Rodríguez no pudo moverse. Se descubrió a sí mismo mirando cómo su ayudante le cogía de los hombros y le preguntaba si estaba bien. "¿Está usted bien?", le preguntaba, "¿está usted bien?". Y aquel hombre de color, de labios generosos y facciones duras, le miraba como emergiendo de un profundo sueño, y poco a poco, iba mudando sus facciones de la perplejidad… a una mirada brutal de odio. "Incrustado", pensó Rodríguez incoherentemente. "Tiene el odio incrustado en sus ojos". Quiso avisar a su ayudante, quiso advertirle, gritar, pero no podía articular palabra.
De repente, sin que pudiera decir muy bien cómo, su ayudante sonreía con aire estúpido a uno de los chicos, que había reptado hacia su pierna y le había agarrado con ambas manos. El otro hombre movía la cabeza entre espasmos, intentando a todas luces abrir la boca. Eso parecía causarle serias dificultades. El resto de los hombres evolucionaban lentamente, moviéndose como una ola. Algunos bizqueaban hacia el techo, otros movían las manos en extraños ademanes, como si quisiesen alcanzar un objetivo invisible delante de ellos.
– ¿Qué… qué hace? Vamos, suélteme… señor… ¡señor, suélteme!
Rodríguez quería cerrar los ojos. Intuía lo que iba a pasar. Sabía lo que iba a pasar. Lo veía en los ojos acuosos y muertos de toda aquella gente. Pero aún no era capaz de reaccionar.
– ¡Suéltemeeeeeee!
Cuando el hombre que tenía cogida la pierna de su ayudante hundió sus dientes en ella, éste gritó. Y todavía gritaba cuando el que había atendido hundió su cara en la curva de su cuello y permaneció allí entre borbotones horribles y continuados.
IV
Nadie sabía cómo había empezado todo exactamente. El mundo se había desestabilizado mucho antes de que ningún científico hubiese podido dar alguna explicación, teoría o hipótesis. Ningún programa de televisión aguantó el tiempo suficiente como para teorizar sobre el problema. Al principio podías verlo en la televisión. Hablaban sobre ello… muy poco al principio, pero luego cada vez más; en la televisión basura de la noche, en los programas nocturnos líderes de audiencia, hasta que ya no se hablaba de otra cosa y la noticia del año lo inundaba todo. En el programa TNT salieron las primeras imágenes -que Susana recordase- y se pronunciaron por primera vez las palabras "muertos vivientes". Pero por entonces todo el asunto no era muy diferente de los ovnis o las caras de Bélmez, y aún podías sonreír con autosuficiencia y sentirte alejado de todas esas patrañas, aun cuando emitían cantidades ingentes de imágenes horrorosas de gente enloquecida atacando a otros seres humanos en el telediario de la dos, y luego ya no echaban los documentales, sino que seguían hablando sobre los incidentes. Entonces te preocupabas, sí. Incidentes bastante extraños en un tanatorio en Madrid…, en un hospital de Zaragoza, en Huelva. En todas partes. En un hospital, en cinco. Un accidente múltiple de tráfico que acaba en una carnicería cuando uno de los accidentados ataca violentamente a uno de los chicos del 061 y le arranca limpiamente un pedazo de cuello con los dientes. Un suicida que cae estrepitosamente desde la terraza de un duodécimo, y empieza a sacudirse dentro de su bolsa dieciséis minutos después de que el juez hubiese levantado acta. Pero después de algunos días, sabías que la cosa estaba realmente mal porque lo veías en las calles. Una ambulancia estrellada y abandonada en una concurrida avenida, o un policía que te desvía cuando vuelves de Cártama porque, al parecer, algunos vándalos están causando problemas en el Cementerio de San Miguel. Pero sabías que no eran vándalos. Lo veías en sus caras.