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Los Caminantes

Электронная книга - «Los Caminantes». Краткое содержание книги:

Los Caminantes es un desgarrador relato que recoge los últimos días de la civilización tal y como la conocemos. Tras sobrevivir a la sobrecogedora pandemia que hace que los muertos vuelvan a la vida, los supervivientes se enfrentan al reto de llegar al final de cada día. La novela narra con un lenguaje visual y directo como los destinos de estos supervivientes se entretejen en torno a un misterioso personaje: El Padre Isidro.
Los Caminantes nos sumerge en un entorno de indecible presión psicológica, explorando la oscuridad del alma humana a medida que se enfrenta a sus peores pesadillas.
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El mazazo psicológico del concepto de que los muertos habían vuelto a la vida se aceptó bastante rápidamente una vez que todas las televisiones empezaron a emitir boletines de emergencia las veinticuatro horas. Para entonces, las ciudades estaban ya sumidas en un cierto desorden debido al hecho de que cada persona que moría regresaba a la vida entre hora y media y dos horas después. Los cementerios, hospitales, iglesias… y el sótano oscuro y húmedo de algún geriátrico, fueron controlados tan rápidamente como fue posible, aunque para entonces ya se habían registrado numerosos problemas.

Resultó que Málaga ocultaba cadáveres donde menos se esperaba. Un día cualquiera de octubre, la gasolinera Calypso, en Mijas Costa, fue escenario de un macabro espectáculo de canibalismo e infección en masa cuando no menos de siete cadáveres abandonaron la cámara frigorífica de un negocio tapadera de restauración, regentado por un holandés metido en la mafia de compra-venta de armas. Los siete cadáveres irrumpieron a la luz del sol a las once cuarenta y cinco del lunes, degollaron a una norcoreana de diecinueve años llamada Yhin Un y arremetieron contra el interior de la gasolinera acabando con la vida de los tres ingleses, cuatro suecos y dos españoles que hacían sus compras en ese momento. A la una y veinte, una espasmódica horda decaminantes bloqueaba la nacional 340 causando accidentes y atropellos. A las tres y cuarto, doce muertos vivientes vestidos con monos de trabajo de Mudanzas Gaspar masticaban con lenta fruición el cuerpo sin vida de una anciana aquejada de osteoporosis en un chalet de la zona.

Cuando las escenas como ésta se repetían en diversos puntos de una misma ciudad, las comunicaciones por móvil se resentían bastante. Después de algunas horas, era incluso imposible comunicar por teléfono fijo. Una locución automática informaba de saturación en la red. "Vuelva a llamar más tarde". Echar un vistazo a la CNN por Internet para ver cómo estaba afectado el resto del mundo se convertía en una auténtica utopía.

Susana vivía en un bloque de ladrillo visto en frente del polideportivo de Carranque, a seiscientos metros del Hospital Carlos Haya. El día que se desató la locura, la zona fue inmediatamente impactada por el caos. Empezó en torno a las diez y media, cuando Susana volvía de comprar algunas cosas del supermercado. Una ambulancia se había detenido en la rampa de entrada a la zona de urgencias, y dos policías uniformados se llevaban a un hombre que luchaba por desasirse con inusitada energía. Había sangre en su rostro y en sus puños crispados, y la muchedumbre empezaba a arremolinarse a su alrededor.

– Venía en la ambulancia… -comentaba una señora al grupo que la rodeaba. Justo entonces, un enfermero salió de la puerta de urgencias y corrió hacia los policías, gritándoles algo que Susana, por estar en la acera de enfrente, no pudo entender. Los policías se miraron, confundidos, luchando con visible esfuerzo por mantener sujeto al convulso detenido. Por fin, con algo de ayuda de un par de transeúntes, metieron al detenido en la parte de atrás del coche policial y, tras asegurar la puerta, siguieron al enfermero corriendo hacia el interior del centro sanitario.

Pero casi todo el mundo seguía observando, en silencio, el coche de policía. Se sacudía con una violencia intimidatoria ante los persistentes embates de su pasajero. Desde la distancia, Susana podía ver una tormenta de brazos y piernas arremetiendo sin sentido contra paredes y cristales, mientras el coche se bamboleaba de izquierda a derecha, de adelante a atrás.

Y entonces, se escuchó un fuerte y seco petardazo que levantó ecos entre las torres de edificios.

Llevándose una mano al pecho, una señora dio un grito ahogado que fue seguido de un intenso silencio, solamente interrumpido por las arremetidas del preso en el interior del coche de policía. Cuando todas las cabezas se hubieron vuelto ya hacia la fuente de sonido, el edificio del hospital, empezó a llegar un sordo rumor in crescendo, una algarabía bulliciosa de voces y gritos mezclada con una nueva serie de petardazos en cadena. Fue entonces cuando Susana comprendió de qué se trataba. Eran disparos.

Algunos de los curiosos trastabillaron, retrocediendo sin mirar atrás mientras un grupo numeroso de personas salía atropelladamente del hospital. Había angustia y terror en aquellas caras. Fue entonces cuando Susana sintió una oleada de pánico; una sensación sobrecogedora que nacía de algún punto indeterminado cerca de su estómago y subía como un manantial hirviente hacia la base del cerebro, donde explotaba como una escalofriante alarma. "Está pasando", pensó, "está pasando aquí y ahora. Realmente está pasando aquí en-este-mismo-momento". Lo había visto en televisión, lo habían comentado en la cafetería, y en la sala de espera del Centro de Salud, pero ahora estaba ahí mismo. Aquello que estaba pasando, estaba ahí mismo, y la había sorprendido con dos bolsas de plástico azul y blanco en las manos.

Sintió el irrefrenable impulso de correr; correr muy lejos de allí. Si conseguía doblar la esquina, no tendría que ver nada de aquello. Si conseguía doblar la esquina tan sólo, el hospital desaparecería de su vista y podría volver a su casa. Pasaría la mañana trabajando con el ordenador, y todo pasaría. Después de comer, todo habría pasado.

Pero cuando dobló la esquina mezclada con la gente que corría en ambas direcciones a través del tráfico detenido, supo que algo estaba cambiando para siempre. Lo olió en el aire. Lo vio escrito en las caras de la gente. Lo notaba en su propia piel. Anduvo con celeridad hasta el portal y se encerró en la seguridad de su hogar. Allí bebió dos grandes vasos de agua y se llevó un tercero al gran ventanal del salón, que daba a una ancha avenida de cuatro carriles con el polideportivo al otro lado. Desde allí, la perspectiva era un poco mejor. La gente, o bien corría, o bien permanecía quieta formando grupos donde intercambiaban comentarios y señalaban en varias direcciones haciendo grandes aspavientos con las manos. Los coches formaban un gran atasco, y muchos de los conductores se habían bajado para otear en la distancia. Muchos señalaban en dirección al hospital.

Aproximadamente una hora y treinta minutos más tarde, llegaron dos coches patrulla. Uno de ellos estaba abollado y tenía uno de los laterales completamente raspado. Avanzaban lentamente por la acera, ya que los cuatro grandes carriles estaban colapsados, a medida que los curiosos se apartaban. Los cuatro policías se apearon y se perdieron tras la esquina, en dirección al hospital. Allí a lo lejos, Susana escuchaba sirenas, disparos, y un tropel ensordecedor de gritos y voces.

Esa escena se prolongó con pocas variantes durante cinco horas más. En todo ese tiempo, el atasco de tráfico se resolvió a duras penas, aunque casi no pasaban coches. Muchos de los conductores habían ido subiendo sus vehículos a la acera y se habían ido andado, pero al final de la calle, cerca del hospital, Susana aún distinguía muchos vehículos en caravana, con las puertas abiertas pero vacíos. Para entonces, apenas había curiosos andando por las aceras.

Durante toda esa noche, a lo lejos, una ocasional columnata de humo negro, el resplandor de un fuego o el constante ir y venir de las sirenas denunciaban que Málaga soportaba una lenta agonía. Cuando volvió a asomarse al ventanal, observó que sus vecinos también miraban desde las ventanas, y en los pisos, las vecinas comentaban con la puerta entreabierta, como preparadas para encerrarse en la seguridad de sus casas. Pero nadie bajaba a la calle, si podían evitarlo. En esas conversaciones veladas llenas de rumores y habladurías, pudo enterarse Susana de algunas cosas. Se decía que la zona del hospital era una auténtica locura. Había policías, heridos y unos grandes camiones donde metían a los violentos. También habían cerrado el tráfico y acordonado el edificio.

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