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MI CONFESION CARLOS CASTAÑO revela sus secretos

Электронная книга - «MI CONFESION CARLOS CASTAÑO revela sus secretos». Краткое содержание книги:

Este libro es algo más que las confesiones de Carlos Castaño, uno de los principales actores de la guerra colombiana hasta su misteriosa desaparición, en abril de 2004. El testimonio de este criminal de guerra es un reflejo de la descomposición de la sociedad colombiana, de la suciedad de un conflicto armado que hace años dejó de ser ideológico. Un documento periodístico que ayuda a conocer mejor a una persona que, desafortunadamente, influyó de manera decisiva en la Colombia actual y que ha sido uno de los protagonistas de los episodios más trágicos de las dos últimas décadas. Contribuye también, a comprender que las Autodefensas Unidas de Colombia no son los hijos díscolos del gobierno de turno y de los militares, sino que funcionan de manera autónoma, aunque con frecuencia las autoridades no las han combatido, se han beneficiado de sus actuaciones e inlcuso les han facilitado la comisión de actos ilegales.
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En cuesti�n de horas el ata�d lo arrastrar�a el caudal color ocre. Casta�o hubiera preferido no moverlo pero, ante el poder del r�o Sin�, lo menos doloroso era sacarlo y trasladarlo a su nueva morada, una reserva forestal llena de robles, tecas, laureles y ceibas. Sin embargo el f�retro de madera verde, de campano se hab�a aferrado al terreno como la ra�z del �rbol que alg�n d�a fue, de diez metros de altura, un tronco de tres abarcaduras y ramas que daban sombra a cincuenta novillos. Con el torrencial, la tumba se convirti� en un terreno fangoso, rodeado por peque�os �rboles de fino bamb� que se balanceaban con las r�fagas de una brisa tibia y h�meda. La tierra era una trampa y no hab�a poder humano que lograra sacar del hueco el f�retro improvisado el d�a de su muerte. Carlos Casta�o no tuvo otra opci�n que exhumar los restos de su hermano Fidel.

Acompa�ado de dos primos, y sin mediar palabra, empu�� una pala y comenz� a cavar sobre la tumba de su hermano. El eco largo de los truenos produc�a un estruendo aterrorizador. Los rel�mpagos aparec�an incandescentes entre las nubes de la tormenta el�ctrica y sobre el rostro del primo Panina que iluminado contemplaba enmudecido la escena. �H2�, el primo que hab�a sido escolta personal de Fidel, ayudaba ahora a su nuevo comandante. Con un recat�n marc� el rect�ngulo donde yac�a el cad�ver. Durante una hora lograron sacar cincuenta cent�metros de tierra. Luego el agua comenz� a colarse. Carlos Casta�o ya no ve�a sus botas entre el charco y era imposible cavar m�s, pues el agua se tragaba la herramienta y la bombilla de tres voltios que los iluminaba, se volvi� a fundir. Entonces grit� con rabia:

-���H2�!, vaya a la finca Jarag�ay y traiga una motobomba. Si no sacamos esta agua ya, nunca llegaremos al caj�n.

Panina, alto y de contextura musculosa, continuaba ah� parado sin hablar, apoyando sobre la pala sus dos manos, sin mover un dedo hasta el momento. S�lo despu�s de transcurrir media hora, pronunci� palabra:

-�Con esta totuma se puede ir sacando agua, mientras tanto.

Sin mirar a Panina, Carlos Casta�o estir� su mano, agarr� la vasija y comenz� a sacar agua, la que arrojaba al lado de la fosa, mientras por su mente s�lo se cruzaban pensamientos improductivos. ��C�mo queda uno? �Qu� es la vida?�, se preguntaba. �Uno no es nada�, conclu�a, lleno de tristeza. Carlos Casta�o hab�a renegado de Dios una o dos veces en su vida, pero en ese momento de desesperanza, viviendo su tragedia inmerso en el pantano que le sub�a casi hasta la cintura, no lo hizo. Ese d�a ni rez�. Al limpiarse el rostro salpicado de tierra y agua, dio un paso y se resbal�, luego pis� firme y sinti� el f�retro. Toc� con las botas el caj�n donde yac�a Fidel.

-��Aqu� est�! -dijo con un golpe de voz fuerte que al repetirlo fue perdiendo intensidad-. Aqu� est�, aqu� est�

El p�nico le hel� la sangre. Sinti� miedo; tanto que quiso abandonar la fosa pero estaba inm�vil. Por fin, Panina cort� el autismo para ayudar:

-��Lleg� �H2� con la motobomba! �Ac�, primo, col�quela ac�!

-��La prendo de una vez? -pregunt�.

-��Dele, dele! �Meta la manguera!

El nivel del agua en la tumba descendi� r�pidamente. Carlos Casta�o ya mov�a mejor la pala e invit� a los dem�s.

-�Vengan. �Saquemos la tierra que queda!

En minutos, el sepulcro qued� casi seco y se alcanzaba a ver el rect�ngulo de madera donde permanec�a Fidel. La idea era cavar en las esquinas del caj�n, para introducir un lazo que lo rodeara, y comenzar a levantarlo. Casta�o abri� el espacio y con su mano introdujo la soga, pero tropez� y cay� acostado sobre el f�retro, cansado de cavar por m�s de dos horas. Respir� profundo y lo invadi� el olor a muerto. El agua ten�a unas vetas viscosas de color blanco, ya aparec�a descompuesta. Carlos Casta�o no aguant� las n�useas y vomit� por el olor, el dolor y la impotencia. Panina lo sac� de la fosa, y al lado de la tumba sigui� trasbocando en medio de la lluvia, acompa�ado por unas palmaditas en la espalda que su primo le dio como consuelo:

-�Tranquilo, pelao. Tranquilo.

�H2� y Panina intentaron, durante horas, sacar el caj�n, pero las tablas de madera verde del f�retro se hac�an m�s pesadas con el agua. El espesor de cada una era de cuatro cent�metros. La motobomba fall� y la tumba se inund� otra vez. Trajeron una nueva m�quina con la que se extrajo el agua.

-�No queda otra opci�n que exhumar el cad�ver -dijo Casta�o. Panina, abramos el caj�n con los martillos. �H2�, vuelva a Jarag�ay y h�gase otro ata�d sin tapa y con bastantes hojas de bijao de las grandes. Hay que taparlo.

Entre tanto, se dedicaban a zafar puntillas de cuatro pulgadas con la punta trasera del martillo. Descansaban y empujaban la tapa del caj�n hacia arriba con un azad�n, para romper las bisagras y poco a poco se fue abriendo.

Ah� estaba. Mientras llegaba el nuevo caj�n, Carlos Casta�o se sent� a mirarlo. Fidel ten�a un poncho blanco sobre su rostro. Sus restos conservaban parte de la piel y, de manera extra�a, la ropa se encontraba casi intacta. A�n se distingu�a perfectamente el color blanco del pantal�n y el verde oscuro de la camiseta que vest�a el d�a que muri�. Un solo tiro de fusil M-16 calibre 5.56 le quit� la vida. Le lleg� por sorpresa y directo al coraz�n.

Carlos Casta�o fue el primero en atreverse a tocar los restos. Al retirarle el poncho vio el cr�neo como el resto del cuerpo: mitad piel, mitad huesos. Mir� a sus primos y dijo:

-�Muchachos, yo cojo la cabeza, ustedes el tronco y las piernas. �Est�n listos? -pregunt� y s�lo �H2� contest�:

-�Listos, comandante Casta�o.

Por un instante, que pareci� eterno -tal vez treinta segundos, un minuto o dos- rein� el silencio. S�lo se o�a caer la lluvia. Sin musitar palabras, se miraron y procedieron a levantarlo, pero un f�mur se resbal� de las manos de �H2�. Luego se parti� lo que quedaba del cuerpo, y Carlos Casta�o se qued� sujetando, en el aire, la cabeza y el tronco de su hermano. Imposible seguir.

Lo dej� como estaba y sali� de la tumba para observar, est�tico, c�mo sus primos trasladaban la osamenta de Fidel al nuevo caj�n. Le colocaron, como colch�n y tapa, las hojas de bijao verdes, anchas y largas. Entre los tres alzaron los restos de Fidel con destino a las monta�as del Nudo del Paramillo.

Abrieron paso entre la maleza iluminada por las luces del campero Hammer que los esperaba. Avanzaron caminando con el f�retro hasta el plat�n del veh�culo, lo subieron y, despu�s de asegurarlo, Panina tom� las llaves para conducir. Carlos Casta�o, que siempre maneja, no quer�a ni siquiera encender el carro. Su mente divag� durante una hora por las interminables carreteras privadas y sin asfaltar por donde apenas cab�a el campero. La marcha f�nebre de Fidel Casta�o se pase� solitaria, sin flores, por fincas propias y ajenas que se consideraban sus dominios. A Fidel lo enterraron por segunda vez, a las cuatro de la ma�ana, en una peque�a monta�a, en la mitad de un rect�ngulo de hierro para que si alg�n d�a Carlos Casta�o falta, su familia logre encontrar los restos con un detector de metales. Le fabricaron por primera vez una cruz de madera y regresaron a casa.

All� qued� el fundador de las Autodefensas de C�rdoba y Urab�, una organizaci�n que comenz� con seis hermanos y tres primos. Bajo el mando de Fidel lleg� a tener trescientos hombres armados y desde que su hermano Carlos Casta�o la comanda, se convirti� en un ej�rcito irregular de trece mil combatientes. Ahora son las Autodefensas Unidas de Colombia, AUC, un curioso grupo pol�tico-militar de resistencia civil armada antiguerrillera. Comenzaron siendo una familia de vengadores, luego unos cl�sicos paramilitares y ahora un grupo paraestatal aut�nomo, con una ideolog�a inspirada en el concepto de autodefensa del pueblo israel�. Lo que Casta�o llama �el primer ej�rcito contraguerrillero del mundo�. Si se retomara el concepto de que el idioma es vivo y no r�gido, hoy las AUC se alejar�a de la definici�n tradicional de �paramilitares� y se les podr�a llamar �guerrilla de derecha� en formaci�n. Se enfrentan a una guerrilla marxista-leninista, adem�s sirven y defienden gran parte de los intereses del Estado. Pero de vez en cuando se muestran en contra de los militares y el gobierno de turno, que s�lo los persigue cuando les conviene por una raz�n muy simple: tienen un enemigo com�n, la guerrilla de las FARC y el ELN.

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