El puente [The Bridge - es]
- Автор: Бэнкс Иэн М.
- Год: 2007
- Язык: испанский
- Переводчик: Paula Gamissans Serna
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El puente [The Bridge - es]». Краткое содержание книги:
Explorar el puente ocupa la mayor parte de sus días. Pero por la noche están sus sueños. Sueños en los que los hombres desesperados conducen carruajes sellados a través de montañas yermas rumbo a un extraño encuentro; un bárbaro analfabeto asalta una torre encantada mediante una tormenta verbal; y hombres destrozados caminan eternamente sobre puentes sin fin, atormentados por visiones de una sexualidad que los lleva a la perdición.
Yacer en cama inconsciente después de sufrir un accidente no parece muy divertido a simple vista.?Y si lo es? Depende de quién seas y de lo que hayas dejado atrás.
El ambiente es más acogedor de lo que recordaba. Hay un jarro con flores amarillas sobre una mesita de noche. No hay ningún gráfico colgado a los pies de la cama; tal vez ya no sea un uso habitual en estos tiempos. El hombre lleva un brazalete de plástico en la muñeca, pero no alcanzo a leer lo que pone.
Ruidos lejanos; personas hablando, risillas de mujer, tintineos de botellas y un chirrido de ruedas en el suelo, creo. Aparecen dos enfermeras, entran en la zona rodeada por los biombos y le dan la vuelta al hombre. Le colocan bien las almohadas y lo dejan medio sentado, sin dejar de charlar entre ellas. Maldita sea, no puedo oír lo que dicen.
Las enfermeras abandonan la habitación. Empieza a entrar gente en escena, acercándose a las otras dos camas ocupadas. Son personas normales; una pareja joven visita a un abuelo, y una mujer mayor habla con el otro anciano. Nadie acude a ver a mi hombre. Aunque él tampoco parece muy preocupado.
Entonces llega Andrea Cramond. La veo rara desde mi perspectiva superior, pero está claro que es ella. Lleva un traje de chaqueta blanco de seda natural, unos zapatos rojos de tacón alto y una blusa de seda roja. Deja cuidadosamente la chaqueta (¿no se la compré el año pasado en Jenner?) a los pies de la cama, se acerca al hombre y se inclina para besarlo en la frente, y después en los labios; acariciándole el pelo con la mano. Se sienta en una silla junto a la cama, y cruza las piernas, apoyando el codo en el muslo y la barbilla en la mano. Mira al hombre. Yo la miro a ella.
Hay más líneas de expresión en su rostro, sosegado a la vez que preocupado. Las arruguitas bajo los ojos siguen ahí, pero ahora están acompañadas de ligeras sombras oscuras. Tiene el cabello más largo de lo que recordaba. No puedo ver bien sus ojos, pero esos pómulos, esa elegante nariz, esas cejas oscuras, esa fuerte mandíbula y esa suave boca…, todo eso sí puedo verlo.
Se inclina hacia delante y toma su mano, sin dejar de mirarlo. ¿Por qué está aquí? ¿Por qué no está en París?
Perdona, nena, ¿vienes mucho por aquí y eso?
(¿Esto es el presente? ¿Es el pasado?)
Al cabo de un rato, durante el que no le ha soltado la mano ni ha dejado de contemplar su rostro pálido e inexpresivo, baja lentamente la cabeza hacia las sábanas y entierra la cara en esa blancura almidonada. Sus hombros se contraen; una vez, dos veces.
La pantalla se oscurece y las luces se apagan. Las lámparas de la habitación contigua siguen encendidas.
Mi subconsciente, sospecho, trata de decirme algo. Las sutilezas nunca fueron su fuerte. Suspiro, apoyo las manos en los brazos del sillón de piel, y me levanto despacio.
Me quito la ropa y la tiro al suelo, junto a la cama. Hay un camisón de hospital doblada sobre la almohada. Me la pongo, me meto en la cama, me duermo.
Coda
¡Tonto! ¡Imbécil! ¿Qué demonios crees que estás haciendo? ¡Eras feliz allí! Piensa en el control, la diversión, las posibilidades… ¿Adónde vas a regresar? Posiblemente a que te larguen de la empresa, te procesen por conducir borracho (se acabaron los coches durante un tiempo, tío), a ser cada vez más viejo y menos feliz; a perderla por culpa de otra enfermedad y junto a otra cama. Siempre hiciste lo que ella quiso; ella te utilizó, pero tú a ella no; era una inversión de roles y a ti te jodieron. Ella te rechazó, no lo olvides. Te rechazó y no dejó de hacerlo, y si muestras síntomas de recuperación se volverá a marchar. ¡No lo hagas, imbécil!
¿Qué puedo hacer, si no? Si no me han desconectado, sin duda es porque mi cerebro muestra signos de vida, con lo que deben de saber que no me encuentro en estado de muerte cerebral. Pero si permanezco aquí tumbado sin manifestar ningún otro síntoma de recuperación, tal vez decidan retirarme los sueros, desconectar las máquinas y dejarme morir.
Instinto de supervivencia, ¿no se supone que ese es el principio más importante?
De todas formas, no puedes dejarla así. No puedes hacerle eso. Ella no lo merece. Nadie lo merece. Tú no perteneces a ella, ni ella te pertenece a ti, pero ambos sois parte del otro; si ella se levantase ahora y se marchase, y nunca en vuestras vidas os volvierais a ver, o si vivierais una existencia anodina durante cincuenta años más, incluso en tu lecho de muerte seguirías sabiendo que ella formaba parte de ti.
Habéis dejado señales el uno en el otro, os habéis ayudado a daros forma; cada uno le ha dado al otro una nota de vida que nunca se perderá, pase lo que pase.
Tienes más atención suya que el otro, pero solo mientras estás más cerca de la muerte. Si te recuperas, tal vez ella volverá a su lado. Eh, oye, habías decidido no guardarle rencor a él por eso, ¿o simplemente, lo dijiste durante una borrachera?
No, no fue…
Más alto.
He dicho: no, no fue la bebida…
Todavía no te oigo. Habla más alto.
¡De acuerdo! Lo dije en serio. ¡Lo dije en serio!
Sí, así fue. Y otra cosa: ella sigue pensando que no hay dos sin tres. Primero su padre murió en accidente de tráfico, después Gustave fue sentenciado a deteriorarse lentamente… y luego yo. Otro coche, otro accidente de coche; otro hombre al que ella quiere. Ahora no tengo ninguna duda de que Gustave y yo nos parecemos, y de que probablemente nos caeríamos bien, y estoy seguro de que él también habría forjado una buena amistad con el abogado como lo hice yo, y por la misma razón… pero debo dejar aquí las semejanzas, por Dios si lo haré. ¡No pienso ser el tercer hombre! (Unos dedos pálidos suben por la pantalla negra, temblando en el viento nocturno como tubérculos blancos… Esta cosa se ha vuelto a quedar atascada; la imagen monocroma se va pelando y estalla, hay una luz blanca detrás. De nuevo, demasiado tarde. El francotirador apunta y dispara, y el tercer…)
No. Esta secuencia termina en el dos, si se me permite opinar al respecto. (Y llega otro pensamiento furtivo, ahora que sé lo parecidos que podemos ser Gustave y yo: sé lo que le diría a Andrea si yo fuera el que se deteriora lentamente y ella eligiese martirizarse cuidando de mí…)
Iré a la otra ciudad; siempre quise hacerlo, de verdad. Quiero conocer a ese hombre. Mierda, ¡quiero hacer cosas! ¡Quiero viajar en el Transiberiano, ir a la India, subir a la Ayers Rock, empaparme en el Machu Picchu! ¡Quiero hacer surf! Pienso comprarme un ala delta; quiero volver al Gran Cañón y llegar más lejos que la otra vez, quiero ver la aurora boreal en Groenlandia, quiero contemplar un eclipse total, quiero ver pantallas piroclásticas, quiero caminar dentro de un túnel de lava, quiero mirar la Tierra desde el espacio, quiero beber changen Ladakh, quiero navegar por el Amazonas y por el Yangtze, y caminar por la Gran Muralla; quiero visitar Azania. Quiero volver a ver cómo lanzan helicópteros desde los portaaviones.
¡Y quiero acostarme con tres mujeres a la vez!
Oh, Dios, regresar al mundo de Thatcher y Reagan. Volver a la mierda de siempre. Al menos el puente era predecible en su rareza, al menos era comparativamente seguro.
Bueno, o tal vez no. No lo sé.
Una cosa sí sé: no necesito a la máquina para elegir. No debo escoger entre realidad y sueño, sino entre dos sueños distintos.
Uno es el mío; el puente y todo lo que he hecho con él. El otro es nuestro sueño colectivo, nuestra imagen corporativa. Vivimos un sueño, se llame americano, occidental, o humano, es un sueño de todos nosotros, de la vida. Yo he formado parte de un sueño, para bien o para mal, que también era una pesadilla y al que casi permito matarme. Pero no lo ha hecho. Al menos, por ahora.
¿Y qué ha cambiado?
No ha sido el sueño, ni el resultado de nuestros sueños al que denominamos mundo, ni nuestra vida de alta tecnología. ¿He cambiado yo, entonces? Tal vez. Quién sabe; podría ser cualquier cosa. No lo sabré con exactitud hasta que regrese y empiece a vivir el sueño compartido, abandonando el mío de una cosa convertida en lugar, de un medio convertido en fin, de una ruta convertida en destino… Tres de diamantes, sí, y un puente majestuoso, un puente eterno, un puente que nunca volverá a ser el mismo, con su colosal estructura carmesí renovándose, como una serpiente en constante mutación, un insecto en metamorfosis que forma su propio huevo y no deja de cambiar…