El puente [The Bridge - es]
- Автор: Бэнкс Иэн М.
- Год: 2007
- Язык: испанский
- Переводчик: Paula Gamissans Serna
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El puente [The Bridge - es]». Краткое содержание книги:
Explorar el puente ocupa la mayor parte de sus días. Pero por la noche están sus sueños. Sueños en los que los hombres desesperados conducen carruajes sellados a través de montañas yermas rumbo a un extraño encuentro; un bárbaro analfabeto asalta una torre encantada mediante una tormenta verbal; y hombres destrozados caminan eternamente sobre puentes sin fin, atormentados por visiones de una sexualidad que los lleva a la perdición.
Yacer en cama inconsciente después de sufrir un accidente no parece muy divertido a simple vista.?Y si lo es? Depende de quién seas y de lo que hayas dejado atrás.
– Me rindo. Ya no sé nada. Que alguien me lo diga: la cosa o el lugar. -Creo que es mi propia voz. El viento sopla cada vez más fuerte. No puedo oírme hablar, pero sé lo que intento decir. De pronto, estoy completamente seguro de que la muerte tiene sonido; es una palabra que cualquier persona puede pronunciar y que provocará y será su propia muerte. Intento pensar en esa palabra cuando algo rechina y se mueve a lo lejos, y unas manos me ayudan a alejarme de este lugar.
Una cosa es absolutamente evidente: todo es un sueño. De cualquier forma, sea como sea. Ambos lo sabemos.
No obstante, tengo una oportunidad.
Estoy en un lugar vacío donde todo resuena, tumbado en una cama. Hay máquinas a mi alrededor y cables conectados a mi cuerpo. Cada cierto tiempo, entra gente y me mira. Algunas veces, el techo parece de yeso blanco; otras, es como metal gris, otras como ladrillo rojo; y otras como láminas de acero ribeteadas, pintadas del color de la sangre. Al final, me doy cuenta de dónde estoy: en el interior del puente, dentro de sus huecos huesos metálicos.
Un líquido fluye hacia mi interior a través de mi nariz, y sale de mí mediante un catéter. Me siento más como una planta que como un animal, un mamífero, un simio, un humano. Parte de la máquina. Todos los procesos se han ralentizado. Tengo que encontrar un camino de vuelta; ¿romper los depósitos, tirar de los cables, romper las válvulas?
Algunas de estas personas me resultan familiares.
El doctor Joyce está aquí. Lleva una bata blanca y toma notas en un bloc. Estoy seguro de haber visto a Abberlaine Arrol, solo un segundo, hace un momento…, pero ataviada con un uniforme de enfermera.
Este lugar es grande y vacío. A veces huele a hierro y óxido, a pintura y a medicinas. Me han quitado el naipe y el pañuelo.
Estamos volviendo, ¿no es así? El doctor Joyce me sonríe. Lo miro e intento hablar. ¿Quién soy? ¿Dónde estoy? ¿Qué me está ocurriendo?
«Tenemos un tratamiento nuevo», me explica el doctor, como si hablase con un niño especialmente tonto. «¿Quiere que lo probemos? ¿Quiere? Podría mejorar. Firme aquí».
«Traiga, traiga. En vena, si quiere. Le vendería mi alma si creyera que la tengo. ¿Qué tal una fianza de varios millares de neuronas? Están bien cuidadas, doctor, su propietario es muy cuidadoso (ejem); ni siquiera las lleva a misa los domingos…»
Cabrones; es una máquina.
Tengo que contarle todo lo que recuerdo a una máquina que parece una maleta metálica encima de un carrito.
Es un proceso un poco lento.
Somos la máquina y yo, nada más. Durante un rato, han estado aquí un tipo de rostro amarillento y una enfermera, e incluso el buen doctor, pero ya se han marchado todos. Solo quedamos la máquina y yo. Empieza a hablar:
– Bien -dice…
Mira, todo el mundo puede equivocarse. ¿No se suponía que esta era la era de…? Bah, da lo mismo. Bien, de acuerdo. Yo estaba equivocado. Es mi puta culpa; lo siento. ¿Quieres un poco de sangre?
– Bien -dice-, sus sueños ya estaban terminando. Aquellos eran los últimos, justo antes de que apareciera aquí. Ahora es realmente usted.
– No me lo creo -afirmo.
– Lo hará.
– ¿Por qué?
– Porque soy una máquina y usted confía en las máquinas, las comprende y no le asustan; le impresionan. Pero con las personas no le ocurre lo mismo.
Pienso en todo eso e intento formular otra pregunta:
– ¿Dónde estoy?
– Su yo real, su cuerpo físico, se encuentra en estos momentos en la Unidad de Neurocirugía del Southern General Hospital de Glasgow. Lo trasladaron aquí desde el Royal Infirmary de Edimburgo… hace un tiempo -La máquina parece no tenerlo claro.
– ¿No sabe cuánto? -le pregunto.
– Es usted quien no lo sabe -responde-. Lo trasladaron, es todo lo que ambos sabemos. Puede que fuera hace tres meses, tal vez cinco o incluso seis. En cualquier caso, en su sueño se encontraba a dos tercios del recorrido. Los tratamientos y las medicinas que han probado con usted han alterado su sentido de la percepción del tiempo.
– ¿Tiene…, tengo alguna idea de la fecha en la que estamos? ¿Cuánto tiempo llevo así?
– Eso es algo más fácil; siete meses. La última vez que Andrea Cramond vino a verlo mencionó que al cabo de una semana era su cumpleaños, y que si usted despertaba, sería el mejor…
– Ah, bien -interrumpo a la máquina-. Eso nos sitúa a principios de julio porque su cumpleaños es el día 10.
– Perfecto.
– Mmm… y supongo que no sabe mi nombre, ¿verdad?
– Correcto.
Permanezco en silencio durante un rato.
– Entonces -prosigue la máquina-, ¿piensa despertarse?
– No lo sé. Desconozco las alternativas. ¿Qué opciones tengo?
– Quedarse así o despertar -dice la máquina-. Tan simple como eso.
– Pero ¿cómo despierto? Ya intenté hacerlo de camino aquí, antes de llegar al desierto. Intenté despertar en…
– Lo sé. Me temo que no puedo ayudarlo con eso. No sé cómo debe hacerlo. Solo sé que puede hacerlo, si quiere.
– Y yo qué sé… ¿Quiero?
– Su opción -señala la máquina- es tan buena como la mía.
No sé qué me están inyectando, pero todo resulta muy confuso. La máquina parece real, cuando está aquí, pero no ocurre lo mismo con las personas. Es como si hubiera niebla dentro de mis ojos, como si su líquido se hubiera oscurecido, como si se hubieran inundado de cieno. Mis otros sentidos están afectados de una forma similar; oigo sonidos blandos y distorsionados. No huelo a nada ni noto ningún sabor. Me parece que incluso mis pensamientos se mueven a muy pocas revoluciones.
Estoy tumbado. Soy un hombre plano con respiración plana que intenta pensar con profundidad.
Al cabo de un rato, nada. Ni personas, ni máquina, ni visiones, ni sonidos, ni sabores, ni olores, ni tactos. Ni conciencia de mi propio cuerpo. Todo es gris. Solo recuerdos.
Me duermo.
Me despierto en una habitación pequeña con una puerta; hay una pantalla en una pared. La estancia es cúbica, está pintada de gris y no tiene ventanas. Estoy sentado en un gran sillón de piel que me resulta familiar, hay uno igual en la casa de Leith, en el estudio. En el brazo derecho hay un trocito quemado por un trozo de porro que cayó… ah, no; aquí no. Debe de ser un sillón nuevo. Me miro las manos. Tengo una pequeña cicatriz en una de ellas. Llevo unos zapatos Mephisto, unos vaqueros Lee y una camisa de cuadros. No tengo barba. Me siento más delgado de lo que recordaba.
Me levanto y echo un vistazo a la habitación. La pantalla no tiene botones. La iluminación de la estancia está oculta tras un falso techo. Todo es de cemento gris y hace calor. No hay una sola veta en las paredes o en el suelo, un trabajo impecable; me pregunto quiénes serían los contratistas. La puerta es de madera vulgar. La abro.
Al otro lado hay una habitación similar. No tiene sillón ni pantalla; solo hay una cama. Es una cama de hospital vacía; con sábanas blancas almidonadas y una manta de color gris doblada por una esquina, a modo de invitación.
Se oye un ruido procedente de la estancia que acabo de abandonar.
Si vuelvo allí y me encuentro a un tipo que se parece a mí, saldré como sea y encontraré a esa máquina y protestaré y me quejaré.
Regreso a la habitación del sillón. No me encuentro con Keir Dullea caracterizado. La habitación está vacía, pero la pantalla se ha encendido. Me siento en el sillón y la miro.
De nuevo, es el hombre postrado en la cama. Pero esta vez la imagen tiene colores; puedo verlo mejor. Está tumbado en una posición distinta, en una cama distinta, en una habitación distinta. En realidad es una sala pequeña, con tres camas más, dos de ellas ocupadas por hombres mayores con las cabezas vendadas. El lecho de mi hombre está rodeado por biombos, pero yo estoy sobre él, mirándolo desde arriba. Sus entradas son bastante evidentes. Me toco la cabeza; también tengo una considerable calva. Y el vello de mis brazos no es negro, sino marrón muy oscuro. Mierda.