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El aprendiz de guerrero [The Warrior's Apprentice - es]

Электронная книга - «El aprendiz de guerrero [The Warrior's Apprentice - es]». Краткое содержание книги:

La primera aventura de Miles Vorkosigan, un genio de la estrategia dotado de gran inteligencia pero encerrado en un cuerpo defectuoso. Un personaje entrañable e inolvidable, protagonista de la serie de mayor éxito de la moderna space opera. Sus azañas son un agradable retorno a los temas y al tono ameno de la ciencia ficción campbelliana, y componen la más famosa creación de una de las mejores escritoras de la ciencia ficción de aventuras que ha aparecido en los últimos años.
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La propiedad del Ariel y del Triumph se tornó particularmente compleja por haberlos capturado Miles en batalla. Tung tenía hasta entonces la pertenencia completa de su nave, pero Auson estaba profundamente endeudado, por el Ariel, con otra institución de préstamos, también de Jackson´s Whole. Oser, cuando todavía trabajaba para los pelianos, había dejado de pagarle cuando le capturaron, dejando que, ¿cómo se llamaba…? Luigi Bharaputra e Hijos, Compañía Tenedora y Financiera, de Jackson´s Whole Sociedad Anónima Limitada, cobrara su seguro, si tenía alguno. El capitán Auson se había puesto pálido al enterarse de que un agente de dicha compañía llegaría muy pronto para investigar.

Tan sólo el inventario era suficiente para empantanar la mente de Miles, y cuando llegara el momento de clasificar y ordenar los contratos del personal… su estómago le dolería, si todavía podía. Antes de que llegara Oser, los Dendarii tenían derecho a una considerable ganancia, a partir del contrato feliciano. Ahora, la ganancia de 200 debía ser repartida para mantener a 3.000.

O más de 3.000. Los Dendarii seguían creciendo. Otra nave libre había llegado el día anterior, atravesando el agujero, al haber oído de ellos Dios sabe en qué fábrica de rumores. Y ansiosos pretnedientes a reclutas provenientes de Felice se las arreglaban para aparecer con cada nueva nave que venía del planeta. La refinería de metales estaba operando como refinería otra vez y el control del espacio local cayó nuevamente en manos de los felicianos; sus fuerzas en aquel mismo momento estaban devorando instalaciones pelianas por todo el sistema.

Se hablaba de un nuevo contrato por parte de Felice, para que bloqueasen ellos ahora el agujero de gusano. La frase «retírate mientras estás ganando» se le aparecía espontáneamente a Miles cada vez que surgía el tema; la propuesta le aterraba en su interior. Ansiaba irse de allí antes de que todo el castillo de naipes se desmoronara. Debía mantener la realidad y la fantasía separadas, en su mente al menos, aun cuando tenía que mezclarlas tanto como le fuera posible en la de los demás. Le llegaron voces desde el pasillo de acceso, rebotando hasta su oído por algún accidente de acústica. El tono alto de Elena le llamó la atención.

— No tienes que pedírselo. No estamos en Barrayar, no vamos a volver nunca a Barrayar…

— Pero será como tener un pequeño fragmento de Barrayar para llevar con nosotros — contestó la voz de Baz, amable y alegre como Miles jamás la había escuchado —. Un atisbo del hogar en sitios sin aire. Dios sabe que no puedo ofrecerte mucho de eso «conveniente y adecuado» que tu padre quería para ti, pero toda la miseria de que pueda disponer será tuya.

— Mm.

La respuesta de ella no fue entusiasta, casi hostil más bien. Toda referencia a Bothari parecía en esos días caer en ella como martillazos en carne muerta, un sonido sordo que a Miles le enfermaba, pero que en ella no provocaba respuesta.

Surgieron desde el corredor. Baz iba detrás de Elena. Sonrió a su señor con una tímida actitud de triunfo. Elena también le sonrió, pero no con los ojos.

— ¿Meditación profunda? — le preguntó jovialmente Elena —. A mí me parece más bien que estás mirando por la ventana y comiéndote las uñas.

Se incorporó con esfuerzo y respondió en el mismo tono:

— Oh, le dije al guardia que no dejase entrar a los turistas. En realidad he venido aquí para echar una siesta.

Baz le sonrió nuevamente.

— Mi señor, entiendo, en ausencia de otros parientes, que la tutela legal de Elena ha recaído en usted.

— Vaya…, así es. No he tenido mucho tiempo para pensar en ello, a decir verdad.

Miles se sintió incómodo ante este giro de la conversación, no muy seguro de qué iba a venir.

— Bien. Entonces, como su señor y guardián, formalmente le pido la mano de Elena en matrimonio. Por no mencionar el resto de ella. — Su estúpida sonrisa le hizo desear a Miles patearle los dientes —. Oh, y como mi señor y comandante, le pido permiso para casarme y… «y que mis hijos puedan servirle, señor». — La versión abreviada que Baz pronunció de la fórmula era apenas un poco diferente de la real.

Tú no vas a tener ningún hijo, porque te voy a cortar los huevos, ladrón de corderos, pérfido, traidor… Alcanzó a controlarse antes de que su emoción mostrara no más que una forzada, cerrada sonrisa.

— Ya veo. Existen… existe algunas dificultades.

Ordenó su argumentación lógica como un escudo, para proteger su cobarde y desnuda rabia del aguijón de esos dos honestos pares de ojos marrones.

— Elena es muy joven, por supuesto… — Abandonó la frase ante la ira que destelló en la mirada d ela joven al mismo tiempo que sus labios formaban la muda palabra ¡Tú…! —. Yendo más al punto, le di mi palabra al sargento Bothari de realizar por él tres servicios en caso de que muriera, como ha sucedido. Enterrarle en Barrayar, procurar que Elena se case con toda la debida ceremonia y… ocuparme de que lo haga con un adecuado oficial del Servicio Imperial de Barrayar. ¿Os gustaría verme faltar a mi palabra?

Baz parecía tan aturdido como si Miles le hubiese pateado. Abrió la boca, la cerró, la abrió otra vez.

— Pero… ¿no soy su hombre de armas juramentado? Eso es seguramente lo mismo que ser un oficial imperial… ¡demonios, el propio sargento era un hombre de armas! ¿No ha… no ha sido satisafactorio mi servicio? ¡Dígame en qué he fallado, mi señor, para que ya mismo pueda corregirlo! — Su perplejidad se convirtió en genuina angustia.

— No me has fallado. — La conciencia de Miles soltó las palabras de su boca —. No, pero, por supuesto, sóolo me has servido cuatro meses. Un tiempo realmente corto, si bien sé que parece mucho más largo con todo lo que ha pasado… — Miles se tropezó, se sentía más que tullido; lisiado. La furiosa mirada de Elena le había cortado por las rodillas. ¿Cuánto más corto podría permitirse aparecer ante sus ojos? Prosiguió sin vigor —. Todo esto es tan repentino…

La voz de Elena bajó hasta un grave registro de ira.

— ¿Cómo te atreves…? — La voz irrumpió en la respiración, como una ola, y las palabras se formaron otra vez —. ¿Qué es lo que debes… qué puede alguien deberle a eso? — preguntó, despectiva, refiriéndose al sargento, comprendió Miles —. No fui su objeto personal y no soy el tuyo tampoco. El perro en el comedero…

La mano de Baz le apretó ansiosamente el brazo, conteniendo la avalancha que se abatía sobre Miles.

— Elena, quizá no es el mejor momento para tratar esto. Tal vez sería mejor más tarde.

Baz miró el pétreo rostro de Miles y retrocedió, con la mirada confundida.

— Baz, no irás a tomar esto en serio…

— Vamos. Hablaremos de ello.

Elena hizo un esfuerzo y recuperó su timbre normal de voz.

— Espérame al final del pasillo. Es sólo un minuto.

Miles saludó a Baz con un gesto, reforzando las palabras de Elena.

— Bien… — El maquinista se retiró caminando lentamente y mirando por encima del hombro, preocupado.

Esperaron, por tácito acuerdo, hasta que el sordo sonido de los pasos se desvaneció. Cuando Elena retomó la palabra, la ira en sus ojos se había convertido en súplica.

— ¿No lo ves, Miles? Es mi oportunidad para alejarme de todo, para comenzar de nuevo, limpia y fresaca, en otro lugar. Tan lejos como sea posible.

Miles sacudió la cabeza. Hubiera caído de rodillas si hubiese pensado que serviría para algo.

— ¿Cómo puedo renunciar a ti? Tú eres las montañas y el lago, los recuerdos… lo encierras todo. Cuando estás conmigo, estoy en casa, dondequiera que me encuentra.

— Si Barrayar fuera mi brazo derecho, haría uso de mi arco de plasma y me lo quemaría. Tu padre y tu madre siempre supieron quién era él y, no obstante, le albergaron. ¿Qué son ellos, entonces?

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