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Los secretos de Oxford

Электронная книга - «Los secretos de Oxford». Краткое содержание книги:

Cuando Harriet Vane regresa a la Universidad de Oxford, encuentra a los profesores y alumnos de su college nerviosos por los extraños mensajes de un lunático. Con la ayuda de lord Peter Wimsey, Harriet empieza una investigación para desenmascarar al autor de las amenazas.
Una novela de misterio, e incluso de terror, Los secretos de Oxford es también una obra sobre el papel de las mujeres en la sociedad contemporánea, una reflexión sobre la educación y una historia de amor entre dos mentes privilegiadas.
Una de las mejores novelas de misterio del siglo XX y la obra maestra de Sayers, precursora de Patricia Highsmith, Iris Murdoch o A.S. Byatt.
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La señorita Martin hizo un gesto de desconsuelo, se irguió y se dispuso a acometer su tarea.

La señorita Hillyard, con toga, se dirigía a una de las aulas. Parecía ojerosa y atormentada, pensó Harriet. Lanzaba miradas a derecha e izquierda, como si pensara que la seguían.

Por una ventana abierta de la planta baja del Queen Elizabeth se oía la voz de la señorita Shaw, que estaba dando clase:

– También podrían haber utilizado una cita del ensayo De la Vanité. Recuerden el párrafo: Je me suis couché mille fois chez moi, imaginant qu'on me trahirait et assomerait cette nui-là…, su morbosa preocupación por la idea de la muerte y su…

La maquinaria académica seguía funcionando. La administradora y la tesorera estaban a la entrada de sus despachos, con las manos llenas de papeles. Debían de estar hablando de alguna cuestión económica. Se miraban con reserva y hostilidad; parecían dos perros huraños encadenados juntos y obligados a llevarse bien, aunque a regañadientes, por una reprimenda de su amo.

La señorita Pyke bajó por la escalera y pasó junto a ellas sin dirigirles la palabra. Después pasó por la tarima junto a Harriet, también sin dirigirle la palabra. Llevaba la cabeza alta y desafiante. Harriet entró y se dirigió a la habitación de la señorita Lydgate. Sabía que estaba dando clase; podría utilizar su teléfono sin que la molestaran. Pidió una conferencia a Londres.

Un cuarto de hora más tarde colgaba el auricular con el ánimo por los suelos. No entendía por qué tenía que haberla sorprendido que la señorita Climpson se hubiera ausentado por «encontrarse ocupada con un caso». Le parecía vagamente monstruosa que tuviera que ser así, pero así era. ¿Deseaba hablar con otra persona? Harriet preguntó por la señorita Murchison, la única otra persona de la empresa a la que conocía personalmente. La señorita Murchison se había marchado hacía un año para casarse. Harriet se lo tomó casi como una ofensa personal. No le apetecía volcar todos los detalles del problema de Shrewsbury en los oídos de una perfecta desconocida. Dijo que enviaría una carta, colgó y se sentó, sintiéndose extrañamente impotente.

Está muy bien adoptar una postura firme y precipitarse al teléfono, decidida a «hacer algo» sin tardanza; los demás no se cruzan de brazos esperando a lo que más convenga, ni siquiera a nosotros, que somos tan interesantes e influyentes. Harriet se rió de su propia irritación. Había decidido actuar inmediatamente, y estaba furiosa porque una empresa tenía sus propios asuntos que atender. Sin embargo, era imposible esperar más. La situación empezaba a convertirse en una pesadilla. El rostro de la gente se había distorsionado y había adoptado una expresión taimada de la noche a la mañana; los ojos estaban llenos de temor, las palabras más inocentes cargadas de sospecha. En cualquier momento podía sobrevenir otra atrocidad y llevárselo todo por delante.

De repente le dieron miedo todas aquellas mujeres: horti conclusi, fontes signati, estaban todas encerradas, aisladas tras unos muros que a ella la dejaban fuera. Sentada allí a la clara luz de la mañana, contemplando el prosaico teléfono de la mesa, comprendió el pavor ancestral de Artemisa, la diosa de la luna, la virgen cazadora, cuyas flechas son plagas y muerte.

Entonces pensó que era una idea absurda recurrir a la ayuda de otro hatajo de solteronas; aunque lograra localizar a la señorita Climpson, ¿cómo iba a explicarle el asunto a aquella virgen anciana y seca? Solo con ver los anónimos probablemente sentiría ganas de vomitar y no alcanzaría a comprender el problema. En este sentido, Harriet no le hacía justicia a la señora; la señorita Climpson había visto muchas cosas extrañas en el transcurso de sesenta y tantos años de vida en casas de huéspedes, y estaba tan libre de represiones y complejos como podría estarlo cualquier otro ser humano, pero lo cierto era que el ambiente de Shrewsbury empezaba a sacar de quicio a Harriet. Lo que necesitaba era alguien con quien no tuviera que morderse la lengua, alguien que ni mostrara ni experimentara sorpresa ante ninguna manifestación de las rarezas humanas, alguien a quien conociera y en quien pudiera confiar.

Había muchísimas personas en Londres, hombres y mujeres, para quienes hablar de las aberraciones sexuales era algo cotidiano, pero la mayoría no eran muy dignas de confianza. Ejercitaban la normalidad hasta que les salían bultos por todas partes, como los músculos de los forzudos profesionales, y no parecían ni mucho menos normales. Y no paraban de hablar, a voz en grito. Su rozagante salud mental asustaba al común de los mortales desequilibrados. Repasó mentalmente varios nombres, pero no dio con ninguno que pudiera servirle.

– La verdad es que no sé si necesito un médico o un detective -le dijo al teléfono-. Pero necesito a alguien.

Pensó, y no era la primera vez, que ojalá hubiera localizado a Peter Wimsey. Naturalmente, no era la clase de caso que él hubiera podido investigar debidamente, pero a lo mejor conocía a la persona idónea. Al menos a él no le habría sorprendido nada, no se habría escandalizado por nada: tenía demasiada experiencia del mundo. Y era de absoluta confianza. Pero no estaba. Había desaparecido en el mismo momento en el que ella tuvo noticia del asunto de Shrewsbury; era como si lo hubiera hecho a propósito. Al igual que lord Saint-George, empezaba a pensar que Peter no tenía derecho a desaparecer justo cuando se lo necesitaba. El hecho de que ella llevara cinco años negándose airadamente a contraer más obligaciones con Peter Wimsey no tenía ningún peso en aquellos momentos; de buena gana habría contraído obligaciones con el mismísimo diablo si hubiera tenido la certeza de que el príncipe de las tinieblas era un caballero cortado por el mismo patrón que Peter, pero Peter estaba tan fuera de su alcance como Lucifer.

¿Tanto? Tenía el teléfono al lado. Podía hablar con Roma con la misma facilidad que con Londres, si bien resultaría una pizca más caro. Probablemente se debía tan solo a la modestia económica de la persona cuyos ingresos eran fruto exclusivo del trabajo lo que daba mayor trascendencia a llamar a alguien a otro país que a otra ciudad. De todos modos, no pasaría nada por mirar la última carta de Peter y buscar el número de teléfono de su hotel. Salió rápidamente y se topó con la señorita De Vine.

– ¡Oh! -exclamó la profesora-. Venía a buscarla. Creo que debería ver esto.

Le tendió un trozo de papel; las letras impresas le resultaron odiosamente familiares.

TU TURNO SE ACERCA

– Está bien que te avisen -dijo Harriet, con una ligereza que no sentía-. ¿Dónde, cuándo y cómo?

– Se ha caído de un libro que estoy usando -contestó la señorita De Vine, parpadeando tras las gafas-. Hace un momento.

– ¿Cuándo fue la última vez que usó el libro?

– Eso es lo más curioso -dijo la señorita De Vine, parpadeando otra vez-. Que no lo utilicé yo. Se lo llevó anoche la señorita Hillyard, y me lo ha devuelto la señora Goodwin esta mañana.

Teniendo en cuenta lo que había dicho la señorita Hillyard de la señora Goodwin, no le extrañó demasiado que la hubiera elegido a ella para que le hiciera los recados, pero en ciertas circunstancias la elección puede ser acertada.

– ¿Está segura de que ayer no estaba el papel?

– No lo creo. Consulté varias páginas y supongo que lo habría visto.

– ¿Se lo dio directamente a la señorita Hillyard?

– No. Lo dejé en su casillero antes del comedor.

– Es decir, que se lo podría haber llevado cualquiera.

– Pues sí.

Para desesperarse. Harriet se apoderó del papel y siguió su camino. Ya ni siquiera estaba claro a quién iba dirigida la amenaza, y mucho menos quién la enviaba. Recogió la carta de Peter y se dio cuenta de que ya había tomado una decisión. Había dicho que llamaría a la dirección de la empresa y eso haría. Si bien él no era técnicamente el director, sin duda era el cerebro. Pidió la conferencia. No sabía cuánto tardaría pero dejó instrucciones en la conserjería para que cuando la pusieran la buscaran y la encontraran a toda costa. Se sentía terriblemente agitada.

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