El Club de París
- Автор: Берри Стив
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Club de París». Краткое содержание книги:
Stephanie oyó su nombre por radio y una voz anunció:
– Tenemos algo.
– ¿Dónde? -respondió ella.
– En la cúpula.
– Vamos para allá.
Thorvaldsen le estrechó la mano a Graham Ashby, forzó una sonrisa y dijo:
– Un placer conocerle.
– Lo mismo digo. Conozco a su familia desde hace muchos años. También admiro su porcelana.
Thorvaldsen asintió en un gesto de agradecimiento por el cumplido. En ese momento se percató de que Eliza Larocque vigilaba cada uno de sus movimientos, analizándolos a él y a Ashby, así que echó mano de todo su encanto y siguió interpretando su papel.
– Eliza me ha dicho que quiere usted unirse a nosotros.
– Parece que merecerá la pena el esfuerzo -repuso Thorvaldsen.
– Creo que le gustará el grupo. Estamos empezando, pero en estas reuniones lo pasamos muy bien.
Thorvaldsen examinó de nuevo la sala y contó siete miembros, incluidos Ashby y Larocque. Los camareros deambulaban como fantasmas extraviados. Cuando terminaron sus quehaceres, desaparecieron uno a uno por una puerta situada al fondo de la sala.
La intensa luz del sol entraba a raudales por un tabique de cristal e impregnaba de un brillo dorado la alfombra roja y el lujoso entorno.
Larocque animó a todos a tomar asiento. En ese momento, Ashby se ausentó.
Thorvaldsen se dirigió a la mesa más cercana y entonces vio a un camarero guardando sillas detrás del escenario que tenía a su derecha. Al principio creyó que era un error, pero cuando el joven regresó para cargar más sillas, sus dudas se disiparon. Sam Collins estaba allí.
Malone y Stephanie subieron una escalera metálica que conducía a un espacio situado entre los muros interiores y exteriores. La cúpula no era de una sola pieza. Por el contrario, desde dentro solo se apreciaba una de las dos hileras de ventanas visibles desde el exterior del cilindro. Una segunda cúpula, completamente cercada por la primera y visible a través de la abertura superior de la bóveda más baja, capturaba los rayos de sol por una segunda fila de ventanas e iluminaba el interior. Era un ingenioso diseño de encajes, solo evidente desde arriba.
Encontraron una plataforma apoyada en la cúpula superior, entre el dermatoesqueleto zigzagueante de vigas de madera y los tirantes de acero más recientes del edificio. Otra escalera metálica se inclinaba hacia el centro, entre los soportes, hasta alcanzar una segunda plataforma que anclaba una última escalera que conducía a la linterna. Se hallaban cerca de la cima de la iglesia, a unos noventa metros de altura. En la segunda plataforma, por debajo de la linterna, vieron a un miembro del personal de seguridad francés, que había entrado en los Inválidos hacía unas horas, señalando hacia arriba.
– Ahí.
Eliza estaba encantada. Habían asistido los siete miembros, además de Henrik Thorvaldsen. Todo el mundo buscaba asiento. Ella había insistido en que hubiera dos mesas para que nadie se sintiera agobiado. Odiaba sentirse agobiada. Quizá era porque había vivido sola durante toda su vida adulta. No es que un hombre no pudiera ofrecerle de vez en cuando una agradable distracción, pero le repugnaba la idea de una relación personal íntima, alguien con quien deseara compartir sus pensamientos y sensaciones y que quisiera que ella hiciese lo mismo.
Había observado sin perder detalle el encuentro entre Thorvaldsen y Graham Ashby. Ninguno de los dos había mostrado reacción alguna. Sin duda, eran dos extraños que se veían por primera vez.
Eliza consultó su reloj. Era hora de empezar.
Antes de que pudiera atraer la atención de todo el mundo, Thorvaldsen se le acercó y le dijo en voz baja:
– ¿Ha leído Le Parisién esta mañana?
– Lo haré más tarde. He tenido una mañana ajetreada.
Thorvaldsen se metió la mano en el bolsillo y sacó un recorte de periódico.
– Entonces debería ver esto. Desde la página 12A. Columna superior derecha.
Eliza echó un vistazo rápido al artículo, que recogía un robo que se había producido el día anterior en el Hotel des Invalides y su Musée de l’Armée. De una de las galerías en proceso de remodelación, los ladrones habían sustraído un objeto de la exposición dedicada a Napoleón. Se trataba de un libro, Los reinos merovingios 450-751 d. C,importante por el mero hecho de que el emperador lo mencionaba en su testamento, aunque por lo demás carecía de excesivo valor, lo cual explicaba su presencia en la galería. El personal del museo estaba confeccionando un inventario con los objetos restantes para averiguar si faltaba algo más.
Eliza miró a Thorvaldsen.
– ¿Cómo sabe usted que esto podría ser relevante para mí?
– Como dejé claro en su château,los he estudiado a usted y a él con sumo detalle.
La advertencia que había lanzado Thorvaldsen el día anterior resonó en los oídos de Eliza.
“Si voy bien encaminado, le dirá que no pudo conseguir lo que anda buscando, que no estaba allí, o pondrá cualquier otra excusa”.
Y eso era exactamente lo que le había dicho Graham Ashby.
L
Malone trepó hasta la linterna por una abertura que había en el suelo. Al salir al exterior, lo recibieron un aire gélido y la luz de aquel radiante mediodía. La panorámica era espectacular dondequiera que mirara. El Sena serpenteaba a través de la ciudad en su periplo hacia el norte, el Louvre se alzaba al noreste y la Torre Eiffel unos tres kilómetros al oeste. Stephanie lo siguió. El vigilante subió de último, pero se quedó en la escalera, de modo que solo podían verle la cabeza y los hombros.
– Decidí registrar la cúpula personalmente -dijo-. No encontré nada, pero me apetecía un cigarrillo, así que trepé hasta aquí y lo vi.
Malone miró hacia donde apuntaba el dedo del vigilante y vio una caja azul de unos veinticinco centímetros cuadrados adosada al techo de la linterna. Una barandilla decorativa de cobre protegía cada uno de los cuatro arcos de la cúpula. Con cuidado, Malone se subió a una de las barandillas y se acercó a escasos centímetros de la caja. En un lateral de la caja vio un cable delgado, que mediría unos treinta centímetros de largo, balanceándose con la brisa.
Malone miró a Stephanie.
– Es un transpondedor, una baliza para atraer a ese avión hasta aquí -dijo mientras tiraba del artilugio, que estaba sujeto con un fuerte adhesivo-. Se activa por control remoto, no puede ser de otra manera. Pero colocarlo aquí les habrá supuesto un gran esfuerzo.
– Eso no es un problema para Peter Lyon. Ha logrado cosas más difíciles.
Malone se agachó, sosteniendo todavía el transpondedor, y lo apagó accionando un interruptor situado en un lateral.
– Eso debería complicarle las cosas -Malone le entregó el dispositivo a Stephanie-. Ha sido demasiado fácil. Lo sabes, ¿no?