El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia
- Автор: Carlo Philip
- Язык: испанский
- Жанр: Другие документальные фильмы
Электронная книга - «El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia». Краткое содержание книги:
Peter Calabro estaba muy comprometido con Roy DeMeo. Cuando Calabro había querido librarse de su mujer, de la que estaba separado, Roy se encargó del trabajo, la raptó en Brighton Beach, Brooklyn, la ahogó y la echó al mar. Pero por puro azar la Guardia Costera encontró su cuerpo flotando cerca del cabo Sandy de Nueva Jersey. La madre de Carmella estaba convencida de que Calabro había sido responsable de aquello, y dijo a todos los policías que le prestaron atención que Peter Calabro había matado a su hija, que era un vil asesino, un «bellaco», según decía ella. El caso llegó a presentarse ante un gran jurado de Brooklyn, pero Calabro tenía una coartada a prueba de bombas y no había pruebas suficientes para sustentar una acusación. No se podía establecer con claridad si la muerte de Carmella había sido un homicidio o un suicidio.
Richard no había tenido nada que ver con el asesinato de Carmella Calabro, pero DeMeo se había ocupado en persona de ahogarla y de dejar su cuerpo en el mar. A diferencia de Richard, DeMeo no tenía ningún reparo en matar a una mujer.
DeMeo sabía que esta muerte forjaría un vínculo inseparable entre Calabro y él, y gracias a ello DeMeo gozaba de información constante sobre la mayor parte de las investigaciones que se realizaban sobre sus actividades de negocios enormemente delictivas, sobre todo sobre su lucrativo negocio de coches robados. DeMeo era como un pulpo codicioso; sus tentáculos llegaban a todas partes. Además, pagaba muy bien a Calabro su colaboración. Uno de los muchos «favores» que hacía el detective Calabro a DeMeo y a otros miembros de la familia Gambino era proporcionarle números de identificación VIN limpios para los coches robados.
Los negocios que tenía Richard con el polifacético Roy DeMeo eran de dos tipos, el asesinato y la pornografía, y en ambos ganaba dinero a espuertas. Cuando DeMeo tenía un «trabajo especial», llamaba a Richard, el Grandullón. A Richard también lo llamaban el Polaco, un nombre que a él no le gustaba demasiado [6], aunque sabía que cualquier mote sería mejor que su nombre verdadero. No es casualidad que todos los mafiosos tengan apodos.
Con la colaboración mortal de Richard, DeMeo se convirtió en el aparato bien engrasado de ejecuciones de la familia Gambino; y como DeMeo no era todavía «hombre hecho», aceptaba encargos de asesinato para casi cualquier persona que quería que se matara a otra.
Nino Gaggi, el mentor de Roy, repetía a este que se controlara un poco, que fuera más discreto, que dejara de matar a tanta gente; pero las cantidades enormes de dinero que estaba dando DeMeo a Gaggi servían para despejar casi todas las inquietudes de este. Gaggi tenía una verdadera ansia de dinero, era avaricioso a más no poder, y Roy DeMeo le entregaba con regularidad bolsas de papel de estraza llenas de billetes de banco; y en las fiestas DeMeo seguía presentándose en casa de los Gaggi con camiones cargados de regalos (literalmente), joyas costosas para Rose, la esposa de Nino, juguetes para todos los niños. Una especie de Papá Noel italiano salido del infierno.
En los meses que siguieron a la ejecución de Hoffa, Richard se reunió con DeMeo una docena de veces en la casa de comidas junto al puente Tappan Zee, y llevó a cabo con éxito todos los encargos que le hizo DeMeo, sin problemas ni repercusiones, sin complicaciones ni contratiempos.
Fue en esta época cuando Richard empezó a llevar a más víctimas a las cuevas para que las devoraran las ratas, mientras él filmaba sus muertes. hasta tomó la costumbre de sentarse en su casa a ver esos vídeos espantosos, cuando ya se habían acostado todos los demás. Mientras los veía, se tomaba un tentempié de medianoche, un emparedado de pavo con pan de centeno, con algo de mayonesa. Más que por divertirse, veía las películas intentando comprender las reacciones que le producían… por qué aquellas cosas no lo inquietaban en lo más mínimo, dice él; por qué no le importaban, según explicó hace poco.
Hasta llegó a enseñar una de las películas a DeMeo, que era un psicópata con todas las de la ley; y ni siquiera DeMeo fue capaz de soportar el espectáculo. Por las películas, DeMeo comprendió que Richard era un personaje fuera de lo común, que era, según creía él, un hombre sin alma.
– Es de hielo, joder -decía a los de su cuadrilla-. De hielo de verdad.
Y aquellas películas establecieron también unos lazos perversos de «amistad» entre Roy y Richard, que llegaron a disfrutar mutuamente de la compañía del otro… eran tal para cual.
Con todo, Richard seguía esperando la oportunidad de matar a Roy, de darle una paliza, humillarlo y quitarle la vida. Para Richard, este tratamiento era el remedio definitivo de todos los males. Richard se servía del asesinato para librarse de sus problemas del mismo modo que la gente se sirve de la aspirina para librarse de los dolores de cabeza.
Además de los asesinatos por contrato, Richard asesinaba a gente con la que mantenía tratos de negocios, a hombres a los que había dejado pornografía a cuenta y que habían decidido que no pensaban pagarle. Uno de estos tipos tenía una tienda de pornografía en el centro de Los Angeles. Era un hombretón como un oso, que se jactaba de ser duro, independiente, de no tener miedo a nadie. Debía a Richard diez mil dólares y, arrogante, hasta dejó de atender las llamadas de Richard.
Richard, enfadado, tomó un avión y fue a ver a aquel tipo. Se había traído en su equipaje dos granadas de mano de fragmentación que había conseguido por medio de DeMeo. Richard entró en la tienda del tipo sin haber anunciado su visita. Llevaba una granada de mano en cada bolsillo. El tipo estaba detrás del mostrador, que llegaba a la altura del pecho. Estaba sentado en un taburete alto, con un cojín; era un tipo grande, pesado y con cara de pocos amigos, de estar reñido con el mundo y con todos sus habitantes.
– Hola, amigo -dijo Richard, dirigiéndose hacia él, caminando sobre las puntas de los pies, torciendo la boca hacia la izquierda, emitiendo ese leve chasquido suyo.
– Hola, Grandullón, dijo el tipo, nada contento de ver aparecer de pronto a Richard en su tienda.
– He estado intentando ponerme en contacto contigo, amigo -dijo Richard.
– Sí; bueno… he estado muy liado; ya sabes cómo son las cosas.
– Tienes una cuenta pendiente conmigo, amigo.
– Sí, bueno… de momento, no tengo todo el dinero.
– ¿Y cuánto tienes? -le preguntó Richard.
– Nada.
– ¿Nada?
– Eso es; cero -dijo el tipo, sonriendo, mostrando unos dientes torcidos y manchados de nicotina, como si acabara de decir un chiste. Pero Richard no le vio la gracia.
– Qué gracioso -dijo Richard.
– Soy el rey de la comedia. Trabajaba de humorista antes de dedicarme a esto -dijo, indicando la tienda con un amplio gesto, como si fuera un logro notable y digno de admiración.
– Y ¿qué pasa con mi dinero? Lo necesito -dijo Richard.
– ¿Qué te parece si vuelves a pasarte por aquí dentro de… un mes, digamos?
– Eso no fue lo que acordamos.
– Sí, bueno, pues ahora sí lo es.
– ¿Porque tú lo dices?
– Porque yo lo digo.
Richard sonrió. Su sonrisa no era agradable de ver. Le salió de los labios aquel chasquido suyo, ti-ti-ti.
Richard sacó una granada de mano y le extrajo la anilla, aunque el propietario de la tienda no lo vio porque se la ocultaba el alto mostrador. Richard entregó la anilla de la granada al tipo que estaba detrás del mostrador.
– ¿Qué es esto? -le preguntó el tipo.
– Una sorpresa -dijo Richard, caminando hacia la puerta de la tienda.
– ¿Qué sorpresa?
– Esta -dijo, y arrojó la granada de mano detrás del mostrador, junto al tipo. Richard salió de la tienda. La granada estalló e hizo pedazos a aquel bravucón.
[6] En inglés, un polaco es a Pole o a Polish man; pero a Richard lo llamaban Polack, que significa también «polaco», pero con matiz despectivo. (N. del T.)