El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia
- Автор: Carlo Philip
- Язык: испанский
- Жанр: Другие документальные фильмы
Электронная книга - «El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia». Краткое содержание книги:
Nino no podía tolerar aquel insulto y juró matar a Governara.
Pronto corrió por todo Bensonhurst la voz de que Gaggi quería acabar con Governara, de que quería su sangre. A Vinnie Governara lo llamaban Vinnie el Lelo porque no tenía una gran capacidad mental, pero era un atleta de primera, gran jugador de frontón y de béisbol, además de campeón de boxeo. Parecía un Jerry Lewis a la italiana, con la boca grande. Vinne el Lelo era, además, un bailarín excelente. Las noches de música latina iba a la sala Hollywood Terrace, en la avenida Dieciocho, y daba todo un recital. Era tan buen bailarín que la gente le hacía sitio en la pista de baile para verlo actuar. Vinnie también era un luchador lleno de saña, golpeaba a la gente con combinaciones rapidísimas. Jamás había perdido una pelea callejera. Cuando Vinnie se enteró de quién era el hombre al que había pegado, se marchó de Brooklyn y se fue a Florida. Vinnie había nacido y se había criado en Bensonhurst y sabía bien el precio de derribar de un puñetazo a un «hombre hecho»: la muerte.
Vinnie el Lelo acabaría por tener gran importancia para el ingreso definitivo de Roy DeMeo.
Governara volvió al barrio algunos meses después de haber roto la nariz a Gaggi, y vieron su coche aparcado en la avenida Bath, unas pocas manzanas al sur de la calle Ochenta y Seis. Nino Gaggi encargó a su sobrino Dominick, veterano de la guerra de Vietnam que se había entrenado para operaciones especiales, que dispusiera una granada de mano para que estallara cuando Governara abriera la puerta del coche. La granada la proporcionó con mucho gusto Roy DeMeo.
Pero cuando Governara abrió la puerta del coche, haciendo saltar la anilla de la granada de mano, no cerró la puerta enseguida, y cuando estalló la granada, la mayor parte de la fuerza expansiva se escapó por la puerta abierta. A pesar de ello, la explosión rompió una pierna a Governara y lo arrojó hasta la otra acera de la avenida Bath, una arteria principal que atraviesa el corazón del territorio mafioso.
Huelga decir que Governara volvió a desaparecer de Bensonhurst. Se volvió a Florida y, prudentemente, pasó una temporada sin aparecer por allí… pero no tanto como debía; y cuando regresó a Bensonhurst, vieron su coche en la esquina de la avenida Veinte y la calle Ochenta y Cinco; casualmente a solo dos manzanas del Hy Tulip, donde había comenzado todo aquello.
Era el 12 de junio de 1976, el cumpleaños de Denise Montiglio, la esposa de Dominick. En casa de los Gaggi se celebraban siempre los cumpleaños por todo lo alto. Roy DeMeo estaba por allí, y regaló a Denise (una hermosa chica de barrio de origen italiano, de larga cabellera negra y una gran sonrisa encantadora) un reloj de pulsera con diamantes. Denise era sobrina política de Nino, y Roy estaba dispuesto a hacer lo que hiciera falta por agradar a Nino, por congraciarse con Nino.
Cuando Nino se enteró de que habían visto el coche de Vinnie Governara en la avenida Veinte, salió enseguida de la casa con su sobrino y con Roy DeMeo, abandonando la fiesta de cumpleaños, para ir a matar a Vinnie Governara por una ofensa, por una nariz rota, que este había cometido hacía ya quince meses. El sobrino de Nino, Dominick, tenía el pelo negro, ojos oscuros, pómulos marcados. Había intervenido en muchos combates en Vietnam, y tras volver de la guerra estaba callado y taciturno, parecía como si se cerniera sobre su cabeza un nubarrón de tormenta.
Nino se puso un bigote postizo ridículo, y los tres, Dominick, Roy y él, fueron hasta la avenida Veinte en el coche de Roy y se pusieron a esperar a Vinnie Governara. Era un sábado a media tarde. Había mucha gente por la calle, de compras. Nada de aquello impediría a Nino Gaggi vengarse. Matar a un hombre a plena luz del día, cerca de la calle Ochenta y Seis, era, en realidad, una empresa absurda y muy arriesgada; pero aquello no bastaba para disuadir a Nino. Estaba dispuesto a sacrificar todo lo que tenía con tal de desquitarse de Vinnie Governara, que no era más que un joven que luchaba por abrirse camino en la vida con un buen par de puños.
Nino Gaggi no tuvo que esperar mucho. Vieron llegar a Governara, que se dirigía tan tranquilo a su coche, un viejo Plymouth. Nino y Roy se pusieron a su espalda. Governara los vio y echó a correr. Allí mismo, a plena luz del día, Roy y Nino apuntaron a Governara, que huía, y lo abatieron con una ráfaga de balas del 38. Dominick no disparó con la 22 que llevaba. Cuando corrían otra vez hacia el coche de Roy, algunos transeúntes empezaron a perseguirlos. Gaggi levantó su 38. Todos se tiraron al suelo. Los asesinos subieron rápidamente al coche de DeMeo, se pusieron en camino y consiguieron huir. Governara murió a consecuencia de sus heridas a los pocos días, en el hospital de Coney Island.
Desde entonces, DeMeo pidió con mayor insistencia a Gaggi que hablara con Paul Castellano para que lo hicieran «hombre hecho». Gaggi prometió a Roy hablar con él; se encargaría de que a DeMeo lo «arreglaran» por fin, como decían ellos.
Aquel incidente entre Governara y Nino Gaggi solo afectó a Richard Kuklinski en el sentido de que conduciría por fin a que Roy DeMeo se convirtiera en «hombre hecho», lo que significaría que Richard ganaría más dinero con él y que DeMeo pasaría más contratos de asesinato a Richard.
El golpe siguiente que llevó a cabo Richard para DeMeo fue también en Los Angeles. La víctima debía dinero a los mafiosos, no pagaba, parecía como si estuviera retando a los mafiosos a que hicieran algo. DeMeo avisó a Richard por el busca, se reunió con él en la casa de comidas próxima al puente Tappan Zee, encomendó el contrato a Richard, y este volvió a viajar a Los Ángeles al día siguiente.
La víctima era muy desconfiada. Sabía que lo buscaban, y se movía con cautela. Richard pasó días enteros acechando ante su casa. El hombre vivía en un edificio de pisos de color rosa, en Sherman Oaks. Richard lo vio dos veces, pero no pudo hacer nada. Había testigos. A Richard no le gustaba rondar tanto tiempo para hacer un trabajo. Las probabilidades de que algo saliera mal aumentaba a cada hora que pasaba. Frustrado, intentó una cosa que había visto en unos dibujos animados de Bugs Bunny. Fue directamente a la puerta de la casa de la víctima y llamó. Veía luz por la mirilla y acercó un ojo. Cuando vio que la silueta oscura de la víctima se acercaba y llegaba a la puerta, apoyó en la mirilla el cañón de una 38, esperó el momento y disparó, matando a la víctima al instante de un tiro en un ojo.
Después de un nuevo trabajo bien hecho, Richard fue a hacer una buena comida en Hollywood Oeste, se dio un largo paseo, durmió bien aquella noche, y al día siguiente se volvió a reunirse con su familia.
El dinero seguía llegando en cantidad; pero, por mucho que ganara Richard, nunca parecía suficiente. Salía más deprisa que entraba, según contó hace poco.
Richard ya estaba llevando a cabo de cuatro a seis contratos al mes por término medio. Era un hombre muy ocupado y aplicado; siempre trabajaba con un cuidado escrupuloso; siempre tenía éxito. Hasta empezó a utilizar veneno para matar. También volvió a darse otra vez al juego, cosa que no le sentaba nada bien. Es difícil romper con los viejos hábitos.
35
Era la primavera de 1977, una estación de renacimiento y de renovación; había terminado el crudo invierno de la Costa Este. Las hojas verdes y la hierba volvían a las calles tranquilas y arboladas de Bensonhurst, aquel barrio discreto donde se daba la mayor concentración mundial de asesinos en serie. Los pájaros cantaban. Se abrían las flores. Brillaba el sol. Los chicos volvían a las calles y organizaban partidos bulliciosos de stickball con palos de escoba recortados, de «churro, media manga y manga entera» y de pídola. Las niñas jugaban a la comba. A excepción de los enfrentamientos que se producían a veces entre gentes de la Mafia, Bensonhurst era un barrio seguro, un buen lugar para criar a los niños, por donde se podían pasear sin inquietud las mujeres y las muchachas.