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Marcas de Fuego

Электронная книга - «Marcas de Fuego». Краткое содержание книги:

Varios hoteles se incendian en el Chicago de las muchas razas e infinitas tramas. Nadie sabe por qué. ¿Algo huele a corrupción? Victoria Warshawski, la elegante, dura y original detective protagonista de las novelas de Sara Paretsky, jamás rehúye una causa noble, sobre todo si se trata de evitar la explotación de cualquier minoría étnica y de esa gran mayoría marginada que constituyen las mujeres.
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Tengo siempre un juego de herramientas en mi mueble archivador para arreglar el lavabo de señoras, que se rompe como media unas dos veces al mes. Desde que Tom Czarnik decidió que quería deshacerse de todas las inquilinas, no sólo de mí, he aprendido en todos esos años a hacer algo de fontanería básica. Saqué la llave inglesa y golpeé varias veces el casco. Aún parecía demasiado nuevo, pero pude añadirle unos cuantos bollos y rayajos artísticos. Tendría que servir.

Me pasé el mono por encima de los vaqueros y me cambié la pistola al profundo bolsillo lateral, añadiendo a las demás mi pequeño juego de herramientas de la oficina. Innecesarias en el Ryan, pero pensé que me darían un toque de autenticidad. Vacié el contenido de mi bolso en distintos bolsillos y apagué las luces de mi despacho. Me había dejado las botas de montaña en el coche. No me las pondría hasta que estuviese en el Ryan: eran demasiado pesadas para conducir. Con el casco bajo el brazo, volví a salir. Esta vez fue el teléfono de la oficina el que ignoré mientras cerraba el cerrojo de seguridad.

El ascensor, que había subido a duras penas cuando volvía con mis ropas de trabajo, había renunciado por completo a moverse. Cuadré los hombros y me dirigí a las escaleras.

Capítulo 34

La cosa está que arde

Me até las botas y empecé a subir la rampa desmantelada por la que la semana anterior me resbalaba con mis zapatos de calle. Un buen par de botas con sus buenas suelas era algo muy distinto. Me dirigí hacia arriba a buen paso. Con el casco y el mono pasaba suficientemente inadvertida como para que nadie me dirigiera una mirada.

Conforme subía la pendiente a fuertes pasos, me di cuenta de que no tenía por qué preocuparme por el aspecto de mis ropas nuevas: el polvo de cemento no tardó en cubrirlas. Me saqué las gafas de sol de uno de los bolsillos de delante para protegerme los ojos, pero no tenía nada para evitar que el polvo me entrara en los pulmones. Aunque también mi tosecilla seca me daba un toque suplementario de autenticidad. Lo único que echaba en falta era un pañuelo al cuello: rojo o amarillo, podía servir para taparse la boca cuando uno estaba realmente inclinado sobre un martillo neumático.

En realidad, echaba de menos otra cosa: el carné del sindicato. Aunque estuviera dispuesta a arriesgarme a que me reconocieran los hombres del remolque, no podía ir por ahí preguntando por Alma Mexicana sin demostrar que pertenecía a la cofradía. Anduve caminando por allí, buscando el llamativo logotipo rojo y verde de Wunsch & Grasso.

Estaba más fuerte que dos días atrás, pero cuanto más tiempo pasaba, menor era mi entusiasmo respecto a mi proyecto. También me di cuenta de que la perfecta obrera de la construcción debería llevar colgada en la presilla de su cinturón una jarra de agua. Hoy era un día más fresco que muchos de los anteriores, pero caminar con el pesado mono, cargada con mis llaves inglesas, respirando el polvo, me hacía arder la cara y me resecaba la garganta. Los hombros me enviaban condolidas señales de aviso.

También hubieran sido útiles unas orejeras: el ruido era aterrador. Martillos neumáticos, palas gigantescas, hormigoneras, cosas que parecían excavadoras con diabólicos pinchos clavados en su pinza frontal, se combinaban con los gritos de miles de hombres en un coro discordante. Pocos trabajadores auténticos llevaban orejeras: más vale quedarse sordo que mostrar una debilidad poco viril.

Caminaba en dirección sur por el lado oeste de la carretera. Para mi ojo inexperto, ésta era la parte más compleja de la obra, ya que estaban añadiendo todo un carril para el tráfico procedente de la avenida Eisenhower. Examiné esa parte de la obra, y luego me esforcé por ver todo el tráfico que ocupaba los cuatro carriles centrales, para asegurarme de que no se me escapaba el logotipo de Wunsch & Grasso por la salida hacia el norte.

Había llegado casi al desvío para la 155 cuando descubrí su equipo, por suerte en mi hielo de la autovía. Me subí a la barrera protectora para esperar mi segundo aire mientras examinaba el terreno. La parte de Alma Mexicana en la operación comprendía una media docena de máquinas y tal vez veinte o treinta hombres.

Su contingente no se dedicaba a verter cemento. Más bien, por lo que podía ver, estaban aplanando el firme, utilizando apisonadoras gigantescas para convertir gigantescos pedruscos en chinitas diminutas, y luego pasando por encima con otra máquina para allanarlo. Los hombres que no estaban accionando las máquinas se afanaban a su alrededor con picos y palas, corrigiendo los defectos de las orillas. Varios estaban parados, vigilando el trabajo.

Era una escena activa e industriosa, y a pesar de la maquinaria moderna, recordaba una escena de tiempos pasados. No había ningún negro entre los obreros, y hasta donde pude ver tampoco había ningún hispano. La mayor parte de sus cascos estaban decorados con el logotipo de Wunsch & Grasso. Una cosa es alquilarle a alguien el equipo, pero hasta una pequeña firma debería ser capaz de pagarse sus propios cascos.

Salté de la barrera y me acerqué a uno de los hombres que vigilaban el trabajo. Junto a las tritura doras de rocas el ruido era tan intenso que necesité cierto esfuerzo para llamar la atención del capataz.

Cuando por fin levantó la vista hacia mí, le grité en el oído.

– ¿Está aquí hoy Luis Schmidt?

– ¿Quién? -voceó a su vez.

– ¡Luis Schmidt!

– No lo conozco.

Volvió a la carretera, señalando a uno de los hombres. Pensé que le iba a pasar a otro mi pregunta, pero lo que quería era indicar algo que había que hacer en el firme. Le di unos golpecitos en el brazo.

Se volvió con impaciencia.

– ¿Pero sigue ahí?

– ¿Aquí es donde trabaja Alma Mexicana?

Puso los ojos en blanco -"estúpida fulana"-. Señaló la máquina que tenía más cerca.

– ¿Usted qué cree?

– Creo que usted es de Alma Mexicana y que alquilan su equipo a Wunsch & Grasso.

Empezó a largarme una aplastante monserga, cuando otro de los capataces se acercó.

– ¿Qué pasa aquí? -preguntó, silenciando al primer hombre con un imperioso gesto del brazo.

– Estoy buscando al personal de Alma Mexicana -voceé-. Me dijeron que estaban utilizando material de Wunsch & Grasso.

El segundo hombre apartó al primero hacia un lado. Tuvieron una animada conversación que no pude oír, pero que implicó grandes gesticulaciones, en dirección al firme y a mí. Finalmente el primer hombre se alejó unos diez metros por la carretera mientras el segundo venía hacia mí.

– Rudy es nuevo aquí. El personal es de A. M., pero los maestros de obras y el material son todos de Grasso. Él no lo sabía. ¿Qué busca aquí?

Inclinó sobre mí su cara curtida para que pudiese oírle. Tal vez le estaba dando a mi imaginación, pero tras la película de polvo blanco, su expresión me pareció fría, casi amenazante.

– Estoy buscando a Luis Schmidt -era la única baza que tenía, así que me atuve a ella.

– No está en la obra. Yo le daré su mensaje.

Sacudí la cabeza.

– No me importa esperar.

– Hoy no va a venir por aquí, señorita. Ni mañana. Así que si tiene un recado, démelo, y si no, salga de la obra.

Advirtió a un par de hombres con picos y les hizo una señal con la cabeza. Cuando se acercaron les dijo:

– Esta señorita ha entrado aquí por error. Aseguraos de que sale de aquí y no vuelve.

Levanté las manos, aplacadora.

– Está bien, grandullón, puedo encontrar sola la salida. Además, ya tengo lo que quería.

Me dirigí hacia el norte a buen paso. Los del pico me seguían a corta distancia, haciendo sin parar pequeños comentarios que afortunadamente no pude oír. No era posible que alguien me pudiese atacar en pleno Dan Ryan, con dos mil hombres por testigos. Suponiendo que mis gritos pudiesen penetrar en el ruido de la maquinaria, o que no creyesen que yo era un esquirol y se unieran a la escabechina de lo que quedase de mi cuerpo.

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