Marcas de Fuego
- Автор: Парецки Сара
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Marcas de Fuego». Краткое содержание книги:
Recitándome esa elevada lógica no me calmé, pero me ocupó lo bastante la mente como para evitarme caer en el pánico total. Me ayudó que el conductor que pasaba, aunque siguió avanzando a paso lento, no se detuviera. Por lo que me imaginé, no le preocupaba tanto la alarma como decidirse a abordar a una mujer armada con la cantidad de armas que llevaba yo colgadas. Mantuve la vista al frente, procurando que me resultara invisible. Cuando giré en la esquina a la izquierda, él siguió hacia el norte.
Perdí mi autocontroclass="underline" recorrí al trote la media manzana que quedaba hasta el coche y me dirigí hacia el Ryan sin esperar a ver si alguien respondía a la alarma.
Capítulo 33
"Es una chica excelente, aunque sus manos sean una ampolla ardiente", cantaba en el baño. Eran las once de la mañana del lunes; me acababa de levantar tras un sueño tan profundo como el de los justos, no como el de una vulgar ladrona de moderado éxito.
En los periódicos de la mañana no venía ninguna noticia de mi infracción. Claro que ya estarían probablemente en prensa cuando yo me dirigía en el coche a casa, pero no creo que la alarma de un pequeño negocio de la zona sur mereciese ser mencionada, sobre todo no habiéndose encontrado daños. Mi pánico de la madrugada se había desvanecido. Había dejado una prueba, es cierto, pero esos pañuelos se vendían por docenas todas las semanas en diferentes tiendas irlandesas de importación de la ciudad. No era más que mi propio miedo culpable lo que me hizo creer que con él seguirían la pista hasta mí. La única cosa que no tenía que hacer era llamar a Furey o a Finchley o a cualquier otro policía conocido para preguntar sobre Alma Mexicana.
Me había quitado la venda de la mano derecha antes de meterme en la bañera. Las ampollas de la izquierda se habían reventado y vuelto a cerrar soltando un montón de líquido. Sentí agudos pinchazos cuando metí cautelosamente la mano en el agua. La derecha, que había estado resguardada por su protección de gasa, empezaba a parecer piel auténtica. No hay nada para curarse rápido como los buenos genes. Buen trabajo, V I, has elegido bien los cromosomas de tus padres.
Aunque tenía los hombros agarrotados y el cuello dolorido, me sentía muy feliz.
– "La música es la voz del amor"-canturreé, enjabonándome los sobacos.
No sabía lo que era Farmworks, Inc. No había encontrado ninguna prueba de que Luis Schmidt hubiese intentado asesinarme. Tampoco había avanzado en investigar por qué habían matado a Cerise, ni por qué Elena había huido despavorida, pero el éxito de mi allanamiento de morada resultó ser el mejor de los tónicos.
Salí del baño de un salto, hice unos ejercicios algo más vigorosos que los del día anterior, y me puse el vaquero y una camisa para ir a por la perra del viejo. Peppy había soltado un ladrido por la noche cuando llegué, pero ni el señor Contreras ni Vinnie se habían asomado a verme, así que esperaba haber llegado a casa de extranjis.
El suspicaz escrutinio del señor Contreras cuando abrió la puerta me puso a pensar, pero no solté prenda: cuando era abogada de oficio siempre tenía que prevenir a mis clientes contra la tentación de que con la euforia se pusieran a fardar. La mejor manera de que te trinquen es hacer un trabajo impecable, y luego sentirte tan pagado de ti mismo que tienes que fanfarronear. Luego, alguno de tus compinches se cabrea contigo y canta, y terminas en la Treinta y Seis y California hablando con el abogado de oficio.
– Debías de estar muy cansada, cielo, para dormir hasta tan tarde -dijo severamente el señor Contreras.
– Sí, pero esta mañana estoy mucho mejor. Voy a llevar a su alteza nalgona a dar un paseo -le enseñé mis mejoradas palmas y obtuve el consentimiento algo reticente de llevarme a la perra. Hubiera sido cruel negármela, considerando que estaba culebreando, a punto de estallar de impaciencia.
No estaba en condiciones de hacerla correr, pero la llevé en el coche hasta el lago y le lancé palitos al agua. Un par de gruesos guantes resultaron ser suficiente protección para mis manos. Como los perdigueros parece que nacen sabiendo hacer la braza de espaldas, la única dificultad que tuve fue convencer a Peppy de que volviera a subir al coche cuando mis hombros estuvieron demasiado doloridos para seguir lanzando palos.
Aparqué ilegalmente junto a la boca de incendios frente a nuestra casa y entré corriendo a dejársela al señor Contreras. Se niega a creer que el agua del lago no va a estropearle su delicada constitución, pero antes de que entrase de lleno en el cuerpo de sus protestas, me despedí con una sonrisa.
– Seguro que se acuerda de todo para decírmelo más tarde -afirmé mientras me disparaba flechas con los ojos en el descansillo.
Subí corriendo a mi apartamento y desenterré mis botas de montaña del armario de la entrada. Saqué la pistola de la correa donde la había dejado envuelta sobre una silla por la mañana y me la metí en la cintura. El teléfono se puso a sonar mientras cerraba la puerta, pero lo dejé estar. Pese a mi sentimiento de urgencia, me tomé el tiempo de cerrar los tres cerrojos de seguridad: al fin y al cabo, alguien había intentado matarme, no había ninguna razón como para que le invitara a tenderme una emboscada.
Volví a ponerme los guantes y me dirigí hacia la calzada del Lago. Aunque el césped de los parques que rodean el lago estaba pardusco y seco, la suavidad del aire y el agua que salpicaba refrescaban el recuerdo del tórrido verano. Conduciendo rumbo al sur, me puse a cantar "Casa de mi abuelita voy…", y otras selecciones infantiles.
El garaje subterráneo estaba lleno, pero aunque tuve que aparcar en uno de los dispendiosos estacionamientos de la Avenida Wabash, no por eso se me enfriaron seriamente los ánimos. Silbé por lo bajini mientras subía en el enclenque ascensor del Pulteney hasta el cuarto piso.
Los administradores de nuestro inmueble no creen en gastos tan innecesarios como las luces de los descansillos. Sólo las bombillas de la salida de emergencia a ambos extremos de los pasillos producen una leve iluminación, apenas suficiente para meter a tientas la llave en la cerradura. Al salir del ascensor vi una delgada sombra proyectada en el muro desde mi oficina. No suelo recibir encargos en mi propio despacho, la mayoría de mis clientes, que son sociedades, prefieren que me desplace yo. Es una de las razones por la que puedo llevar adelante mis asuntos en un entorno tan sombrío.
Si alguien quería liquidarme, era una ocasión perfecta. Pensé en precipitarme hacia la escalera y buscar ayuda, pero Tom Czarnik, el administrador del inmueble, estaba deseando tener la oportunidad de demostrar que yo era una inquilina indeseable. Y conseguir que llegara la bofia tardaría probablemente tanto que mi visitante tendría tiempo de sobra de largarse antes de que llegaran.
Y la verdad de la verdad, V. I, es que no soportas pedir ayuda a la gente. Ese frío pensamiento me cruzó la mente pese a que ya corría por el pasillo, en zigzag y encorvando los hombros para hacerme más pequeña. Cuando estuve junto a la oscura figura, solté una risa, aliviada de mis temores: Zerlina Ramsay me estaba esperando.
– Creí que no ibas a llegar nunca, chica. Llevo aquí desde las ocho de la mañana era más un comentario que una queja.
– He estado pachucha -le dije, mientras mis manos enguantadas forcejeaban torpemente con las llaves. Cuando pude por fin meter la correcta en la cerradura, la puerta se abrió lentamente: la acumulación del correo durante una semana la estaba bloqueando. Lo recogí y sujeté la puerta para que entrara la señora Ramsay.
– Podía haberme llamado a casa si me necesitaba, hubiese ido a verla con todo gusto.
Bajo las luces de mi oficina, el color de su piel parecía más saludable que cuando estaba en el hospital. Su severa anfitriona al parecer la estaba cuidando bien.