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Marcas de Fuego

Электронная книга - «Marcas de Fuego». Краткое содержание книги:

Varios hoteles se incendian en el Chicago de las muchas razas e infinitas tramas. Nadie sabe por qué. ¿Algo huele a corrupción? Victoria Warshawski, la elegante, dura y original detective protagonista de las novelas de Sara Paretsky, jamás rehúye una causa noble, sobre todo si se trata de evitar la explotación de cualquier minoría étnica y de esa gran mayoría marginada que constituyen las mujeres.
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– No he querido hacerlo. No sabía con quién vivías, ni si iban a dejarte hablar conmigo -se sentó lentamente en mi utilitaria silla de las visitas-. Además, no quería que Maisie me oyera telefonearte.

Descargué la correspondencia sobre mi mesa e hice girar mi sillón para quedar frente a ella. Tengo el despacho de cara a la ventana, y la silla de las visitas detrás, para que una barrera de acero no intimide a los visitantes.

– He leído en los periódicos que fuiste herida en ese incendio la semana pasada. Frente al Indiana Arms, ¿no es así? -asintió para sí misma con la cabeza y esperé pacientemente a que prosiguiera-. Maisie dice que te deje apañártelas, que le acarreaste problemas a Cerise, o por lo menos se los acarreó tu tía, y que te deje componértelas sola.

No me sentía responsable de la muerte de Cerise, pero tampoco me parecía que iba a llegar a ningún lado discutiéndolo con ella. Además, era muy probable que tuviese razón respecto a Elena, o al menos en parte.

– Creo que las dos estaban tramando algo -aventuré-. Pensé que tal vez pretendían fingir que Katterina había muerto para cobrar una buena indemnización de la compañía de seguros.

– Puede que tengas razón -suspiró tristemente-. Puede que tengas razón. Echarte a ti la culpa no me quita la pena de tener una hija así, que se mete heroína, crack y quién sabe cuántas cosas más, que roba y engaña. Sólo que es más fácil echarte a ti la culpa que preguntarme por las noches qué otra cosa tenía que haber hecho yo.

– Tampoco Elena es el premio gordo -sugerí-. Pero mi padre era su hermano, y gente tan buena como él, ya no la hacen.

– Sí, pero tú no la has criado. Si yo no hubiera tenido que trabajar tanto, y estar siempre fuera… -se interrumpió-. Ahora ya no sirve de nada decirlo. No es por eso por lo que he venido. He tenido que coger tres autobuses.

Tras un silencio meditabundo, durante el cual sus labios carnosos se convirtieron en una estrecha línea, dijo:

– Para ti no es ninguna novedad que a esa tía tuya, la tal Elena, le gusta ir contando historias por ahí.

Esperó mi aprobación antes de seguir.

– Así que afirma que vio a alguien hablando con Jim Tancredi unas semanas antes del incendio, y luego vino a mi cuarto la noche del incendio diciéndome que había estado allí otra vez.

Sonrió con embarazo.

– Entiende, con la clase de vida que llevamos, cualquier cara nueva es una algazara. Puede ser que a ti no te hubiera interesado, pero a mí sí. Entonces fue cuando vio que mi nietecita estaba conmigo, Cense y Otis me la habían dejado, ya sabes, y entonces se pone en plan muy recto con eso de que no puede haber críos en el edificio, y que se lo iba a decir a Tancredi; entonces le di para que se comprara una botella y se largó, pero yo pensé que mejor sería llevar a la princesita con Maisie. Con una alcohólica como Elena no se puede confiar en que se calle la boca sólo porque ella dice que lo va a hacer.

Como me observaba, a la defensiva, gruñí en señal de aprobación: conozco ese aspecto de Elena demasiado bien, con pelos y señales, diría yo, como para discutirlo.

– ¿Qué dijo del hombre que había visto? ¿Negro, blanco, joven, viejo?

Sacudió la cabeza, apesadumbrada.

– Era blanco, de eso estoy bastante segura, aunque ella no lo dijo con esas palabras. Pero dijo que tenía unos ojos fabulosos, ésa fue su expresión, y no me la imagino diciendo eso de un negro.

Eso era enormemente úticlass="underline" para Elena, cualquier hombre de menos de ochenta y cinco años tenía unos ojos fabulosos. También yo le había oído decir eso. La noche del incendio. Vinnie el banquero, que salió a darme la barrila y ella me dijo que no hiciese enojar a un chico con esos ojos tan fabulosos.

Ese recuerdo me trajo a la mente la huidiza cara que había visto entre el gentío ante el Prairie Shores. Vinnie. Vinnie, que no tenía nada que hacer a menos de veinte kilómetros de la zona sur. Había abierto los ojos cuando los camilleros me llevaban a través del gentío y le había visto observándome. Era una imagen tan fugazmente aparecida en mi retina, que sólo ahora recordaba haber abierto los ojos en ese breve destello.

Lentamente, regresé a la habitación. Lo primero que pensé es que tenía que corregir mi agenda del día y salir corriendo a verle. Pero cuando se calmó el acelere de mi cabeza y retornó la razón, recordé que no sabía en qué banco trabajaba.

– ¿Estás bien? -preguntó Zerlina con ansiedad.

– Estoy perfectamente. Estoy pensando que podría saber de quién hablaba.

¿Pero habría ocultado Elena el hecho de que ya había visto a Vinnie antes? ¿No estaba más en su lógica el que intentara insinuársele? Aunque tampoco había tenido tiempo, estábamos discutiendo si podía quedarse o no. Puede que eso alejara a Vinnie de su mente. Y luego esa noche en que ella y Cerise habían aparecido las dos, empezaron con la historia de Katterina, pero una vez en la cama Elena sugirió que era mejor idea chantajear a Vinnie. Por supuesto, a esas alturas ya no me iba a decir nada de él.

– Elena ha vuelto a desaparecer -dije bruscamente-. Se marchó del hospital el sábado por la mañana. Había recibido un buen porrazo en la cabeza y no hubiese debido levantarse, y menos aún correr.

– No han dicho nada de ella en la tele, sólo de ti, por eso de que eres detective. Y que habías rescatado a tu tía, que yo suponía que era Elena. No es por ella por lo que he venido aquí hoy, pero lo siento por ella. No es mala gente, sabes, ni tampoco lo era Cerise. Sólo débiles, las dos.

Se quedó un momento meditando tristemente en silencio. Cuando estuvo claro que ya no había nada más que me quisiera decir, le pregunté si podía acompañarla.

– Mmmmm, si me dejo ver en el coche de una blanca en mi calle, todo el mundo irá a contárselo a Maisie. No, volveré como he venido. No me importa coger tres autobuses, sabes, no tengo mucho que hacer con mi tiempo últimamente.

La ráfaga de excitación que había sentido al recordar que había visto a Vinnie en el incendio se desvaneció cuando se fue Zerlina, y con ella gran parte de mi euforia anterior. Era difícil pensar en su vida y en la de Elena y conservar una gran dosis de entusiasmo. Por otra parte, cuanto más intentaba considerar a Vinnie como un in-cendiario, menos sentido le encontraba. Tal vez era un psicópata pirómano, pero me parecía una coincidencia increíble que se mudara al piso de abajo del mío y que luego resultara que había incendiado el edificio donde vivía mi tía. Claro que hasta los psicópatas tienen que vivir en algún sitio, y no tenía por qué saber que mi tía vivía en uno de los edificios que había elegido como blanco. Y eso explicaría que estuviese despierto y tan irritable tan poco tiempo después del incendio.

Mis ideas seguían debatiéndose inútilmente. Por fin, me obligué a desconectar. Eché un vistazo a mi correspondencia. Dos cheques, ¡fabuloso!, y un puñado de tarjetas de saludo de sociedades clientes. Las cartas obviamente inútiles las tiré. Las facturas podían desde luego esperar, pero el dinero entrante cubriría mis gastos de esa tarde.

Pasé por un cajero automático para depositar el dinero y sacar unos doscientos papiros. Así preparada, caminé hacia el sur por Van Burén, buscando un sitio donde vendieran ropa de trabajo. La demolición sistemática del Loop para dejar sitio a esas deslumbrantes torres ha acabado con los negocios de baja renta. Van Burén solía estar llena de saldos de excedentes del ejército, de ferreterías y cosas así, pero sólo los pomos baratos y las tiendas de licores se han mantenido tenazmente en la zona. Probablemente serán los últimos en partir.

Tuve que andar más de un kilómetro para encontrar lo que buscaba. Me compré un casco y un pesado conjunto de monos y guantes de trabajo. Con mi metro setenta y siete soy alta como mujer, pero aún quepo perfectamente en una talla pequeña de hombre. Todo era demasiado nuevo para convencer a nadie de que era un obrero eventual de la construcción. De vuelta a mi oficina, dejé el mono en el suelo y le pasé varias veces por encima mi sillón giratorio. Ahora seguía pareciendo nuevo pero lleno de grasa.

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