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Marcas de Fuego

Электронная книга - «Marcas de Fuego». Краткое содержание книги:

Varios hoteles se incendian en el Chicago de las muchas razas e infinitas tramas. Nadie sabe por qué. ¿Algo huele a corrupción? Victoria Warshawski, la elegante, dura y original detective protagonista de las novelas de Sara Paretsky, jamás rehúye una causa noble, sobre todo si se trata de evitar la explotación de cualquier minoría étnica y de esa gran mayoría marginada que constituyen las mujeres.
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– ¿Conocía usted a mi madre? -hablaba en voz baja, pero su voz tenía el inconfundible deje gangoso de los suburbios de Chicago.

– La conocí por cuestiones de trabajo. Hablaba mucho de usted y de su hermana, estaba muy orgullosa de ustedes. Y desde luego, conozco a Bárbara Feldman.

– Ah, la hija del tío Saúl -sus ojos azules, ligeramente protuberantes como los de su madre, me miraron con renovado interés-. Nos llevaba demasiados años para jugar con nosotras cuando éramos pequeñas. Conocíamos mejor a Connie.

Su hermana, al ver que seguíamos hablando; se acercó a nosotras. Ni siquiera viéndolas juntas pude determinar quién era la mayor: a eso de los treinta, un año más o menos no se nota tanto como a los tres años.

Alargué la mano.

– Soy V. I. Warshawski, una conocida del trabajo de su madre.

Me estrechó la mano sin decir su nombre. Estas jóvenes generaciones no tienen modales.

– También conoce al tío Saúl, Star.

Eso resolvió el problema del nombre: había estado hablando con la mayor, Shannon.

– Sé que su madre esperaba que ustedes tomaran el relevo en el negocio del señor Seligman. ¿Les parece que lo querrán hacer ahora que su madre ha… nos ha dejado? -iba a decir ha muerto, la palabra exacta, pero me acordé a tiempo de que a mucha gente no le gusta utilizarla. Las dos hermanas intercambiaron unas miradas en parte divertidas, en parte de complicidad.

– El tío Saúl ha sido muy bueno con nosotras -dijo Shannon-, pero su negocio es hoy día demasiado pequeño, realmente. Nuestra madre sólo permanecía allí por afecto hacia él. No había mucho que hacer allí, ni siquiera para ella.

Yo no sabía muy bien lo que estaba buscando, pero algo llevó a la señora Donnelly a no querer enseñar fotos de sus hijas a nadie que tuviese relación con el incendio del Indiana Arms. No podía preguntarles por las buenas si conocían a Vinnie Bottone, o si tenían algo que ver con los incendios contratados.

Lancé una cautelosa sonda.

– Pero, según creo, les dio participación en propiedades inmuebles.

– ¿Usted está interesada en comprar? -preguntó Shannon-. ¿Por eso conoció a mi madre?

– Más bien en vender -dije-. ¿Trabajan ustedes en alguna firma que esté interesada en comprar?

– Yo no, pero puede que Star sí.

Star parpadeó fugazmente.

– Yo no trabajo exactamente para una sociedad de bienes raíces, Shannon, lo sabes. No es más que una sociedad de control.

– ¿"Farmworks, Inc."? -inquirí sin darle importancia.

Star se me quedó mirando boquiabierta.

– Mi madre debió apreciarla mucho si le dijo eso, pero ni siquiera recuerdo que ella mencionara su nombre.

– Las cosas se saben -dije con vaguedad-. ¿Fue a través de usted como Farmworks entró en relación con Seligman?

– No me parece muy respetuoso estar aquí hablando de negocios delante de mi madre -Star indicó con la vista el féretro abierto de la señora Donnelly-. Puede pasarse por la oficina si quiere, aunque no creo que tengamos nada que le interese.

– Muchas gracias -les estreché la mano a ambas hermanas-. Siento mucho la muerte de su madre. Llámenme si puedo ser de alguna ayuda.

Volví la cabeza conforme salía de la capilla ardiente, esperando ver alguna señal de consternación, pero ambas se habían vuelto a unir al pe queño círculo de amigas. Cuando iba por la alfombra lila el joven calvo me alcanzó.

– No ha firmado en el registro, señorita: a la familia le gustaría saber quién ha estado aquí.

Cogí el bolígrafo que me ofrecía. Firmé con cierta malicia "V Bottone" en letras grandes y gruesas. El joven me dio las gracias en voz baja y sobria. Le dejé parado junto a un grabado de una Pietá.

Eran las diez cuando regresé a mi casa. El Chevy se comportaba bien mientras lo mantenía a menos de ochenta. Tal vez no fuera nada importante.

Era algo tarde para una visita de buena vecindad, pero las luces del salón de Vinnie aún estaban encendidas. Subí las escaleras de dos en dos, y me puse unos vaqueros antes de volver a bajar. Al salir me acordé de la pistola. Si Vinnie era de verdad un pirómano, tal vez fuese buena idea no ir desarmada a hablar con él. Entré otra vez corriendo, me la metí en la cintura, y volví a salir.

Cuando llegué abajo, estaba jadeando, pero por suerte Vinnie tardó unos minutos en contestar a mi llamada. Estaba a punto de bajar al vestíbulo para llamar por el telefonillo, cuando por fin oí descorrer un cerrojo. Llevaba unas sandalias y unos vaqueros con una camiseta de los Grateful Dead: no sabía que pudiera llevar ropa cómoda.

Al verme, su cara lisa y redonda se arrugó, ceñuda.

– Tenía que haber sabido que sólo tú podías venir a molestarme a estas horas. Si intentas venderme coca, o crack, o cualquiera de esas cosas con que traficas, no me interesa.

– No vendo, compro -metí mi pierna derecha entre la puerta y el marco justo a tiempo para impedirle cerrármela en las narices-. Y más vale que tengas algo bueno que ofrecerme, o la siguiente visita será la de los detectives de la policía.

– No sé de qué me estás hablando -dijo furioso.

Desde el salón alguien le llamó, preguntando quién estaba en la puerta.

– Si no quieres que tu amigo se entere de nuestra conversación, puedes venir a mi casa -le ofrecí-. Pero vamos a seguir hablando hasta que me expliques por qué estabas en el Hotel Prairie Shores el miércoles pasado.

Intentó empujar la puerta contra mi pierna. Yo empujé hacia él y me colé en el vestíbulo. Me fulminó con la mirada, sus ojos marrones como dos flechas envenenadas.

– ¡Sal de mi casa antes de que llame a la pasma! -siseó.

Un hombre alto y joven salió del salón y se quedó detrás de Vinnie, sobrepasándolo en más de diez centímetros. Era el mismo tipo que había visto salir del RX7 con Vinnie hacía una semana o dos.

– Soy V. I. Warshawski -dije, alargándole la mano-. Vivo arriba, pero aún no conozco muy bien al señor Bottone, tenemos unos horarios muy distintos.

– No hables con ella, Rick -dijo Vinnie-. Ha entrado a la fuerza y quiero que se largue. Es la que hemos…, la que despacha sus negocios en las escaleras a las tres de la madrugada.

Rick me miró con interés.

– ¡Oh! Es ella la que hemos…

Vinnie le interrumpió.

– No sé a qué ha venido a meterse aquí, pero si no se larga antes de diez segundos, quiero que llames a la bofia.

– Hazlo -le apremié, ferozmente cordial-, pero que sea el Distrito Central, no la comisaría local. Quiero que algunos de los que estaban en el incendio del Prairie Shores vengan a identificarle. Tu amigo Vinnie estaba allí y estoy segura de que alguien lo reconocerá.

– Estás delirando -gruñó Vinnie.

Pero yo sabía que tenía razón, la irritación había desaparecido de su rostro y parecía preocupado.

Aproveché mi ventaja.

– De hecho, estoy segura de que podrían identificar su voz con la de la cinta del aviso de incendio al 091.

– Estás mintiendo -soltó-. No graban ese tipo de llamadas.

– Claro que sí, Vinnie. Tienes que aprender un par de procedimientos policiales si quieres dedicarte al crimen. ¿Qué hiciste, obligar a Elena a que me llamara, luego la golpeaste y me esperaste en la oscuridad? ¿Me llamaste cuando viste que no reparaba en ella a la primera?

– ¡No!

– No me mientas, Vinnie, sé que estabas en ese incendio. La policía tiene una cinta con tu voz. Y Elena te reconoció. Ha vuelto a huir, pero te describió a una amiga cuando te vio merodeando por el Indiana Arms.

– No sé quién es esa Elena -aulló.

– Sabes, Vinnie, creo que deberías contarle lo que pasó.

Rick me miró.

– Vinnie cree que no has dejado de hostigarle. Si vais a ser vecinos, lo mejor es que aclaréis las cosas entre vosotros.

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