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Sentido y Sensibilidad

Электронная книга - «Sentido y Sensibilidad». Краткое содержание книги:

Reglas y emociones. Deberes y devociones. Ubicada en la Inglaterra de principios del siglo XIX, Sentido y sensibilidad presenta las alegrías y sinsabores de las hermanas Dashwood. Desamparadas tras la muerte de su padre y a merced de su medio hermano, Elinor y Marianne deberán enfrentarse a los contrastes del amor y a las exigencias de la sociedad, siempre acompañadas de su madre y su hermana menor. Están ya en edad casadera y sin embargo, ni su carácter ni sus habilidades las ayudan a concretar una relación. El tiempo sigue pasando y todo parece indicar que no lograrán una estabilidad emocional.
Esta novela examina la estructura social de la época donde el papel de la mujer se limitaba al de mera compañía, por no decir objeto decorativo. Para ellas estaba negada la posibilidad de ejercer una profesión o de poseer bienes. Sólo debían de tener y saber lo necesario. En consecuencia, para muchas su mayor ilusión era encontrar a su príncipe azul, aunque éste no siempre viniera acompañado de dicha.
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Esta tardanza de parte del coronel, sin embargo, no pareció ofender ni mortificar en lo más mínimo a su hermosa compañera, pues cuando poco después terminaban de conversar y se separaban en distintas direcciones, la señora Jennings escuchó claramente a Elinor diciendo, con voz que mostraba que sentía lo que decía:

– Para siempre me sentiré en deuda con usted.

La señora Jennings se sintió encantada ante esta muestra de gratitud, y tan sólo se extrañó de que el coronel, tras escuchar tales palabras, pudiera despedirse, según lo hizo de inmediato, con la mayor sangre fría, ¡y marcharse sin responderle nada! Jamás habría pensado que su viejo amigo sería un pretendiente tan poco entusiasta.

Lo que realmente hablaron entre ellos, fue como sigue:

– He sabido -dijo él, con enorme piedad- de la injusticia cometida con su amigo, el señor Ferrars, por su familia; si estoy en lo cierto, lo han proscrito completamente por persistir en su compromiso con una joven muy meritoria. ¿Se me ha informado bien? ¿Es así?

Elinor le respondió que así era.

– La crueldad, la grosera crueldad -replicó él, con gran emoción- de dividir, o intentar dividir a dos jóvenes que se quieren, es terrible. La señora Ferrars no sabe lo que puede estar haciendo, a lo que puede llevar a su hijo. Dos o tres veces he visto al señor Ferrars en Harley Street, y me agrada mucho. No es un joven al que se pueda llegar a conocer íntimamente en poco tiempo, pero lo he visto lo suficiente para desearle el bien por sus propios méritos, y en cuanto amigo suyo, se lo deseo aún más. Entiendo que desea ordenarse. ¿Tendría la bondad de decirle que el beneficio de Delaford, que acaba de quedar vacante, según me han informado en el correo de hoy, es suyo si cree que vale la pena aceptarlo? Aunque, quizá, en las desafortunadas circunstancias en que ahora se encuentra parecería insensato dudarlo. Sólo desearía que el beneficio fuera de mayor valor. Es una rectoría, pero pequeña; creo que el último titular no hacía más de doscientas libras al año, y aunque por supuesto puede mejorar, temo que no en la cantidad que le permitiría al señor Ferrars un ingreso muy holgado. No obstante, en las actuales circunstancias tendré mucho gusto en presentarlo. Por favor, dígaselo.

El asombro de Elinor ante este encargo difícilmente habría sido mayor si el coronel en verdad le hubiera estado ofreciendo matrimonio. Tan sólo dos días atrás había pensado que Edward no tenía esperanza alguna de conseguir el cargo que le permitiría casarse, y ahora era suyo; ¡y ella, nada menos que ella, era la encargada de hacérselo saber! Su emoción fue grande, aunque la señora Jennings la hubiera atribuido a otra causa; y aun si en ella se mezclaban pequeños sentimientos menos puros, menos agradables, también sentía una enorme gratitud y aprecio, que expresó en cálidas palabras, por la general benevolencia y los especiales sentimientos de amistad que habían llevado al coronel a realizar ese gesto. Se lo agradeció de todo corazón, elogió ante él los principios y disposición de Edward de la manera en que creía se lo merecían, y prometió llevar a cabo el encargo con gran placer, si en verdad era su deseo dar a otra persona una tarea tan agradable. Pero, al mismo tiempo, no pudo evitar pensar que nadie la cumpliría mejor que él. Era, en pocas palabras, una misión de la cual le habría gustado verse libre, por no infligir a Edward el dolor de recibir un favor de ella; pero el coronel Brandon, a quien guiaba idéntica delicadeza para preferir no hacerlo él mismo, parecía tan empeñado en que ella se hiciera cargo, que de ninguna manera quiso Elinor negarse. Pensaba que Edward aún se encontraba en la ciudad, y por fortuna le había escuchado su dirección a la señorita Steele. Podía, entonces, cumplir con informarlo ese mismo día. Tras haberse acordado esto, el coronel Brandon comenzó a hablar de las ventajas que para él representaba haber conseguido un vecino tan respetable y agradable; y fue entonces que lamentó que la casa fuera pequeña y de regular calidad, un problema al cual Elinor, tal como la señora Jennings supuso que había hecho, no dio mayor importancia, al menos en lo concerniente al tamaño de la vivienda.

– A mi ver -le dijo-, no significará ningún inconveniente para ellos el que la casa sea pequeña, porque será proporcional a su familia y a sus ingresos.

El coronel se sorprendió al descubrir que ella pensaba en el matrimonio de Edward como la consecuencia directa de la propuesta, pues no imaginaba posible que el beneficio de Delaford pudiera aportar el tipo de ingreso con el que alguien acostumbrado al estilo de vida del joven se atrevería a establecerse, y así lo dijo.

– Esta pequeña rectoría no da más que para mantener al señor Ferrars como soltero; no le permite casarse. Lamento decir que mi patrocinio termina aquí, y tampoco mi participación va más allá. Sin embargo, si por alguna imprevista casualidad estuviera en mi poder prestarle un nuevo servicio, tendría que haber cambiado mucho mi opinión sobre él si en ese momento no estuviera tan dispuesto a serle útil como sinceramente quisiera poder serlo ahora. Lo que hoy hago parece escaso, dado que le permite avanzar tan poco hacia el que debe ser su principal, su único motivo de felicidad. Su matrimonio todavía debe seguir siendo un bien lejano; al menos, temo que no pueda realizarse muy pronto.

Tal fue la frase que, al equivocar su sentido, ofendió de manera tan justa los delicados sentimientos de la señora Jennings; pero tras este relato de lo que en verdad ocurrió entre el coronel Brandon y Elinor mientras estaban junto a la ventana, la gratitud expresada por ésta al separarse quizá aparezca, en general, no menos razonablemente encendida ni menos adecuadamente enunciada que si su causa hubiera sido una oferta de matrimonio.

CAPITULO XL

– Bien, señorita Dashwood -dijo la señora Jennings con una sonr isa sagaz apenas se hubo ido el caballero-, no le preguntaré lo que le ha estado diciendo el coronel, pues aunque, por mi honor, intenté no escuchar, no pude evitar oír lo suficiente para entender lo que él pretendía. Le aseguro que nunca en mi vida he estado más contenta, y le deseo de todo corazón que ello la alegre.

– Gra cias, señora -dijo Elinor-. Es motivo de gran alegría para mí, y siento que hay una gran sensibilidad en la bondad del coronel Brandon. No muchos hombres actuarían como él lo ha hecho. ¡Pocos tienen un corazón tan compasivo! En toda mi vida había estado tan asombrada.

– ¡Buen Dios, querida, qué modesta es usted! A mí no me extraña en absoluto, porque ahora último he pensado muchas veces que era muy probable que ocurriera.

– Usted juzgaba a partir de la benevolencia general del coronel; pero al menos no podía prever que la oportunidad se presentaría tan pronto.

– ¡La oportunidad! -repitió la señora Jennings-. ¡Ah! En cuanto a eso, una vez que un hombre se ha decidido en estas cosas, se las arreglará de una u otra forma para encontrar una oportunidad. Bien, querida, la felicito nuevamente; y si alguna vez ha habido una pareja feliz en el mundo, creo que pronto sabré dónde buscarla.

– Piensa ir a Delaford tras ellos, supongo -dijo Elinor con una débil sonr isa.

– Claro, querida, por supuesto lo haré. Y en cuanto a que la casa no sea buena, no sé a qué se referiría el coronel, porque es de las mejores que he visto.

– Decía que necesitaba algunas reparaciones.

– Bien, ¿y de quién es la culpa? ¿Por qué no la repara? ¿Quién sino él tendría que hacerlo?

Las interrumpió la entrada del criado, con el anuncio de que el carruaje ya estaba en la puerta; y la señora Jennings, preparándose de inmediato para salir, dijo:

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