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Sentido y Sensibilidad

Электронная книга - «Sentido y Sensibilidad». Краткое содержание книги:

Reglas y emociones. Deberes y devociones. Ubicada en la Inglaterra de principios del siglo XIX, Sentido y sensibilidad presenta las alegrías y sinsabores de las hermanas Dashwood. Desamparadas tras la muerte de su padre y a merced de su medio hermano, Elinor y Marianne deberán enfrentarse a los contrastes del amor y a las exigencias de la sociedad, siempre acompañadas de su madre y su hermana menor. Están ya en edad casadera y sin embargo, ni su carácter ni sus habilidades las ayudan a concretar una relación. El tiempo sigue pasando y todo parece indicar que no lograrán una estabilidad emocional.
Esta novela examina la estructura social de la época donde el papel de la mujer se limitaba al de mera compañía, por no decir objeto decorativo. Para ellas estaba negada la posibilidad de ejercer una profesión o de poseer bienes. Sólo debían de tener y saber lo necesario. En consecuencia, para muchas su mayor ilusión era encontrar a su príncipe azul, aunque éste no siempre viniera acompañado de dicha.
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– Mi esposa -continuó- ha sufrido espantosamente. También la señora Ferrars… en suma, ha sido una escena muy difícil y dolorosa; pero confío en que capearemos la tormenta sin que ninguno de nosotros resulte demasiado abatido. ¡Pobre Fanny! Estuvo con ataques histéricos todo el día de ayer. Pero no quisiera alarmarlas demasiado. Donovan dice que no hay nada demasiado importante que temer; es de buena constitución y capaz de enfrentarse a cualquier cosa. ¡Lo ha sobrellevado con la entereza de un ángel! Dice que no volverá a pensar bien de nadie; ¡y no es de extrañar, tras haber sido engañada en esa forma! Recibir tanta ingratitud tras mostrar tanta bondad y entregar tanta confianza. Fue obedeciendo a la generosidad de su corazón que invitó a estas jóvenes a su casa; simplemente porque pensó que se merecían algunas atenciones, que eran unas muchachas inofensivas y bien educadas y que serian una compañía agradable; porque por otra parte ambos deseábamos enormemente haberte invitado a ti y a Marianne a quedarse con nosotros, mientras la gentil amiga donde se están quedando ahora atendía a su hija. ¡Y ahora verse así recompensados! “Con todo el corazón”, dice la pobre Fanny con su modo afectuoso, “querría que hubiéramos invitado a tus hermanas en vez de a ellas”.

Hizo en este momento una pausa, esperando los agradecimientos del caso; y habiéndolos obtenido, continuó.

– Lo que sufrió la pobre señora Ferrars cuando Fanny se lo contó, es indescriptible. Mientras ella, con el más sincero afecto, había estado planificando la unión más conveniente para él, ¡cómo suponer que todo el tiempo él había estado comprometido con otra persona! ¡No se le habría pasado por la mente sospechar algo así! Y si hubiera sospechado la existencia de cualquier predisposición de parte de él, no la hubiera buscado por ese lado. “Ahí, se los aseguro”, dijo, “me habría sentido a salvo”. Ha sido una verdadera agonía para ella. Conversamos entre nosotros, entonces, sobre lo que debía hacerse, y finalmente ella decidió enviar por Edward. El acudió. Pero me es muy triste contarles lo que siguió. Todo lo que la señora Ferrars pudo decir para inducirlo a poner fin al compromiso, reforzado, como pueden suponer, por mis argumentos y los ruegos de Fanny, resultó inútil. El deber, el cariño, todo lo desestimó. Nunca había pensado que Edward fuese tan obstinado, tan insensible. Su madre le explicó los generosos proyectos que tenía para él, en caso de que se casase con la señorita Morton; le dijo que le traspasaría las propiedades de Norfolk, las cuales, descontando las contribuciones, producen sus buenas mil libras al año; incluso le ofreció, cuando las cosas se pusieron desesperadas, subirlo a mil doscientas; y por el contrario, si persistía en esta unión tan desventajosa, le describió las inevitables penurias que acompañarían su matrimonio. Le insistió en que las dos mil libras de que personalmente dispone serían todo su haber; no lo volvería a ver nunca más; y estaría tan lejos de prestarle la menor ayuda, que si él fuera a asumir cualquier profesión con miras a obtener un mejor ingreso, haría todo lo que estuviera en su poder para impedirle progresar en ella.

Ante esto, Marianne, en un arrebato de indignación, golpeó sus manos exclamando:

– ¡Dios bendito! ¡Cómo es posible!

– Bien puede extrañarte, Marianne -replicó su hermano-, la obstinación capaz de resistir argumentos como ésos. Tu exclamación es absolutamente natural.

Marianne iba a replicar, pero recordó sus promesas, y se abstuvo.

– Todos estos esfuerzos, sin embargo -continuó él-, fueron en vano. Edward dijo muy poco; pero cuando habló, lo -hizo de la manera más decidida. Nada podría convencerlo de renunciar a su compromiso. Cumpliría con él, sin importar el costo.

– Entonces -exclamó la señora Jennings con brusca sinceridad, incapaz de seguir guardando silencio-, ha actuado como un hombre honesto. Le ruego me perdone, señor Dashwood, pero si él hubiera hecho otra cosa, habría pensado que era un truhán. En algo me incumbe este asunto, al igual que a usted, porque Lucy Steele es prima mía, y creo que no hay mejor muchacha en el mundo, ni otra más merecedora de un buen esposo.

John Dashwood no cabía en sí- de asombro; pero era tranquilo por naturaleza, poco dado a irritarse, y nunca tenía intenciones de ofender a nadie, en especial a nadie con dinero. Fue así que replicó, sin ningún resentimiento:

– Por ningún motivo hablaría yo sin respeto de algún familiar suyo, señora. La señorita Lucy Steele es, me atrevería a decir, una joven muy meritoria, pero en el caso actual, debe saber usted que la unión es imposible. Y haberse comprometido en secreto con un joven entregado al cuidado de su tío, especialmente el hijo de una mujer-de tan gran fortuna como la señora Ferrars, quizá es, considerado en conjunto, un poquito extraordinario. En pocas palabras, no es mi intención desacreditar el comportamiento de nadie a quien usted estime, señora Jennings. Todos le deseamos la mayor felicidad a su prima, y la conducta de la señora Ferrars ha sido en todo momento la que adoptaría cualquier madre buena y consciente en parecidas circunstancias. Se ha comportado con dignidad y generosidad. Edward ha echado sus propias suertes, y temo que le van a salir mal.

Marianne expresó con un suspiro un temor semejante; y a Elinor se le encogió el corazón al pensar en los sentimientos de Edward mientras desafiaba las amenazas de su madre por una mujer que no podía recompensarlo.

– Bien, señor -dijo la señora Jennings-, ¿y cómo terminó todo?

– Lamento decir, señora, que con la más desdichada ruptura: Edward ha perdido para siempre la consideración de su madre. Ayer abandonó su casa, pero ignoro a dónde se ha ido o si está todavía en la ciudad; porque, por supuesto, nosotros no podemos preguntar nada.

– ¡Pobre joven! ¿Y qué va a ser de él?

– Sí, por cierto, señora. Qué triste es pensarlo. ¡Nacido con la expectativa de tanta riqueza! No puedo imaginar una situación más deplorable. Los intereses de dos mil libras, ¡cómo va a vivir una persona con eso! Y cuando, además, se piensa que, de no haber sido por su propia locura en tres meses más habría recibido dos mil quinientas libras anuales (puesto que la señorita Morton posee treinta mil libras), no puedo imaginar situación más funesta. Todos debemos tenerle lástima; y más aún considerando que ayudarlo está totalmente fuera de nuestro alcance.

– ¡Pobre joven! -exclamó la señora Jennings Les aseguro que de muy buen grado le daría alojamiento y comida en mi casa; y así se lo diría, si pudiera verlo. No está bien que tenga que costearse todo solo ahora, viviendo en posadas y tabernas.

Elinor le agradeció íntimamente por su bondad hacia Edward, aunque no podía evitar sonreír ante la manera en que era expresada.

– Si tan sólo hubiese hecho por sí mismo -dijo John Dashwood- lo que sus amigos estaban dispuestos a hacer por él, estaría ahora en la situación que le corresponde y nada le habría faltado. Pero tal como son las cosas, ayudarlo está fuera del alcance de nadie. Y hay algo más que se está preparando en su contra, peor que todo lo anterior: su madre ha decidido, empujada por un estado de ánimo muy entendible, asignar de inmediato a Robert las mismas propiedades que, en las condiciones- adecuadas, habrían sido de Edward. La dejé esta mañana con su abogado, hablando de este asunto.

– ¡Bien! dijo la señora Jennings-, ésa es su venganza. Cada uno lo hace a su manera. Pero no creo que yo me vengaría dando independencia económica a un hijo porque el otro me había fastidiado.

Marianne se levantó y salió de la habitación.

– ¿Puede haber algo más mortificante para el espíritu de un hombre -continuó John – que ver a su hermano menor dueño de una propiedad que podría haber sido suya? ¡Pobre Edward! Lo compadezco sinceramente.

Tras algunos minutos más entregado al mismo tipo de expansiones, terminó su visita; y asegurándoles repetidas veces a sus hermanas que no había ningún peligro grave en la indisposición de Fanny y que, por lo tanto no debían preocuparse por ella, se fue, dejando a las tres damas con unánimes sentimientos sobre los sucesos del momento, al menos en lo que tocaba a la conducta de la señora Ferrars, la de los Dashwood y la de Edward.

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