Noche Sobre Las Aguas
- Автор: Фоллетт Кен
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические детективы
Электронная книга - «Noche Sobre Las Aguas». Краткое содержание книги:
– ¿Tu mujer aún está enfadada contigo? -preguntó, por decir algo.
– Como un gato con un ratón -respondió Mervyn.
Nancy sonrió al recordar la escena que había encontrado en la suite cuando volvió a cambiarse: la mujer de Mervyn chillaba a su marido, y el amante la chillaba a ella, mientras Nancy observaba desde la puerta. Diana y Mark se habían callado al instante y abandonado la habitación, con aspecto avergonzado, para continuar su trifulca en otra parte. Nancy se había abstenido de hacer comentarios porque no quería que Mervyn pensara que se reía de su situación. Sin embargo, no tuvo reparos en formularle preguntas personales: las circunstancias habían forzado la intimidad entre ellos.
– ¿Volverá contigo?
– No lo sé. Ese tipo que va con ella… Creo que es un lechuguino, pero tal vez sea eso lo que ella desee.
Nancy asintió con la cabeza. Los dos hombres, Mark y Mervyn, no podían ser más diferentes. Mervyn era alto y dominante, moreno, bien parecido y rudo. Mark era mucho más blando, de ojos color avellana y pecoso, con una expresión irónica permanente en su cara redonda.
– No me gustan los hombres de aspecto juvenil, pero a su manera es atractivo -dijo.
En realidad, estaba pensando: si Mervyn fuera mi marido, no lo cambiaría por Mark, pero sobre gustos no hay nada escrito.
– Sí. Al principio, pensé que Diana se estaba portando como una idiota, pero ahora que le he conocido no estoy tan seguro. -Mervyn se quedó pensativo unos instantes, y después cambió de tema-. ¿Y tú? ¿Vas a presentar batalla a tu hermano?
– Creo que he descubierto su punto débil -dijo Nancy con sombría satisfacción, pensando en Danny Riley-. Estoy en ello.
Mervyn sonrió.
– Cuando miras de esa forma, creo que prefiero tenerte por amiga antes que por enemiga.
– Es por mi padre. Yo le quería con locura, y la empresa es lo único que me queda de él. Es como un monumento en su memoria, y aún más, porque lleva la impronta de su personalidad hasta en el menor detalle.
– ¿Cómo era?
– Uno de esos hombres al que nadie olvida jamás. Era alto, de cabello negro y voz potente, y sabías en cuanto le veías que era un hombre enérgico. Sabía el nombre de todos sus empleados, si sus esposas enfermaban y si sus hijos salían adelante en el colegio. Pagó la educación de incontables hijos de obreros, que ahora son abogados o contables; sabía ganarse la lealtad de la gente. En ese sentido era anticuado…, paternalista. Tenía el mejor cerebro para los negocios que he conocido. En plena Depresión, cuando las fábricas cerraban a lo largo y ancho de Nueva Inglaterra, seguíamos contratando trabajadores, porque nuestras ventas subían. Comprendió el poder de la publicidad antes que ningún fabricante de zapatos, y lo utilizó con brillantez. Le interesaba la psicología, cómo motivar a la gente. Tenía la habilidad de arrojar luz sobre cualquier problema que le presentaras. Le echo de menos cada día. Le echo de menos casi tanto como a mi marido. -De repente, la ira se apoderó de ella-. Y no me quedaré cruzada de brazos, viendo a mi inútil hermano destruir el trabajo de toda su vida. -Se removió inquieta en el asiento al recordar sus angustias-. Estoy intentando presionar a un accionista, pero no sabré si he tenido éxito hasta…
No terminó la frase. El avión fue atrapado por la turbulencia más violenta hasta el momento y se sacudió como un caballo salvaje. Nancy dejó caer la copa y se aferró al tocador con ambas manos. Mervyn intentó sujetarse con los pies, pero no pudo, y cayó al suelo cuando el avión se inclinó a un lado, golpeándose contra la mesita de café.
El avión se estabilizó. Nancy extendió la mano para ayudar a Mervyn.
– ¿Estás bien? -preguntó.
Entonces, el avión osciló de nuevo. Nancy resbaló, perdió el apoyo y se desplomó sobre Mervyn.
Al cabo de un momento, Mervyn lanzó una carcajada.
Nancy tenía miedo de que se hubiera hecho daño, pero ella pesaba poco y él era muy grande. Estaba tendida sobre él, y los dos dibujaban una X en la alfombra color terracota. El avión se enderezó. Nancy se irguió y le miró. ¿Estaba histérico, o sólo divertido?
– Debemos parecer un par de tontos -dijo Mervyn, y volvió a reír.
Su risa era contagiosa. Por un momento, Nancy olvidó las tensiones acumuladas de las últimas veinticuatro horas: la traición de su hermano, el amago de colisión con el avión de Mervyn, su embarazosa situación en la suite matrimonial, la desagradable discusión acerca de los judíos en el comedor, su estupor ante la cólera de la esposa de Mervyn, el miedo a la tormenta. De pronto se dio cuenta de que había algo muy cómico en estar sentada en el suelo, vestida con ropa de cama, en compañía de un extraño, mientras el avión se agitaba salvajemente. Ella también se puso a reír.
El siguiente bandazo del avión les arrojó a uno en brazos del otro. Se encontró presa entre los brazos de Mervyn, sin dejar de reír. Se miraron.
De repente, ella le besó.
Su sorpresa fue mayúscula. Jamás había cruzado por su cabeza la idea de besarle. Ni siquiera estaba segura de si le gustaba. Se le antojó un impulso insólito.
El se quedó estupefacto, pero lo superó enseguida y le devolvió el beso con entusiasmo. No vaciló ni un momento; se inflamó en un abrir y cerrar de ojos.
Al cabo de unos instantes, ella le apartó, jadeando.
– ¿Qué ha pasado? -fue su estúpida pregunta.
– Me has besado -replicó él, con aspecto complacido.
– No era mi intención.
– Me alegro de que lo hicieras, de todos modos -dijo Mervyn, y volvió a besarla.
Ella quería rechazarle, pero Mervyn la abrazaba con mucha fuerza y la voluntad de ella flaqueó. Notó que él deslizaba la mano por debajo de su bata, y se puso rígida, por temor a que sus pechos pequeños le decepcionaran. Su gran mano se cerró sobre su pecho redondo y diminuto, y Mervyn emitió un sonido gutural. Las yemas de sus dedos buscaron el pezón, y Nancy volvió a sentir preocupación: sus pezones eran enormes, pues había dado de mamar a sus hijos. Pechos pequeños y pezones grandes. Se consideraba peculiar, casi deforme, pero Mervyn no demostró desagrado, sino todo lo contrario. La acarició con sorprente suavidad, y ella se abandonó a las deliciosas sensaciones. Había pasado mucho tiempo desde la última vez.
¿Qué estoy haciendo?, pensó de súbito. Soy una viuda respetable, y estoy revolcándome por el suelo de un avión con un hombre al que conocí ayer. ¿Qué me ha pasado?
– ¡Basta! -exclamó en tono perentorio. Se apartó, reincorporándose. El salto de cama dejaba al descubierto sus rodillas. Mervyn acarició su muslo desnudo-. Basta -repitió, apartándole la mano.
– Como quieras -dijo Mervyn, muy a regañadientes-, pero si cambias de opinión, estaré preparado.
Nancy echó un vistazo al bulto que su erección formaba en el camisón. Desvió la vista al instante.
– Ha sido culpa mía -dijo, aún jadeante por los besos-, pero fue una equivocación. Sé que estoy actuando como una calientabraguetas. Perdona.
– No te disculpes. Es lo más agradable que me ha pasado en muchos años.
– Pero quieres a tu mujer, ¿verdad? -le espetó ella. Mervyn se encogió.
– Eso pensaba. Ahora estoy un poco confuso, si quieres que te diga la verdad.
Así se sentía Nancy exactamente: confusa. Después de diez años de soltería, descubría que se moría de ganas de abrazar a un hombre al que apenas conocía.
Pero le conozco, pensó. Le conozco muy bien. He recorrido un largo camino con él y nos hemos confesado nuestras penas. Sé que es áspero, arrogante y orgulloso, pero también apasionado, leal y fuerte. Me gusta a pesar de sus defectos. Le respeto. Es terriblemente atractivo, aunque lleve un camisón a rayas. Y me cogió la mano cuando estaba asustada. Sería maravilloso tener a alguien que me cogiera la mano siempre que estuviera asustada.
Como si Mervyn hubiera leído su mente, volvió a tocarle la mano. Esta vez la giró y besó su palma. Le puso la piel de gallina. Al cabo de unos momentos, la atrajo hacia sí y la besó en la boca.
– No hagas eso -susurró ella-. Si empezamos otra vez no podré parar.
– Tengo miedo de que si paramos ahora no volvamos a empezar jamás -murmuró él, con voz ronca de pasión.
Ella presintió la formidable pasión que alentaba en Mervyn, apenas contenida, y eso atizó más la llama de su deseo. Se había citado demasiadas veces con hombres débiles y obsequiosos que deseaban proporcionarle seguridad, hombres que se rendían con excesiva facilidad cuando ella rechazaba sus requerimientos. Mervyn iba a ser insistente, muy insistente. La deseaba, y la deseaba ahora. Ella anhelaba entregarse.
Sintió su mano bajo el salto de cama; sus dedos acariciaron la suave piel de la parte interna del muslo. Nancy cerró los ojos y, casi de forma involuntaria, abrió las piernas. Esa era toda la invitación que él necesitaba. Un momento después, la mano encontró su sexo, y ella gimió. Nadie le había hecho esto desde que su marido murió. Este pensamiento la abrumó de tristeza. Oh, Sean, te echo de menos, pensó, nunca me permitiré reconocer cuánto te echo de menos. No se había sentido muy apenada desde el funeral. Las lágrimas desbordaron sus párpados cerrados y resbalaron sobre su rostro. Mervyn la besó y saboreó sus lágrimas.
– ¿Qué pasa? -murmuró.
Nancy abrió los ojos. Vio su rostro, borroso a causa de las lágrimas, hermoso y preocupado; vio también el salto de cama recogido alrededor de su cintura, y la mano de Mervyn entre sus muslos. Cogió su muñeca y le apartó la mano con suavidad, pero también con firmeza.
– No te enfades, por favor -suplicó.
– No me enfadaré, pero dime que te pasa.
– Nadie me ha tocado ahí desde que Sean murió, y eso me ha hecho pensar en él.
– Tu marido.
Ella asintió con la cabeza.
– ¿Cuánto hace?
– Diez años.
– Mucho tiempo.
– Soy fiel. -Le dirigió una sonrisa velada por las lágrimas-. Como tú.
Mervyn suspiró.
– Tienes razón. Me he casado dos veces, y esta es la primera vez que estoy a punto de ser infiel. Estaba pensando en Diana y ese tío.