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Noche Sobre Las Aguas

Электронная книга - «Noche Sobre Las Aguas». Краткое содержание книги:

A finales del verano de 1939, la declaraci?n de guerra de Inglaterra contra Alemania obliga a la aristocr?tica familia de los Oxenford a un precipitado viaje a los Estados Unidos. El marqu?s habr?a manifestado con excesivo ardor sus simpat?as hacia Hitler y la nueva situaci?n hace aconsejable desaparecer del pa?s. El medio de transporte elegido es el recientemente inaugurado vuelo trasatl?ntico de la compa??a Pan-Am, un maravilloso clipper de lujo s?lo accesible a las grandes fortunas como la de los Oxenford y a pasajeros que tienen motivos muy especiales para abandonar Inglaterra lo m?s r?pidamente posible. Aventureros, millonarios, estafadores, espias, agentes del FBI, siniestros criminales, parejas que huyen de maridos enga?ados, jovencitas en edad de enamorarse, forman el explosivo grupo de pasajeros que desde las tranquilas aguas portuarias de Southampon iniciar?n su vuelo hasta Port Washington, Nueva York. Con ellos, naturalmente, est?n los h?roes que deber?n responder al desaf?o de los autores de un sofisticado plan que har? de ?ste viaje fuera de lo normal y mucho m?s largo de lo que debiera haber sido seg?n los responsables de Pan Am.
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No fue fácil. Algunas maletas se habían colocado con 12 etiqueta del nombre en la parte inferior, y otras estaban cubiertas por maletas difíciles de apartar. En la bodega no había calefacción y su bata no le protegía del frío. Le temblaban las manos y los dedos le dolían mientras desataba las cuerdas que impedían caer durante el vuelo a las maletas Trabajaba de una manera sistemática, para no pasar por alto o registrar dos veces una misma pieza. Volvió a atar las cuerdas como mejor pudo. Los nombres eran internacionales: Ridgeway, D’Annunzio, Lo, Hartmann, Bazarov…, pero no Oxenford. Al cabo de veinte minutos había inspeccionado todas las maletas, estaba temblando y había llegado a la conclusión de que las maletas ansiadas se hallaban en la otra bodega. Maldijo para sus adentros.

Ató la última cuerda y paseó la vista a su alrededor con gran atención; no había dejado pruebas de su visita.

Ahora, debería repetir el mismo procedimiento en la otra bodega. Cuando abrió la puerta y salió, una voz asombrada gritó:

– ¡Mierda! ¿Quién es usted?

Era el oficial que Harry había visto en el compartimento de proa, un joven risueño y pecoso que llevaba una camisa de manga corta.

Harry estaba igual de sorprendido, pero lo disimuló en seguida. Sonrió, cerró la puerta y respondió con calma:

– Harry Vandenpost. ¿Quién es usted?

– Mickey Finn, el ayudante del mecánico. No debería estar aquí, señor. Me ha dado un buen susto. Siento haber lanzado un taco. ¿Qué está haciendo?

– Busco mi maleta. Me he olvidado la navaja de afeitar -respondió Harry.

– Está prohibido el acceso al equipaje consignado durante el viaje, señor, en cualquier circunstancia.

– Pensé que no hacía ningún mal.

– Bueno, lo siento, pero está prohibido. Puedo prestarle mi navaja de afeitar.

– Se lo agradezco, pero prefiero la mía. Si pudiera encontrar mi maleta…

– Caramba, ojalá pudiera ayudarle, señor, pero es imposible. Pídale permiso al capitán cuando vuelva, pero sé que le dirá lo mismo.

Harry comprendió, desalentado, que debía aceptar la derrota, al menos de momento. Sonrió, disimulando lo mejor que pudo.

– En este caso, aceptaré su oferta y le quedaré muy agradecido.

Mickey Finn le abrió la puerta. Harry salió a la cabina de vuelo y bajó la escalera. Vaya mierda, pensó irritado. Unos segundos más y lo habría conseguido. Dios sabe cuándo tendré otra oportunidad.

Mickey entró en el compartimento número 1 y volvió un momento después con una maquinilla de afeitar, una hoja nueva, aún envuelta en papel, y jabón de afeitar en una taza Harry lo cogió todo y le dio las gracias. No le quedaba otra opción que afeitarse.

Cogió su bolsa de aseo y entró en el cuarto de baño, pensando todavía en aquellos rubíes birmanos. Carl Hartmann. el científico, estaba lavándose en camiseta. Harry dejó sus útiles de afeitar en la bolsa y se afeitó a toda prisa con la navaja de Mickey.

– Menuda noche -dijo.

Hartmann se encogió de hombros.

– Las he tenido peores.

Harry contempló sus huesudos hombros. El hombre era un esqueleto ambulante.

– Seguro que sí -repuso.

No hubo más conversación. Hartmann no era hablador y Harry estaba preocupado.

Después de afeitarse, Harry sacó una camisa azul nueva. Desenvolver una camisa nueva era uno de los pequeños pero intensos placeres que la vida le procuraba. Adoraba el crujido del papel de seda y el tacto fresco del algodón virgen. Se deslizó en ella embelesado y se anudó la corbata de seda color vino con un nudo perfecto.

Cuando volvió a su compartimento, observó que las cortinas de Margaret continuaban cerradas. Imaginó su rápida zambullida en el sueño, su adorable cabello esparcido sobre la almohada blanca, y sonrió para sí. Echó una ojeada al salón y vio que los camareros habían preparado el bufet del desayuno. Se le hizo la boca agua al contemplar los cuencos de fresas, las jarras de nata y zumo de naranja, el champán puesto a enfriar en cubos plateados. En esta época del año, pensó, debían ser fresas de invernadero.

Guardó su bolsa de aseo, y después, con los útiles de afeitar que Mickey Finn le había prestado, subió por la escalera hasta la cubierta de vuelo para intentarlo de nuevo.

Mickey no estaba, pero, para decepción de Harry, otro tripulante estaba sentado ante la gran mesa de mapas, realizando cálculos en un cuaderno. El hombre levantó la vista y sonrió.

– Hola. ¿Qué desea?

– Busco a Mickey para devolverle su navaja.

– Le encontrará en el número uno, el compartimento situado más hacia adelante.

– Gracias.

Harry vaciló. Tenía que sacarse de encima a este tipo…, pero ¿cómo?

– ¿Algo más? -preguntó el hombre.

– La cubierta de vuelo es increíble -comentó Harry-. Parece una oficina.

– Increíble, es verdad.

– ¿Le gusta volar en estos aviones?

– Me encanta. Mire, ojalá tuviera tiempo para charlar, pero he de terminar estos cálculos y estaré ocupado casi hasta la hora del despegue.

El corazón le dio un vuelco a Harry. Esto significaba que el camino a la bodega estaría bloqueado hasta que ya fuera demasiado tarde. No se le ocurrió ninguna excusa para entrar en ella. Se obligó de nuevo a disimular su disgusto.

– Lo siento -dijo-. Me largo ahora mismo.

– Por lo general, nos gustar charlar con los pasajeros, porque conocemos a gente muy interesante. Pero en este momento…

– Es culpa mía.

Harry se devanó los sesos para conseguir más tiempo, pero luego se rindió. Dio la vuelta y bajó la escalera, maldiciendo por lo bajo.

Parecía que la suerte le estaba fallando.

Devolvió los útiles de afeitar a Mickey y volvió a su compartimento. Margaret aún no se había levantado. Harry atravesó el salón y salió al hidroestabilizador. Aspiró varias bocanadas profundas del frío y húmedo aire. Estoy desperdiciando la oportunidad de mi vida, pensó encolerizado. Le picaban las palmas de las manos cuando imaginaba las fabulosas joyas, a pocos metros sobre su cabeza. Pero aún no se había rendido. Quedaba otra escala, Shediac. Sería su última oportunidad de robar una fortuna.

QUINTA PARTE. De Botwood a Shediac

21

Eddie Deakin podía sentir la hostilidad de sus compañeros mientras se dirigían a la orilla en la lancha. Ninguno le miraba. Todos sabían lo cerca que habían estado de quedarse sin combustible y estrellarse en el revuelto océano. Sus vidas habían corrido peligro. Nadie sabía aún la verdadera causa, pero el combustible era responsabilidad del mecánico; por lo tanto, Eddie era el culpable.

Debían de haber notado que se comportaba de una manera extraña. Había estado preocupado durante todo el vuelo, había asustado a Tom Luther durante la cena y una ventana se había roto inexplicablemente mientras se encontraba en el lavabo de caballeros. No era de extrañar que los demás ya no le creyeran fiable al cien por ciento. Este tipo de sensación se contagiaba enseguida en el seno de una tripulación reducida, en que la vida de los miembros dependía de la colaboración y compenetración mutuas.

Le costaba aceptar que sus compañeros ya no confiaban en él. Tenía a gala considerarse uno de los muchachos más seguros. Para empeorar las cosas, tardaba en olvidar los errores de los demás, y en ocasiones se había mostrado despectivo con gente cuya capacidad se había visto menguada por problemas personales.

– Con excusas no se vuela -decía a veces, una agudeza que le sentaba como una patada cada vez que le venía a la mente.

Había intentado olvidarse de todo ello. Tenía que salvar a su mujer y tenía que hacerlo solo; no podía pedir ayuda a nadie, y no podía preocuparse por lo que pensaran los demás. Había puesto en peligro sus vidas, pero el juego había terminado. Todo era perfectamente lógico. El mecánico Deakin, sólido como una roca, se había convertido en Eddie el Inestable, un tipo al que convenía vigilar por si se le cruzaban los cables. Odiaba a la gente como Eddie el Inestable. Se odiaba a sí mismo.

Muchos pasajeros se habían quedado a bordo del avión, como solía ocurrir en Botwood. Tenían suerte de descabezar un sueñecito mientras el avión estaba inmóvil. Ollis Field, agente del fbi, y su prisionero, Frankie Gordino, también, se habían quedado, por supuesto. Tampoco habían desembarcado en Foynes. Tom Luther se hallaba en la lancha, ataviado con un abrigo de cuello de piel y un sombrero gris perla. Mientras se acercaban al desembarcadero, Eddie se acercó a Luther.

– Espéreme en el edificio de la línea aérea -murmuró-Le acompañaré al teléfono.

Botwood consistía en unas cuantas casas de madera que se arracimaban alrededor de un puerto de aguas profundas, situado en el bien protegido estuario del río Exploits. Ni siquiera los millonarios del clipper podrían comprar gran cosa en este lugar. El pueblo contaba con servicio telefónico desde junio. Los pocos coches que había circulaban por la izquierda, porque Terranova aún se regía por las normas británicas.

Todos entraron en el edificio de madera de la Pan American. La tripulación se encaminó a la sala de vuelo. Eddie leyó enseguida las previsiones meteorológicas enviadas por radio desde el gran aeropuerto recién construido en Gander Lake, a sesenta kilómetros de distancia. Después, calculó el combustible necesario para recorrer el siguiente tramo. Como era mucho más breve, los cálculos no eran cruciales, pero el avión nunca cargaba un gran exceso de combustible porque la carga era cara. Notó un sabor amargo en la boca mientras realizaba las operaciones. ¿Podría volver a ocuparse de estos cálculos sin pensar en este espantoso día? La pregunta era puramente especulativa: después de lo que iba a hacer, jamás volvería a trabajar como mecánico de un clipper.

El capitán ya se estaría preguntando si debía confiar en los cálculo de Eddie. Éste necesitaba hacer algo para recuperar la credibilidad. Decidió dar muestras de desconfianza en su capacidad. Repasó las cifras dos veces y tendió su trabajo al capitán Baker.

– Le agradecería que otra persona las verificara -dijo en tono neutral.

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