Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
Noche Sobre Las Aguas - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Noche Sobre Las Aguas

Электронная книга - «Noche Sobre Las Aguas». Краткое содержание книги:

A finales del verano de 1939, la declaraci?n de guerra de Inglaterra contra Alemania obliga a la aristocr?tica familia de los Oxenford a un precipitado viaje a los Estados Unidos. El marqu?s habr?a manifestado con excesivo ardor sus simpat?as hacia Hitler y la nueva situaci?n hace aconsejable desaparecer del pa?s. El medio de transporte elegido es el recientemente inaugurado vuelo trasatl?ntico de la compa??a Pan-Am, un maravilloso clipper de lujo s?lo accesible a las grandes fortunas como la de los Oxenford y a pasajeros que tienen motivos muy especiales para abandonar Inglaterra lo m?s r?pidamente posible. Aventureros, millonarios, estafadores, espias, agentes del FBI, siniestros criminales, parejas que huyen de maridos enga?ados, jovencitas en edad de enamorarse, forman el explosivo grupo de pasajeros que desde las tranquilas aguas portuarias de Southampon iniciar?n su vuelo hasta Port Washington, Nueva York. Con ellos, naturalmente, est?n los h?roes que deber?n responder al desaf?o de los autores de un sofisticado plan que har? de ?ste viaje fuera de lo normal y mucho m?s largo de lo que debiera haber sido seg?n los responsables de Pan Am.
1 ... 57 58 59 60 61 62 63 64 65 ... 91
Перейти на страницу:

De pronto, no soportó el hecho de estar vestida. Se despojó de la bata rápidamente. Aferró el borde del camisón, pero titubeó. Una voz en el fondo de su mente dijo: «Después de esto, no podrás volver atrás», y ella pensó «¡Estupendo!», y se quitó el camisón por encima de la cabeza, arrodillándose desnuda frente a él.

Se sentía vulnerable y tímida, pero la angustia aumentaba su excitación. Los ojos de Harry recorrieron su cuerpo. Margaret leyó en ellos adoración y deseo. Harry se retorció en el estrecho espacio y se arrodilló, inclinándose hacia adelante para acercar la cabeza a sus pechos. Margaret dudó por un momento: ¿qué pretendía hacer? Los labios de Harry rozaron sus pezones, primero uno, después el otro. Sintió que posaba la mano bajo su pecho izquierdo, primero acariciando, después sopesando, apretando suavemente a continuación. Bajó poco a poco los labios hasta llegar al pezón. Lo mordisqueó con extrema suavidad. El pezón estaba tan tumefacto que, por un momento, Margaret creyó que iba a estallar. Después, Harry empezó a chuparlo, y ella gruñó de placer.

Pasados unos instantes, deseó que hiciera lo mismo con el otro, pero era demasiado tímida para pedirlo. Sin embargo, Harry tal vez adivinó su deseo, porque lo hizo un momento después. Margaret acarició el erizado pelo de su nuca, y luego, cediendo a un impulso, aplastó la cabeza de Harry contra sus pechos. Él, en respuesta, chupó con mayor fervor.

Margaret deseaba explorar el cuerpo del joven. Cuando él descansó un momento, le apartó, desabrochándole los botones del pijama. Los dos jadeaban como corredores de fondo, pero no hablaban por temor a que les oyeran. Harry se quitó la chaqueta. No tenía pelo en el pecho. Margaret quería tenerle completamente desnudo, igual que ella. Encontró el cordón de los pantalones del pijama y, sintiéndose lasciva, lo desanudó.

Harry aparentaba vacilación y sorpresa, y Margaret experimentó la desagradable sensación de que tal vez era más atrevida que otras chicas con las que había estado. Sin embargo, se creyó en el deber de proseguir lo que había iniciado. Le empujó hasta tenderle en la cama, con la cabeza apoyada sobre la almohada, aferró la cintura de sus pantalones y tiró. Harry alzó las caderas.

Surgió la mata de vello rubio oscuro en la base de su estómago. Ella bajó aún más el algodón rojo, y respingó cuando su pene se irguió en libertad, como el mástil de una bandera. Lo contempló, fascinada. La piel se tensaba sobre las venas y el extremo estaba hinchado como un tulipán azul. Harry se quedó quieto, intuyendo que así lo deseaba ella. No obstante, el que Margaret lo mirara de aquella forma pareció excitarle, porque su respiración adquirió un tono gutural. Margaret sintió el impulso, por curiosidad y alguna otra emoción, de tocarlo. Su mano avanzó, movida por una fuerza irresistible. Harry emitió un leve gruñido cuando comprendió lo que ella iba a hacer. Margaret vaciló en el último instante. Su mano pálida titubeó junto al tumefacto pene. Harry lanzó una especie de gemido. Después, suspirando, Margaret se apoderó del miembro, y sus esbeltos dedos envolvieron la gruesa vara. La piel estaba caliente al tacto, y suave, pero cuando la apretó un poco, a lo cual reaccionó Harry con un jadeo, descubrió que era dura como un hueso. Margaret miró a Harry. Su rostro estaba encendido de deseo y su respiración se había acelerado aún más. Experimentó un enorme deseo de darle placer. Empezó a acariciarle el pene con un movimiento que Ian le había enseñado: hacia abajo con fuerza y hacia arriba con suavidad.

El efecto la sorprendió. Harry gimió, cerró los ojos y apretó las rodillas. Después, cuando ella repitió la caricia por segunda vez, el joven se agitó convulsivamente, su rostro se transformó en una mueca y semen blanco brotó del extremo de su pene. Estupefacta y embelesada, Margaret continuó agitando el miembro, y cada vez salía más semen. Un deseo incontenible se apoderó de la muchacha: sus pechos se endurecieron, la garganta se le secó y notó que un reguero de humedad mojaba la parte interna de sus muslos. Por fin, tras la quinta o sexta caricia, todo terminó. Los músculos de Harry se relajaron, su rostro adoptó una expresión más serena y su cabeza se derrumbó de costado sobre la almohada.

Margaret se tendió a su lado.

Harry parecía avergonzado.

– Lo siento -susurró.

– ¡No debes sentirlo! -replicó ellá-. Fue increíble. Nunca lo había hecho. Me he sentido muy bien.

Harry se quedó sorprendido.

– ¿Te ha gustado?

Margaret estaba demasiado avergonzada para decir sí en voz alta, y se limitó a asentir con la cabeza.

– Pero yo no… -dijo Harry-. Quiero decir, tú no has…

Margaret calló. Harry podía hacer algo por ella, pero tenía miedo de pedírselo.

Él se puso de costado para que pudieran verse la caras

– Quizá dentro de unos minutos…

No puedo esperar unos minutos, pensó ella. ¿Por qué no, puedo pedirle que haga lo que yo he hecho por él? Cogió su mano y la apretó, pero continuaba sin poder pedir lo que deseaba. Cerró los ojos y llevó la mano de Harry hasta su entrepierna. Acercó la boca a su oreja y susurró:

– Con suavidad.

Harry comprendió. Su mano se movió, explorando. Ella estaba húmeda. Deslizó los dedos con suma facilidad entre sus labios. Ella le rodeó el cuello con los brazos y le aferró con fuerza. Los dedos de Harry se movieron en su interior. Ella quiso gritar: «¡Ahí no, más arriba!», pero él, como si leyera sus pensamientos, deslizó el dedo hacia el punto más sensible. Ella se sintió transportada al séptimo cielo. Espasmos de placer sacudieron su cuerpo. Se estremeció como una posesa, y mordió el brazo de Harry para reprimir sus gritos Harry detuvo sus movimientos, pero ella se frotó contra su mano y las sensaciones no disminuyeron.

Una vez aplacado el placer, Harry volvió a mover el dedo y otro orgasmo tan intenso como el primero sacudió a Margaret.

Después, la sensibilidad del punto se hizo insostenible, y Harry apartó la mano.

Al cabo de un momento, Harry se deshizo del abrazo y frotó el hombro que ella había mordido.

– Lo siento -dijo ella, sin aliento-. ¿Te duele?

– Ya lo creo -murmuró, y ambos rieron por lo bajo. Intentar reprimir sus carcajadas fue peor, y se pasaron uno o dos minutos sofocados.

– Tu cuerpo es maravilloso…, maravilloso -dijo él cuando se calmaron.

– Y el tuyo también -contestó ella con fervor. Harry no le creyó.

– Te lo digo en serio.

– ¡Y yo también! -exclamó Margaret.

Nunca olvidaría su pene tumefacto irguiéndose de la mata de cabello dorado. Recorrió su estómago con la mano, buscándolo, y lo encontró recostado contra su muslo como una manguera, ni tieso ni encogido. La piel era sedosa. Experimentó el deseo de besarlo, y su propia depravación la sorprendió.

En lugar de ello, besó el hombro que le había mordido. A pesar de la oscuridad, vio las marcas de sus dientes. Iba a salirle un buen cardenal.

– Lo siento -musitó, en voz demasiado baja para que él la oyera. La embargó una gran tristeza por haber dañado aquella piel perfecta, después de que su cuerpo le hubiera proporcionado tanto placer. Besó el morete de nuevo.

Se quedaron inmóviles de agotamiento y placer, y no tardaron en adormecerse. Margaret creyó escuchar todo el rato el zumbido de los motores, como si estuviera soñando con aviones. En una ocasión oyó pasos que atravesaban el compartimento y regresaban unos minutos después, pero estaba demasiado feliz para que despertaran su curiosidad.

El avión voló durante un rato sin sacudidas y se sumió en un sueño profundo.

Se despertó sobresaltada. ¿Ya era de día? ¿Se habría levantado todo el mundo? ¿La verían todos saliendo de la litera de Harry? Su corazón latió con violencia.

– ¿Qué pasa? -susurró él.

– ¿Qué hora es?

– Noche cerrada.

Tenía razón. Nadie se movía fuera, las luces de la cabilla estaban apagadas y no se veía ni rastro de luz del día por la ventana. Podía salir sin peligro.

– He de volver a mi litera ahora mismo, antes de que descubran -dijo, presa del nerviosismo. Empezó a buscar sus zapatillas, pero no pudo encontrarlas.

Harry apoyó una mano en su hombro.

– Tranquila -susurró-. Tenemos horas por delante.

– Pero estoy preocupada por papá…

Calló. ¿Por qué estaba tan preocupada? Contuvo el aliento y miró a Harry. Cuando sus ojos se encontraron en la semioscuridad, ella recordó lo que había ocurrido antes de que se durmieran, y adivinó que él estaba pensando en lo mimo. Intercambiaron una sonrisa, una sabia e íntima sonrisa de amantes.

De pronto, sus preocupaciones se esfumaron. Aún no era necesario que se marchara. Quería quedarse aquí, luego lo haría. Había mucho tiempo.

Harry se apretó contra ella, y Margaret notó su pene erecto.

– No te vayas aún -musitó Harry. Ella suspiró de felicidad.

– Muy bien, no me iré -dijo, y empezó a besarle.

18

Eddie Deakin se sometía a un férreo control, pero hervía como una tetera destapada, como un volcán a punto de entrar en erupción. Sudaba sin cesar, le dolían las tripas y no podía estarse quieto. Intentaba hacer su trabajo, pero sólo lo justo.

A las dos de la mañana, hora de Inglaterra, terminaba su turno. Cuando faltaba poco para la hora falseó más cifras concernientes al combustible. Antes había disminuido el consumo de carburante, para dar la impresión de que quedaba suficiente para realizar la travesía e impedir que el capitán volviera atrás. Ahora lo incrementó, para que cuando Mickey Finn, su sustituto, ocupara su puesto y leyera los datos del combustible no hubiera discrepancias. La curva Howgozit mostraría bruscas fluctuaciones en el consumo de carburante, y Mickey se preguntaría la razón, pero Eddie explicaría que era debido al mal tiempo. En cualquier caso, Mickey constituía la última de sus preocupaciones. Su mayor angustia, la que atenazaba de temor su corazón, era que el avión agotara el combustible antes de llegar a Terranova.

1 ... 57 58 59 60 61 62 63 64 65 ... 91
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)