Noche Sobre Las Aguas
- Автор: Фоллетт Кен
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические детективы
Электронная книга - «Noche Sobre Las Aguas». Краткое содержание книги:
¿Por qué no? ¿Por qué narices no?
Se preguntó frenéticamente si podría negociarlo a tiempo. Había calculado que la retenían a ciento veinte o ciento cuarenta kilómetros de su casa a lo sumo, lo que significaba a unos ciento cuarenta kilómetros del lugar previsto para el amaraje de emergencia. En el peor de los casos, se hallaba a cuatro horas de distancia en coche. ¿Sería demasiado lejos?
Supón que Tom Luther accede. La primera oportunidad que tendría de llamar a sus compinches sería en la primera escala, Botwood, donde el clipper debía aterrizar a las nueve de la mañana, hora de Inglaterra. Después, el avión se dirigiría hacia Shediac. El amaraje improvisado se produciría una hora más tarde de despegar de Shediac, alrededor de las cuatro de la tarde, hora de Inglaterra, siete horas después. La banda podría llegar con Carol-Ann dos horas antes de lo convenido.
Eddie apenas pudo contener su excitación mientras acariciaba la perspectiva de recuperar a Carol-Ann antes de lo que creía. También imaginó que tenía una posibilidad, más bien remota, de hacer algo para impedir el rescate de Luther, lo cual le redimiría a los ojos de la tripulación. Olvidarían su traición si le veían capturar a una banda de gángsteres asesinos.
Se obligó de nuevo a no alentar esperanzas. Se trataba de una simple idea. Era muy probable que Luther no aceptara el trato. Eddie podía amenazarles con rechazar su plan si no accedían a sus condiciones, pero se darían cuenta de que era una amenaza vana. Ya habrían imaginado que Eddie haría cualquier cosa con tal de salvar a su mujer, y no errarían. Sólo trataban de salvar a un camarada. Eddie estaba más desesperado, y esa circunstancia debilitaba su posición, pensó. Se sumió de nuevo en el abatimiento.
De todos modos, todavía podía plantear un problema a Luther, introduciendo dudas y preocupaciones en su mente. Luther tal vez no creyera en la amenaza de Eddie, pero ¿cómo podía estar seguro? Hacían falta redaños para afrontar el farol de Eddie, y Luther no era valiente, al menos en este momento.
En cualquier caso, pensó, ¿qué puedo hacer?
Lo probaría.
Se levantó de la litera.
Pensó que debería ensayar toda la conversación y preparar las respuestas a las preguntas de Luther, pero estaba al borde de la histeria y le resultaba imposible seguir pensando. Tenía que hacerlo o enloquecería.
Se dirigió hacia el salón principal, agarrándose a todo lo que encontraba a su paso.
Luther era uno de los pasajeros que no se habían acostado. Estaba en un rincón del salón, bebiendo whisky, pero sin unirse a la partida de cartas. El color había vuelto a su cara, y parecía haber superado las náuseas. Se encontraba leyendo una revista inglesa, The Illustrated London News. Eddie le palmeó el hombro. El hombre levantó la vista, sobresaltado y algo asustado. Cuando vio a Eddie, su rostro adquirió una expresión hostil.
– El capitán desea hablar con usted, señor Luther -dijo Eddie.
Luther parecía angustiado. Se quedó inmóvil un momento. Eddie le azuzó con un perentorio movimiento de la cabeza. Luther dejó la revista, se desabrochó el cinturón de seguridad y se puso en pie.
Eddie le siguió a través del compartimento número 2, pero en lugar de subir por la escalerilla a la cubierta de vuelo, abrió la puerta del lavabo de caballeros e invitó a Luther a entrar.
Olía débilmente a vómitos. Por desgracia, no estaban solos; un pasajero en pijama se estaba lavando las manos. Eddie señaló el water y Luther entró, mientras Eddie se peinaba y esperaba. Al cabo de unos momentos, el pasajero se fue. Eddie tabaleó con los dedos sobre la puerta del cubículo y Luther salió.
– ¿Qué coño pasa? -preguntó.
– Cierre el pico y escúcheme -le interrumpió Eddie. No tenía la intención de comportarse con agresividad, pero Luther le sacaba de quicio.
– Sé por qué está aquí, he adivinado sus planes y pienso efectuar un cambio. Cuando este avión aterrice, quiero que Carol-Ann esté en el barco, esperando.
– No está en posición de exigir nada -se revolvió Luther. Eddie no había esperado que cediera de inmediato. Debería echarse un farol.
– Muy bien -respondió con tanta convicción como pudo reunir-. No hay trato.
Luther aparentó cierta preocupación.
– Escuche, pedazo de mierda: usted quiere recobrar a su mujercita. Haga aterrizar el avión.
Era verdad, pero Eddie meneó la cabeza.
– No confío en usted -respondió-, y no tengo motivos para hacerlo. Podría engañarme en cualquier momento. No voy a correr el riesgo. Quiero cambiar el trato.
La confianza de Luther aún no se tambaleaba.
– Ni hablar.
– Muy bien. -Había llegado el momento de arriesgarlo todo-. Muy bien, irá a la cárcel.
Luther lanzó una nerviosa carcajada.
– ¿De qué está hablando?
Eddie se sintió algo más confiado: Luther flaqueaba.
– Se lo contaré todo al capitán. Le sacarán del avión en la próxima escala. La policía le estará esperando. Le encarcelarán…, pero en Canadá, y ninguno de sus compinches podrá sacarle. Le acusarán de secuestro, piratería… Coño, Luther, puede que nunca vuelva a salir.
Luther, por fin, se mostró impresionado.
– Todo está preparado -protestó-. Es demasiado tarde para cambiar el plan.
– No, no lo es. Llame a sus cómplices desde la siguiente escala y dígales lo que hay que hacer. Tendrán siete horas para embarcar a Carol-Ann en esa lancha. Aún queda tiempo.
Luther se rindió de repente.
– Muy bien. Lo haré.
Eddie no le creyó; el cambio se había producido con demasiada rapidez. Su instinto le dijo que Luther había decidido engañarle.
– Dígales que deberán llamarme a la última escala, Shediac, para confirmarme que aceptan el acuerdo.
Una expresión de ira asomó por un instante al rostro de Luther, y Eddie supo que sus sospechas eran acertadas.
– Y cuando la lancha se encuentre con el clipper -prosiguió-, he de ver a Carol-Ann en la cubierta del barco antes de abrir las puertas, ¿entendido? Si no la veo, daré la alarma. Ollis Field le detendrá antes de que usted pueda abrir la puerta, y los guardacostas se presentarán antes de que sus gorilas irrumpan. Por lo tanto, asegúrese de que todo se cumpla a la perfección, o morirá.
Luther recobró de súbito su presencia de ánimo.
– Usted no va a hacer nada de lo que ha dicho -siseó-. No arriesgará la vida de su mujer.
Eddie trató de disipar sus dudas.
– ¿Está seguro, Luther?
No era suficiente. Luther meneó la cabeza con determinación.
– No está tan loco.
Eddie sabía que debía convencer a Luther al instante. Era el momento crucial. La palabra loco le proporcionó la inspiración que necesitaba.
– Le voy a demostrar lo loco que estoy.
Empujó a Luther contra la pared, cerca de la gran ventana cuadrada. El hombre estaba asombrado para oponer resistencia.
– Le voy a demostrar lo muy loco que estoy.
Apartó las piernas de Luther de una patada, y el hombre se desplomó como un saco sobre el suelo. En ese momento, tuvo la sensación de que sí estaba loco.
– ¿Ves esta ventana, cacho mierda? -Eddie aferró la persiana veneciana y la soltó-. Estoy lo bastante loco para tirarte por esta jodida ventana, mira lo que te digo.
Se plantó de un salto sobre el lavabo y lanzó una patada contra el cristal de la ventana. Llevaba botas recias, pero la ventana estaba hecha de sólido plexiglás, de cinco milímetros de espesor. Golpeó de nuevo, con más fuerza, y esta vez el cristal se rajó. Otra patada lo rompió. Fragmentos de cristal cayeron sobre el suelo. El avión volaba a doscientos cincuenta kilómetros por hora. El viento helado y la lluvia fría penetraron en el interior como un huracán.
Luther, aterrorizado, intentó levantarse. Eddie saltó sobre él, impidiendo que huyera. Agarró al hombre y lo tiró contra la pared. La rabia le daba fuerzas para imponerse a Luther, aunque pesaban más o menos lo mismo. Cogió a Luther por las solapas y sacó su cabeza por la ventana.
Luther chilló.
El fragor del viento era tan potente que el grito apenas se oyó.
Eddie le tiró hacia atrás y gritó en su oído:
– ¡Juro por Dios que te arrojaré al vacío!
Volvió a sacar la cabeza de Luther y le alzó del suelo.
Si el pánico no se hubiera apoderado de Luther, habría conseguido liberarse, pero había perdido el control y se sentía a merced de Eddie. Chilló de nuevo, mascullando palabras apenas inteligibles.
– ¡Lo haré, lo haré, suélteme, suélteme!
Eddie estuvo a punto de cumplir su palabra; después, comprendió que también él corría el peligro de perder el control. No quería matar a Luther, se recordó, sólo darle un susto de muerte. Ya lo había logrado. Era suficiente.
Dejó caer a Luther, soltándole. Luther corrió hacia la puerta.
Eddie le dejó marchar.
He actuado como un auténtico loco, pensó Eddie, aunque sabía que no había actuado.
Se apoyó contra el lavabo, recuperando el aliento. La rabia le abandonó con la misma rapidez que había llegado. Se sintió calmado, pero aturdido por la violencia a la que había dado rienda suelta, casi como si le hubiera ocurrido a otra persona.
Un pasajero entró al instante siguiente.
Era Mervyn Lovesey, el hombre que había subido en Foynes, un individuo alto ataviado con un camisón a rayas que le daba un aspecto muy divertido. Era el típico inglés y aparentaba unos cuarenta años.
– Caramba, ¿qué ha pasado aquí? -dijo, inspeccionando los daños.
Eddie tragó saliva.
– Se ha roto una ventana -dijo.
Lovesey le dirigió una sonrisa irónica.
– Incluso yo lo he adivinado.
– Es frecuente cuando hay tormenta -siguió Eddie-. Esos vientos violentos arrastran trozos de hielo, e incluso piedras.
Lovesey parecía escéptico.
– ¡Vaya! Llevo volando diez años en mi propio avión y nunca había escuchado nada semejante.
Tenía razón, por supuesto. A veces, se rompían ventanas durante los viajes, pero cuando el avión recalaba en un puerto, nunca en pleno Atlántico. Contaban, para evitar tal eventualidad, con cubreventanas de aluminio llamadas portillas, dispuestas también en el lavabo de caballeros. Eddie abrió un armarito y sacó una.