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Электронная книга - «El contenido del silencio». Краткое содержание книги:

Gabriel, un joven ejecutivo cuya vida desahogada y apacible transcurre en Londres, lleva diez años sin saber nada de su hermana, hasta el día en que recibe una llamada que le informa de que muy probablemente ésta haya fallecido en un suicidio colectivo llevado a cabo en Tenerife. Su inmediato viaje a las islas para testificar como único pariente vivo de la desaparecida tendrá un efecto devastador y a la vez catártico, que le hará replantearse todo su pasado y su futuro en un itinerario no sólo físico sino también, y sobre todo, interior.
Helena, la amiga íntima de Cordelia, será su guía durante la inmersión en la vida de su hermana. Un inmersión común que precipitará a ambos a confrontar sus miedos, vacíos y huidas.
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»Con el paso del tiempo comencé a vivir dos vidas: una real, mi vida como discípulo en un centro, y otra ilusoria, donde me veía fuera de aquel mundo: el hombre imaginario que yo era, libre y feliz. Y viajaba, y amaba, y sentía…, y subsistía alimentándome de sueños. En alguna charla con mi director decía lo que sentía, que aquello me venía grande, que no quería seguir, que La Firma no era para mí, pero la única respuesta que obtenía siempre era la misma: «Si te vas, prepárate, porque a un discípulo que se fue a la semana lo atropello un autobús, otro que se casó con una discípula muy mona falleció de un ataque fulminante y quedó viudo, y a otro se le paró el corazón cuando compraba El Pais en el quiosco. A otro lo encontraron con la cara comida por los gusanos dentro de un plato de sopa a la semana de morir de un infarto, solo, en la habitación de la casa en la que vivía.» Dios, se me repetía, no perdona a los traidores.

»Suenan a historias infantiles, que es lo que eran; cuentos de viejas. Y dice mucho de mi condición infantilizada el hecho de que yo las creyera. «Estás pasando una mala temporada, todo se arreglará. Hay mucha gente rezando por ti, para que sigas adelante», me decía mi director. «La vocación es para siempre; si la abandonas, no serás feliz. Si la abandonas, te condenarás», me decía mi director. «Si no has sido fiel a tu vocación, tampoco serás fiel a un amor humano», me decía mi director. «La fidelidad de muchos depende de tu fidelidad», me decía mi director. «Dejar La Firma no arreglará tus problemas, te los llevarás completos», me decía mi director. «Quien pone su mano en el arado y mira atrás no es apto para el reino de Dios», me decía mi director. «Si luchas y te dejas ayudar, la luz volverá a tus ojos», me decía mi director. «El tesoro más grande que Dios te ha dado es el de la vocación», me decía mi director… Esas ideas, repetidas una y otra vez, las escuchaba no sólo de boca de mi director, sino también en círculos, retiros, meditaciones, lecturas y charlas. Y, como yo amaba a Dios, me comía una angustia desgarradora y constante, fruto de la contradicción entre el deseo de marcharme y el temor a cometer un gravísimo error. Pero un día el director que tanto pontificaba y que tantas frases tenía a mano cruzó la raya: me dijo que, al dudar de mi vocación, había incurrido en un pecado mortal. Establecer a la ligera que determinada acción no contenida en los mandamientos ni en el catecismo de la doctrina cristiana constituye un pecado mortal es crear mandamientos que jamás ha puesto la Santa Madre Iglesia. Y así se lo dije: el hombre imaginario se había materializado. El borrego sumiso quería abandonar el rebaño.

»A partir de ese día me asignaron un guardaespaldas. Los domingos había un discípulo que me seguía a todas partes y, si yo decidía salir, él salía conmigo. Y se acabó lo de probarme vaqueros en El Corte Inglés. Yo avanzaba por terreno minado y resultaba inútil que tratara de asegurar cada uno de mis pasos, que extremara la prudencia, que me mostrara evasivo o fingiera indiferencia, y absurdo que mintiera para ocultar faltas, porque siempre acababa por hacer una pregunta de más o por dar una respuesta inapropiada. Metía la pata, y ese error en seguida hacía saltar una mina.

»Todo mi dolor, de noche, se deshacía en llanto. Era un llanto amargo, con aridez de fiebre. Mis compañeros, que por fuerza oían los sollozos, no me decían nada, porque debían respetar escrupulosamente el tiempo de silencio. Pero al día siguiente me caía ineludible una corrección fraterna. Eso de llorar era «mal espíritu», «buscarse a uno mismo», «dar mal ambiente», o «causar un mal cierto a Dios»…

»Y me llevaron al psiquiatra. Porque he olvidado decir que un discípulo no podía ir al médico solo, sino siempre acompañado por otro discípulo, ya fuese al dentista, al oculista o al alergólogo. Y siempre debías acudir a un médico de La Firma. Así que primero entraba yo solo a la consulta de aquel señor psiquiatra, luego, solía entrar el discípulo que me acompañaba y el psiquiatra comentaba con los dos… y, en alguna ocasión, entró mi compañero, sin mí. Las consultas con aquel señor no diferían mucho de las charlas que yo mantenía con el director. Básicamente yo decía que quería marcharme y él me insistía en que debía perseverar, y no hacía sino culpabilizarme de mi propia depresión, achacándola a la falta de generosidad, a un conflicto personal. Me pedía una mayor entrega, un mayor olvido de mí mismo, y me aconsejó, por lo menos en una ocasión, que leyera y meditara cartas del padre como terapia. Me recetó pastillas para dormir y ansiolíticos para la vigilia. A partir de entonces muchísimos días no me acordaba al despertar de cómo y cuándo me había acostado el día anterior, porque me iba a la cama absolutamente drogado, en una nube química.

»El material del botiquín estaba cerrado con doble llave: la del botiquín y la del armario en el que se guardaba. Recuerdo que una vez me dio un cólico muy fuerte y tuve que ir a pedir, doblado de dolor y a tientas, que, por favor, buscaran las llaves y abriesen cerrojos. Me cayó una reprimenda horrible por haber roto el tiempo de silencio y luego me pareció que pasaban horas mientras el director decidía sobre la conveniencia o no de administrarme un simple antidiarreico. Desde que me empezaron a medicar comprendí el porqué de tanto misterio: porque en los armarios había droga suficiente como para abastecer a un ejército, porque casi todos los discípulos estábamos medicados. Las cuentas de farmacia de nuestro centro eran astronómicas. Se encargaban los medicamentos a un establecimiento cuyos propietarios eran de La Firma, y que semanalmente enviaban a una chica con el pedido al centro. Uno de los discípulos era el encargado de administrar píldoras de todos los tamaños y colores, y hacía un recorrido nocturno por las habitaciones para depositar en mano de cada uno la dosis correspondiente al día. Hasta que me medicaron a mí yo no había entendido el porqué de ese ritual, y tampoco había preguntado, porque allí no se preguntaba nada. Uno aprendía la mansedumbre solícita, a lamer las paredes que lo tenían preso, a no intentar buscar la luz que le habían robado, a avanzar a tientas y en silencio, y a dar por bueno todo lo que veía.

»No sabía qué sería de mí ni cuál sería mi futuro. Participar en las tertulias me suponía una verdadera tortura, por eso estaba callado todo el tiempo. Hasta que un compañero me hizo una corrección fraterna: «Quería decirte que deberías sonreír más e intervenir en las tertulias y en las charlas, que tu silencio no es de buen espíritu.» Me quedé sin palabras, no por quien me había hecho la corrección, sino por quien la había autorizado: el propio director, que sabía perfectamente el tipo de medicación que tomaba y el calvario por el que estaba atravesando.

»Así que allí estaba yo, tragando doce pastillas diarias, deprimido, enfermo, solo, dolido, avergonzado, débil, frustrado, desvalido, impotente, martirizado, ansioso…, víctima, en definitiva, y sin ser capaz de dar el paso al frente necesario. Llevaba casi cinco años incomunicado de mi familia, de mi ciudad de origen y, lo que es peor, incomunicado de mí mismo. Encenagado en un pozo de confusión, de sentir el mal mezclado con el bien, de ser incapaz de identificar la procedencia o la razón de unos aguijones que se me clavaban en el alma, de presentir que algo o acaso todo andaba mal, muy mal, en mí y en el mundo, o al menos en el mundo que me rodeaba, y por debajo de todo aquello, mucho más hondo, aunque ni yo mismo lo hubiera detectado todavía, un turbio y maloliente, avasallador, sentimiento de asco que sentía crecer y crecer, amenazando con romper las paredes de aquel pozo y desbordar y arrollarlo todo a su paso, y precipitarme a mí en lo más revuelto y proceloso de la corriente.

» Y podría haberme quedado mucho tiempo si no hubiera intervenido el marido de mi madre. Yo iba a cumplir veintitrés años y llegaba el momento de que jurara lo que ellos llaman La Fidelidad, la incorporación perpetua a La Firma. En ese caso hay que hacer entrega de todos los bienes patrimoniales. También hay que testar a favor de un miembro de la fundación. Normalmente de ese trámite se encarga un notario que también sea discípulo y, por lógica, no se avisa previamente a los familiares de quien testa. La Firma protege sus bienes a través de un sinfín de vericuetos fiscales y contables, evidentemente diseñados para evadir impuestos. La Firma no tiene bienes, algunos de sus miembros sí. Esos miembros a favor de los cuales se testa suelen ser discípulos muy mayores que han demostrado ser de total confianza para ellos.

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