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Электронная книга - «El contenido del silencio». Краткое содержание книги:

Gabriel, un joven ejecutivo cuya vida desahogada y apacible transcurre en Londres, lleva diez años sin saber nada de su hermana, hasta el día en que recibe una llamada que le informa de que muy probablemente ésta haya fallecido en un suicidio colectivo llevado a cabo en Tenerife. Su inmediato viaje a las islas para testificar como único pariente vivo de la desaparecida tendrá un efecto devastador y a la vez catártico, que le hará replantearse todo su pasado y su futuro en un itinerario no sólo físico sino también, y sobre todo, interior.
Helena, la amiga íntima de Cordelia, será su guía durante la inmersión en la vida de su hermana. Un inmersión común que precipitará a ambos a confrontar sus miedos, vacíos y huidas.
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– Menudo hijo de puta.

– Gabriel, no hables así.

– Gabriel tiene razón, era un hijo de puta. Ese detalle me hizo abrir mucho los ojos. Quería irme. Deseaba irme de allí prácticamente desde que entré, pero no reunía el valor para hacerlo. Me crié sobreprotegido y me habían educado para respetar a las figuras de la autoridad, a los que sabían más que yo. Además, en mi grupo eran todos muy buenos estudiantes, algunos estudiaban dos carreras a la vez con excelentes calificaciones. Y esos chicos no hablaban de irse. Y yo pensaba «en algo debo de estar equivocándome, el que falla soy yo, no La Firma».

»Para quien no haya estado atrapado es muy difícil entender por qué resulta tan complicado marcharse, incluso cuando uno no está encerrado bajo llaves ni candados, cuando, en teoría, podrías, simplemente, abrir la puerta e irte. De la misma manera que nadie entiende por qué tantas mujeres maltratadas no denuncian nunca, y aguantan en silencio su calvario hasta el día final en que su marido las asesina. Los miembros de sectas se sienten así porque nadie dice nada, porque nadie puede hablar. El que lo hace se siente solo, y equivocado.

»Además, yo estaba agotado, como un minero atrapado que ha perdido la lámpara y sólo confía en racionar el aire, en moverse lo mínimo, para poder sobrevivir. En principio se suponía que debíamos dormir seis horas, pero dado que se esperaba de nosotros las mejores calificaciones y que allí la mayoría compaginaba, como yo, su carrera con un trabajo para La Firma y estaba además yo inmerso en labores de captación y obligado a una constante asistencia a meditaciones, círculos, charlas y tertulias, en época de exámenes casi todos nos quedábamos estudiando por las noches, previa consulta para solicitar permiso, por supuesto, y bajo control de un discípulo mayor. Podíamos pasarnos un mes entero durmiendo entre tres y cuatro horas diarias. Entendedlo: después de varios años de jornadas laborales de dieciséis a veinte horas, siete días por semana, sin vacaciones ni tiempo libre, ni diversiones, ni pasatiempos, se vive en un mundo brumoso. Resulta difícil pensar con lógica.

»Cuando no se puede pensar, cuando uno siente que apenas sobrevive cada día, no piensa en salir o en rebelarse, sólo en dormir. Uno sigue y sigue y sigue, como un muñeco de cuerda, sin más voluntad ni propósito que el de seguir avanzando en círculos. Y uno se encuentra increíblemente perdido pero no tiene el hilo para salir del laberinto. Yo flotaba como en una noche perpetua, como si se me hubiera confundido el curso del tiempo en una red de tinieblas incansables, y todo cuanto deseaba era concluir el día, descansar un poco.

»Otra razón por la que me quedaba era que no tenía dónde volver, ¿adónde regresar cuando te has escapado como un gato nocturno, como un pájaro que huye entre las ramas? En La Firma, el punto de partida era el olvido, a través de aquellas reglas dementes que promovían el abandono y asesinaban la esperanza. Yo entendía muy bien que el pasado no volvía y que ya no sería nunca más el que fui. Era como un surco vacío, un aliento mudo, un río seco. Ya mí me devoraba la nostalgia de los lugares y los afectos perdidos, por más que sabía bien que no serían como los recordaba, porque la nostalgia no es más que una mentira. En casi todos los grupos, en el curso del tiempo, uno rompe con el propio pasado. Ya no ve a la familia ni a los amigos. En muchos casos, ya no se tiene contacto con el mundo exterior. Yo con mi madre apenas hablaba, más allá de una llamada cortísima e intervenida por semana y de un cruce aséptico de cartas impersonales. Ya os he explicado que en La Firma se insiste mucho en que hay que cortar los lazos con los que ellos llaman la familia de sangre porque si no se incumplen los compromisos para con la organización, que se convierte en la verdadera familia. El que entraba en La Firma, por ejemplo, se comprometía a no asistir a bodas o bautizos y no podía ser padrino de ningún niño, porque eso habría supuesto adquirir un vínculo fuera de la familia espiritual.

– Lo veo tan claro… Desde que Cordelia entró en la casa de Heidi, no volví a saber de ella, ni siquiera una llamada.

– Da por hecho que le insistieron para que cortara todo contacto contigo. Siempre lo hacen. Y, como no tienes amigos ni familia, el universo entero pasa a ser el grupo. Después de vivir en un ambiente donde todos piensan y actúan de la misma manera, se reduce la perspectiva y se atrofia la capacidad para comunicarse. Yo, por ejemplo, pensaba a menudo en marcharme, pero ¿adónde iría?, ¿qué haría?, ¿quién me aceptaría? Mi vida había quedado limitada entre dos signos de paréntesis que sólo contenían a La Firma. No tenía amigos, no sabía realizar la más mínima tarea doméstica, no había trabajado nunca fuera del entorno de La Firma… ¿Iba a salir solo a enfrentarme a la corriente, al oleaje, en una balsa medio hundida? Quieras que no, durante esos años me habían ido convenciendo de que quien se marchaba no era feliz fuera porque arrastraba la carga de la deserción, de la infidelidad, de la traición…, y yo pensaba que no podría sobrevivir en un mundo que, sin el cobijo de La Firma, se me volvería hostil y desconocido.

»Me había entregado a La Firma, había invertido en ella mi adolescencia y mi juventud, no podía dejarla así como así. Me abrumaban la vergüenza y la culpa. «La gente honorable y decente -solía decir mi madre- no abandona con facilidad los compromisos.» Y, para colmo, en muchos sentidos, yo no era un adulto, no sabía valerme por mí mismo, nadie me había enseñado, toda mi vida estaba reglada por las decisiones de otros, no había un solo minuto de mi vida, ni una parcela mínima de mi tiempo, en la que me desenvolviera como autónomo. Bajo la poderosa combinación de fe, lealtad, dependencia, culpa, miedo, cansancio, presión de los pares y falta de información en la que vivía, todo pensamiento de acción independiente me parecía impensable. Había asumido mi condena y mi cárcel como parte de mi destino, no buscaba ni limas ni llaves ni túneles ni planes de salida, sólo dejaba el tiempo pasar e intentaba pensar lo menos posible en que allá fuera, más allá de mi cárcel, había vida, alegría, amor, placer.

»Pero aquello era como una fiebre que no remitía. Poco a poco empecé a cometer pequeños actos de rebelión. Una rebelión ínfima de pensamientos peregrinos, de tonterías que os sonarán infantiles pero que para mí resultaban grandes proezas. Porque, cuanto más se torcían mis pasos, más sentía yo que avanzaba por el único camino posible. Dejé de ponerme el cilicio, por ejemplo, y por supuesto mentía y decía que lo utilizaba sin saber entonces como sé ahora, una vez he salido, que semejante mentira era práctica común. En La Firma no se merienda los sábados, pero yo me compraba una palmera de chocolate a la salida de la facultad, la escondía en la cartera, y luego la engullía en el cuarto de baño, no porque tuviera hambre en realidad, sino sólo porque no me permitían hacerlo. Otras veces me iba a El Corte Inglés, escogía cuatro o cinco pantalones vaqueros, me iba al probador, me calzaba un pantalón tras otro y me miraba al espejo durante largo rato, disfrutando de aquella imagen que sentía tan mía: aquel chico del espejo, en jeans, era mi verdadero yo.

»Lo que sí era verdad es que desaparecía gente y más gente. Y cada vez entraban menos. A las clases de filosofía del primer año asistíamos veinte alumnos. En segundo, diez. En tercero, cinco… Pero yo me crecía. «¡Soy de los buenos! -me decía-, ¡me mantengo en la barca!» Es cierto que la escasez de alumnos de filosofía en la última década en la universidad ha sido notable. Cuando yo me fui, no creo que llegaran a cinco los alumnos matriculados en primer curso. Era lo lógico, los alumnos se ahogaban. La filosofía sin libertad carece de sentido.

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