El contenido del silencio
- Автор: Эчеварриа Лусия
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El contenido del silencio». Краткое содержание книги:
Helena, la amiga íntima de Cordelia, será su guía durante la inmersión en la vida de su hermana. Un inmersión común que precipitará a ambos a confrontar sus miedos, vacíos y huidas.
– Pero… yo había entendido que tú eras el sobrino de Chayo.
– Bueno, es una forma de hablar… En realidad ella es la prima de mi tío, mi tío nació aquí, en Tenerife, pero fue a estudiar a Madrid y allí se quedó. Mi tía se enamoró de un señor de Fuerteventura, o se enamoró de la isla y después de un señor, no sé… El caso es que vinimos de vacaciones y entonces Chayo, cuando me vio tan perdido y tan desorientado, me ofreció una habitación en su casa por si quería quedarme más tiempo. Dije que sí con la idea de quedarme un mes y, entre unas cosas y otras, me he quedado aquí casi tres años.
– ¿Llevas tres años aquí?
– Pues sí. Voy y vengo bastante a Madrid, no creas. Justo cuando llegué mi tía estaba preparando un libro sobre Cofete, un libro que ha editado el Cabildo, y yo, que tenía experiencia en investigación, me convertí en su asistente extraoficial. No tenía nada mejor que hacer y así me entretenía. Ella me lo ha agradecido siempre mucho. Y pronto me encontré tan fascinado con el tema como mi tía. Después, desde el Cabildo, alguien me propuso si quería hacer de guía, por aquello de que hablo alemán, para sacarme un dinero. No necesitaba el dinero, como sabéis, pero quien me lo ofreció no lo sabía, creía que yo era el pobre sobrino desorientado de Chayo, e imaginaba que venía de la capital huyendo de algo, muchos vienen aquí huyendo de algo, esta isla tiene mucha población flotante, gente que se queda un mes, seis meses, un año, italianos, alemanes, escandinavos… Un día se van tal como vinieron, cuando ya se han cansado de hacer surf o se les han acabado los ahorros o se han hartado de vivir en una isla. No necesitaba el dinero, ya os digo, pero sí quería entretener el tiempo. Así que empecé a trabajar como guía, sobre todo para alemanes, hay muchos que vienen a la isla. Lo hago a veces pero no vivo de ello. Básicamente aquí, en la isla, hago surf y leo. Escribo mucho, mucho. Y espero.
– ¿Esperas?
– Sí. Espero el día en que acabe mi novela y, quién sabe, incluso la publique. Espero el día en que me encuentre con más de cuarenta años, solo, sin oficio conocido, sin novia, y no me importe. Espero el día en el que me enamore de nuevo. Espero el día en que me apetezca volver. Espero. Precisamente aquí, en la isla, he aprendido el valor de la calma, de la espera. Después de vivir años sometido a las exigencias de un dios tiránico y caprichoso, después de haber conseguido huir de aquel estridente planteamiento de perfección, después de haber dudado tantas veces a mi salida de la misma existencia de un dios, lo encontré aquí, en la isla. En el silencio. Es imposible cruzar esta isla de norte a sur sin acabar encontrándote con Dios en cualquier parte. En las arenas blancas de El Cotillo, en las arenas negras de la playa de Ugán, en el milagro de los cultivos en medio del desierto, cuando de repente vas por la carretera y de la planicie surge Tindaya en su enormidad, en el silencio absoluto de las noches, en los kilómetros y kilómetros de playas solitarias y doradas… Todo lo que deberían haberme provocado los cálices de oro y los sagrarios refulgentes, los vahos del incienso y el barroquismo del mármol, todo está aquí. Aquí está Dios, y no me pide nada a cambio de mostrarse tal v como es, sin mármoles ni maderas nobles ni barroquismos ni ornatos. Aquí está Dios en toda su sencillez y en toda su magnificencia. Aquí está Dios para quien quiera encontrarlo o incluso para quien ya no lo buscaba y de pronto se dio de bruces con él, como me sucedió a mí. La perfección no se centra ahora en cumplir escrupulosamente unas normas prefijadas, cuando has visto Fuerteventura le das cuenta de que la perfección está ahí fuera y no en tus oraciones. Durante estos tres años no le he pedido nada a Dios. Aquí, simplemente, me siento en sus manos.
14
En el fondo de la maleta de Gabriel había un jersey negro que no se había puesto en todo el viaje. Era un jersey de cachemira que Patricia le cogía prestado a veces. A ella le llegaba por encima de las rodillas, como si fuera un vestido, y cuando se lo ponía con unos leggins y unas zapatillas de baile, parecía una especie de Audrey Hepburn rubia. La propia Patricia lavaba a mano el jersey en el lavamanos, con un jabón especial para prendas delicadas, y lo dejaba secar entre dos toallas, extendido sobre la cama de la habitación de invitados, tal era la devoción que le tenía a aquella prenda, que había sido un regalo de cumpleaños para Gabriel pero que en realidad había acabado usando ella más que él. Aquélla era una noche fría, Helena dormía y él había salido de la casa para contemplar el increíble espectáculo del cielo estrellado reflejándose sobre la plana superficie del mar de Punta Teno. Gabriel sentía la presencia de Patricia. Más exactamente, la olía. De alguna manera, pese a que el jersey había sido lavado, había retenido el penetrante olor de su carísimo perfume, una nota de madera oriental y exótica, una fragancia que Gabriel, al principio, había encontrado irresistiblemente sensual. Pero en aquella noche canaria el aroma del jersey le hacía pensar en un campo de amapolas, denso y soporífero, estupefaciente.
En realidad, a primera vista, su prometida parecía un encanto de chica, tan suave, tan melosa, tan tranquila, y Gabriel había ido cediendo una por una a todas sus exigencias porque no le habían enseñado a comportarse de otra manera y porque Patricia actuaba siempre con la mayor de las dulzuras, sin levantar la voz ni perder los estribos. A veces lloraba, pero calmadamente, como una lluvia ligera. No gritaba jamás. No, la voz de Patricia tenía una modulación que siempre sugería intimidad y secreto, pero de alguna forma resultaba también dominante: las presiones de Patricia activaban respuestas programadas, reacciones automáticas.
Hasta que llegó a Canarias, Gabriel no había tenido tiempo para detenerse a reflexionar. Pero, lejos de Londres, entendía. Gabriel empezaba a percibir Canarias y a Helena como un todo, como una forma ilimitada, una voz que le llamaba y después huía y se escondía para incitarle a perseguirla. Cada calle de Buenavista, cada ola en Punta Teno, cada hibisco, cada cardón, no eran sino una conexión más en una espiral autorreferente en la que no le importaba perderse. Porque, lejos de Londres, podía verse a sí mismo en Londres, con una claridad que allí no podía tener, perdido como estaba entre dos nieblas, la de la ciudad y la emocional. Entendía por fin, desde la claridad que otorga la distancia, desde la luz seca de Canarias contrapuesta a la niebla de Londres, que si Patricia lo había manipulado de tal manera era porque él, al igual que Virgilio, mostraba demasiados puntos débiles que ella había sabido aprovechar, como la necesidad exagerada de aprobación, las enormes dudas sobre sí mismo, el miedo cerval a la cólera -ya fuera la de los demás o la suya propia-, el ansia por vivir en un ambiente pacífico al precio que fuera… Y podía incluso entender cómo se habían ido creando todos esos puntos débiles, a partir de la culpabilidad absurda que sentía respecto a la muerte de sus padres, como si de alguna manera le hubieran abandonado porque él no estaba a la altura, porque el Gabriel niño creyó siempre que, si hubiera sido más bueno, sus padres no se habrían peleado tanto, y que si no hubiesen peleado aquella noche no habría pasado lo que pasó. Y el Gabriel adulto había tratado de enterrar esa creencia pero seguía allí, en el subsuelo, y la semilla germinó en forma de una frondosa planta con la inseguridad grabada en la nervadura de cada hoja, abonada por toda la soledad y la falta de cariño que había vivido en casa de la tía Pam, por el miedo que tenía también a los enfados de su tía, de la que dependía. Pam siempre fue crítica y difícil. «A Dios no le gustan los niños ruidosos y perezosos, y a veces se los lleva», solía decir. Y entonces Gabriel imaginaba que aquel dios justiciero podría llevárselo también, como se había llevado a sus padres, y como él no quería que nadie le llevara, y mucho menos un dios colérico y tremebundo, hacía cualquier cosa que Pam le pidiese. Si se comportaba tal y como su tía quería, sería un buen chico y, por tanto, estaría a salvo. Pero en realidad ni Gabriel ni Cordelia estuvieron nunca a la altura de las exigencias perfeccionistas de Pam, a la que, en el fondo, nunca le habían gustado los niños v sólo los aceptó llevada por su sentido calvinista de la responsabilidad y, por qué no decirlo, por el dinero extra, mucho, que cuidarlos le supondría. Gabriel siempre lo supo, y a pesar de ello llegó a admirar mucho a Pam -su inteligencia, su perspicacia, su clase- y a desarrollar un deseo compulsivo de satisfacerla. Su tía no daba el afecto o la aprobación de forma incondicional, lo prestaba o lo retiraba según pensara que Gabriel se había comportado o no de acuerdo con los patrones que ella imponía, v ese fantasma de necesidad de afecto, esa convicción de que el cariño había que pagarlo de alguna manera, echó a perder la voluntad de Gabriel y enterró bajo una losa de miedo su creatividad, su sensibilidad y su capacidad de rebelarse. Cuando creció, la aceptación y el amor de los otros se convirtió en una especie de droga que necesitaba desesperadamente. Gabriel no era sino un adicto que necesitaba su provisión constante de aprobación y que estaba dispuesto a pagarla a cualquier precio. Esa droga destruyó su relación con Cordelia. Esa droga le hizo dependiente de Ada y de Patricia, y permitió, al apuntar con un reflector tan poderoso a su necesidad, que ellas dos se aprovecharan de él, porque Ada no le quiso nunca más allá de verle como un juguete sexual y Patricia no le respetó jamás, en busca como iba de un salvavidas y no de un amante.