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Электронная книга - «El contenido del silencio». Краткое содержание книги:

Gabriel, un joven ejecutivo cuya vida desahogada y apacible transcurre en Londres, lleva diez años sin saber nada de su hermana, hasta el día en que recibe una llamada que le informa de que muy probablemente ésta haya fallecido en un suicidio colectivo llevado a cabo en Tenerife. Su inmediato viaje a las islas para testificar como único pariente vivo de la desaparecida tendrá un efecto devastador y a la vez catártico, que le hará replantearse todo su pasado y su futuro en un itinerario no sólo físico sino también, y sobre todo, interior.
Helena, la amiga íntima de Cordelia, será su guía durante la inmersión en la vida de su hermana. Un inmersión común que precipitará a ambos a confrontar sus miedos, vacíos y huidas.
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»A partir de entonces el director del centro y mi confesor ya no guardaban siquiera las apariencias. Si yo contaba al sacerdote, por ejemplo, que echaba mucho de menos a mi madre, ya sabía que pocos días después el director me aleccionaría sobre las diferencias entre la verdadera familia, La Firma, y la familia de sangre, la biológica.

»El confesor me preguntaba a menudo si yo tenía pensamientos impuros, y cuáles eran y con quién. Si albergaba deseos sexuales, si me masturbaba, cómo lo hacía, cada cuánto tiempo, en qué pensaba mientras lo hacía, cuánto tardaba en conseguir placer. Las preguntas eran tan precisas que sospecho que el director extraía algún placer perverso de las respuestas. Yo al principio decía que jamás pensaba en eso. Y era la pura verdad. Estaba tan cansado que había perdido por completo la libido. Pero el cura no me creía, así que me inventaba fantasías muy edulcoradas. Y le aseguraba que no me masturbaba, que sólo tenía sueños eróticos y poluciones nocturnas. Me daba asco contarle cosas tan privadas a aquel señor, mucho más sabiendo que luego las divulgaría, pero muchos de mis compañeros eran más ingenuos que yo, confiaban y lo contaban todo.

– Sí, a mí de pequeña me pasó una cosa así. Iba a un colegio de monjas y también el confesor nos hacía preguntas de ese tipo. Lo peor es que yo ni siquiera entendía lo que me preguntaba. Me decía «¿Te tocas?», y yo le decía «Pues no sé, a veces, al ducharme, con la esponja…», porque no entendía ni lo que me preguntaba. Supongo que el confesor debió de pensar que me masturbaba en la ducha, cosa que yo no hacía… ¡Si tenía once años!

Gabriel intentó desechar, como una mosca que se aparta a manotazos, la imagen que aquella frase había conjurado: la de Helena masturbándose en la ducha.

– Sí, es el problema de la confesión. Como te toque un confesor poco capacitado, se puede convertir en una tortura.

– Pero ¿tú todavía te confiesas?

– A veces. Lógicamente, al salir de La Firma tuve una gran crisis espiritual, pero sigo siendo creyente. Voy a misa, y me confieso, sí. Pero no con sacerdotes de La Firma, desde luego. Ya os hablaré de eso más adelante, porque no quiero perder el hilo del relato.

»Verás, te he hablado de tres métodos de controclass="underline" control de conducta, de información y de pensamiento. Falta el cuarto, que quizá sea el más efectivo: el control emocional. Toda secta intenta manipular y limitar la amplitud de los sentimientos de una persona. Es decir, no te dejan albergar sentimientos por nadie que no sea el líder de la secta. La Firma es posesiva como la más insegura de las novias, y tan celosa como la peor de las guardianas, y se comporta en ese sentido con un furor obsesivo y demente.

»A nosotros no nos dejaban conservar fotografías de nuestros familiares, mucho menos tenerlas en la habitación. Pero, eso sí, había retratos y fotografías del padre fundador por toda la casa. Y también… de su padre, de su madre, de su hermana.

– ¿De su familia?

– Sí, por todos lados, ¡pero nosotros no podíamos conservar fotos de lo que ellos llamaban nuestra familia de sangre, porque se consideraba que nuestra verdadera familia era La Firma! Y tampoco nos dejaban mantener mucho contacto con ellos. Las cartas que recibíamos llegaban abiertas, era la norma, el responsable del centro leía de antemano el correo recibido por los discípulos. Más tarde me enteré de que dicha práctica estaba expresamente prohibida por el Código de Derecho Canónico, además de estarlo, por supuesto, por el Código Penal. Respecto a las que nosotros escribíamos, debían pasar antes por la censura de nuestro director. El teléfono estaba instalado en lugares donde solía haber más discípulos, el cuarto de estar, por ejemplo, y ahí no podía haber ningún tipo de intimidad porque alguien podía escucharte y contárselo al director. Aun así, no me dejaban llamar más que una vez por semana, y con el tiempo restringido. Si nuestros familiares nos llamaban, solían decirles que no podíamos ponernos al teléfono hasta que simplemente se hartaban de hacerlo. El teléfono, por cierto, estaba bajo llave. Alguna vez intenté llamar a mi familia un domingo desde una cabina telefónica, pero como tenía que justificar absolutamente cada peseta gastada y las conferencias salían muy caras, casi no pude hablar.

»No se nos permitía tener amistades particulares. Yo, al principio, desarrollé cierta afinidad (conste que digo afinidad, no amistad) con otro de los discípulos. Cuando él se marchó a uno de los retiros mensuales, todos los discípulos, reunidos, le recibimos al llegar..Al saludarle, le abracé. Al día siguiente me cayó una corrección fraterna. «Aquí no nos abrazamos», me recordaron. Y era así. Allí no eran lícitos ni los abrazos ni los besos. Ni cogernos de la mano ni ninguna otra manifestación física de cariño.

»El director me llamó poco después y me citó una frase de nuestro padre fundador que él repetía a menudo: «Despréndete de las criaturas hasta que quedes desnudo de ellas.» Con esa frase entendí que debía cesar la intensidad de mi trato con aquel amigo. Hasta entonces, nosotros dos íbamos y volvíamos juntos a la facultad, y lo mismo hacíamos al marcharnos. Pero el director me explicó que Dios nos lo pedía todo, y dentro de ese todo estaban los amigos cuando pasan a ser nuestros hermanos en La Firma, momento en el que teníamos que cortar nuestro trato con ellos. También me aclaró que entre los de La Firma no podía haber lo que él calificaba de amistades particulares, por lo que las cosas íntimas las podía tratar sólo con el director, con nadie más. A partir de entonces, nosotros dos íbamos y veníamos a la facultad a la misma hora, pero o bien lo hacíamos acompañados por otro discípulo o bien sin hablarnos en absoluto, como si no nos conociéramos, porque habíamos asumido y aceptado, por el compromiso de obediencia a los directores, que no podíamos tener amistad. Yo estaba deshecho, pero simultáneamente le pedía perdón a Dios por ser tan poco generoso con Él al resistirme a entregarle esa amistad.

»A los tres años de estar en la casa, el marido de mi madre (mi padrastro, debería decir, pero siempre me he referido a él como a mi tío) enfermó gravemente. Para poder visitarle en el hospital, en Madrid, debía pedir permiso. Me lo negaron. Cuando la cosa se agravó hasta un punto crítico me concedieron que hiciera un viaje relámpago a Madrid. No me permitieron dormir siquiera en la casa de mi madre, sino que tuve que dormir en un centro de La Firma en la capital. Regresaba allí en una tarde gris y me parecía que las nubes formaban extraños mapas de imposibles países con los que yo, prisionero como estaba, ya no podía siquiera permitirme soñar. Me abrieron la puerta, saludé al portero, yo subía la escalera triste y torvo, con un nudo que me apretaba en la garganta para cerrarle el paso al llanto… Me topé de frente con el subdirector, que empezó a recriminarme porque había llegado diez minutos más tarde de la hora de la cena.

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