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Un asunto pendiente [A Day of Reckoning - es]

Электронная книга - «Un asunto pendiente [A Day of Reckoning - es]». Краткое содержание книги:

Megan y Duncan Richards son gente normal. Él es banquero; ella, agente inmobiliaria. Tienen dos hijas adolescentes y un hijo. Viven en una casa preciosa. Todo indica que sus días de activistas políticos, allá por 1968, han quedado muy atrás. Después de todo, cualquiera que fuera joven en 1968 tiene un pasado activista.
Pero Megan y Duncan son distintos. Ellos fueron un poco más lejos. Empujados por una hermosa mujer que se hacía llamar Tania y que dirigía un grupo radical llamado la Brigada de Phoenix, tomaron parte en un robo que, según Tania, sería sencillo y sin derramamiento de sangre, pero no fue así. Desde entonces han pasado 18 años.
Y ahora, cuando los Richards disfrutan de su tranquilidad familiar, Tania está a punto de salir de la cárcel. Lleva 18 años planeando cómo vengarse de las dos personas a las que culpa de lo que ocurrió aquel día. Su venganza será dulce, será perversa. Empezará por su hijo…
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– Esto tiene que acabar.

Megan estaba de acuerdo, pero dudaba de cuándo sería posible. Sólo podía pensar en Olivia y su imaginación era como un campo de minas de emociones encontradas, sabía que Olivia había enviado a aquel matón al dormitorio de las gemelas. Era parte de su plan, trastornar la rutina de la familia, minar su seguridad y hacerlos sentirse completamente vulnerables en todo momento y lugar. Ése había sido el impulso político detrás del plan de asalto al banco en Lodi. Recordó a Olivia de pie, aleccionando a sus tropas mientras éstas se preparaban para el desastre que estaba por venir, arrogante y segura de sí misma.

A pesar suyo Megan sonrió: He oído ese discurso demasiadas veces, zorra, lo oí cada mañana, cada mediodía y cada noche en todos nuestros encuentros clandestinos, en todos los mítines. Ni siquiera te molestaste en cambiarlo un poco.

Casi se pasó la entrada al vertedero municipal y tuvo que girar bruscamente, tanto que por un momento pensó que iba a perder el control del coche mientras derrapaba por el suelo de grava. Pero logró enderezar el volante y condujo hasta allí. Había un pequeño cobertizo con un hombre mayor sentado dentro, fumando un cigarrillo y leyendo el National Enquirer. Saludó a Megan cuando vio que ésta llevaba el adhesivo identificativo en el parabrisas y no le prestó demasiada atención, lo cual le convenía. Llevó el coche lo más cerca que pudo del área de vertidos, cuyo hedor flotaba en el aire como una espesa nube. Respiró por la boca mientras estacionaba y salía del coche.

En el maletero llevaba tres bolsas de plástico verde; en una de ellas estaba todo lo que Duncan había usado durante el robo. En la segunda, la ropa que las gemelas habían encontrado en el suelo de su habitación. Megan había accedido inmediatamente a su deseo de tirar todo aquello que hubiera tocado el intruso. La tercera bolsa contenía basura normal que había repasado cuidadosamente para asegurarse de que no incluía nada, un sobre o un papel cualquiera, que pudiera relacionarse con ellos. Tomó las bolsas una por una y, tras cerciorarse de que estaban bien cerradas, las tiró a la montaña de basura. El esfuerzo la hizo jadear, pero estaba satisfecha de lo separadas que habían quedado unas de otras; entre los cientos de bolsas similares no se distinguían.

De acuerdo, se dijo restregándose las manos en el abrigo. Ahora de vuelta a casa y a esperar a Olivia.

No les había hablado a Duncan ni a las gemelas de sus investigaciones ya que no estaba muy segura de tener algo. Tras pasar dos horas repasando listados de viviendas en alquiler de los últimos meses había encontrado una docena de casas posibles. Una vez que las había señalado en un mapa no sabía muy bien qué hacer. Se negaba a considerar otras alternativas, quería convencerse de que Olivia propondría un encuentro para entregarles a los Tommys a cambio del dinero. Pero cuanto más se esforzaba en creerlo menos convencida estaba de que ocurriría.

***

Duncan la recibió en la puerta delantera y contestó a su pregunta antes de que tuviera tiempo de formularla.

– Nada todavía, ni una palabra.

– Maldita sea -contestó Megan-. ¿Qué crees que estarán esperando? -Miró su reloj y después al cielo.- Son más de las tres y media, casi las cuatro, falta poco para que se haga de noche. ¿Crees que estará esperando para hacer el intercambio de noche?

– No lo sé, probablemente lo que quiere es ponernos nerviosos durante un rato más; es una sádica y se divierte con esta espera.

– Es una mierda.

– Lo sé.

A Megan la asaltó un pensamiento extraño.

– ¿Crees que lo sabe? Quiero decir, ¿cómo puede saber que tienes el dinero, que estamos preparados?

– Me dijo que lo sabría; tal vez me espió desde fuera del banco y me vio salir anoche. Quizá sólo lo supone, pero en cualquier caso da igual. Hoy es la fecha que nos fijó, y la hemos cumplido.

Duncan empezó a caminar pensativo y Megan lo miraba.

– ¿Crees…? -empezó a decir.

– No lo sé.

– Quiero decir, tiene…

– ¿Qué? -la interrumpió Duncan-. ¿Cómo podemos saber lo que piensa hacer? Todo lo que sé es que arreglará alguna manera de que le entreguemos el dinero y entonces yo le exigiré que nos devuelva a los Tommys, eso es todo. ¡Hasta ahí llegan mis planes! Planear cómo robar el banco me llevó algún tiempo -dijo sarcástico-. Pero ahora que ya está, ¿qué más podemos hacer? ¡Sólo esperar!

Entró en la cocina y miró a su alrededor con expresión incómoda. Megan lo siguió.

– Perdona -dijo.

Duncan cerró los puños y después se relajó ligeramente.

– No pasa nada -dijo-. Es culpa mía.

Megan asintió y después preguntó bruscamente:

– ¿Qué hemos hecho?

Duncan pareció sorprendido.

– ¿Qué quieres decir?

– ¿Qué hemos hecho? ¿Lo hemos perdido todo?

Duncan asintió.

– Todo, y nada.

La miró y después rio.

– Es sólo dinero.

– ¿Qué quieres decir?

– Precisamente eso, que es sólo dinero. Lo devolveremos, o quizá yo tenga que ir a la cárcel, pero es sólo dinero. Ahí es donde Olivia se ha equivocado desde el principio; se cree que todavía nos importa. -Sonrió con tristeza y continuó hablando.- Pero dejemos que siga pensando que no somos más que dinero y coches y vacaciones y acciones y propiedades y fondos de pensiones. Eso hace las cosas más fáciles, ¿no crees? Recuperemos a los Tommys y después empezaremos de nuevo.

Megan asintió.

– De todas formas todo ha cambiado -prosiguió Duncan-. Me di cuenta cuando salía del banco. Ya no somos los mismos que en el 68, somos otras personas y si logramos reunir a la familia de nuevo, entonces creo que todo irá bien.

Megan asintió otra vez y Duncan la miró.

– ¿No me crees? -preguntó él.

Ella negó con la cabeza y él sonrió.

– No pasa nada, yo tampoco lo creo.

Se sentaron a la mesa de la cocina.

– Es curioso cómo soy capaz de soltar un discurso que nos hace sentirnos mejor y peor al mismo tiempo.

Duncan se tapó la cara con las manos como buscando esconderse y Megan recordó que solía hacer ese gesto cuando jugaba con las gemelas, y después con Tommy. Contuvo las lágrimas.

Duncan levantó la cabeza.

– Anoche fue como un sueño, solo en el banco y metiendo todo ese dinero en mi maletín.

Se recostó en la silla y miró al techo.

– Es como si algo se hubiera roto dentro de mí, partido en dos.

Calló un momento, como si reflexionara sobre lo que acababa de decir. Después añadió:

– Tengo la sensación de que debería hacer un discurso sobre el sacrificio y el deber y el amor y todo eso, pero me siento incapaz, sólo quiero que suene el teléfono.

Megan no contestó y los dos permanecieron sentados sin decir palabra, mirando de vez en cuando por la ventana, mientras, con la creciente oscuridad, se ensombrecían también sus esperanzas.

***

Olivia miró al juez y al niño y dijo:

– Les pediría disculpas y les diría que lamento haber tenido que recurrir a esto, pero no me creerían, así que no lo haré.

El juez la miró furioso. Tenía las manos y los tobillos atados y notaba que se le entumecían los músculos y las articulaciones. Tommy estaba junto a él atado de la misma forma.

Olivia les enseñó un rollo de cinta adhesiva.

– Podría taparte la boca con esto, juez.

– No será necesario -respondió éste deprisa, tal vez demasiado deprisa. Enseguida deseó no haber pronunciado esas palabras.

Olivia desenrolló un trozo de cinta, la cortó y la sostuvo en alto para que pudieran verla. Después se la colocó sobre su propia boca, sin llegar a pegarla, e hizo una mueca.

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