El Misterio De La Casa Aranda
- Автор: Тристанте Джеронимо
- Год: 2007
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические детективы
Электронная книга - «El Misterio De La Casa Aranda». Краткое содержание книги:
De la mano de Alberto Aldanza, un excéntrico dandy que le inicia en los métodos de investigación científica, ha de enfrentarse a dos casos: por un lado una casa que al parecer provoca, en épocas diferentes, que tres mujeres maten o intenten matar a sus maridos tras la lectura de un ejemplar de La Divina Comedia; por otro, los asesinatos de varias prostitutas a las que nadie da importancia pero que Víctor decide investigar.
Víctor recorrerá el Madrid de los salones de la alta sociedad y de las tertulias de los cafés, se impregnará del clima social y político de la época y se convertirá en un experto investigador gracias a las lecciones de Aldanza. Pero las lecciones tendrán un precio y Víctor sólo se dará cuenta de ello cuando logre resolver los dos casos.
– Hable -ordenó el policía.
– Subí al burdel, como me dijo la señora, y…
– ¿La señora?
– Sí, una anciana con un manto amplio; no se le veía bien la cara pero tenía una verruga en…
– ¡Dios mío! -gimió el subinspector cubriéndose con las manos el rostro.
Por un momento, Víctor pareció hundido. Alfredo creyó ver que tenía los ojos húmedos. Era un hombre desesperado. Al poco, el policía logró recomponerse y preguntó:
– ¿Adónde las llevó?
– La joven bajó conmigo y entró en el coche.
– ¿Adónde las llevó? -repitió.
– Al mismo lugar en que recogí a la anciana, en la calle Mayor.
– ¿Y bajaron juntas?
– Sí, aunque la puta debía de ir borracha, parecía que se apoyaba en la vieja.
– Sin duda la drogaron -concluyó Adolfo. Víctor tuvo que sentarse en un banco. Se sentía mareado. La cabeza le daba vueltas.
– Lleva usted una noche sin dormir, debe descansar -le pareció escuchar que decía Adolfo antes de perder el sentido.
– Es una simple crisis nerviosa.
La frase la había pronunciado una voz desconocida. Víctor abrió los ojos y se vio rodeado por Adolfo, doña Patro y un individuo que se lavaba las manos en una jofaina y que le pareció un médico.
– ¿Qué hora es? ¿Cuánto tiempo llevo aquí? -quiso saber el detective muy alarmado.
– Unas tres horas; serán las siete y media de la tarde -contestó Adolfo.
– Tengo que irme, ¡la trampa! Es hoy, ¡esta noche!
– Debe usted descansar -dictaminó el galeno.
– Ya descansaré mañana -replicó Víctor, que ya se había puesto los pantalones-. Adolfo, tienes que llevarme a la calle Santa Isabel, y luego necesitaré tus servicios toda la noche; va a ser una larga velada.
Doña Patro y el médico miraron estupefactos al policía que, muy resuelto, salió del cuarto a la carrera. Adolfo los miró, se encogió de hombros y, tras dudar un instante, siguió a Víctor a la calle.
Los miembros del exiguo servicio de la casa de la calle San Nicolás se sintieron muy satisfechos cuando doña Ana Escurza les comunicó que la señorita Aurora regresaba a casa aquella misma noche. Al parecer, los solícitos cuidados de sus tías, así como los aires puros y las frescas aguas de Palencia, habían logrado que la joven se recuperase un tanto de la fiebre cerebral que padecía. También se alegraron al saber que don Donato Aranda, el señor de la casa, retornaba asimismo a Madrid para intentar arreglar las cosas con su esposa. Resultó tan repentino que apenas tuvieron tiempo de poner todo en orden en aquella desgraciada y horripilante mansión. A las nueve, la hora en que el crepúsculo comenzaba a imponerse al día, llegó la señorita en un coche. Lucía un elegante vestido de viaje y se cubría con un velo a efectos de evitar a la joven la molestia de los mosquitos e insectos del camino. No se le veía del todo bien el rostro, pero parecía sonriente y saludó a unos y otros entre risas y muestras de alegría. Entre el cochero, el caballerizo de la casa y Gregorio bajaron los dos pesados arcones en que la joven traía todo su equipaje. Doña Ana Escurza tomó a la joven por el brazo y dijo:
– Vamos, Aurora, necesitarás descansar -y añadió, mirando a la doncella personal de la joven, que había bajado del coche junto a su señora-: Y usted, Auxiliadora, súbale a mi hija un vaso de leche y unos bollos. Cenará en su dormitorio.
Una hora más tarde, doña Ana partió hacia su casa de la calle Santa Isabel.
Al poco llegó el coche que traía a don Donato. Venía el dueño de la casa muy repuesto y bronceado por el ejercicio de la caza en la finca que su padre poseía en Ciudad Real. De inmediato preguntó por su esposa y, muy contento, subió los peldaños de dos en dos hasta entrar en el dormitorio maldito. Los sirvientes escucharon las risas y la alegría con que el matrimonio se reencontró. Se miraron unos a otros con sorpresa. Milagrosamente, todo parecía olvidado. El joven se dio un baño para librarse del polvo del camino y a las once bajó a cenar; lo hizo solo, pues, según dijo, su esposa dormía agotada por el viaje.
– Perdone el señor lo frugal de la cena, pero hasta esta misma mañana no hemos sabido que volvían ustedes.
– Descuida, Gregorio, descuida -disculpó Donato atacando con apetito el bistec con guarnición de verduras que le habían servido.
– Doña Aurora parece recuperada, ¿verdad? -comento el mayordomo.
– Totalmente.
– Parece algo milagroso, ¿no?
– Nunca he sido hombre piadoso, pero sé reconocer un milagro cuando lo veo, y esto ha sido un verdadero y auténtico prodigio. Demos gracias a Dios, Gregorio.
– La he visto algo más delgada -apuntó el sirviente.
– Sí, hombre, una enfermedad tan grave y larga suele dejar mella en el organismo, pero es joven y se recuperará. Se nos abre un horizonte maravilloso; viviremos muchos años en esta casa y la llenaremos de niños.
– Dios le oiga -contestó Gregorio.
Después de cenar, don Donato se retiró al dormitorio maldito junto con su agotada esposa. Nuria y Gregorio se miraron con aprensión. ¿Volvería a ocurrir lo mismo? Todos se retiraron a sus habitaciones y la casa quedó a oscuras.
Las horas fueron sonando en el carrillón del salón y la noche dejó paso a la madrugada. El crujido de la añeja madera que tapizaba las escaleras y paredes del maldito caserón quebraba el silencio de la noche y un viento frío y cortante ululaba y hacía oscilar las cortinas del dormitorio de matrimonio. Alrededor de las cinco y media comenzó a escucharse algo. Primero era como un rumor, pero luego se fue haciendo más claro que aquello era una voz. Una voz profunda y cavernosa que sonaba en el dormitorio y repetía una y otra vez unas palabras difíciles de entender, como una letanía que encogía el alma.
– «Mórbidus»… «Moooórbidus»… -se oía en la oscuridad.
De pronto, doña Aurora se incorporó como un resorte del lecho y se acercó a la mesa camilla en que la filipina leyera hacía cincuenta años el libro maldito.
Acercó el rostro a la pared y escuchó atentamente.
Entonces se volvió y caminando lentamente fue hacia la puerta del dormitorio y la abrió. Despacio y haciendo crujir el suelo de madera bajo sus pies, la estilizada figura progresó hasta llegar a las escaleras. Las bajó ruidosa pero pausadamente y se detuvo en la puerta de la biblioteca. Iba hacia el libro maldito. Éste la reclamaba para sí. La llamaba la dominaba como a un ser sin voluntad ni capacidad de decisión. Aquella voz de ultratumba seguía repitiendo una y otra vez:
– «Móooorbidus»… «Móoooorbidus»…
Era el libro que, desde el más allá, dominaba la mente de la joven al repetir una y otra vez el conjuro. Ella se agachó y se quitó el calzado. La voz, que seguía sonando lenta y pausada, llenaba aquella maligna casa de horror y espanto. En aquel momento, la figura de la joven atravesó la oscuridad del vestíbulo y se dirigió de manera sigilosa pero con decisión hacia la cocina.
Entró en ella y se acercó a una figura que, apoyada ante un armario, murmuraba una y otra vez su horripilante retahíla. Sonó un chasquido y quien murmuraba notó que algo frío le rodeaba la muñeca. Se oyó el crujir del percutor de un arma y del cuerpo de la chica salió una voz varonil que amenazó:
– Si te mueves, te vuelo los sesos. ¡Lo tengo! -gritó a continuación.
Llegó un ruido de pasos que bajaban por la escalera.
Una figura varonil corrió a la puerta principal y abrió los postigos, en tanto que otra entró en la cocina e iluminó la estancia con una lámpara de aceite.
Gregorio, el mayordomo, comprobó estupefacto que frente a él y apuntándole con un revólver tenía a una especie de híbrido entre doña Aurora y Víctor Ros. El joven policía llevaba una larga peluca y un fino camisón que flotaba sobre su habitual traje de mezclilla. La muñeca del mayordomo estaba apresada por unas esposas que a su vez permanecían unidas al sonriente detective. Detrás de él, don Alfredo, con la lámpara en una mano y el revólver en la otra, lucía una enorme sonrisa. Se oyeron más pasos y entró don Donato acompañado por dos agentes uniformados.