El Club de París
- Автор: Берри Стив
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
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– Lo tendrá.
Ashby oyó que el guía reunía al grupo para anunciar que había llegado el momento de seguir adelante.
– Creo que terminaré la visita -dijo Lyon-. Jack el Destapador es bastante interesante.
– ¿Y mañana qué? Sabe que los estadounidenses lo estarán vigilando.
– En efecto. Será todo un espectáculo.
Malone se mezcló con el grupo cuando sus integrantes, incluido el pelirrojo, siguieron al guía y se perdieron en la oscuridad. Mantuvo al pelirrojo dentro de su campo de visión, pues le pareció mucho más interesante que Ashby.
La visita continuó otros veinte minutos por unas calles negras como el carbón y terminó en una estación de metro. En su interior, el pelirrojo utilizó una tarjeta para franquear el torniquete. Malone se dirigió a toda prisa a una máquina expendedora para comprar cuatro tiquetes y se abrió paso hasta el acceso a las escaleras mecánicas justo cuando su presa llegaba al final. No le gustaba la intensa iluminación y la escasez de viajeros, pero no tenía elección.
Malone salió de la escalera y recorrió el andén. El pelirrojo se encontraba a diez metros de distancia y aún tenía la bolsa en la mano.
Una pantalla electrónica indicaba que faltaban setenta y cinco segundos para la llegada del tren. Malone estudió un mapa del metro de Londres colgado en la pared y vio que aquella estación enlazaba con la línea de District, que discurría en paralelo al Támesis y recorría toda la ciudad de este a oeste. Aquel andén era para trenes con destino al oeste y la ruta los llevaría hasta Tower Hill, por debajo de Westminster, pasando por Victoria Station y más allá de Kensington.
Cuando llegó el tren descendió más gente desde el piso superior.
Malone mantuvo la distancia, se posicionó muy por detrás de su presa y la siguió hasta el vagón. Una vez dentro, se agarró a una barra de acero inoxidable, a diez metros del pelirrojo. En el vagón se apiñaba gente suficiente para que ninguna cara llamase mucho la atención.
Mientras el tren traqueteaba por debajo de la ciudad, Malone estudió a su objetivo. Parecía un hombre mayor que había salido a disfrutar de la noche londinense. Pero entonces vio aquellos ojos. Eran de color ámbar.
Sabía que Peter Lyon poseía una anomalía. Le encantaban los disfraces, pero un defecto genético en los ojos no solo confería una extraña tonalidad a su iris, sino que también lo volvía muy proclive a infecciones y le impedía llevar lentes de contacto. Lyon solía llevar gafas para ocultar sus singulares ojos color ámbar, pero aquella noche no llevaba.
Malone observó cómo Lyon entablaba conversación con una anciana que viajaba junto a él. Vio un ejemplar de The Times en el suelo. Preguntó si el periódico era de alguien y, puesto que nadie lo reclamó, lo recogió y leyó la portada, apartando de vez en cuando la mirada del texto. Tampoco perdió de vista las estaciones.
Se detuvieron en quince ocasiones antes de que Lyon se apeara en Earl’s Court. La parada la compartían las líneas de District y Piccadilly, y carteles azules y verdes guiaban a los pasajeros hacia las respectivas rutas. Lyon siguió las indicaciones azules de la línea de Piccadilly, en dirección oeste, y se montó en un vagón. Malone subió al siguiente compartimento. No le pareció prudente compartir de nuevo el mismo espacio y pudo espiar a su presa a través de las ventanas.
Una mirada furtiva a un mapa colgado sobre las puertas confirmó que iban directo al Aeropuerto de Heathrow.
XLVI
París
Thorvaldsen estudió las dos páginas de caligrafía del libro merovingio. Esperaba que Malone entregara el libro a Murad cuando se reunieron en el Louvre, pero, por alguna razón, no había sido así.
– Solo me fotocopió dos páginas -le dijo Murad-. Se llevó el libro.
Se encontraban de nuevo en el Ritz, en el atestado Bar Hemingway.
– ¿Por casualidad mencionó adonde iba?
– Ni media palabra. He pasado el día en el Louvre comparando más muestras caligráficas. Esta página, con las catorce líneas de letras, sin duda fue escrita por Napoleón. Deduzco que los números romanos también son de su puño y letra.
Thorvaldsen miró el reloj de pared que había detrás de la barra. Eran casi las once. No le gustaba que le ocultaran cosas. Él se lo había hecho a otros, pero cuando le llegaba su turno era otra cosa.
– La carta de la que me habló -dijo Murad-. La que Ashby encontró en Córcega con las letras más altas y codificada siguiendo el salmo treinta y uno. Cualquier carta escrita por Napoleón a su familia habría sido un ejercicio de futilidad. En 1821, su segunda esposa, María Luisa, dio a luz a un hijo que tuvo con otro hombre mientras seguía casada con Napoleón. Desde luego, el emperador no llegó a saberlo, porque conservaba un retrato de ella en su casa de Santa Elena. La idolatraba. Por supuesto, ella estaba en Austria con su padre, el rey, que se alineó con el zar Alejandro y ayudó a derrotar a Napoleón. No existen pruebas de que la carta que Napoleón escribió llegara alguna vez a su destinataria o a su hijo. De hecho, tras su muerte, un emisario viajó a Viena llevando algunos de los últimos mensajes del emperador y ella ni siquiera se dignó a recibirlo.
– Por suerte para nosotros.
Murad asintió.
– Napoleón era un bobo en lo que a mujeres se refiere. Abandonó a la que verdaderamente podría haberle ayudado, Josefina. Era estéril y Napoleón necesitaba un heredero, así que se divorció de ella y se casó con María Luisa -el profesor agitó las dos fotocopias-. Sin embargo, aquí lo tenemos, enviando mensajes secretos a su segunda esposa, considerándola todavía una aliada.
– ¿Alguna pista sobre lo que significa la referencia al salmo treinta y uno que contiene la carta que encontró Ashby? -preguntó Thorvaldsen.
El erudito negó con la cabeza.
– ¿Ha leído ese salmo? Parece su manera de lamentarse de su situación. Sin embargo, esta tarde he descubierto algo interesante en uno de los textos que venden en el Louvre. Después de que Napoleón abdicara en 1814, el nuevo gobierno de París envió emisarios a Orleans para confiscar la ropa de María Luisa, sus cuberterías imperiales, diamantes y cualquier objeto de valor. La interrogaron largo y tendido sobre la riqueza de Napoleón, pero ella les dijo que no sabía nada, cosa que probablemente fuese cierta.
– ¿De modo que la búsqueda del tesoro comenzó en ese momento?
– Eso parece.
– Y continúa hasta hoy.
Ello le hizo pensar en Ashby. Al día siguiente se encontrarían por fin cara a cara. ¿Y Malone? ¿Qué estaría haciendo?
Malone se bajó del tren y siguió a Lyon hasta la Terminal 2 de Heathrow. Le preocupaba que estuviese a punto de abandonar Londres, pero aquel hombre no se acercó a ningún mostrador o control de seguridad. Por el contrario, atravesó la terminal y se detuvo en una puerta de acceso para mostrar lo que parecía ser una identificación fotográfica. No había manera de que Malone pudiera seguirlo sin correr riesgos, ya que el pasillo estaba vacío y al fondo había una solitaria puerta, de modo que se escondió en un rincón, sacó el teléfono móvil del bolsillo de su abrigo y marcó el número de Stephanie.
– Estoy en el Aeropuerto de Heathrow, en el control 46-B. Necesito pasarlo y rápido. Solo hay un guardia con una radio.
– No te muevas. Lo soluciono en un momento.
A Malone le gustaba la habilidad de Stephanie para asumir un problema sin preguntas ni discusiones y encontrar una solución.
Malone salió de su escondite y se acercó al joven guardia. Lyon había desaparecido por la puerta que se encontraba al final del pasadizo. Le dijo al guardia quién era, le mostró su pasaporte y le explicó que necesitaba pasar.