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Электронная книга - «Juego Del Destino». Краткое содержание книги:

Jeffrey Archer, con su habitual maestría narrativa, presenta en su última novela una apasionante historia marcada por un insólito cruce de destinos: dos hermanos gemelos separados al nacer y que desconocían la existencia del otro, se reencuentran treinta años más tarda como rivales políticos. Ambos pertenecen a familias de distinta extracción social y credo ideológico, pero el azar propiciará que sea Fletcher quien defienda a su hermano Nat, acusaso del asesinato de su rival en las elecciones a gobernador. Cuando Fletcher sufra un accidente y sea necesario conseguir sangre de un grupo muy extraño se desvelará el parentesco. Una trama perfectamente urdida en torno a las sorpresas que puede deparar el destino, al podeer político, al juego sucio, a la pérdida y al reencuetro, que ha hecho las delicias de miles de lectores en Inglaterra y Estados Unidos.
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– De todas maneras, será necesario que tú seas el presidente cuando tu padre se retire.

– ¿Por qué? -quiso saber Tom-. ¿Qué sentido tiene si tú adoptarás todas las decisiones estratégicas?

– Porque el banco lleva tu nombre, eso todavía cuenta mucho en una ciudad como Hartford. También es importante que los clientes nunca descubran los tejemanejes del director ejecutivo entre bambalinas.

– Lo aceptaré con la condición -señaló Tom- de que ambos compartamos las primas, gratificaciones y los mismos salarios.

– Es muy generoso de tu parte.

– No lo es. Astuto quizá, pero no generoso, porque que tú recibas el cincuenta por ciento de todo me supondrá un beneficio mayor que si me quedase con el ciento por ciento.

– No te olvides que acabo de hacerle perder una fortuna a Morgan’s.

– Creo que habrás sacado buen provecho de la experiencia.

– El mismo que cuando nos enfrentamos a Ralph Elliot.

– Ese nombre pertenece al pasado. ¿Tienes alguna idea de lo que hace ahora? -preguntó Tom mientras entraba en la carretera 95.

– Lo último que supe fue que después de Stanford se convirtió en uno de los abogados importantes de Nueva York.

– No querría ser uno de sus clientes por nada del mundo -opinó Tom.

– Ni tener que enfrentarnos a él en un pleito -convino Nat.

– Al menos esa es una de esas cosas de las que no debemos preocuparnos.

Nat miró a través de la ventanilla mientras recorrían Queens.

– No estés tan seguro, Tom, porque si en algún momento cometemos un error, él querrá representar a la otra parte.

Se sentaron alrededor de la cama y hablaron de mil cosas menos de lo que ocupaba la mente de todos. La única excepción era Lucy, que se había instalado en el centro de la cama y trataba a su abuelo como si fuera un caballito de madera. Los hijos de Joanna eran más tranquilos. Fletcher estaba asombrado al ver lo mucho que había crecido el pequeño Harry.

– Antes de que acabe agotado -dijo el senador-, necesito hablar en privado con Fletcher.

Martha se llevó al resto de la familia fuera de la habitación; era evidente que sabía cuál era el tema que su marido deseaba tratar con su yerno.

– Te veré más tarde en casa -se despidió Annie, mientras sacaba a Lucy casi a rastras.

– Prepáralo todo porque tenemos que regresar a casa -le recordó Fletcher-. No puedo permitirme llegar tarde al trabajo mañana.

Annie asintió y cerró la puerta. Fletcher acercó una silla y se sentó junto al senador. No se preocupó en hacer más comentarios baladíes, ya que su suegro parecía muy cansado.

– He reflexionado mucho sobre lo que voy a decirte -manifestó el senador-; la única persona con la que he discutido el tema es Martha y está absolutamente de acuerdo conmigo. Como muchas otras cosas en los últimos treinta años, no estoy muy seguro de saber si no fue idea suya desde el principio. -Fletcher sonrió. Él podía decir lo mismo de Annie, pensó, mientras esperaba a que el senador continuara-. Le he prometido a Martha que no me presentaré a la reelección. -El político guardó silencio un momento-. Veo que no protestas, así que debo suponer que estás de acuerdo con mi esposa y mi hija en este tema.

– Annie prefiere que viva hasta una edad muy avanzada, y no que muera en la cámara en mitad de un discurso, por importante que sea -comentó Fletcher-, y estoy de acuerdo con ella.

– Sé que tenéis toda la razón, Fletcher, pero juro por Dios que lo echaré de menos.

– Ellos también le echarán a faltar, señor, como lo testimonian todos estos ramos de flores y las tarjetas que han enviado. Mañana, a esta misma hora, habrán llenado todas las demás habitaciones de la planta y tendrán que dejarlas en la calle.

El senador no hizo caso del cumplido; era evidente que no deseaba desviarse del tema.

– El día que nació Jimmy, tuve la loca ocurrencia de que quizá ocuparía mi lugar, e incluso llegar a representar al estado en Washington. Pero no tardé mucho en comprender que nunca sería una realidad. Me siento muy orgulloso de mi hijo, pero sencillamente no está hecho para un cargo público.

– Hizo una excelente tarea como director de campaña y consiguió que me eligieran representante estudiantil -le recordó Fletcher-. En dos ocasiones.

– Así es -admitió Harry-, aunque Jimmy siempre estará entre bastidores, porque es lo suyo. No tiene pasta de líder. -Se calló unos instantes-. Hace unos doce años conocí a un chiquillo en un partido de fútbol entre Hotchkiss y Taft que no veía la hora de convertirse en líder. Un encuentro casual que nunca olvidaré.

– Ni yo, señor.

– Con el paso de los años, vi cómo el chiquillo se convertía en un joven brillante; me enorgullece proclamar que ahora es mi yerno y padre de mi nieta. Antes de que me ponga demasiado sentimental, Fletcher, creo que debo ir al grano por si alguno de los dos se duerme.

Fletcher se echó a reír.

– Muy pronto haré pública mi decisión de no presentarme a las próximas elecciones del Senado. -Levantó la cabeza y miró directamente a Fletcher-. Al mismo tiempo, me sentiría muy orgulloso si pudiera anunciar que mi yerno, Fletcher Davenport, ha aceptado presentarse en mi lugar.

28

Nat no necesitó seis meses para averiguar la razón por la que el banco Russell no había aumentado sus beneficios en la última década. No habían utilizado prácticamente ninguno de los modernos sistemas de gestión bancaria. La entidad continuaba viviendo en la época de la contabilidad manual, las cuentas personalizadas y la sincera convicción de que los ordenadores eran mucho menos fiables que los humanos, así que por tanto, invertir en ellos era una pérdida de tiempo y dinero. Nat entraba y salía del despacho del señor Russell tres o cuatro veces al día, y todas las veces se encontraba con que alguna decisión tomada por la mañana había sido anulada por la tarde. Esto, por lo general, ocurría cada vez que se veía salir del despacho al cabo de una hora a alguno de los empleados más antiguos con una amplia sonrisa en el rostro. A menudo le tocaba a Tom reparar los destrozos. De hecho, de haber estado él allí para explicarle a su padre por qué eran necesarios los cambios, quizá nunca hubieran podido elaborar el informe.

La mayoría de las noches Nat regresaba a su casa agotado y en ocasiones furioso. Le advirtió a Su Ling que probablemente habría un enfrentamiento cuando presentara el informe final; además, no estaba muy seguro de seguir siendo uno de los vicepresidentes si el presidente era incapaz de asimilar todos los cambios que recomendaría. Su Ling no protestó, aunque acababa de conseguir instalar a la familia en su nueva casa, vender el apartamento de Nueva York, encontrar guardería para Luke y prepararse para ocupar su puesto como profesora de estadística en la Universidad de Connecticut en otoño. La perspectiva de verse de nuevo en Nueva York no le hacía ninguna gracia.

Aparte de todo aquello, había aconsejado a Nat en el tema de cuáles eran los ordenadores más convenientes para el banco, había supervisado su instalación y les dio clases nocturnas a los empleados interesados en aprender algo más que a encender el ordenador. Pero el mayor problema de Nat era el exceso de personal. Ya le había señalado al presidente que el banco tenía una plantilla de setenta y un trabajadores, mientras que Bennett’s, el otro banco independiente de la ciudad, ofrecía los mismos servicios con solo treinta y nueve empleados. Nat escribió un informe por separado donde analizaba las consecuencias financieras del exceso de plantilla y proponía un plan de jubilaciones anticipadas que, si bien reduciría los beneficios durante los siguientes tres años, a la larga sería mucho más beneficioso. Este era el punto clave donde Nat no estaba dispuesto a ceder. Porque, tal como le explicó a Tom y Su Ling mientras cenaban, si tenían que esperar otros dos años para el retiro del señor Russell, todos acabarían engrosando las filas de los parados.

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