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Электронная книга - «Juego Del Destino». Краткое содержание книги:

Jeffrey Archer, con su habitual maestría narrativa, presenta en su última novela una apasionante historia marcada por un insólito cruce de destinos: dos hermanos gemelos separados al nacer y que desconocían la existencia del otro, se reencuentran treinta años más tarda como rivales políticos. Ambos pertenecen a familias de distinta extracción social y credo ideológico, pero el azar propiciará que sea Fletcher quien defienda a su hermano Nat, acusaso del asesinato de su rival en las elecciones a gobernador. Cuando Fletcher sufra un accidente y sea necesario conseguir sangre de un grupo muy extraño se desvelará el parentesco. Una trama perfectamente urdida en torno a las sorpresas que puede deparar el destino, al podeer político, al juego sucio, a la pérdida y al reencuetro, que ha hecho las delicias de miles de lectores en Inglaterra y Estados Unidos.
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– Por supuesto, la señora Hunter parte con ventaja. Todos sabemos que es una persona fogueada en los debates, con gran experiencia en todo lo referente a los problemas locales. No obstante, pienso que lo que ha motivado que Fletcher aceptara el debate es el talante abierto y sincero con que está encarando la campaña electoral.

– ¿No considera que supone un riesgo muy importante, senador? -preguntó otro de los reporteros.

– Por supuesto -admitió Harry-, pero como bien ha señalado el candidato, si no tiene la hombría necesaria para enfrentarse a la señora Hunter, ¿cómo podría el público suponerle capaz de asumir el desafío mucho mayor de ser su representante?

Fletcher no recordaba haber dicho nada por el estilo, aunque no estaba en desacuerdo con el planteamiento.

En cuanto acabó la rueda de prensa y se marchó el último periodista, Fletcher se lo comentó a su suegro.

– ¿No me habías dicho que Barbara Hunter era una mala oradora y que tarda una eternidad en responder a las preguntas?

– Eso es exactamente lo que dije -reconoció Harry.

– Entonces, ¿por qué les has dicho a los periodistas que…?

– Cuestión de expectativas, muchacho. Ahora creerán que no estarás a la altura -respondió el senador-, que te dejará hecho un guiñapo, así que incluso si solo consigues un empate te declararán vencedor.

«Hola, soy Fletcher Davenport…», se repetía en su mente, como el estribillo de una canción de moda del que no conseguía deshacerse.

30

Nat se sintió la mar de contento cuando Tom asomó la cabeza por su despacho y le preguntó:

– ¿Puedo llevar a una persona a la cena de esta noche?

– Desde luego. ¿Negocios o placer?

Tom vaciló por un momento ante la mirada alerta de su amigo.

– Espero que las dos cosas.

– ¿Mujer? -quiso saber Nat, con un tono vivaz.

– Evidentemente mujer.

– ¿Nombre?

– Julia Kirkbridge.

– ¿A qué…?

– Se acabó el interrogatorio. Ya podrás preguntarle todo lo que quieras esta noche porque está más que preparada para cuidar de sí misma.

– Gracias por el aviso -dijo Su Ling cuando Nat le comentó que tendrían un invitado más a cenar cuando llegó a casa.

– Tendría que haberte llamado antes, ¿verdad? -dijo, contrito.

– Hubiese resultado mucho más sencillo, pero supongo que estabas muy ocupado ganando millones.

– Algo así.

– ¿Qué sabemos de ella? -le preguntó Su Ling.

– Nada. Ya conoces a Tom; cuando se trata de su vida privada en más reservado que un banquero suizo, pero a la vista de que está dispuesto a que la conozcamos solo nos queda la esperanza.

– ¿Qué se hizo de aquella preciosa pelirroja llamada Maggie? Hubiese jurado que…

– Desapareció como todas las demás. ¿Recuerdas que haya invitado a alguna de esas chicas a cenar con nosotros una segunda vez?

Su Ling hizo memoria y a continuación admitió:

– Ahora que lo mencionas, la verdad es que no. Supongo que tendrá algo que ver con mi modo de cocinar.

– No es cómo cocinas, aunque me temo que tú seas la responsable.

– ¿Yo? -exclamó la muchacha.

– Sí, tú. El pobre hombre lleva hechizado tantos años contigo, que trae a cenar a todas las chicas con las que sale para compararlas.

– Oh no, no empieces de nuevo con esa vieja historia -protestó Su Ling.

– No es una vieja historia, Pequeña Flor, es la verdad.

– Nunca ha ido más allá de besarme en la mejilla.

– Ni lo hará. Me pregunto cuántas personas están enamoradas de alguien al que jamás besarán ni siquiera en la mejilla.

Nat se marchó escaleras arriba para leerle un cuento a Luke mientras Su Ling ponía un cuarto cubierto en la mesa. Estaba abrillantando una copa cuando sonó el timbre.

– ¿Puedes abrir tú, Nat? Estoy ocupada. -No recibió respuesta, así que se quitó el delantal y fue a abrir.

– Hola -la saludó Tom, y se inclinó para besarla en la mejilla, cosa que solo sirvió para recordarle a Su Ling las palabras de Nat-. Esta es Julia.

La anfitriona miró a la elegante mujer, casi tan alta como Tom e igual de delgada que la propia Su Ling, aunque sus cabellos rubios y los ojos azules indicaban un origen más escandinavo que oriental.

– Es un placer conocerte -dijo Julia-. Sé que suena a tópico, pero la verdad es que he oído hablar mucho de ti.

Su Ling sonrió mientras se hacía cargo del abrigo de piel de Julia.

– Mi marido -comenzó- está ahora mismo liado con…

– El gato con botas -explicó Nat, que llegó en ese momento-. Se lo estaba leyendo a Luke. Hola, soy Nat; tú debes de ser Julia.

– Así es -respondió la joven con una sonrisa que recordó a Su Ling que otras mujeres también encontraban atractivo a su esposo.

– Pasemos a la sala a tomar una copa -dijo Nat-. Tengo el champán bien frío.

– ¿Tenemos algo que celebrar? -preguntó Tom.

– Aparte de que hayas sido capaz de encontrar a una persona dispuesta a acompañarte a cenar, no, no se me ocurre ninguna otra cosa, a menos… -Julia se rió-. A menos que incluyamos una llamada de mis abogados para comunicar que la compra de Bennett ya está cerrada.

– ¿Cuándo te has enterado? -quiso saber Tom.

– A última hora de la tarde. Jimmy llamó para decir que habían firmado todos los documentos. Lo único que nos falta hacer es darles el cheque.

– No me habías dicho nada -protestó Su Ling.

– Se me pasó porque no tenía otra cosa en la cabeza que decirte que Julia venía a cenar. En cualquier caso, he discutido el tema con Luke.

– ¿Puedo saber cuál fue su muy meditada opinión? -preguntó Tom.

– Cree que un dólar es mucho dinero que pagar por un banco.

– ¿Un dólar? -se asombró Julia.

– Sí, Bennett lleva cinco años en números rojos y, si excluyes los locales, su deuda a largo plazo no se puede cubrir con lo que tienen. Por tanto, quizá Luke puede que acabe teniendo razón si no consigo darle la vuelta a las cosas.

– ¿Cuántos años tiene Luke? -preguntó Julia.

– Dos, pero ya entiende a la perfección todos los entresijos financieros.

Julia se echó a reír.

– Háblame del banco, Nat.

– Este es solo el principio -explicó mientras servía el champán-. Todavía le tengo echado el ojo a Morgan’s.

– ¿Cuánto crees que te costará? -preguntó Su Ling.

– Alrededor de unos trescientos millones al precio de hoy, pero cuando esté preparado para hacerles una oferta, podrían estar alrededor de los mil millones.

– Soy incapaz de imaginar cifras tan absolutamente fabulosas -comentó Julia-. Están muy por encima de mi categoría.

– Eso no es cierto, Julia -intervino Tom-. No olvides que he visto las cuentas de tu empresa y, a diferencia de Bennett, has obtenido beneficios en los últimos cinco años.

– Sí, pero apenas poco más de un millón -declaró Julia, que le obsequió con una sonrisa especial.

– Si me disculpáis… -dijo Su Ling-, tengo que ir a la cocina.

Nat le sonrió a su esposa y después miró a la invitada de Tom. Tenía la sensación de que Julia podría ser la muchacha que iría a cenar una segunda vez.

– ¿A qué te dedicas, Julia? -le preguntó.

– ¿Qué crees que hago? -replicó ella con una sonrisa coqueta.

– Diría que eres modelo, o probablemente actriz.

– No está mal. Trabajé de modelo cuando era más joven, pero durante los últimos seis años me he dedicado al ramo inmobiliario.

– Si queréis pasar, la cena está casi lista -les anunció Su Ling.

– El ramo inmobiliario -dijo Nat mientras acompañaba a sus invitados al comedor-. Nunca lo hubiese adivinado.

– Sin embargo, es cierto -manifestó Tom-. Julia quiere abrir una cuenta con nosotros. Hay una propiedad que le interesa en Hartford y depositará quinientos mil dólares en nuestro banco, por si surge la necesidad de disponer de dinero en el momento.

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