La Alcoba De La Reina
- Автор: Бенцони Жюльетта
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Alcoba De La Reina». Краткое содержание книги:
Una niña de cuatro años vaga por el bosque: su nombre es Sylvie de Valaines y su familia ha sido asesinada. Un muchacho de diez años, François de Borbón-Vendôme, la encuentra y la lleva al castillo de Anet. Oculta tras un nuevo nombre y criada entre los Vendômes, Sylvie se convertirá en doncella de honor de la reina Ana de Austria y compartirá, sin quererlo, el mortal secreto del nacimiento del futuro Luis XIV.
La estancia en Chantilly concluyó de forma pacífica, y el 4 de septiembre Sus Majestades marcharon juntos a Fontainebleau, donde el rey tenía la intención de organizar grandes cacerías durante una quincena...
François de Beaufort había desaparecido por prudencia (la de Marie de Hautefort, porque él no tenía ninguna). Más valía evitar motivos de riña en una época tan delicada. El rey se esforzaba en poner buena cara a su mujer, pero era visible que lo hacía a regañadientes. No era momento para lanzar a Luis XIII tras una nueva pista, y la joven dama de compañía se dedicó con su habitual firmeza a hacer entrar en razón al frenético enamorado.
—Id a visitar de nuevo el cielo azul de Turena —le aconsejó la Aurora—. A principios del otoño, el paisaje es encantador. Y entretanto, las aguas volverán a su cauce...
—¿Cuándo volveré a verla? —repuso François.
—Os lo haré saber, ¡pero, por el amor de Dios, tened paciencia!
—¡Yo creía que, por el contrario, deseabais que me diese prisa!
—Cada cosa a su tiempo. Primero necesitamos comprobar que el rey se decide de nuevo a tomar el camino de la alcoba de la reina...
—Y si lo toma, ¿a mí me dejaréis fuera? —exclamó el joven, furioso—. ¿Qué soy yo para vos, un garañón?
Ella le dedicó la más impertinente de sus sonrisas.
—Así es, más o menos. Con vos, estamos seguras de tener un niño magnífico. ¡Así pues, joven atolondrado, tenéis que comprender que si el rey vuelve a honrar a su esposa necesitaremos de vos más que nunca! En los raros momentos en que la frecuentaba, sólo ha conseguido abortos espontáneos. Ahora, si consigo llevar adecuadamente las cosas, podréis ser feliz sin peligro. ¿Habéis comprendido?
—Creo que sí. ¡Pero por piedad, no me hagáis esperar demasiado! ¡Me muero!
—¡Tanto más dulce será la resurrección!
Y François se volvió a Chenonceau, donde aquel verano habían pasado largas temporadas Monsieur y la pequeña Mademoiselle, una niña inteligente y taimada que divertía a todo el mundo. La duquesa François e se había reunido con su marido y su hija, las relaciones entre ambas familias se habían estrechado y Beaufort, privado de su amigo Soissons que se había pasado al enemigo, y sintiéndose de humor melancólico, entabló cierta amistad con Monsieur, a pesar de que le constaba que aquel hombre valía muy poco. Pero Gaston d'Orleans sabía, cuando se lo proponía, desplegar un considerable encanto.
El otoño que comenzaba reservaba grandes alegrías, tanto al rey como al cardenal. En el terreno militar, las buenas noticias se sucedían. El duque de Saboya, cuñado del rey, había obtenido una victoria sobre los españoles, y las tropas francesas consiguieron otra en La Capelle, en el norte. Finalmente, en el sur el duque de Halluin salió vencedor en la batalla de Leucate, en el Rosellón.
Lleno de alegría, Luis XIII hizo cantar un Te Deum en Notre-Dame, en medio de un fasto muy conveniente para confortar el corazón de sus súbditos, que no escatimaron las aclamaciones. Por desgracia, la reina llegó con mucho retraso y puso como excusa que no sabía que tenía que asistir a la ceremonia.
Al oírlo, Mademoiselle de Hautefort suspiró y elevó hasta muy arriba sus bellas cejas. En algunos momentos se preguntaba si la persona a cuya causa se había entregado en cuerpo y alma era tan inteligente como le hubiera gustado creer... Una pregunta que también la joven Mademoiselle de l'Isle se planteaba ya desde algún tiempo atrás...
TERCERA PARTE
La hora del demonio
10
Los secretos de Marie de Hautefort
Texto. François estuvo tascando el freno en Chenonceau hasta mediados de noviembre. Sorda a los suspiros de la reina, ciega ante las cartas delirantes que le hacía llegar el amante desesperado, Mademoiselle de Hautefort pretendía dejar libre su plaza al rey con la esperanza de que se decidiría a pasar junto a su mujer esa noche que la corte esperaba desde hacía tres años con ávida curiosidad. Por desgracia, nada ocurría. Luis XIII ponía buena cara a su esposa y le mostraba todo el respeto que era de desear, pero no se decidía a comportarse como un marido, a pesar de los reproches con que le abrumaba Marie, cuyo favor recuperado ante el rey seguía vigente.
En cambio, al menos dos veces por semana se dirigía al convento de la Visitación, en la Rue Saint-Antoine, para platicar allí con la hermana Louise-Angélique, antes Louise de La Fayette. Era la única persona a la que se permitía aproximarse a la reja del oscuro locutorio. Ella aparecía como una sombra blanca tras los barrotes a los que en ocasiones él se aferraba con la esperanza insensata de llevársela de nuevo a su lado.
A pesar de las victorias que se sucedían, la atmósfera de la corte volvía a ser irrespirable. En primer lugar, se guardaba un nuevo luto: en esta ocasión se trataba del cuñado del rey, el duque Víctor Amadeo de Saboya, al que tenía un gran cariño. Su muerte iba a complicar considerablemente los asuntos de Italia, porque el duque dejaba como heredero a un niño de cinco años, cuyos derechos sería preciso defender.
Cansada de suplicar sin obtener satisfacción, Marie de Hautefort decidió que era hora de complacer a la reina e hizo llamar a Beaufort, que acudió tan rápido como pudo traerle su caballo. Al mismo tiempo, ella se trasladó al convento de la antigua doncella de honor, pidió una entrevista y permaneció con ella bastante tiempo. Volvió satisfecha y se dispuso a preparar una hazaña peligrosa para Fran9ois: reunirse con la reina de noche y en pleno Louvre.
Él se había introducido ya una vez, disfrazado de médico, con el pretexto del falso empacho de Stéfanille, pero sólo había estado un momento, el tiempo de una breve charla y de hacerse cargo de algunas cartas. Ahora se trataba de proporcionar a los amantes un rato de auténtica felicidad, rogando a Dios para que fuera fructífero. Por suerte, el rey seguía galopando de un castillo a otro, en los alrededores de París. Su último capricho era visitar con frecuencia el pequeño castillo de Saint-Maur, que había pertenecido a Catalina de Médicis. Situado en una revuelta del Marne, se trataba de un lugar encantador donde los pesares y los ensueños del rey se diluían en una suave melancolía. En dos o tres ocasiones ya, se había trasladado allí desde Versalles, sin olvidar hacer un alto en el camino, en la Rue Saint-Antoine.
Los temores de Marie resultaron infundados. La noche de la visita de François todo se desarrolló sin el menor contratiempo. Entró en el palacio por la mañana con el aspecto terroso de un hortelano que llevaba coles a las cocinas, y desde allí, gracias a un cocinero sobornado, consiguió llegar hasta un escondite donde le esperaban una librea de lacayo y una peluca morena. Estuvo oculto todo el día, hasta que el viejo Louvre, repleto de escondites y pasadizos secretos, durmió al fin. Marie fue entonces a buscarlo, con la promesa de volver antes del amanecer para facilitarle la salida. Lo cual ocurrió punto por punto, según el plan previsto.
Al día siguiente la reina estaba alegre, aunque se esforzaba por no hacer demasiado aparente su gozo interior a las numerosas miradas —de las doncellas de honor u otras— que la espiaban sin descanso. Se había reanimado al calor de aquel muchacho tan joven y tan enamorado que le hacía recuperar sus veinte años y olvidar los quince que les separaban. Sin embargo, Marie no estaba del todo satisfecha:
—Me pregunto si las cosas no han ido demasiado bien —confió a Sylvie, que le preguntó por su aspecto preocupado.