Esclavos de la oscuridad
- Автор: Гранже Жан-Кристоф
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
– Sí.
– Un forense distraído podría no haber detectado esos desfases sobre un cadáver roído por los gusanos.
– Distraído y borracho.
– No. En serio. Quiero lanzar una búsqueda a escala nacional sobre todos los cuerpos descubiertos en estado de descomposición avanzada.
– ¿Qué período?
– De 1989 a 2002.
– ¿Tienes idea de cuántos cadáveres podrían ser?
– ¿Es posible o no? ¿Por medio de los institutos médico forenses?
– Miraré primero en La Rapée. Y llamaré a los colegas de los que tengo sus números privados, mientras espero al lunes. En todo caso, me llevará tiempo.
– Gracias.
Colgué y me deslicé a lo largo del muro, subyugado por los pinos negros que me cubrían. Entre dos rayos de sol su sombra me envolvía de frío. Alcé el cuello de mi abrigo esperando la llamada de Foucault.
Las hipótesis me daban vueltas en la cabeza sin que ninguna entrara realmente en mi conciencia. Refugiado detrás del inmueble me sentía simplemente seguro.
Al menos, allí no me pillaría Sarrazin.
45
El timbre del teléfono me electrizó. Desperté sobresaltado.
– Soy Foucault. ¿Tienes con qué apuntar?
Miré el reloj. Las dos y diez del mediodía. Había tardado menos de veinte minutos en llegar al 36. Muy bien.
– ¿Apuntas o qué?
– Adelante.
– El fulano se llama Ali Azoun. Actualmente está instalado en Lyon. Te aviso: no es precisamente un tipo divertido.
Garabateé las señas personales del psiquiatra y di las gracias a Foucault, que respondió balbuceando:
– Me quedo en el despacho. Perdido por perdido, pasaré la tarde en nuestros archivos buscando algún caso que se parezca, aunque sea de lejos, a tu asesinato. Nunca se sabe. Te llamaré.
Su reacción me llegó al alma. La investigación cimentaba nuevamente nuestra unión. Me puse de pie con dificultad y entré a cobijarme en el edificio. Marqué el número del psiquiatra. Después de presentarme, fui al grano.
– Se trata de Thomas Longhini.
– ¿Otra vez? Ya me llamaron ayer por esa historia.
– Era mi adjunto. Necesito algunas precisiones.
– No contestaré a ninguna pregunta por teléfono -dijo tras un silencio tenso-. Sobre todo sin ver un documento oficial. Su colega ya me ha parecido demasiado dudoso. Además, los gendarmes tienen en su poder un expediente completo sobre el caso. Solo tiene que…
– Disponemos de nuevos elementos.
– ¿Qué elementos?
– Thomas Longhini podría estar relacionado con dos asesinatos: el de Manon y el de su madre, Sylvie Simonis.
– Eso es ridículo. Thomas no puede estar implicado en un crimen.
Azoun no parecía sorprendido por la noticia del asesinato de Sylvie. Los gendarmes ya habían debido de ponerlo al corriente.
– Su opinión sobre esa culpabilidad -proseguí-. Ese es precisamente el objeto de mi llamada.
El especialista hizo otra pausa y luego propuso, en tono más conciliador:
– ¿Por qué no espera al lunes? Mándeme un fax y…
– No lo llamo para entregarle una caja de bombones. Se trata de una investigación criminal. Es urgente.
El silencio perdió intensidad.
– ¿Cuál es el nuevo nombre de Thomas Longhini? -pregunté, volviendo al caso.
– Los gendarmes lo conocen. ¿No se lo han dicho? Yo nunca lo he sabido.
– ¿Por qué le parece ridícula la idea de su culpabilidad?
– Thomas no es un asesino. Punto.
– Fue sospechoso del asesinato de Manon.
– ¡Debido al estúpido celo de sus colegas! Los maderos infligieron todo tipo de vejaciones a ese pobre crío.
– Hábleme de su trauma. De sus reacciones.
– Oiga, no trate de jugármela. Envíeme mañana un documento oficial por fax, demostrando que un juez le ha encargado este caso y hablaremos.
– Solo quiero ganar un día. Si es una pista falsa, podré abandonarla de inmediato.
– Completamente falsa. Y sobre todo, no vaya a joder al chico otra vez. Ya tuvo bastante.
Sorprendí una cuerda sensible en su inflexión de voz. Me hice el compasivo.
– ¿De verdad salió tan mal parado?
Azoun suspiró y me concedió algunas palabras.
– Sufría una especie de distorsión de lo real, característica de la pubertad. Mi informe partía de ese punto de vista. Lo traté durante todo aquel verano.
Tuve un sobresalto. Thomas Longhini había sido sospechoso en enero de 1989.
– ¿El verano de 1989?
– ¡No, hombre, no! ¡El verano de 1988!
– Manon Simonis fue asesinada el 12 de noviembre de 1988.
– No lo entiendo. Usted no conoce nada del expediente, ¿o qué?
– Explíqueme.
– Traté a Thomas antes del asesinato. Sus padres me consultaron en mayo de 1988. A continuación, a principios del año siguiente, los hombres del SRPJ de Besançon me interrogaron, porque yo conocía bien a Thomas. De hecho, declaré en su favor.
Foucault había confundido las fechas. Al ver que aparecía un psiquiatra en el caso, había llegado a la conclusión de que lo habían consultado como experto o para tratar a un crío traumatizado. Pero Ali Azoun había tratado a Thomas ¡un año antes de los hechos!
Me aclaré la garganta, intentando conservar la sangre fría.
– ¿Cuál era el problema en ese entonces?
– Sus padres estaban preocupados. El chaval decía cosas delirantes. En fin, que ellos consideraban delirantes.
– ¿Por ejemplo?
– Hablaba siempre del diablo.
Alcé la vista. Me pareció que la montaña palpitaba y chocaba contra el cielo.
– Sea más preciso.
– Decía que Manon Simonis (para él era como su hermana menor) estaba en peligro. Que un diablo la amenazaba.
– ¿Quién era ese diablo? ¿Qué forma tomaba?
– Thomas no sabía nada. En realidad, quería que yo la conociera. Esperaba que conmigo hablara más abiertamente.
– ¿Por qué usted?
– No lo sé. Un adulto. Un médico.
– ¿Habló con la madre?
– No. Creo… En fin, según Thomas, la madre estaba relacionada con esa amenaza.
La picazón me electrizaba la nuca.
– ¿Quiere decir que la amenaza era ella?
– Es algo más confuso que eso.
– ¿Qué hizo usted? ¿Vio a la niña?
– No. En aquel momento, yo solo veía a un adolescente perturbado. A esa edad, las alusiones al diablo son habituales. Además, sus relaciones con Manon, cinco años menor que él, no estaban muy claras. Mis sesiones se orientaban más bien hacia ese problema. Se trata siempre de gestionar el deseo, ¿comprende?
– ¿Y usted se limitó a eso?
– Óigame. Resulta muy fácil juzgar a los psiquiatras a toro pasado. Cada vez que hay una recaída, se nos cubre de insultos, de reproches. ¡No somos adivinos!
Madame Bohn había utilizado los mismos argumentos. Estos adultos no podían aceptar que los miedos «fantaseados» de los dos niños se hubieran concretado en algo real. Azoun prosiguió, en tono más bajo:
– Tomando distancia, creo que Manon estaba efectivamente amenazada. Pero que ella no aceptaba que dicha amenaza proviniera de un adulto. Por esa razón hablaba del «diablo». Inventaba una presencia maléfica.
– ¿Por qué no admitiría la identidad de su agresor?
– Quizá se suponía que debía amarlo. Había un conflicto en su psique. Es muy frecuente en casos de pedofilia, por ejemplo.
– ¿Usted cree que la madre era peligrosa?
– La madre o alguien cercano.
– ¿Thomas nunca mencionó un nombre?
– Nunca. Hablaba de un «diablo», de un «demonio».
– ¿Volvió a ver a Thomas después? Quiero decir, después de su procesamiento.
– Después de su liberación, sí. Sus padres querían que acompañara a su hijo en esos momentos difíciles. Ellos mismos estaban completamente perdidos.
– ¿Y Thomas se sobrepuso?