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Esclavos de la oscuridad

Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:

Una novela deslumbrante que explora el filo entre la vida y la muerte, lo divino y lo satánico.
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
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– A mi modo de ver, era más sólido de lo que se afirmaba. Para él, el verdadero trauma no fue su procesamiento sino la muerte de Manon. Pero sobre todo, que ninguno de nosotros lo hubiera escuchado cuando nos advirtió del peligro. Estaba resentido con todo el mundo. Repetía que volvería. Para vengar a Manon.

Mi lista de vengadores no cesaba de aumentar: Sylvie Simonis, que había realizado una investigación durante catorce años. Patrick Cazeviel, que todavía «no había dicho su última palabra». Y, ahora, Thomas Longhini, que había jurado volver a Sartuis.

– Los padres abandonaron la región -concluyó Azoun-. No volví a ver a Thomas. Pero repito: creo que seguramente salió adelante. Eso es todo. Ya he hablado demasiado.

El tono del teléfono penetró en mi oído. Metí el móvil en el bolsillo y pensé en la sospecha que había surgido durante la conversación: Sylvie Simonis implicada en el asesinato de su propia hija. No. Prefería quedarme con mi idea de una investigación personal y de un detective privado.

Y limitarme a la única hipótesis valida por el momento.

Un solo y único homicida para ambos asesinatos.

Retomé el camino hacia mi Audi. Eran las tres de la tarde y ya empezaba a oscurecer. Las familias desertaban del césped. Mi plazo terminaba y no había encontrado nada. Al abrir la puerta del coche pensé en la posibilidad de ir a la gendarmería y negociar una tregua con Sarrazin. Era la única solución para permanecer en la ciudad.

Una mano se posó sobre mi hombro. Compuse una sonrisa de circunstancia, dispuesto a descubrir el rostro de piedra del gendarme. No era él, sino uno de los domingueros del barrio, enfundado en un chándal de acrílico.

– ¿Es usted el reportorio?

No entendí la pregunta.

– El reportorio. El padre Mariotte me ha hablado de un periodista.

– Soy yo -dije por fin-. Pero ahora no tengo mucho tiempo.

El hombre me echó una mirada por encima del hombro, como si hubiera oídos indiscretos alrededor.

– Hay algo que podría interesarle.

– Usted dirá.

– Mi mujer trabaja en el servicio de limpieza del hospital.

– ¿Y?

– Hay alguien que ha ingresado esta semana. Un tipo que usted debería visitar.

– ¿Quién?

– Jean-Pierre Lamberton.

Una bofetada. El inspector que había dirigido la investigación del caso Manon Simonis. Chopard me había dicho que se estaba muriendo de un cáncer en el hospital Jean-Minjoz.

– ¿No está en Besançon?

– Ha querido volver a Sartuis. Según lo que ha oído mi mujer, no le queda mucho tiempo y…

– Gracias.

El hombre dijo todavía algo pero el ruido de la puerta apagó sus palabras.

Giré la llave de contacto, en dirección al centro de la ciudad.

46

El hospital de Sartuis se parecía al de Besançon. La misma arquitectura de los años cincuenta, el mismo hormigón gris. A escala reducida. El interior también resultaba familiar. Paneles de corcho en las paredes, mostrador plastificado, luces pálidas. Fui directamente a la recepción y pregunté por el número de habitación del inspector Lamberton.

– ¿Es usted de la familia?

Planté mi identificación sobre el mostrador.

– Sí, de la gran familia.

Al dirigirme hacia los ascensores eché una mirada a la izquierda, hacia la máquina expendedora de bebidas. Al lado había una cabina telefónica. Desde allí el asesino había llamado a Sylvie Simonis la tarde del crimen. Traté de imaginar la silueta detrás de los cristales sucios de la cabina. No vi nada. Imposible hacerme una idea del criminal. Imposible concebirlo como un ser humano.

Subí la escalera. Segundo piso. Las familias esperaban en el pasillo. Caminé hasta la habitación 238 y giré el pomo.

– ¿Qué hace?

Un hombre con bata blanca estaba detrás de mí. Con voz autoritaria añadió:

– Soy el médico de guardia. ¿Es usted un familiar?

Volví a sacar la identificación. Esta vez hizo mucho menos efecto que en la planta baja.

– No puede entrar. Se acabó.

– ¿Quiere decir que…?

– Es cuestión de horas.

– Es imprescindible que lo vea.

– Le digo que se acabó. ¿Está claro?

– Escuche, aunque solo me diga algunas palabras, es de vital importancia para mí. Quizá Jean-Pierre Lamberton posee la clave de una investigación. Una investigación criminal que dirigió en su momento.

El matasanos pareció dudar. Dio media vuelta y abrió la puerta lentamente.

– Solo unos minutos -dijo, deteniéndose en el umbral-. Es un moribundo. El cáncer está por todas partes. Esta noche, el hígado ha estallado. La sangre está infectada.

Se apartó y me dejó entrar. Las persianas bajadas, la habitación vacía; ni flores, ni sillón, ni nada. Solo la cama cromada y los instrumentos de constantes vitales ocupaban el espacio. Unas bolsas de plástico pendían, envueltas en cintas adhesivas blancas. El médico siguió mi mirada.

– Las bolsas de transfusión -murmuró-. Hemos tenido que ocultarlas. No soporta la vista de la sangre.

Avancé en la oscuridad. Detrás de mí, el especialista repitió:

– Cinco minutos. Ni un segundo más. Lo espero fuera.

Cerró la puerta. Me acerqué. Bajo la maraña de tubos y cables, yacía un hombre, débilmente iluminado por las luces intermitentes de los monitores. La cabeza se dibujaba sobre la superficie blanda de la almohada. Parecía flotar, negra, desprendida. Los brazos eran solo dos huesos, mientras que el vientre, bajo la sábana, estaba hinchado como el de una mujer embarazada.

Me acerqué un poco más. En el silencio de la habitación, una bolsa de goma chasqueaba y luego se soltaba en un largo ruido de espiración. Me agaché para observar aquella cabeza negra. No solo estaba calva sino absolutamente lampiña. Una cabeza arrasada, abrasada, quemada por la radiación. Las facciones habían sido sustituidas por los músculos y las fibras que estiraban la piel creando un relieve atroz.

Solo estaba a unos centímetros; comprendí por qué esa cabeza parecía colocada sobre la cama, desprendida del torso. Un vendaje envolvía la garganta y se confundía con la almohada, creando la ilusión de una cabeza cortada. Chopard había mencionado un cáncer de garganta o de la tiroides, ya no lo recordaba. Era imposible interrogar a un hombre en ese estado, aun suponiendo que, a pesar de la morfina, estuviera todavía en su juicio. No debía poseer ni tráquea, ni laringe ni cuerdas vocales.

Di un salto hacia atrás.

Los ojos acababan de abrirse.

Las pupilas estaban fijas pero expresaban una atención extrema. El brazo derecho se alzó y señaló un casco de audio colgado del equipo de cuidados intensivos. Un cable unía el objeto a la venda de la garganta. Un sistema de amplificación. Me coloqué los auriculares en las orejas.

– He aquí al buen caballero… en busca de la verdad…

La voz resonaba en mis auriculares pero los labios del rostro no se movían. El hombre hablaba directamente desde sus entrañas. El timbre también estaba quemado.

– El policía que todos esperábamos…

Me quedé estupefacto al oír sus palabras. Lamberton había olido al poli. Y, en el umbral de la muerte, me tomaba el pelo. Le pregunté en voz baja:

– Soy de la Criminal de París. ¿Qué puede decirme del asesinato de Manon?

– El nombre del culpable.

– ¿El asesino de Manon?

Lamberton cerró los párpados en un signo afirmativo.

– ¿QUIÉN?

Los labios cerrados pronunciaron:

– La madre.

– ¿Sylvie?

– La madre. Ella mató a su hija.

La penumbra empezó a palpitar. Un escalofrío cruzó mi rostro, raspándolo como si fuera papel de lija.

– ¿Usted siempre lo supo?

– No.

– ¿Desde cuándo lo sabe?

– Ayer.

– ¿Ayer? ¿Cómo ha podido enterarse de algo estando aquí?

La sonrisa se amplió. Los músculos y los nervios dibujaban ríos oscuros.

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