Los hombres que no amaban a las mujeres [Män som hatar kvinnor - es]
- Автор: Ларссон Стиг
- Язык: испанский
- Переводчик: Martin Lexell
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Los hombres que no amaban a las mujeres [Män som hatar kvinnor - es]». Краткое содержание книги:
Oyó cómo abría el cajón de la cómoda de al lado de la cama y percibió el chirrido de metal. Al principio no sabía qué estaba pasando; luego vio unas esposas cerrándose alrededor de su muñeca. Él le levantó los brazos, pasó las esposas por uno de los barrotes del cabecero de la cama y le esposó la otra mano. En un santiamén le quitó las botas y los vaqueros. Por último le quitó las bragas y las sostuvo en la mano.
– Tienes que aprender a confiar en mí, Lisbeth. Yo te voy a enseñar cómo se juega a este juego de adultos. Cuando te pongas borde conmigo, te castigaré. Pero si eres buena conmigo, seremos amigos.
Volvió a sentarse a horcajadas sobre ella.
– Así que no te gusta el sexo anal, ¿eh?
Lisbeth Salander abrió la boca para gritar. La cogió del pelo y le metió las bragas en la boca. Luego le colocó algo en los tobillos, le separó las piernas y se las ató dejándola completamente indefensa. Le oyó moverse por el dormitorio pero era incapaz de verlo a causa de la camiseta que tapaba su cara. Pasaron varios minutos. Apenas podía respirar. Luego experimentó un terrible dolor cuando le introdujo, violentamente, un objeto en el ano.
La norma de Cecilia Vanger seguía siendo que Mikael no podía pasar la noche con ella. A las dos y pico de la madrugada se vistió, mientras ella, tendida desnuda sobre la cama, le sonreía.
– Me gustas, Mikael. Me gusta estar contigo.
– Tú también me gustas.
Ella lo tiró sobre la cama otra vez y consiguió quitarle la camisa que acababa de ponerse. Mikael se quedó una hora más.
Luego, al pasar por la casa de Harald Vanger, tuvo la convicción de haber visto moverse una de las cortinas de la planta de arriba. Pero no lo podía afirmar a ciencia cierta porque había demasiada oscuridad.
Hasta las cuatro de la madrugada del sábado, el abogado Bjurman no la dejó vestirse. Lisbeth cogió su chupa de cuero y la mochila, y se dirigió, cojeando, hacia la salida, donde él la estaba esperando recién duchado y pulcramente vestido. Le dio un cheque de dos mil quinientas coronas.
– Te llevaré a casa -dijo, y abrió la puerta.
Ella salió del piso y se volvió hacia él. Su cuerpo parecía frágil y su cara estaba hinchada a causa de las lágrimas. Al cruzar las miradas él casi dio un paso atrás; en su vida había percibido un odio tan ferviente y visceral. Lisbeth Salander daba la impresión de ser exactamente tan demente como insinuaba su historial.
– No -dijo en voz tan baja que apenas la oyó-. Puedo volver a casa sola.
Le puso una mano sobre el hombro.
– ¿Seguro?
Ella asintió. Bjurman agarró su hombro con más fuerza.
– No te olvides de lo que hemos acordado: vuelve el sábado que viene.
Lisbeth volvió a asentir. Sumisa. Él la soltó.
Capítulo 14 Sábado, 8 de marzo – Lunes, 17 de marzo
Lisbeth Salander pasó toda la semana en cama con dolores en el bajo vientre y hemorragias anales, así como con otras heridas menos visibles que tardarían mucho más tiempo en curarse. Esta vez había sido una experiencia totalmente distinta a la primera violación que sufrió en el despacho; ya no se trataba de coacción y humillación, sino de una brutalidad sistemática.
Se dio cuenta tarde, demasiado tarde, de que se había equivocado por completo al juzgar a Bjurman.
Lo había visto como un hombre al que le gustaba ejercer el poder y dominar a los demás, no como un sádico consumado. La había tenido esposada toda la noche. En varias ocasiones, pensó que la iba a matar; de hecho, hubo un momento en el que le hundió una almohada en la cara hasta que ella sintió cómo se le dormía todo el cuerpo. Estuvo a punto de perder el conocimiento.
No lloró.
Aparte de las lágrimas causadas por el dolor puramente físico de la violación, no derramó ni una sola lágrima más. Tras abandonar el piso de Bjurman, fue cojeando hasta la parada de taxis de Odenplan, llegó a casa y subió las escaleras con mucho esfuerzo. Se duchó y se limpió la sangre. Luego bebió medio litro de agua y se tomó dos somníferos de la marca Rohypnol; acto seguido, se fue a la cama dando algunos traspiés y se tapó la cabeza con el edredón.
Se despertó dieciséis horas más tarde, el domingo a la hora de comer, con la mente en blanco e insistentes dolores de cabeza, músculos y bajo vientre. Se levantó, bebió dos vasos de yogur líquido y se comió una manzana. Luego se tomó dos somníferos más y regresó a la cama.
Hasta el martes no tuvo fuerzas para levantarse. Salió y compró un paquete grande de Billys Pan Pizza, metió dos pizzas en el microondas y llenó un termo de café. Luego se pasó toda la noche en Internet leyendo artículos y tratados sobre la psicopatología del sadismo.
Se fijó en un artículo publicado por un grupo feminista de Estados Unidos en el que la autora sostenía que el sádico elegía sus «relaciones» con una precisión casi intuitiva; la mejor víctima era la que pensaba que no tenía elección e iba a su encuentro voluntariamente El sádico se especializaba en individuos inseguros en situación de dependencia, y tenía una espeluznante capacidad para identificar a las víctimas más adecuadas
El abogado Bjurman la había elegido a ella.
Eso la hizo reflexionar.
Le daba una idea de cómo la veía la gente.
El viernes, una semana después de la segunda violación, Lisbeth Salander fue andando desde su casa hasta un estudio de tatuajes, en Hornstull, donde tenía hora reservada. No había más clientes en el local. El dueño la saludó con la cabeza al reconocerla.
Eligió un tatuaje pequeño y sencillo en forma de brazalete y le pidió que se lo hiciera en el tobillo. Le señaló el sitio con el dedo.
– Ahí la piel es muy fina. Duele mucho -advirtió el tatuador.
– No importa -respondió Lisbeth Salander, quitándose los pantalones y tendiéndole la pierna.
– De acuerdo, un brazalete. Ya tienes muchos tatuajes. ¿Estás segura de querer otro?
– Es para no olvidar -contestó.
El sábado Mikael Blomkvist abandonó el Café de Susanne a las dos, cuando cerró. Se había pasado toda la mañana metiendo datos en su iBook. Antes de volver a casa se acercó hasta Konsum para comprar comida y cigarrillos. Había descubierto la pölsa salteada con patatas y remolacha, un plato que no le había gustado nunca, pero que, por alguna razón, resultaba perfecto para la vida del campo.
A las siete de la tarde se quedó pensativo delante de la ventana. Cecilia Vanger no lo había llamado. Sus caminos se cruzaron brevemente al mediodía cuando ella se dirigía a la panadería de Susanne a comprar el pan, pero andaba demasiado absorta en sus pensamientos. Parecía que ese sábado no lo iba a llamar. Miró de reojo su pequeño televisor, que casi nunca encendía. Tampoco esta vez. En su lugar, se sentó en el sofá de la cocina y abrió una novela policíaca de Sue Grafton.
El sábado por la noche, a la hora acordada, Lisbeth Salander volvió al piso de Nils Bjurman, en Odenplan. La dejó entrar con una educada y acogedora sonrisa.
– ¿Cómo estás hoy, querida Lisbeth? -preguntó a modo de saludo.
Ella no contestó. Él le puso un brazo alrededor del hombro.
– Tal vez me pasara el otro día -dijo-. Te vi bastante hecha polvo.
Lisbeth le obsequió con una sonrisa agria y al abogado le invadió una repentina sensación de inseguridad. «Esta tía está chiflada. Que no se me olvide.» Se preguntaba si ella terminaría acostumbrándose y aceptando la situación.