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Los hombres que no amaban a las mujeres [Män som hatar kvinnor - es]

Электронная книга - «Los hombres que no amaban a las mujeres [Män som hatar kvinnor - es]». Краткое содержание книги:

Harriet Vanger desaparecio hace treinta y seis anos en una isla sueca propiedad de su poderosa familia. A pesar del despliegue policial, no se encontro ni rastro de la muchacha. Se escapo? Fue secuestrada? Asesinada? El caso esta cerrado y los detalles olvidados. Pero su tio Henrik Vanger, un empresario retirado, vive obsesionado con resolver el misterio antes de morir. En las paredes de su estudio cuelgan cuarenta y tres flores secas y enmarcadas. Las primeras siete fueron regalos de su sobrina; las otras llegaron puntualmente para su cumpleanos, de forma anonima, desde que Harriet desaparecio. Mikael Blomkvist acepta el extrano encargo de Vanger de retomar la busqueda de su sobrina. Periodista de investigacion y alma de la revista Millennium, dedicada a sacar a la luz los trapos sucios de la politica y las finanzas, Blomkvist esta vigilado y encausado por una querella por difamacion y calumnia presentada por un gran grupo industrial que amenaza con arruinar su carrera y su reputacion. Contara con la colaboracion inesperada de Lisbeth Salander, una peculiar investigadora privada, socialmente inadaptada, tatuada y llena de piercings, y con extraordinarias e insolitas cualidades. Asi empieza esta magnifica novela que es la cronica de los conflictos de una familia, un fascinante fresco del crimen y del castigo, de perversiones sexuales y trampas financieras; un entramado violento y amenazante en el que, no obstante, crecera una tierna y fragil historia de amor entre dos personajes absolutamente inolvidables.
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– Muy bien. -Se inclinó y cogió la mochila-. ¿La reconoces?

Él movió la cabeza.

– Es la mochila que llevaba cuando te visité la semana pasada. Es de lo más práctico. La he tomado prestada de Milton Security.

Abrió una cremallera que había en la parte inferior.

– Esto es una cámara digital. ¿Sueles ver Insider, en TV3? Es como las mochilas que usan esos terribles reporteros cuando graban algo con cámara oculta. -Cerró la cremallera-. ¿El objetivo? ¿Te estás preguntando dónde se esconde? Es el detalle más exquisito. Gran angular con fibra óptica. El ojo parece un botón y se oculta en el cierre del asa. Quizá recuerdes que coloqué la mochila aquí en la mesa antes de que empezaras a meterme mano. Me aseguré bien de que el objetivo apuntara hacia la cama.

Le mostró un disco y lo insertó en el aparato reproductor. Luego giró la silla situándola de manera que pudiera ver la pantalla del televisor y se sentó. Encendió otro cigarrillo y pulsó el botón de encendido. El abogado Bjurman se vio a sí mismo abrirle la puerta a Lisbeth Salander. «¿Ni siquiera te enseñaron las horas en el colegio?», saludó, irritado.

Le puso toda la película. Terminó al cabo de noventa minutos, en medio de una escena en la que el abogado Bjurman, desnudo, estaba sentado apoyado contra el cabecero de la cama, tomándose una copa de vino mientras contemplaba a Lisbeth Salander acurrucada en la cama con las manos esposadas en la espalda.

Apagó la tele y permaneció callada en la silla durante más de diez minutos sin mirarle. Bjurman ni siquiera se atrevió a moverse. Luego Lisbeth Salander se levantó y se dirigió al cuarto de baño. Cuando volvió, se sentó en la silla. Su voz resultaba tan áspera como el papel de lija.

– Cometí un error la semana pasada -dijo-. Creí que iba a tener que chupártela otra vez, lo cual, tratándose de ti, es de lo más asqueroso, pero no tanto como para no ser capaz de hacerlo. Creí que conseguiría fácilmente material con la suficiente calidad para demostrar que eres un asqueroso y baboso viejo. Te juzgué mal. No había entendido lo jodidamente enfermo que estás.

»Te voy a hablar claramente -prosiguió-. Esta película muestra cómo violas a una retrasada mental de veinticuatro años de la que has sido nombrado administrador. Y no tienes ni idea de lo retrasada que puedo llegar a ser si hace falta. Cualquiera que vea esto descubrirá que no sólo eres un mierda sino también un loco sádico. Ésta es la segunda y la última vez, espero, que veo esta película. Bastante instructiva, ¿a que sí? Yo creo que va a ser a ti a quien van a encerrar, no a mí. ¿Estás de acuerdo?

Lisbeth esperaba. Él no reaccionaba, pero ella pudo ver que estaba temblando. Agarró la fusta y le dio un latigazo en medio de sus órganos sexuales.

– ¿Estás de acuerdo? -repitió con una voz considerablemente más alta. Él asintió con la cabeza-. Muy bien. Entonces, eso ha quedado claro.

Acercó la silla y se sentó de modo que pudiera mirarle a los ojos.

– Bueno, ¿qué crees que debemos hacer para arreglar este asunto?

Él no pudo contestar.

– ¿Se te ocurre alguna buena idea?

Como él no reaccionaba, ella alargó la mano, lo cogió por los testículos y estiró hasta que la cara de Bjurman se retorció de dolor.

– ¿Se te ocurre alguna buena idea? -repitió.

Él negó con la cabeza.

– Bien. Porque espero que, en el futuro, no se te ocurra jamás ninguna idea; si no, me vas a cabrear la hostia. -Se reclinó en la silla y encendió otro cigarrillo-. Yo te diré lo que va a pasar: la semana que viene, en cuanto hayas podido cagar ese pedazo de tapón de goma del culo, le darás instrucciones al banco para que yo, única y exclusivamente yo, tenga acceso a mi cuenta. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?

El abogado Bjurman asintió con la cabeza.

– Muy bien. Nunca jamás volverás a ponerte en contacto conmigo. En el futuro sólo nos reuniremos si a mí me da la gana. En otras palabras: acabas de recibir una orden en la que se te prohíben las visitas.

Él movió la cabeza afirmativamente varias veces para, acto seguido, suspirar. «No piensa matarme», pensó.

– Si vuelves a contactar conmigo, las copias de este disco llegarán a todas y cada una de las redacciones periodísticas de Estocolmo. ¿Entiendes?

Asintió repetidas veces. «Tengo que hacerme con la película.»

– Una vez al año, entregarás un informe positivo sobre mí a la comisión de tutelaje. Les comunicarás que llevo una vida perfectamente normal, que tengo un trabajo fijo, que mi comportamiento es impecable y que consideras que no existe absolutamente nada anormal en mi forma de actuar. ¿De acuerdo?

Él movió la cabeza afirmativamente.

– Cada mes redactarás un falso informe sobre tus supuestas reuniones conmigo. Darás cuenta, con gran detalle, de mi actitud positiva y de lo bien que me van las cosas. Me enviarás una copia por correo. ¿Está claro?

Él volvió a asentir. Lisbeth Salander reparó, con la mirada ausente, en las gotas de sudor que poblaban la frente de Bjurman.

– Dentro de unos años, vamos a decir dos, solicitarás una vista oral en el juzgado para obtener la revocación de mi declaración de incapacidad. Utilizarás los informes que habrás redactado acerca de nuestras falsas reuniones mensuales. Te ocuparás de buscar un loquero que jure que soy perfectamente normal. Tendrás que poner mucho de tu parte. Deberás hacer todo lo que esté en tu mano para que yo sea declarada mayor de edad.

Él asintió.

– ¿Sabes por qué tienes que esforzarte al máximo? Por una jodida razón: porque si fracasas, haré público el contenido de esta película.

Bjurman escuchó cada una de las sílabas que pronunció Lisbeth Salander. Un repentino estallido de odio apareció en sus ojos. Decidió que ella cometía un error dejándole con vida. «Esto lo pagarás caro, puta de mierda. Tarde o temprano. Te voy a destrozar.» Pero seguía asintiendo con fingido entusiasmo al responder a cada pregunta.

– Y lo mismo sucederá si intentas contactar conmigo -le dijo, pasándose un dedo de un lado a otro del cuello-. Dile adiós a este piso, a tu bonito título y a los millones de esa cuenta bancaria que tienes en el extranjero.

Los ojos se le pusieron como platos al oírla mencionar el dinero. «Cómo coño se habrá enterado…» Ella sonrió y se tragó el humo del tabaco. Luego tiró el cigarrillo sobre la moqueta y lo apagó pisándolo con el tacón.

– Quiero una copia de las llaves del piso y del despacho.

Él arqueó las cejas. Ella se inclinó hacia delante y le mostró una radiante sonrisa.

– De ahora en adelante yo controlaré tu vida. Cuando menos te lo esperes, quizá cuando estés durmiendo, apareceré por tu dormitorio con esto en la mano.

Le mostró la pistola eléctrica.

– Te voy a vigilar. Si vuelvo a pillarte con una chica, no importa si ha venido voluntariamente o no, si alguna vez te encuentro con una mujer, sea quien sea… -Lisbeth Salander se pasó nuevamente los dedos por el cuello-. Si yo muriera, si sufriera un accidente, si me atropellara un coche, o si me ocurriera algo…, los periódicos recibirían copias de la película. Además de una historia detallada en la que cuento qué significa tenerte a ti como administrador.

»Y otra cosa. -Se inclinó, acercando su cara a unos pocos centímetros de la del abogado-. Si me vuelves a tocar alguna vez, te mataré. Créeme.

El abogado Bjurman la creyó sin vacilar. En sus ojos pudo ver que no se estaba marcando un farol.

– Recuerda que estoy loca.

Él asintió.

Ella lo contempló pensativa.

– No creo que tú y yo vayamos a ser amigos -dijo Lisbeth Salander con voz seria-. Ahora mismo estás ahí tumbado congratulándote de que sea tan estúpida como para dejarte vivir. A pesar de ser mi prisionero, sientes que controlas la situación; piensas que lo único que haré, si no te mato, es soltarte. Así que albergas la esperanza de recuperar muy pronto tu poder sobre mí. ¿A que sí?

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