Los hombres que no amaban a las mujeres [Män som hatar kvinnor - es]
- Автор: Ларссон Стиг
- Язык: испанский
- Переводчик: Martin Lexell
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Los hombres que no amaban a las mujeres [Män som hatar kvinnor - es]». Краткое содержание книги:
– Ese tal Jerry Karlsson, tenía algo que ver con…
– ¿… con Harriet? No, no vivía en Hedestad en 1966; ni siquiera había empezado a trabajar para el grupo.
– De acuerdo.
– Mikael, adoro a Cecilia. Quizá sea algo complicada, pero es una de las buenas personas de mi familia.
Lisbeth Salander dedicó una semana entera a planear, con la mentalidad de un perfecto burócrata, el fallecimiento del abogado Nils Bjurman. Sopesó -y rechazó- distintas posibilidades, hasta que tuvo toda una serie de tramas verosímiles entre las que elegir. Nada de acciones impulsivas.
Su primera idea fue intentar organizar un accidente, pero pronto llegó a la conclusión de que, en realidad, no importaba si resultaba obvio que se trataba de un asesinato.
Había que cumplir una sola condición- el abogado Bjurman tenía que morir de tal manera que ella nunca pudiera ser relacionada con su muerte. Figurar en una futura investigación policial le parecía inevitable; tarde o temprano, su nombre aparecería en cuanto se examinaran las actividades profesionales de Bjurman. Pero ella no era sino una clienta más en un universo de actuales y anteriores clientes, lo había visto en muy contadas ocasiones y, mientras Bjurman no hubiese apuntado en su agenda que la forzó a hacerle una mamada -algo que consideraba poco probable-, Lisbeth no tenía ningún motivo para matarle. Ningún indicio vincularía su muerte a los clientes de su bufete; había ex novias, familiares, conocidos ocasionales, compañeros de trabajo y otros individuos. Incluso existía aquello que se solía definir como random violence, cuando el autor del crimen y la víctima no se conocen.
Si surgiese su nombre, ella sería una chica indefensa e incapacitada, con documentos que daban fe de su retraso mental. Por lo tanto, sería muy positivo que la muerte de Bjurman ocurriese de un modo tan enrevesado que una chica con retraso mental no pudiera ser considerada la posible autora del crimen.
Descartó enseguida la alternativa de la pistola; hacerse con una no le supondría el más mínimo problema, pero la policía estaba especializada en el rastreo de armas.
Pensó, entonces, en un arma blanca; podía adquirirse en cualquier ferretería, pero rechazó también esta opción. Aunque ella apareciese de improviso y le clavara una navaja en la espalda, nada le garantizaba que eso lo matara ni inmediata ni silenciosamente; bueno, ni siquiera de que muriera. Además, eso provocaría un gran jaleo y llamaría la atención; la sangre podría manchar su ropa y constituir una prueba de su culpabilidad.
También pensó en algún tipo de bomba, pero resultaba demasiado complicado. No obstante, hacerla no sería un problema: en Internet abundaban los manuales para fabricar los objetos más mortíferos. Sin embargo, se le antojaba difícil encontrar la manera de colocar la bomba sin que los transeúntes inocentes sufrieran daños. A eso se añadía que tampoco con una bomba había ninguna garantía de que realmente muriera.
Sonó el teléfono.
– Hola Lisbeth, soy Dragan. Tengo un trabajo para ti.
– No tengo tiempo.
– Es importante.
– Estoy ocupada.
Ella colgó.
Al final, se decidió por una alternativa no contemplada hasta ese momento: el veneno. La elección la sorprendió incluso a ella misma, pero, bien pensado, era perfecta.
Lisbeth Salander dedicó un par de días a bucear por Internet en busca de un veneno apropiado. Había muchas opciones, entre ellas uno de los venenos más mortales descubiertos por la ciencia: el ácido cianhídrico, más conocido como ácido prúsico.
El ácido cianhídrico se utiliza en la industria química, por ejemplo, en la producción de pintura. Unos pocos miligramos son suficientes para matar a una persona; un solo litro en el depósito de agua de una ciudad de tamaño medio podría aniquilarla por entero. Por razones obvias, una sustancia tan letal estaba rodeada de rigurosos controles de seguridad. Sin embargo, aunque un fanático terrorista no podía entrar en la farmacia más cercana y pedir diez mililitros de cianhídrico, el veneno se podía fabricar en cantidades prácticamente ilimitadas en cualquier cocina Todo lo que se necesitaba era un modesto equipo de laboratorio -un juego de química para niños, a la venta por unas doscientas coronas servía perfectamente-, más ciertos ingredientes extraíbles de productos de limpieza normales y corrientes. El manual de fabricación se encontraba en Internet.
Otra alternativa era la nicotina. Bastaba con un solo cartón de cigarrillos para extraer los miligramos necesarios; una vez hervidos, se convertían en un líquido viscoso. Una sustancia aún mejor, aunque algo más difícil de fabricar, era el sulfato de nicotina, que posee la propiedad de ser absorbida por la piel; bastaría con ponerse unos guantes de goma, llenar una pistola de agua con el sulfato y lanzar un chorro en la cara del abogado Bjurman. Al cabo de veinte segundos estaría inconsciente, y un par de minutos más tarde, muerto
Hasta entonces, Lisbeth Salander no había tenido ni idea de que tantos productos del hogar perfectamente comunes, disponibles en la droguería del barrio, pudieran convertirse en armas mortales. Después de estudiar el tema durante unos días, estaba convencida de que no había impedimento técnico alguno para acabar con el administrador.
Sólo quedaban dos problemas por resolver: la muerte de Bjurman no le daría el control sobre su propia vida, y no existían garantías de que el sucesor de Bjurman no fuese mucho peor. Análisis de consecuencias.
Lo que necesitaba era una manera de «controlar» a su administrador y, por consiguiente, su propia situación. Se quedó sentada una noche entera, en el desgastado sofá del salón, repasando de nuevo las circunstancias. Al acabar la noche, ya había descartado el envenenamiento y elaborado un plan alternativo que no le atraía mucho porque debía dejar que Bjurman la acosara una vez más. Pero si lo llevaba a cabo, ganaría.
Eso era, al menos, lo que ella creía.
A finales de febrero, la estancia de Mikael en Hedeby ya se había convertido en rutina. Todas las mañanas se levantaba a las nueve, desayunaba, y trabajaba hasta las doce. Durante esas horas se zambullía en las páginas de un nuevo informe. Luego, independientemente del tiempo que hiciera, daba un paseo de una hora de duración. Por las tardes seguía trabajando, en casa o en el Cafe de Susanne, revisando de nuevo lo que había leído por la mañana, o redactando párrafos de lo que sería la autobiografía de Henrik. Entre las tres y las seis descansaba. Entonces hacía la compra, lavaba, iba a Hedestad y realizaba otras tareas cotidianas. Sobre las siete pasaba por casa de Henrik Vanger para aclarar las dudas surgidas a lo largo del día. Alrededor de las diez, volvía a casa y leía hasta la una o las dos de la madrugada. Repasaba metódicamente todos los documentos de Henrik.
Para su sorpresa, descubrió que el trabajo de redactar la autobiografía de Henrik iba sobre ruedas. Ya había acabado el primer borrador de la crónica familiar, de unas ciento veinte páginas, comprendía el período que iba desde el desembarco de Jean-Baptiste Bernadotte en Suecia hasta, aproximadamente, los años veinte. Después de esa época, tendría que avanzar más despacio y empezar a elegir mejor las palabras
A través de la biblioteca de Hedestad, pedía libros que trataban sobre el nazismo en aquella época, entre otros, la tesis de Helene Loow, La cruz gamada y la gavilla de Wasa. Había escrito un borrador de unas cuarenta páginas más sobre Henrik y sus hermanos, donde se centraba exclusivamente en Henrik como hilo conductor de la historia. Confeccionó una larga lista de averiguaciones que le quedaban por hacer y que estaban relacionadas con la estructura y el funcionamiento de las empresas de la época; descubrió que la familia Vanger había estado intensamente involucrada en el imperio de Ivar Kreuger: otra historia paralela que debía refrescar. En total, calculó que le faltaban por escribir unas trescientas páginas. Había hecho un plan que consistía en tener una primera versión terminada para el 1 de septiembre con el fin de que Henrik Vanger la pudiera ver, de modo que luego dispondría de todo el otoño para revisar el texto.