Hombres de armas [Men at Arms - es]
- Автор: Пратчетт Теренс Дэвид Джон
- Год: 2003
- Язык: испанский
- Год: Plaza y Jan
- ISBN: 978-84-01-32993-7
- Переводчик: Albert Sole
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «Hombres de armas [Men at Arms - es]». Краткое содержание книги:
Hasta ahora, sin embargo, la Guardia Nocturna solo cuenta con el cabo Zanahoria (técnicamente un enano), el agente Cuddy (realmente un enano), el agente Detritus (un troll), la agente Angua (una mujer… la mayor parte del tiempo) y el cabo Nobbs (descalifica do de la carrera evolutiva por hacer trampas).
Y necesitan toda la ayuda que puedan conseguir. Porque hay un asesino suelto en las calles, con un arma nueva y mortífera y, lo más peligroso, un PLAN para devolver a la ciudad de Ankh-Morpork su grandeza perdida. Además, el misterio debe resolverse antes del mediodía, cuando el capitán Vimes devolverá su placa y se casará con la mujer más rica de la ciudad. Comparado con lo que les viene ahora, acabar con aquel dragón que atacó la ciudad hace un tiempo resultó fácil, ¡enfrentarse a un ejército de enanos sería más fácil! Y si la tarea es incluso complicada para un cuerpo de vigilancia normal, para la Guardia Nocturna puede convertirse en un quebradero de cabeza… literalmente.
Una espléndida novela de acción, misterio y humor, Hombres de armas es la decimoquinta entrega de la conocida serie Mundodisco.
—¿Señor?
—¡Quiero que lo encuentren!
—Sí, doctor…
—¡De hecho, quiero que le inhumen! ¡Con Extrema Descortesía! Y voy a fijar la tarifa en diez mil dólares… Los pagaré personalmente, ¿comprende? Libres de impuestos del Gremio, además.
Varios asesinos se alejaron de la multitud sin apresurarse. Diez mil dólares libres de impuestos eran una buena cantidad.
Downey parecía un poco incómodo.
—Doctor, pienso que…
—¿Piensa? ¡No se le paga para que piense! Saben los dioses adonde habrá ido ese idiota. ¡Ordené que registraran todo el recinto! ¿Por qué nadie forzó la puerta?
—Lo siento, doctor. Edward nos dejó hace varias semanas y no pensé que…
—¿No pensó? ¿Para qué se le paga?
—Nunca lo había visto tan enfadado —dijo Gaspode.
Entonces se oyó una tos detrás del jefe de los Asesinos. El doctor Carablanca había salido de la habitación.
—Ah, doctor —dijo el doctor Cruces—. Me parece que quizá sería mejor que fuéramos a hablar de esto en mi estudio, sí.
—Realmente lo siento muchísimo, milord…
—Olvídelo, olvídelo. Ese diablillo se las ha ingeniado para que los dos quedáramos como un par de payasos que… Oh. No es nada personal, por supuesto. Señor Downey, los bufones y los Asesinos mantendrán custodiado este agujero hasta que podamos hacer venir a unos cuantos albañiles mañana por la mañana. Nadie tiene que pasar por él. ¿Lo ha entendido?
—Sí, doctor.
—Muy bien.
—Ese es el señor Downey —dijo Gaspode, mientras el doctor Cruces y el jefe de los Payasos desaparecían pasillo abajo—. Número dos en los Asesinos. —Se rascó la oreja—. Liquidaría al viejo Cruces por un par de peniques si no fuese porque eso va contra las reglas.
Angua fue trotando hacia él. Downey, que se estaba secando la frente con un pañuelo negro, bajó la mirada.
—Vaya, tú eres nueva por aquí —dijo. Miró a Gaspode—. Y veo que el chucho ha vuelto.
—Guau, guau —dijo Gaspode, con su muñón de rabo golpeando el suelo—. Por cierto —añadió dirigiéndose a Angua—, si lo pillas de buen humor suele dar un caramelo de menta. En lo que llevamos de año ha envenenado a quince personas. Es casi tan bueno con los venenos como el viejo Cruces.
—¿Necesito saber eso? —preguntó Angua mientras Downey le daba unas palmaditas en la cabeza.
—Oh, los Asesinos nunca deberían matar a menos que se les esté pagando por ello. La diferencia está en estas pequeñas propinas.
Ahora Angua estaba en posición de ver la puerta. Había un nombre escrito en un trozo de tarjeta metido entre un par de ranuras metálicas.
Edward de M’uerthe.
—Edward de M’uerthe —dijo.
—Ese nombre me suena —dijo Gaspode—. La familia solía vivir al final del Camino de los Reyes. Solían ser tan ricos como Creosoto.
—¿Quién era Creosoto?
—Un cabrón extranjero que era muy rico.
—Oh.
—Pero el bisabuelo tenía una sed terrible, y el abuelo perseguía a cualquier cosa que llevara un vestido de mujer, ya sabes, y el viejo De M’uerthe, bueno, era un hombre muy aseado y siempre estaba sobrio, pero perdió el resto del dinero de la familia porque tenía un punto ciego cuando llegaba el momento de distinguir entre un uno y un once.
—No veo cómo eso puede hacerte perder el dinero.
—Lo hace si crees que puedes jugar a Mutilar a doña Cebolla con los chicos mayores.
La licántropa y el perro volvieron por el pasillo.
—¿Sabes algo acerca del señor Edward? —preguntó Angua.
—Nada de nada. La casa se subastó hace poco. Deudas familiares. No lo he visto por ahí.
—No cabe duda de que eres toda una mina de información —dijo Angua.
—Me muevo mucho. Nadie se fija en los perros. —Gaspode arrugó la nariz. Parecía una trufa marchita—. Maldición. Esto apesta a debólver, ¿verdad?
—Sí. Y hay algo raro en eso —dijo Angua.
—¿El qué?
—Algo que no está del todo bien.
Había otros olores. Calcetines sin lavar, otros perros, el maquillaje graso del doctor Carablanca, la cena de ayer… los olores llenaban el aire. Pero el olor a fuegos artificiales de aquello en lo que Angua ya pensaba automáticamente como el debólver se enroscaba alrededor de todo lo demás, tan acre como el ácido.
—¿Qué es lo que no está bien?
—No lo sé… quizá es el olor del debólver…
—No. Todo empezó aquí. El debólver estuvo guardado aquí durante años.
—Claro. De acuerdo. Bueno, tenemos un nombre. Puede que para Zanahoria signifique algo…
Angua bajó trotando por la escalera.
—Disculpa… —dijo Gaspode.
—¿Sí?
—¿Cómo puedes volver a convertirte en una mujer?
—Me basta con ir a un sitio donde no me dé la luz de la luna y… concentrarme. Así es como funciona.
—Caray. ¿Y eso es todo?
—Si técnicamente es luna llena, entonces puedo Cambiar incluso durante el día si quiero. Solo he de Cambiar cuando estoy expuesta a la luz de la luna.
—¿Y qué pasa con la matalobos?
—¿La matalobos? Es una planta. Una variedad del acónito, creo. ¿Qué pasa con ella?
—¿No te mata?
—Mira, no tienes por qué creer todo lo que oigas decir acere de los hombres-lobo. Somos tan humanos como cualquier otra persona. La mayor parte del tiempo —añadió.
Ya habían salido del Gremio y estaban yendo hacia el callejón al que ciertamente llegaron, pero ahora este carecía de ciertas características importantes que sí había incluido la última vez que estuvieron allí. La más notable de ellas era el uniforme de Angua, pero aparte de eso también había una carestía absoluta de Apestoso Viejo Ron.
—Maldición.
Contemplaron la extensión de barro vacía.
—¿Tienes más ropa? —preguntó Gaspode.
—Sí, pero solo en la calle Olmo. Este era mi único uniforme.
—¿Y cuando eres humana tienes que ponerte ropa?
—Sí.
—¿Por qué? Yo pensaba que una mujer desnuda se encontraría a gusto en cualquier tipo de compañía, y conste que lo digo sin ningún ánimo de ofender.
—Prefiero la ropa.
Gaspode olisqueó el suelo.
—Bueno, pues entonces vamos —suspiró—. Será mejor que alcancemos a Viejo Apestoso Ron antes de que tu cota de malla se convierta en una botella de Abrazodeoso, ¿verdad?
Angua miró en torno a ella. El olor de Viejo Apestoso Ron era casi tangible.
—De acuerdo. Pero démonos prisa.
¿Hierba lobera? Si pasabas una semana de cada mes con dos piernas y cuatro pezones adicionales, no necesitabas hierbas estúpidas para que tu vida se convirtiera en un problema.
Había multitudes enteras alrededor del Palacio del patricio, y a la puerta del Gremio de Asesinos. Se veía a un montón de mendigos. Su aspecto era bastante desagradable. Tener un aspecto desagradable es algo que forma parte del oficio de un mendigo en cualquier caso, pero el aspecto de aquellos era todavía más desagradable de lo necesario.
La milicia atisbo desde una esquina.
—Hay centenares de personas —dijo Colon—. Y montones de trolls delante de la Guardia Diurna.
—¿Dónde es más espesa la multitud? —preguntó Zanahoria.
—En cualquier sitio donde haya trolls —dijo Colon, y enseguida se dio cuenta de que había metido la pata—. Solo bromeaba —añadió.
—Muy bien —dijo Zanahoria—. Que todo el mundo me siga.
La algarabía cesó de pronto cuando la milicia marchó, trotó, se bamboleó pesadamente y nudilleó hacia la Casa de la Guardia Diurna. Un par de trolls muy grandes les cerraron el paso. La multitud miraba sumida en un silencio expectante.