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Hombres de armas [Men at Arms - es]

Электронная книга - «Hombres de armas [Men at Arms - es]». Краткое содержание книги:

“¡Sé un HOMBRE en la Guardia de la Ciudad! ¡La Guardia de la Ciudad necesita HOMBRES!”
Hasta ahora, sin embargo, la Guardia Nocturna solo cuenta con el cabo Zanahoria (técnicamente un enano), el agente Cuddy (realmente un enano), el agente Detritus (un troll), la agente Angua (una mujer… la mayor parte del tiempo) y el cabo Nobbs (descalifica do de la carrera evolutiva por hacer trampas).
Y necesitan toda la ayuda que puedan conseguir. Porque hay un asesino suelto en las calles, con un arma nueva y mortífera y, lo más peligroso, un PLAN para devolver a la ciudad de Ankh-Morpork su grandeza perdida. Además, el misterio debe resolverse antes del mediodía, cuando el capitán Vimes devolverá su placa y se casará con la mujer más rica de la ciudad. Comparado con lo que les viene ahora, acabar con aquel dragón que atacó la ciudad hace un tiempo resultó fácil, ¡enfrentarse a un ejército de enanos sería más fácil! Y si la tarea es incluso complicada para un cuerpo de vigilancia normal, para la Guardia Nocturna puede convertirse en un quebradero de cabeza… literalmente.
Una espléndida novela de acción, misterio y humor, Hombres de armas es la decimoquinta entrega de la conocida serie Mundodisco.
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En cualquier momento, pensó Colon, alguien va a empezar a tirar algo. Y entonces todos vamos a morir.

Levantó la vista. Cabezas de gárgola iban apareciendo con movimientos lentos y espasmódicos a lo largo de los desagües. Nadie quería perderse una buena pelea.

Zanahoria saludó a los dos trolls con una inclinación de cabeza. Colon se fijó en que estaban totalmente cubiertos de liquen.

—Bluejohn y Bauxita, ¿verdad? —dijo Zanahoria.

Bluejohn no pudo evitar asentir. Bauxita era más duro, y se limitó a mirar fijamente a Zanahoria.

—Sois justo lo que andaba buscando —siguió diciendo Zanahoria.

Colon se aferró a su casco como si fuera una lapa de la talla diez que estuviera intentando encaramarse por un caparazón de la talla uno. Bauxita era una avalancha con pies.

—Quedáis reclutados —dijo Zanahoria.

Colon atisbo por debajo del borde del casco.

—Presentaos al cabo Nobbs para recibir vuestras armas. El guardia interino Detritus os administrará el juramento. —Dio un paso atrás—. Bienvenidos a la Guardia de Ciudadanos. Y recordad que cada guardia lleva un bastón de mariscal de campo en su mochila.

Los trolls no se habían movido.

—No voy a estar en una Guardia —dijo Bauxita.

—Nunca había visto a nadie con tanta madera de oficial —dijo Zanahoria.

—¡Eh, no puedes ponerlos en la Guardia! —gritó un enano desde la multitud.

—Vaya, hola, señor Fuerteenelbrazo —dijo Zanahoria—. Me alegro de ver por aquí alguna figura cívica. ¿Por qué no pueden estar en la milicia?

Todos los trolls estaban escuchando con gran atención. Fuerteenelbrazo reparó en que de pronto se había convertido en el centro de la atención general, y titubeó.

—Bueno… para empezar, solo tenéis un enano… —murmuró.

—Yo soy un enano —dijo Zanahoria—. Técnicamente hablando.

Fuerteenelbrazo parecía un poco nervioso. Toda aquella cuestión de la enanez que abrazaba con tanto entusiasmo Zanahoria resultaba bastante difícil de entender para los enanos más orientados hacia la política.

—Eres un poco grande —dijo, no ocurriéndosele nada mejor que decir.

—¿Grande? ¿Qué tiene que ver el tamaño con ser un enano? —quiso saber Zanahoria.

—Mmm… ¿Mucho? —susurró Cuddy.

—Una observación muy acertada —dijo Zanahoria—. Sí, es una observación realmente muy acertada. —Fue recorriendo las caras con la mirada—. Bien. Necesitamos unos cuantos enanos honrados y respetuosos con la ley… tú, ese de ahí…

—¿Yo? —dijo un enano desprevenido.

—¿Tienes alguna convicción previa?

—Bueno, no sé… supongo que solía creer muy firmemente en que más vale pájaro en mano…

—Estupendo. Y ahora escogeré a… vosotros dos… y a ti. Cuatro enanos más, ¿de acuerdo? Ahora ya no os podéis quejar, ¿eh?

—No voy a estar en una guardia —volvió a decir Bauxita, pero ahora la incertidumbre modulaba su tono.

—Ahora no podéis iros, trolls —dijo Detritus—. De otra manera, demasiados enanos. Eso son números, eso es lo que son.

—¡No me voy a unir a ninguna Guardia! —dijo un enano.

—No eres lo bastante hombre, ¿eh? —dijo Cuddy.

—¿Qué? ¡Yo valgo tanto como cualquier maldito troll!

—Bueno, pues entonces ya está todo resuelto —dijo Zanahoria, frotándose las manos—. ¿Agente titular Cuddy?

—¿Señor?

—Eh —dijo Detritus—, ¿cómo que de pronto él ya agente del todo?

—Porque los reclutas enanos han quedado a su cargo —dijo Zanahoria—. Y tú tienes a tu cargo a los reclutas trolls, agente titular Detritus.

—¿Yo pleno agente titular con todos los reclutas trolls a mi cargo?

—Por supuesto. Y ahora, guardia interino Bauxita, si tiene la bondad de dejarme pasar…

Detrás de Zanahoria, Detritus inhaló profundamente y con orgullo.

—No voy a…

—¡Guardia interino Bauxita! ¡Poniéndose firmes, ya mismo horrible troll grandullón! ¡Saludando ahora mismo! ¡Dejando pasar al cabo Zanahoria! ¡Vengan aquí, par de trolls! Uno… y dos… y tres… ¡y cuatro! ¡Ahora estáis en la Guardia! ¡Aaargh, no puedo creer lo que está viendo mi ojo! ¿De dónde eres, Bauxita?

—De la Montaña de Tajada, pero…

—¡De la Montaña de Tajada! ¿De la Montaña de Tajada? —Detritus se miró los dedos por un instante, y luego se apresuró a esconderlos detrás de la espalda—. ¡En la Montaña de Tajada solo hay dos cosas! Rocas… y… y… —Manoteó frenéticamente—. ¡Y otras clases de rocas! ¿De qué clase eres tú, Bauxita?

—¿Qué demonios está pasando aquí?

La puerta de la Casa de la Guardia se había abierto. El capitán Quirke salió por ella, espada en mano.

—¡Horrible par de trolls! Ahora levantad la mano derecha y repetid juramento troll…

—Ah, capitán —dijo Zanahoria—. ¿Podríamos hablar un momento?

—Se ha metido en un buen lío, cabo Zanahoria —rugió Quirke—. ¿Quién se cree usted que es?

—¡Haré todo lo que se me diga…!

—Yo no quiero estar en una…

¡Bam!

—¡Haré todo lo que se me diga…!

—Soy el hombre que estaba disponible en estos momentos, capitán —dijo Zanahoria jovialmente.

—Bueno, hombre disponible, aquí yo soy el oficial superior al mando y le aseguro que ya puede…

—Una observación muy interesante —dijo Zanahoria, sacando su cuaderno negro del bolsillo—. Le relevo del mando.

—… de lo contrario, me darán patadas en la goohulaag cabeza…

—… de lo contrario, me darán patadas en la goohulaag cabeza…

—¿Qué…? ¿Se ha vuelto usted loco?

—No, señor, pero he optado por creer que usted sí. Existen ciertas normas establecidas para el caso de que se presente esta eventualidad.

—¿Dónde está su autoridad? —Quirke miró a la multitud—. ¡Ja! Supongo que ahora me dirá que esta turba armada es su autoridad, ¿eh?

Zanahoria puso cara de perplejidad.

—No. Las Leyes y Ordenanzas de Ankh-Morpork, señor. Está todo allí. ¿Puede decirme con qué evidencias cuenta contra el prisionero Caradecarbón?

—¿Ese maldito troll? ¡Es un troll!

—¿Sí?

Quirke miró alrededor.

—Oiga, no hace falta que le diga que con todo el mundo aquí presente…

—De hecho, y según las reglas, tiene que hacerlo. Por eso lo llaman evidencia. Significa «aquello que está a la vista».

—¡Oiga! —siseó Quirke, inclinándose hacia Zanahoria—. Es un troll. Es tan culpable como el infierno de algo. ¡Todos lo son!

Zanahoria sonrió alegremente.

Colon había llegado a conocer aquella sonrisa. Cuando sonreía de aquella manera, el rostro de Zanahoria parecía volverse un poco cerúleo y empezaba a relucir.

—¿Y usted le encerró por eso?

—¡Claro!

—Oh. Ya veo. Ahora lo entiendo.

Zanahoria dio media vuelta.

—No sé qué se piensa que es us… —empezó a decir Quirke.

La gente apenas vio moverse a Zanahoria. Solo hubo una mancha borrosa, un sonido como el de un bistec depositado bruscamente encima de una tabla de trinchar, y de pronto el capitán estaba yaciendo sobre los adoquines.

Un par de miembros de la Guardia Diurna aparecieron cautelosamente en el hueco de la puerta.

Entonces todo el mundo fue súbitamente consciente de una especie de traqueteo metálico. Nobby estaba haciendo girar la maza de armas al final de su cadena, salvo que como la bola erizada de pinchos era muy pesada, y como la diferencia entre Nobby y un enano era más de especie que de altura, lo que ocurría era más bien que ambos orbitaban alrededor del otro. Si la soltaba, había la misma probabilidad de que el objetivo fuera alcanzado por una bola erizada de pinchos que la de que fuera alcanzado por un cabo Nobbs. Ninguna de las dos perspectivas resultaba demasiado agradable.

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