Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]
- Автор: Палмер Майкл
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Editorial Planeta
- ISBN: 84-08-01878-7
- Переводчик: Victor Pozanco
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]». Краткое содержание книги:
Michael Palmer ha conseguido una sobrecogedora novela de intriga médica, un impresionante thriller protagonizado por el médico más siniestro aparecido en la literatura de terror desde los tiempos de Hannibal Lecter.
Los siete sillones de alto respaldo, dispuestos alrededor de la mesa, estaban separados por poco más de un metro. La placa metálica en la que figuraba el nombre de Tristán estaba en el lugar acostumbrado, entre Kay y Lancelot. Gauvain fue hacia su sitio, casi enfrente del de Kevin.
Kevin lo miró, lo saludó con una leve inclinación de cabeza y se le acercó.
– ¿Qué tal? -preguntó Kevin.
– No puedo quejarme -repuso Gauvain.
– Esta vez Lancelot me ha enviado una joven china, una chica «once», según él. Puede que tenga razón. Creo que trata de sacarse la espina por su fiasco con Désirée.
– Sí, probablemente.
Gauvain esbozó una forzada sonrisa y se rebulló, incómodo, en el sillón.
Antes de que a Kevin le diese tiempo a hacerle más preguntas, Merlín anunció el comienzo de la reunión.
«Quizá no sepa nada en absoluto acerca de Evelyn DellaRosa -pensó Kevin-. Puede que ni siquiera haya visto su fotografía en los periódicos.»
El informe económico de Galahad mostró que las aportaciones del grupo habían vuelto a elevar el capital «circulante» hasta los 600.000 dólares que se acordaron como capital operativo.
Kevin no tenía ni idea de en base a qué criterios se acordó tal cantidad, ni tampoco por qué normas se regía la financiación. No se levantaban actas, no se dejaba constancia de los votos ni se llevaban archivos. Sin embargo, todos parecían saber exactamente en qué situación se encontraba cada uno de los proyectos y cuáles eran las obligaciones de cada cual.
Kay fue el primero en tomar la palabra. Habló acerca de uno de los tres grandes programas que se debatirían aquella noche. Parecía muy impaciente por presentar su informe: contaban ya con los votos necesarios para que se aprobase una ley que permitiría a las empresas contar con una base de datos genéticos para complementar los criterios de selección de personal. Primero, test y perfiles psicológicos; luego, pruebas de sida y, finalmente, pruebas genéticas. Todos eran conscientes de que tan sofisticado banco de datos podía no servirles para nada a las empresas de manera directa, pero indirectamente podían llegar a ahorrarse centenares de millones de dólares en pólizas de seguros.
– Se elevarán los consabidos recursos a los tribunales -explicó Kay-. No obstante, creo que, en este caso, lo tenemos todo controlado. Calculo que pasará un año antes de que la ley entre en vigor, se recurra y se ratifique. Puede que algo más, si los sindicatos se ponen en manos de abogados medianamente eficaces. En cualquier caso, ganaremos.
– Cuanto antes, mejor -dijo Lancelot-. Por lo que a mí respecta, deberíamos hacer de la selección genética un requisito imprescindible para utilizar los servicios de guardería. Los malditos mutantes están por todas partes.
Varios de los compañeros de Lancelot se echaron a reír. Loomis simuló reír también y reparó en que la sonrisa de Gauvain era muy forzada.
Los compañeros de Kay saludaron su trabajo con aprobatorios golpecitos en la mesa, salvo Perceval, que aplaudió sonoramente. Decenas de millones de dólares de incremento de beneficios para el sector… o acaso más.
Tristán pensó en la cifra que barajó Burt Dreiser la mañana en la que se entrevistaron en el barco. Diecinueve millones de dólares. Si la Crown Health se beneficiaba de su trabajo en cuantía similar, el 1% que le correspondía a Tristán significaría ingresar 190.000 dólares, además de su salario.
Si nadie sacaba a relucir el tema de Désirée, pensó Tristán, no iba a ser él quien lo hiciera.
Le correspondió luego a Gauvain informar al grupo de en qué situación se encontraba su proyecto más reciente (una ley que permitiese a las aseguradoras decidir qué tratamiento era el adecuado para los pacientes aquejados de enfermedades en fase terminal).
Kevin no dejaba de observar escrutadoramente a Gauvain. Reparó en que no hacía más que consultar sus notas y juguetear con el bolígrafo mientras hablaba. Estaba más nervioso que de costumbre. De eso no cabía duda.
– Fijaos -dijo Gauvain- en que me refiero a pacientes aquejados de enfermedades en fase terminal. En cuanto se nos permita definir qué puede considerarse «fase terminal», nos proponemos centrar nuestra atención en determinar cuándo un tratamiento deja de ser económicamente rentable o, si preferís, eficaz en relación a su coste. Tenemos que reivindicar nuestro derecho a limitar la cobertura a aquellos pacientes que ocupan costosas plazas de hospital y a los especialistas que los atienden cuando no hay ya ninguna esperanza para ellos. Y, por supuesto, cuanto más se acorte el proceso, tanto mejor para nosotros. En estos momentos, el ambiente legislativo es excelente. Tristán ha hecho que uno de los congresistas, miembro de la comisión, vuelva al redil. De manera que dejará de ser un problema. Hace años que tratamos de convencer a los legisladores y a la ciudadanía de que, puesto que somos nosotros quienes pagamos las facturas, también nosotros deberíamos ser quienes tomemos las decisiones en los tratamientos. Parece que en estos momentos estamos en condiciones de conseguirlo con creces. ¿Te importaría informar ahora de lo tuyo, Lancelot?
Éste dejó en el cenicero el puro que tenía por la mitad y se aclaró la garganta. En realidad, nunca encendía un puro en las reuniones de la Tabla Redonda, pero siempre lo llevaba en la boca. Le sonrió a Gauvain con expresión aprobatoria. Tristán advirtió que Gauvain correspondía muy tibiamente a su sonrisa.
– Lo mejor de este proyecto -empezó Lancelot- es la red de instalaciones que llamamos Centros Paliativos o «cepés». Son centros en los que ingresarán para ser sometidos a un tratamiento de bajo coste aquellos pacientes que decidamos que se encuentran en fase terminal. Serán una especie de antesala de su última morada, y podríamos considerarlos entre hospital y residencia de ancianos pero mucho más económicos. No se les aplicarán tratamientos de ninguna clase durante las veinticuatro horas del día salvo para evitarles el dolor y del modo más humanitario. Lo más interesante es que llevamos delantera en cuanto al diseño de tales instalaciones, e incluso en la constitución de las sociedades que, en su momento, los gestionen. En algunos casos, compraremos las instalaciones que hayan de albergar los «cepés».
El tema de los Centros Paliativos se debatió durante media hora, y luego tomó la palabra Merlín.
– Ha sido una reunión fantástica -dijo, exultante-. ¡Una reunión formidable! Y me complace comunicaros que también yo tengo buenas noticias que daros. Hemos hecho un ensayo de aplicación del nuevo programa de empleo, y estoy en condiciones de presentaros resultados, con datos concretos, sobre los primeros diez casos. En estos diez casos, los asegurados han sido cesados. Algunos han encontrado nuevo empleo en empresas que tienen suscritas pólizas con aseguradoras que no trabajan con las compañías del grupo de la Tabla Redonda. A otros se les permite seguir asegurados, tal como prevé la ley, durante dieciocho meses, siempre y cuando paguen sus primas. Otros podrán acogerse al programa Medicaid. No obstante, lo importante es que en la mayoría de los casos podremos desentendernos de ellos en cuanto aseguradores.
Loomis no tenía ni idea de qué iba el nuevo programa de empleo. Por lo visto, Merlín utilizaba el dinero -y la influencia- de la Tabla Redonda para conseguir que despidiesen de sus empleos a aquellos asegurados que tenían suscritas pólizas más «problemáticas». Si así era, sería la primera vez que el grupo ponía en el punto de mira a personas físicas y no sólo a empresas.
Kevin le echó un vistazo a la copia del listado que Merlín les había distribuido. Bajo el encabezamiento «Datos básicos» (aquellos que utilizaba el programa informático para seleccionar los casos), figuraban diez nombres, y al lado la compañía de seguros, un diagnóstico y una cantidad expresada en dólares. El cuarto de los diez nombres era una asegurada por la Crown Health and Casualty.