Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]
- Автор: Палмер Майкл
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Editorial Planeta
- ISBN: 84-08-01878-7
- Переводчик: Victor Pozanco
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]». Краткое содержание книги:
Michael Palmer ha conseguido una sobrecogedora novela de intriga médica, un impresionante thriller protagonizado por el médico más siniestro aparecido en la literatura de terror desde los tiempos de Hannibal Lecter.
– Es un auténtico mago; por lo menos, eso aseguran. Pero, bueno: la supercafetera, que a Evie le costó trescientos dólares, está a pleno rendimiento en la cocina. Lo primero que hizo al casarnos fue licenciar mi pequeña cafetera de filtro. La de ella va sola a comprar el café, hace la mezcla perfecta, la muele, la hace y te la da a probar.
– Huele muy bien.
– ¿Cómo lo toma?
– ¿No recuerda cómo lo tomé ayer?
– Me parece que solo, ¿no? -dijo Harry, sonriente.
Maura nunca había prestado demasiada atención a su aspecto. Un ex novio le comentó que era debido a que nunca lo había necesitado. Aquel día, sin embargo, dedicó más tiempo a acicalarse (se pintó un poco, se puso los pendientes esmaltados que tanto le gustaron a Harry y un vestido de algodón, en lugar de los téjanos de marca que llevaba).
Estaba nerviosa por lo que se le avecinaba (la aterraba pensar que la sesión de hipnosis pudiera ser inútil casi tanto como lo que aflorase de su subconsciente). Durante los dos años y medio que llevaba sumida en aquel pozo, había bebido de manera desmesurada, sin detenerse a pensar en los locales y las compañías que frecuentaba. Se preguntaba hasta qué punto Pavel Nemec podría limitarse a hacer salir lo que interesaba, porque prefería no saber muchas de las cosas que, sin duda, su subconsciente quería olvidar.
Nemec vivía y tenía su consulta en la zona alta del East Side. De camino se detuvieron en la consulta de Harry, pasaron por el apartamento de Maura para coger un bloc de dibujo, lápices y «pasteles» y fueron al banco de Harry a retirar mil quinientos dólares.
– He anulado la mitad de las visitas de hoy en mi consulta y tengo un sustituto para las del hospital -dijo Harry-. Aunque la mayoría de mis pacientes particulares me son fieles, me parece que empiezo a pedirles demasiado.
– Sí. Menudo día -asintió Maura en tono comprensivo-. De todas maneras, quizá cambie todo para bien a partir de hoy Tenga confianza. Las cosas pueden dar un giro favorable. Y… ya que hablamos de giro, gire por ahí, a la derecha, que quiero hacer una cosa.
Corbett tomó por donde ella le indicó, y apenas habían recorrido dos manzanas, ya le había esbozado ella un aceptable retrato. Cuando llegaron a la consulta, el retrato le había quedado bastante bien.
– ¡Asombroso! -exclamó él.
– Puedo hacerlo mejor. Lo único que quería comprobar era si aún sé dibujar rápido porque hace una buena temporada que no hago nada. No se me da mal. Pasé un verano en Italia haciendo retratos y caricaturas para los turistas en la piazza Navona.
Walter Concepción ya estaba en la sala de espera. Hablaba con la enfermera Mary Tobin, que estaba detrás del mostrador de recepción. Maura se alegró de ver de nuevo a Walter. El baqueteado detective privado llevaba una camiseta negra, sin mangas, que le permitió a Maura ver que tenía los brazos más musculosos y fuertes de lo que parecía. Lucía un artístico tatuaje en el deltoides izquierdo: una calavera, de una de cuyas cuencas asomaba la cabeza de una serpiente.
– Han llamado de la oficina del doctor Erdman -dijo Mary Tobin-. Han fijado la reunión para mañana a las diez, en la sala de conferencias contigua.
– Me temo que voy a tener que cancelar también las visitas de mañana -comentó Harry, resignado.
– Ya lo he hecho yo -dijo Mary.
– Esto empieza a ser ridículo. Quizá sería mejor cerrar la consulta durante una temporada.
– Hágalo y verá -le advirtió Mary con cara de pocos amigos-. Verá qué pronto me compro un látigo; de esos que te dejan en carne viva al segundo latigazo.
– Bueno, bueno… A ver qué ocurre mañana.
– Eso es otra cosa. Me he puesto en contacto con su abogado para decirle a qué hora es la reunión. Quiere que lo llame usted más tarde, pero ya me ha anticipado que asistirá.
– Ya. A trescientos cincuenta dólares la hora, ¡cualquiera no va!
– ¿Cómo ha dicho, doctor?
– Nada, nada, Mary. Es que tengo mi habitual arrebato de mal humor. No obstante, no se preocupe porque nunca me dura mucho.
– Menos mal -dijo Mary.
Harry le entregó a Walter un sobre con el dinero acordado. Maura notó que Harry no acababa de fiarse de Walter, pero a ella sí le inspiraba confianza. Por lo pronto, los había encarrilado para pasar al contraataque.
– Magnífico. Nos pondremos en seguida manos a la obra -se entusiasmó Walter, que se guardó el sobre y les sonrió-. Y no se preocupe, Harry, anotaré con todo detalle lo que gaste y le daré los comprobantes. Anoche mismo puse la directa. En cuanto llegué a casa, llamé a unas cuarenta agencias de azafatas de compañía. Me hice pasar por un cliente, con el pretexto de que, cuando visité la ciudad hace ahora seis meses, pasé la mejor noche de mi vida con una tal Désirée, y que, desgraciadamente, contacté con ella a través de un amigo a quien, en estos momentos, no tengo manera de localizar para que me dé el nombre de la agencia. He añadido que no me importaba lo que costase, siempre y cuando el dinero sea para ella. En tres de las agencias quisieron dar la impresión de que la conocen. Me dijeron que tratarían de localizarla y que volviese a llamar más tarde. En la agencia Elegance me dijeron que ya no trabajaba para ellas. Y por ésa voy a empezar precisamente.
– ¿Por qué? -preguntó Maura.
– Porque la mujer con la que hablé primero me respondió vagamente a algunas preguntas sobre Désirée. Me pidió un teléfono de contacto y me dijo que me dirían algo al respecto. Una hora después, me llamó otra mujer, una tal Page. Creo que es la directora de la agencia. Jugamos al gato y al ratón durante un rato, y le insinué, tantas veces como pude, que había dinero a ganar. Ella, por su parte, negó saber nada acerca de la tal Désirée… tantas veces como pudo. Al final, le solté que me constaba que Désirée había muerto, y que sólo quería información acerca de ella. Le he ofrecido quinientos dólares sólo por hablar conmigo personalmente durante media hora, ni un minuto más, y que no tendrá que contestar a ninguna pregunta sobre Désirée que no quiera contestar. Estaba seguro de que iba a decirme que no, pero al repetirme que no conocía a Désirée, comprendí que aceptaría. He de verla mañana por la mañana.
– Parece prometedor -dijo Maura.
– Lo que me parece es que nos van a timar quinientos dólares -masculló Harry.
– Usted no se me desanime, jefe -replicó Walter sin poder controlar el tic de la comisura de la boca-. Quizá aún no se dé cuenta, pero tiene a su servicio a toda una ganga, al mejor detective del siglo. Esté localizable. Pudiera ser que mañana por la noche tuviéramos que vernos y comparar nuestras notas. Por cierto, Maura, voy a pedir hora en AA; podríamos ir los dos si aún le interesa asistir.
– Cuando quiera.
– Tiene usted el número de teléfono de casa, Walter -dijo Harry-. Llame cuando quiera, si sabe algo. Perdone si he estado un poco brusco -añadió, vacilante-. Procuraré que no se repita.
– Tranquilo. Tengo más conchas que un galápago -repuso Walter pellizcándose el brazo-. Además, es naturaclass="underline" de momento no he hecho más que costarle dinero. Cuando consiga resultados, como estoy seguro de hacerlo, espero que confiara en mí -añadió.
Luego les estrechó la mano a ambos, se despidió de Mary Tobin y enfiló hacia la puerta.
– Vámonos nosotros también -dijo Harry-. Cogeremos un taxi en la Quinta Avenida.
– De acuerdo -accedió Maura, más nerviosa que nunca-. Adelante -añadió mirando a Mary-. Cruce los dedos. Vamos a ver al mago.
En una discreta placa metálica, junto al timbre, decía:
P. Nemec
Terapia del Comportamiento