Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]
- Автор: Палмер Майкл
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Editorial Planeta
- ISBN: 84-08-01878-7
- Переводчик: Victor Pozanco
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]». Краткое содержание книги:
Michael Palmer ha conseguido una sobrecogedora novela de intriga médica, un impresionante thriller protagonizado por el médico más siniestro aparecido en la literatura de terror desde los tiempos de Hannibal Lecter.
Aquel maníaco era audaz y arrogante, pero actuaba con suma precaución. ¿Por qué corría aquel riesgo?
Harry no paraba de darle vueltas a la cabeza para tratar de comprenderlo. De pronto, lo vio claro: ¡Este cabrón vigila mi consulta! ¡En este mismo momento debe de estar al acecho! De lo contrario, no tenía sentido.
– Oiga, acaba de llegar un mensajero. He de darle un paquete para un despacho de aquí arriba. Si tiene algo más que decirme, no cuelgue, que en seguida estoy con usted.
Harry dejó el auricular encima de la mesa y corrió pasillo adelante hacia la puerta de la entrada. Había un teléfono público en la acera de enfrente, dos portales más abajo. ¡El asesino ha de estar allí!
Aunque era ya tarde, aún no había oscurecido. Harry esquivó un taxi y cruzó la calle como una exhalación. Bajo el minicobertizo que resguardaba el teléfono no había nadie, pero alguien había estado allí hacía unos instantes, ya que el auricular colgaba del cordón y oscilaba de lado a lado como un péndulo. Un pañuelo blanco, dejado en la pequeña repisa metálica del teléfono, indicaba que el asesino había borrado las huellas dactilares.
Harry corrió hacia la primera bocacalle, que daba a la Quinta Avenida. Los viandantes atestaban ambas aceras. Harry las recorrió con la mirada, a ver si veía a alguien que le llamase la atención. Pero nada. Carla Dejesus, la anciana dueña de una tienda, dejó de barrer la entrada y lo saludó con la mano. Harry correspondió a su saludo, se le acercó y le preguntó si había visto a alguien de aspecto inusual pasar por delante o correr por la avenida.
La tendera no había visto nada anormal.
Harry sintió deseos de gritar y de emprenderla a patadas con cualquier cosa, pero no habría faltado más que eso, con su cordura tan en entredicho.
– Daré contigo, cabrón -masculló Harry sin dejar de mirar a un lado y a otro-. Voy a dar contigo cueste lo que cueste.
Volvió a la consulta para cerrarlo todo bien con llave y llamó a su apartamento. Maura cogió el teléfono en seguida. Hasta oír su voz, no se percató Corbett de lo preocupado que había estado por ella.
– Hola, Maura, soy Harry.
– ¿Qué tal, señor médico?
Se lo dijo con la voz demasiado cantarina y chispeante. Oírla acabó de abatirlo.
– ¿Ha vuelto a beber, eh, Maura?
El silencio que siguió no pudo ser más elocuente.
– Sí, pero no tanto como para preocuparse -replicó ella.
– Maura, por favor -dijo él, que temía por Maura tanto como temía perder el control y empezar a despotricar-, no beba más. Por favor, la necesito. El asesino de Evie cree que pagué a alguien para que nos siguiese anoche y que soy el responsable de la muerte de su compinche. Es más, para pagarme con la misma moneda, hace unas horas ha matado a uno de mis pacientes, un joven de treinta y tres años. Se coló en su habitación y lo mató. Y hace un rato ha llamado para alardear de haberlo hecho. Usted…
Harry tuvo que interrumpirse para no perder la calma. Maura seguía callada.
– … usted es la única amiga que tengo en estos momentos -prosiguió-. No sé qué hacer. Ese condenado me amenaza con no dejar de hacerme daño, o hacérselo a mis pacientes, hasta que… me suicide.
– ¿Por qué no vuelve a casa, Harry? -dijo Maura al cabo de unos instantes que a Harry se le hicieron eternos.
– ¿Y usted qué va a hacer?
– Pues, para empezar, darme una ducha.
– Lo más fría posible -le recomendó Harry, que dio gracias a Dios por la sensata decisión de Maura.
Capítulo 22
Harry había tenido que vérselas con suficientes alcohólicos como para no fiarse de sus promesas, sobre todo relativas a no beber más.
De manera que, cuando cogió el taxi, se temió lo peor. Aunque no eximía a Maura de responsabilidad por reincidir en la bebida, creía que, tras su intervención quirúrgica en el CMM, le dieron el alta prematuramente. Podía ser acertado dársela por su operación, o por haber superado su crisis de delírium tremens, pero debía seguir ingresada para someterla a una cura de desintoxicación. Habría contado con ayuda de los Servicios Sociales, del psicólogo y acaso de algunos miembros de Alcohólicos Anónimos. Tampoco hubiese estado de más una estancia en el pabellón de alcohólicos. Así se hacía en otros tiempos.
Sin embargo, en la actualidad, por más que su médico supiese que aquél era el tratamiento correcto para su completa recuperación, su mutua de seguros no opinaría lo mismo.
En las bases de datos de mutuas y compañías de seguros, se procesaban parámetros relativos a toda enfermedad, herida o estado, desde la lepra hasta la melanuria. Y había códigos que fijaban límites a los períodos de hospitalización, tratamientos y pagos autorizados. No obstante, ningún código podía contabilizar la complejidad de una persona ni la de su reacción a una determinada enfermedad. Los códigos Maura Hughes y Harry Corbett no existían. Así era el maravilloso mundo de la moderna medicina.
Harry despidió el taxi y, aunque pensó en comprar otra caja de bombones (porque Maura podía necesitar algo dulce), desechó la idea y cruzó la calle hacia el inmueble de su consulta. Estaba tan descorazonado como dolido. El escaso ánimo que le quedaba sólo lo alimentaban la rabia y la frustración. Andy Barlow no quería morir. La última vez que habló con él, le comentó que quería diseñar edificios y asistir a conciertos con sus amigos. Si Maura Hughes se complacía en la autodestrucción, en beber hasta que el hígado, el estómago o el cerebro resistiesen, ni él ni nadie podían impedirlo. De manera que… nada de bombones.
Maura lo aguardaba en el recibidor con un «fin de semana».
– He decidido volver a mi apartamento -le dijo.
– ¿Por qué? -exclamó él sin poder ocultar lo furioso que estaba-. ¿Por qué ha bebido? ¿O porque quiere beber más?
– Probablemente por ambas cosas, pero es mejor que no lo discutamos, Harry. No creo que pueda hacerme ya ningún bien a mí misma, ni a usted. Y por tomarme unas cuantas copas más, no cambia nada.
– Ya lo creo que cambia -replicó Harry.
Sintió deseos de gritarle, de recordarle en los términos más duros que, a diferencia de Andy Barlow, ella podía controlar la situación. Sin embargo, se dominó y la sujetó con suavidad por los hombros. Su mirada seguía limpia y clara. Estaba por asegurar que no había bebido más desde que hablaron por teléfono. Quizá estaba a tiempo de frenar la recaída.
– Ande, pasemos adentro -le dijo Harry-. Sólo un momento.
– Por favor, Harry, esto no es un juego. No juego a compadecerme, ni trato de que me ruegue que no beba.
– No me ha pasado por la cabeza nada semejante. Sé que estamos los dos furiosos: usted porque no puede recordar el aspecto que tenía aquel cabrón y yo… por lo mismo. Pero si no puede, no puede. No es tan importante. Lo verdaderamente importante es que usted es la única persona que sabe, a ciencia cierta, la verdad sobre mí en relación a la muerte de Evie. Necesito que me ayude para salir con bien de todo esto. Y creo que yo, a mi vez, puedo ayudarla a usted. Así que, por favor, pasemos adentro.
Maura alzó la vista y lo miró a los ojos durante unos segundos en silencio.
– ¿No le ha dicho nunca nadie que se parece a Gene Hackman? -dijo ella al fin.
Harry la miró algo desconcertado, pero en seguida reparó en la maliciosa expresión de sus ojos.
– Bueno, pues… ya que lo menciona…
Se sentaron en el sofá del estudio, se sirvieron café y trataron de analizar la situación.