Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]
- Автор: Палмер Майкл
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Editorial Planeta
- ISBN: 84-08-01878-7
- Переводчик: Victor Pozanco
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]». Краткое содержание книги:
Michael Palmer ha conseguido una sobrecogedora novela de intriga médica, un impresionante thriller protagonizado por el médico más siniestro aparecido en la literatura de terror desde los tiempos de Hannibal Lecter.
Asegurado – 4. DeSenza
Paciente – E. Ryan
Aseguradora – Crown
Diagnóstico – Lesión cerebral
Cantidad – 1.300.000 $
Kevin miró fijamente el nombre y trató de que su expresión no delatase debilidad. Elizabeth DeSenza era una obrera que trabajaba en una planta de montaje en cadena de una factoría de prendas de vestir radicada en las afueras de la ciudad. Su hijo, Ryan, había sufrido un grave paro cardíaco, y la consiguiente lesión cerebral, después de recibir un fuerte impacto en el pecho de una pelota de béisbol. Gracias a la completa cobertura del seguro de su empresa, Ryan había podido ingresar en la clínica especializada en la rehabilitación de pacientes aquejados de lesiones cerebrales más prestigiosa (y más cara) del condado. Y fue el propio Kevin quien concertó el contrato del seguro de la obrera con su sindicato.
Elizabeth era la única asegurada que, en todos los años que Kevin llevaba en Crown, se había tomado la molestia de averiguar su nombre y de escribirle para agradecerle la gestión que hizo posible que tratasen adecuadamente a su hijo. Incluso le incluyó una fotografía del niño antes del accidente: en posición de batear la pelota, y con una gorra de béisbol que le venía muy grande, el niño sonreía con timidez.
«Gracias, señor Loomis -le escribió Elizabeth-. Gracias a usted y a Crown por hacer posible el tratamiento de Ryan.»
Nancy había enmarcado la nota. Ahora, la cobertura de Beth para su hijo, por lo menos por lo que a la Crown concernía, se había terminado. La prima del seguro individual era carísima (casi con toda seguridad demasiado cara para que la madre pudiese pagarla, ni siquiera durante el período de dieciocho meses autorizado por la ley).
A Tristán se le hizo un nudo en el estómago al pensar en ello.
– A juzgar por los primeros análisis -dijo Merlín-, y siempre y cuando el programa no se utilice más allá de lo conveniente, en cuanto pongamos la directa, nuestras compañías pueden llegar a ahorrarse entre tres y seis millones de dólares al mes. No será una mina pero tampoco una nadería.
De nuevo sonaron aprobatorios golpecitos en la mesa.
– Me pregunto por qué no se consultó a las empresas que tenían suscritas las pólizas, acerca de estos beneficiarios, antes de dárseles de baja -preguntó Tristán.
Se hizo un silencio sepulcral.
– No entiendo adonde quiere ir a parar, Tristán -dijo Merlín.
Aunque no había acritud en el tono de Merlín, a Kevin se le aceleró el pulso. Lo veía todo como a cámara lenta. Los seis rostros que lo miraban con fijeza parecían figuras de un museo de cera: expresivos pero sin vida.
Sentado frente a él, Gauvain movía la cabeza lentamente y lo fulminaba con la mirada. Loomis observó el movimiento de sus labios y oyó un ¡No! -apenas musitado- casi como si se lo gritase.
Como los demás lo miraban, Loomis pensó que él era el único que había captado la advertencia de Gauvain.
– Pues… lo siento -dijo Kevin-. Lo que quería preguntar es por qué no nos has pedido a cada uno de nosotros que te proporcionásemos más nombres.
– Ya -dijo Merlín-. Gracias por aclarármelo. No lo había entendido bien.
– Creo que puedo contestar a tu pregunta, Tristán -intervino Kay-, puesto que fui yo quien diseñó el programa para seleccionar a los clientes. Las decisiones, puramente empresariales, las toma un ordenador, al objeto de que sean tan racionales y desapasionadas como sea posible. Como puedes ver por los datos que se consignan en el listado, se tienen en cuenta muchos factores antes de hacer la selección; una selección que se hace entre miles y miles de beneficiarios. Nos sería virtualmente imposible, a cualquiera de nosotros, hacer la selección de un modo más convencional y, desde luego, no la haríamos con la eficiencia del ordenador.
Todos los caballeros estaban pendientes de Kay, salvo Gauvain, que seguía con la mirada fija en Kevin. Su expresión era tensa y dura. Sus ojos no dejaban de emitir los destellos de su callada advertencia.
– Entiendo -dijo Tristán con una forzada sonrisa-. Lo entiendo perfectamente.
La reunión de la Tabla Redonda concluyó sin más roces. Los caballeros salieron de la suite Stuyvesant en orden inverso al de su llegada. Kevin pensó en retener a Gauvain para pedirle una explicación, pero no sabía en qué habitación se alojaba. El peligro de que los demás los viesen, si hablaba con él cerca de la suite Stuyvesant, era demasiado grande. De modo que volvió a su habitación, exasperado.
Kelly estaba echada en la cama sin más que las bragas y viendo una película. Comía un racimo de uvas que sobró de la cena y parecía sentirse muy cómoda.
Kevin le tiró el vestido, que cayó en su regazo.
– ¡Váyase!
– Pero… debo quedarme hasta mañana por la mañana.
Kevin sacó un billete de cincuenta dólares y se lo puso en la mano.
– No se lo voy a decir a nadie, ni quiero que lo diga usted. Sólo… tenga cuidado al salir. Nos veremos la próxima vez.
Kelly dejó a un lado el vestido, se puso de puntillas y lo besó con ardor. Él apoyó las palmas en sus pechos. Sus pezones reaccionaron inmediatamente a su contacto y su estilizado cuerpo se acopló al suyo.
– Te deseo -le susurró ella.
Durante unos instantes Kelly ocupó todos sus pensamientos. Aún no se había rendido, ni decidido a hacer el amor con ella, pero sabía que se acercaban más a cada minuto que pasaba. Quizá fuese lo que de verdad necesitaba, empezaba a pensar Kevin: en lugar de hacer frente a los demonios que lo atormentaban, huir de ellos.
– Te deseo -repitió Kelly, que, todavía de puntillas, colocó el erecto pene de Kevin entre sus muslos-. Quiero que me penetres.
El la cogió por los hombros y la apartó. La consideraba una prolongación de la Tabla Redonda. Uno de los nombres espectrales. Lo que estaba a punto de conseguir de él lo ataría aún más al grupo. Pudiera ser que incluso le diesen un premio a Kelly por lograr que le echase un polvo.
«¿Lo ves, Tristán? Puedes hacerlo -le dirían sus compañeros de la Tabla Redonda -. Puedes hacer cualquier cosa.»
– ¡Salga de aquí! -le espetó Kevin-. ¡Inmediatamente!
A juzgar por su expresión, ella se sintió verdaderamente herida. Kevin estuvo a punto de echarse a reír ante su habilidad para fingir. Kelly se puso el vestido por la cabeza y se dio la vuelta para que él le subiese la cremallera.
– ¿La próxima vez? -preguntó ella.
– Ya veremos, pero, ahora, váyase.
Kevin aguardó a que ella hubiese salido, luego se sirvió dos dedos de bourbon en un vaso y se lo bebió.
Hasta leer el nombre de Elizabeth DeSenza en el listado de Merlín, ninguno de los programas de la Tabla Redonda le había planteado el menor dilema moral. Se había tratado siempre de programas relacionados con las leyes y con quienes las elaboraban y votaban.
El congresista que influía en la Comisión de Seguros era un cabrón muy ambicioso, o sea, un blanco fácil, pensaba Kevin. Teniendo en cuenta la encarnizada competencia entre las compañías de seguros, el sabotaje empresarial era perfectamente comprensible. No obstante, aquello era diferente ya que se trataba de una persona de carne y hueso. No le importaba luchar desde la retaguardia y lanzarle granadas al enemigo, pero hacerlo de esa manera, sin embargo, era como un combate cuerpo a cuerpo contra un enemigo que tenía rostro.
Kevin no paraba de darle vueltas a la cabeza. No cabía engañarse. El mal estaba hecho y no podía hacer más que acomodarse a la situación. El precio del billete para aquel viaje era una casa de doce habitaciones y un futuro asegurado para él y su familia. El ya lo había cobrado, y no tenía más alternativa que seguir y sacarle el mayor partido posible. La próxima vez que Kelly se le ofreciese estaría dispuesto a… lo que fuese.