Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » El Ojo Del Huracan
El Ojo Del Huracan - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El Ojo Del Huracan

Электронная книга - «El Ojo Del Huracan». Краткое содержание книги:

Una feroz guerra subterránea… y el más audaz de los atentados. Sean Dillon es un asesino. Quizá su atracción por la violencia surgiera de la convicción política cuando formó parte del IRA. Pero ya ha perdido las referencias y los escrúpulos. Dillon es un sicario, un carísimo sicario. Tan caro que sólo un magnate iraquí del petróleo puede pagarle. Son los tiempos de la guerra del Golfo, y un magnicidio puede afectar el equilibrio de los aliados. Se trata de un extraordinario desafío, que sólo Dillon puede abordar. Y él mismo fijará el blanco: el primer ministro británico, John Major.
La minuciosa preparación del golpe, los ciegos esfuerzos del servicio secreto por evitarlo, forman el nudo de una obra tan inteligente como trepidante. La maestría de Jack Higgins -de quien Grijalbo ha publicado Ha llegado el águila y El águila emprende el vuelo- alcanza en esta obra la máxima sutileza, energía y verosimilitud.
1 ... 53 54 55 56 57 58 59 60 61 62
Перейти на страницу:

– Porque el muy cabrito me engañó. Porque no quiso pagar lo que debía.

Ambos se volvieron y vieron a Mary en el umbral y detrás de ella a Dillon, con la Walther en la izquierda y el maletín en la otra mano. Brosnan alzó la Browning, pero Dillon dijo:

– Al suelo y empújala con el pie, Martin, o mato a la chica. Lo digo en serio.

Brosnan dejó la Browning en el suelo, muy despacio, y luego le dio un puntapié que la hizo resbalar sobre el parqué.

– Bien -dijo Dillon- Así está mucho mejor.

Empujó a Mary, lanzándola al encuentro de sus acompañantes, y con la puntera de la bota envió la Browning hacia el vestíbulo.

– Vaya, vaya -dijo Harry Flood-. A ése le conozco, es Michael Aroun.

– Hemos conocido a Aroun, pero, ¿quién es el otro? Por curiosidad -dijo Brosnan señalando a Makeiev.

– El coronel Josef Makeiev, del KGB, estación de París. Un hombre de la vieja escuela. No le gustaba lo que hace Gorbachev, ni el mismo Gorbachev.

– Hay otro muerto en el estudio -dijo Mary mirando a Brosnan.

– Un capitán del servicio secreto iraquí, llamado Ali Rashid, ayudante de Aroun -explicó Dillon.

– Asesino a sueldo, ¿eh? Muy bajo has caído, Sean -dijo Brosnan señalando a Aroun con un ademán-. ¿Por qué le mataste en realidad?

– Ya te lo he dicho, porque no quiso pagar. Cuestión de honor, Martin. Yo siempre cumplo mi palabra, como sabes. Ellos no. ¿Cómo demonios me habéis encontrado?

– Una dama llamada Myra Harvey hizo que te siguieran, y eso nos condujo a Cadge End. Gran negligencia por tu parte, Sean.

– Eso parece. Por si te sirve de consuelo, la única razón de que no hayamos volado por los aires todo el gabinete de Guerra de los ingleses ha sido que tú y tus amigos andabais demasiado cerca. Lo que me obligó a actuar con precipitación, y eso es malo. Danny quería montar unas aletas estabilizadoras en las botellas de oxígeno que nos servían de obuses; si lo hubiéramos hecho el resultado habría sido muy distinto. Pero nos faltó tiempo, gracias a ti.

– Me alegro de saberlo -replicó Brosnan.

– Y ¿cómo me localizasteis aquí?

– Esa pobre niña víctima tuya nos lo dijo -le contestó Mary al instante.

– ¿Angel? Lo siento por ella. Es buena chica.

– ¿Y Danny Fahy? ¿Y Grant, el del campo de aviación? ¿También lo sientes por ellos? -preguntó Brosnan.

– No debieron meterse en esto.

– ¿Lo de Belfast y la muerte de Tommy McGuire lo hizo usted? -preguntó Mary.

– Fue una de mis mejores actuaciones.

– Y no regresó en el avión de Londres, ¿verdad? -agregó ella.

– No, me fui a Glasgow y desde allí regresé a Londres con el puente aéreo.

– ¿Y ahora qué? -inquirió Brosnan.

– ¿Quién, yo? -Dillon alzó el portafolios- Llevo aquí una bonita suma en efectivo que Aroun tenía en su caja fuerte, y puedo elegir entre varias avionetas. El mundo es mío. A cualquier parte, menos Iraq.

– ¿Y nosotros? -quiso saber Harry Flood, que parecía encontrarse mal; tenía el rostro desencajado de dolor y removía el brazo izquierdo puesto en cabestrillo.

– Sí, ¿qué va a pasar con nosotros? -preguntó Mary- Después de liquidar a tantos, ¡qué importan tres más!

– Es que no tengo más remedio -explicó Dillon con paciencia.

– Tú no pero yo sí, ¡bastardo!

Harry Flood llevó la mano derecha hacia el cabestrillo, sacó la Walther que tenía escondida y le disparó dos tiros en el corazón. Dillon trastabilló de espaldas hasta dar contra el entarimado, dejó caer el maletín y cayó al suelo, volviéndose boca abajo en una especie de convulsión. Luego quedó inmóvil, de bruces, la Walther con el silenciador Carswell todavía firmemente sujeta en la mano izquierda.

Ferguson estaba en su coche, a mitad del camino de regreso a Londres, cuando Mary le llamó usando el teléfono del estudio de Aroun.

– Hemos acabado con él, señor -anunció.

– Cuéntamelo todo.

Ella lo hizo y contó lo de Michael Aroun, Makeiev, Ali Rashid, sin omitir detalle, y concluyó diciendo:

– Eso es todo, señor.

– Así parece. Voy de regreso hacia Londres; acabamos de pasar por Epsom. He dejado al inspector Lane al frente de la investigación en Cadge End.

– ¿Qué hacemos ahora, brigadier?

– Subíos en el avión y regresad en seguida. Estáis en territorio francés, recordadlo. Voy a hablar con Hernu ahora mismo para que se encargue de todo. Cuando hayáis despegado me llamáis otra vez. Os daré las instrucciones para el aterrizaje.

Tan pronto como quedó libre la comunicación, Ferguson llamó al despacho de Hernu en la DGSE. Fue Savary el que contestó.

– Aquí Ferguson, ¿saben a qué hora aterriza el coronel Hernu en St. Denis?

– Está muy mal el tiempo allí, brigadier. Aterrizan en Cherburgo, en el aeropuerto de Maupertus, y continuarán viaje en coche.

– Está bien. Va a encontrar allí una escena digna del tercer acto de Macbeth, así que será mejor que se lo explique todo, y usted le transmitirá la información.

En la pista la visibilidad se había reducido a menos de cien metros, debido a la niebla procedente del mar. La Navajo pilotada por Mary Tanner rodó hacia la cabecera. Brosnan, sentado al lado de ella, y Flood con la cabeza dentro de la cabina contemplaban la operación.

– ¿Seguro que lo conseguirás? -preguntó este último.

– En estas condiciones lo difícil no es despegar, sino aterrizar -respondió ella, conduciendo la avioneta hacia el muro gris algodonoso. Tiró de la palanca de mando y la Navajo empezó a ganar altura, hasta superar la niebla, en cuyo momento maniobró rumbo al mar. Mary estabilizó la altitud a nueve mil pies y al cabo de un rato conectó el piloto automático y se reclinó en el asiento.

– ¿Cómo estás? -le preguntó Brosnan.

– Bien. Un poco fatigada, eso es todo. Era tan… elemental. Casi no puedo creer que haya acabado.

– Acabado del todo -dijo alegremente Flood con media botella de escocés en una mano y sujetando con dificultad un vaso de plástico en la otra; acababa de descubrir el pequeño bar de la avioneta.

– Creí que no bebías nunca -dijo Brosnan.

– Salvo en las grandes ocasiones -alzó Flood el vaso de plástico- Ésta va por Dillon, para que se pudra en el infierno.

Dillon oyó voces y el golpe de la puerta principal al cerrarse. Cuando volvió en sí fue como regresar de la muerte a la vida. Tenía un dolor terrible en el pecho, pero eso era de esperar. Era considerable el impacto mecánico de un tiro disparado a tan escasa distancia. Examinó los dos orificios de la cazadora de cuero, y dejando la Walther en el suelo se bajó la cremallera. Las dos balas que le había disparado Flood estaban empotradas en el chaleco de titanio y nailon que le diera Tania la primera vez que habló con ella. Abrió los cierres de velero y se quitó el chaleco, que abandonó en el suelo. Luego recogió la Walther y se puso en pie.

Había permanecido un buen rato completamente inconsciente; se trataba de un fenómeno natural, pese a la defensa antibalas, debido a la proximidad de los disparos. Dillon se acercó al armario de los licores y se sirvió una copa de coñac. Mirando a su alrededor vio los cadáveres tendidos en el suelo, el portafolios en el mismo lugar donde él había caído, y cuando oyó el rugido del despegue de la Navajo lo comprendió todo. El asunto quedaba en manos de los franceses, lo que no dejaba de ser lógico en fin de cuentas. Estaban en su terreno, lo cual seguramente significaba que Hernu no tardaría en llegar con sus muchachos.

Quedaba tiempo para huir, pero ¿cómo? Se sirvió otra copa mientras lo pensaba. Estaría allí la Citation de Michael Aroun, pero ¿adónde podría dirigirse sin dejar algún tipo de rastro? No, la mejor solución, como de costumbre, era desaparecer en París. Siempre había sabido desenvolverse en la clandestinidad de la gran metrópoli. Tenía la barcaza y el apartamento en el altillo del almacén de la calle Helier, ¿qué más podía pedir?

1 ... 53 54 55 56 57 58 59 60 61 62
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)