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La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es]

Электронная книга - «La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es]». Краткое содержание книги:

En el año 3159, la humanidad ha conquistado las estrellas, y los otrora despreciados gitanos son hoy mimados y respetados, porque solo ellos pueden llevar a buen puerto las astronaves en sus largos saltos estelares.
Pero los gitanos tienen también otros talentos,. Arrastrados por su tradición errante, siguen vagando, pero hoy no solo a través del espacio, sino también del tiempo: su facultad de espectrar les permite trasladarse a las más remotas épocas, y volver al viejo y ya desaparecido planeta Tierra para contemplar su vida pasada, desde el esplendor de la antigua ciudad de Atlantis hasta el horror de los campos de exterminio nazis.
Y los gitanos mantienen un antiguo sueño: volver a su mundo de origen. Porque ellos nunca fueron nativos de la Tierra. Y así, contemplan desde el cielo de los mil mundos por los que se hallan ahora dispersos la Estrella Romani, de la que tuvieron que huir precipitadamente para salvar sus vidas, y anhelan el día en que podrán regresar a su hogar. Y quien mas lo anhela es Yakoub, el Rey de los Gitanos, un personaje mezcla de Falstaff y Ricardo Corazón de León, que abdicó de su trono para poner las cosas en su sitio y ahora tiene que volver a él para cumplir con el último destino de la raza rom.
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Vi efectivamente un riachuelo de un líquido de color pálido que avanzaba hacia nosotros por el suelo del túnel, los excrementos de gusano que iba a terminar conociendo muy bien. Pronto estábamos avanzados hundidos hasta los muslos en aquella sustancia, resbalando a cada paso. Vabrikant apuntó el foco de su casco al frente. El corredor estaba cegado por la parte trasera de un gusano.

Llegamos hasta él. Llenaba el túnel casi de pared a pared, de modo que tuvimos que avanzar de lado, con la espalda apretada contra la pared; e incluso así, apenas teníamos espacio para movernos. Nos arrastramos avanzando a lo largo de lo que parecieron ser kilómetros, tan agachados que tuve la impresión de que mi espalda iba a partirse. El hedor de los fluidos del gusano me produjo al principio arcadas, pero luego empecé a acostumbrarme a él. Su cuerpo era blando, casi mantecoso. Hubiera resultado fácil clavar mi mano en la elástica piel, hundirla profundamente en su carne. Vabrikant no dijo nada durante casi media hora. Luego se detuvo y me dio unas palmadas en el hombro.

—¿Lo ves? La luz de jade.

—No veo nada…

—Ahí. El fuego amarillo.

Sí. La piel del gusano parecía resplandecer justo delante de nosotros, formando una especie de círculo más grande que yo. Cuando estuvimos más cerca vi la extraña transformación de la piel de la gigantesca criatura dentro de aquella zona: algo oscuro y duro era visible muy profundo, y a todo su alrededor había el intenso resplandor de la inflamación que Vabrikant llamaba la luz de jade. Nos pusimos a trabajar sin vacilar, golpeando el costado del gusano con el pico, abriendo su carne, luego usando la cimitarra para ampliar la incisión. Vabrikant insertó el artilugio con los dos garfios como una grapa. Con golpes firmes e iguales fue abriéndose camino hacia dentro. El gusano no pareció reaccionar a lo que estaba haciendo.

—El bicho está ahí dentro —dijo —. Esto es el jade, creciendo a su alrededor. Entra y tócalo con la mano.

—¿Ahí dentro?

—Adelante, muchacho.

Me arrastré al interior de la criatura y hundí el brazo en la estremecida incisión, hasta tocar algo duro y tan liso como el cristal. Era la pared del quiste que rodeaba al atrapado insecto parásito.

—Lo he tocado —dije —. ¿Qué hacemos ahora?

—Extraerlo. El único peligro es que el insecto no esté muerto. Si no lo está, puedes contar que se sentirá terriblemente hambriento y no de muy buen humor. Cuando abramos la pared lo más probable es que salte contra nosotros. Tiene un pico que es un infierno.

—¿Cómo sabremos si está muerto?

—Abriendo la pared —dijo Vabrikant —. Si no salta sobre nosotros, entonces es que está muerto. Si lo hace, entonces nos veremos en problemas. Perdemos una maldita cantidad de mineros de jade cada año.

Me lo quedé mirando. Pero se limitó a encogerse de hombros y se puso a trabajar.

Tomó media hora, trabajando con una perforadora y un escoplo, arrancar el quiste de jade de su matriz en la blanda carne del gusano. Cuando señalé que un cuchillo láser hubiera hecho el trabajo de una forma mucho más rápida me miró como si sintiera lástima de mí, como si yo fuera un subnormal.

—Eso es, que nos proporcionen lásers. Seguro que a los vigilantes les encantaría la idea. —Me sentí peor que estúpido. No sólo éramos esclavos, sino también prisioneros.

Esta vez la suerte estuvo con nosotros. El gusano había cumplido con su trabajo de autodefensa: cuando alzamos la losa de jade que Vabrikant había liberado vimos el cascarón del insecto en su interior, seco y vacío.

—Hay días en que casi espero que uno de ellos salte sobre mí y me mate —dijo —. Pero supongo que en realidad no lo deseo, o si no lo buscaría. Toma. Tira conmigo. —Agarró la parte interior del quiste de jade y lo liberó, dejando caer el cascarón del insecto muerto de vuelta a las profundidades de la carne del gusano. Mientras retrocedíamos, la herida estaba empezando ya a cerrarse; extrajimos nuestras herramientas justo a tiempo. Y el gusano siguió su camino.

Así era extraído el jade de Alta Hannalanna. Te arrastrabas interminablemente durante horas y horas por los húmedos túneles, buscando un gusano, escrutabas arriba y abajo toda la longitud de su enorme cuerpo en busca de la luz de jade que señalara un parásito atrapado, empezabas a cortar, y deseabas tener suerte. Horas de aturdidor aburrimiento aliviadas sólo por unos escasos minutos de terror, y seguidas de nuevo por horas de aburrimiento. Con aquel repulsivo hedor mareantemente dulzón en nuestras fosas nasales todo el tiempo. Y luego intentar hallar tu camino de vuelta al dormitorio. Vabrikant sabía encontrar siempre el camino, pero yo no siempre formaba equipo con él; a veces salía con hombres más jóvenes que no tenían más orientación dentro de los túneles que yo, y nos perdíamos, y luego, a medida que transcurría el tiempo, empecé a convertirme en el miembro veterano del equipo minero, porque constantemente llegaban nuevos esclavos, y entonces mi trabajo consistía en hallar el camino. A veces vagábamos durante días intentando regresar, y no había nada que comer excepto los pedazos que arrancábamos de las paredes del túnel.

Aproximadamente un gusano de cada tres llevaba un parásito enquistado. Quizás un parásito de cada tres estaba aún vivo cuando cortábamos el jade. Tenías que estar preparado para atacarlo con el pico si el insecto cargaba contra ti; por eso íbamos en parejas, uno para cortar, el otro para montar guardia. Pese a ello, morían constantemente esclavos. A veces te encontrabas con un parásito libre que vagaba por los túneles en busca de un gusano. Eso siempre era malo. Cargaban contra ti como demonios. Cuando conseguíamos hallar nuestro camino de vuelta al dormitorio tras llenar nuestra cuota de jade, el consuelo era escaso. Todo lo que hacíamos era descansar y meditar lúgubremente en nuestra suerte hasta que llegaba la hora de volver a salir. Era una existencia triste y desesperanzada. La vida en el dormitorio era tan taciturna que al cabo de poco empezábamos a desear salir de nuevo a los túneles. Hablábamos constantemente de escapar, de abordar de alguna forma una de las cápsulas del relé de tránsito que periódicamente se llevaban el jade para ser vendido. Para conseguir eso era preciso organizar un ataque contra los vigilantes que nos custodiaban cuando estábamos en la base. Los vigilantes eran también esclavos; nadie quería trabajar en un planeta como aquél por una paga, por espléndida que fuera; pero eran nuestros enemigos, y no había ninguna posibilidad de conspirar con ellos. Estaban armados con porras y látigos sensoriales, y nos contemplaban con desdén, como si fuéramos perros peligrosos. Normalmente las porras eran suficientes para mantenernos a raya, pero de tanto en tanto algún minero se volvía peligrosamente frenético. y entonces entraban en juego los látigos sensoriales. Aquellos que habían recibido sus latigazos no se arriesgaban una segunda vez. Pero yo lo hice.

3

Para evitar volverme loco espectré obsesivamente, compulsivamente, por todo el espacio y el tiempo, dando el gran salto cincuenta veces al día. A veces incluso lo hacía mientras estaba arrastrándome por los túneles en busca de un gusano, aunque se supone que uno no debe espectrar en circunstancias peligrosas porque desvía tu atención por una fracción de segundo, y eso a veces puede ser fatal. Quizá no me importara; quizá me sentía un poco suicida, o simplemente temerario. O quizá pensaba que si saltaba lo bastante a menudo, en alguna ocasión simplemente no regresara a Alta Hannalanna al final del viaje. Pero, por supuesto, las cosas no funcionan de este modo. Siempre regresas.

Mi presente era una pesadilla y mi futuro no prometía nada excepto más de lo mismo. Así que me dediqué a espectrar en mi propio pasado la mayor parte de las veces, una tortura especial, dulce y espinosa. Espectré a Nabomba Zom y me vi cabalgando con Malilini, y aquello me rompió el corazón. Pero mientras flotaba invisible por encima de aquella joven pareja feliz no me atreví a dejarme ver de ellos; recordé las advertencias de Loiza la Vakako acerca de interferir con el pasado, y temí hacer el intento, por mucho que lo deseara. Me dije a mí mismo que una palabra espectral mía la vigilia del fatal banquete de Loiza la Vakako podría salvar la vida de Malilini y librarme de aquel infierno de Alta Hannalanna, y sin embargo contuve mi lengua. ¿Una locura? Quizá. Pero mi miedo era aún más grande que mi dolor.

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