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Электронная книга - «Zapatos de caramelo». Краткое содержание книги:

Tras revolucionar un tradicional pueblo del sur desde el mostrador de su chocolatería, Vianne ha cambiado su nombre por el de Yanne y regenta una confitería en el barrio parisino de Montmatre, donde quiere pasar inadvertida.
Su vida en París es monótona y convencional, tanto como su novio Thierry, y cree que casándose con él aportará estabilidad y normalidad a su vida, a la de su hija Annie, que ahora tiene 10 años, y a la de la pequeña Rosette.
Yanne, sola en la gran ciudad, encuentra en la joven Zozie una buena amiga hasta que se ve obligada a despertar sus poderes dormidos en la víspera de su boda, momento en que su viejo amor Roux reaparece en su vida.
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– ¿Hay algo que lo impida?

Durante unos segundos se quedó sin habla. Levantó un pie de una forma que fue torpemente adolescente y conmovedoramente bella a la vez y me dedicó una sonrisa que a punto estuvo de pararme el corazón.

De pronto Nanou se puso seria.

– Mamá no permitirá que me los ponga…

– Mamá no tiene por qué enterarse.

Anouk todavía se miraba el pie y contemplaba el modo en que la luz de los tacones rojos con lentejuelas se reflejaba en el suelo. Creo que en ese momento ya sabía cuál era mi precio, pero el atractivo de los zapatos le resultó irresistible. Esos zapatos podían llevarla a cualquier parte, hacer que se enamorara, convertirla en otra…

– ¿No ocurrirá nada malo? -quiso saber Anouk.

– Nanou, solo se trata de un par de zapatos -repuse y sonreí.

9

Jueves, 6 de diciembre

Esta semana Thierry ha trabajado mucho, tanto que apenas he hablado con él; entre nuestras labores en la chocolatería y las reformas en el apartamento, da la sensación de que no hemos tenido tiempo. Hoy telefoneó para hacerme una consulta sobre el parquet (¿lo prefiero de roble oscuro o claro?), pero me ha dicho que ni se me ocurra aparecer por allí. Insiste en que la vivienda está patas arriba. Hay polvo de yeso por todas partes y la mitad del suelo está levantada. Además, reitera que quiere que quede perfecto antes de que yo vuelva a verlo.

Como es obvio, no me atrevo a preguntar por Roux, aunque sé por Zozie que está allí. Han transcurrido cinco días desde su inesperada llegada y, de momento, no ha vuelto, lo cual me sorprende, aunque tal vez no debería ser así. Intento convencerme de que es mejor, de que volver a verlo solo empeorará la situación, pero el daño ya está hecho. He visto su expresión y oigo el tintineo de las campanillas a medida que el viento comienza a encresparse…

– Quizá podría pasar por el apartamento -dije en un tono indiferente con el que no engañé a nadie-. Después de todo, me parece lamentable no volver a verlo y…

Zozie se encogió de hombros.

– Claro…, siempre y cuando quieras que lo pongan de patitas en la calle.

– ¿De patitas en la calle?

– Exactamente -contestó con impaciencia-. Yanne, no sé si te has dado cuenta, pero me parece que Thierry está un poquitín mosqueado con la presencia de Roux; si te dejas caer por el apartamento provocarás una escena y enseguida… -Pensé que, como de costumbre, Zozie tenía razón y era la persona indicada para expresarla. Debí de mostrarme decepcionada, ya que sonrió y me rodeó los hombros con un brazo-. Escucha, si te apetece echaré un vistazo a Roux. Le diré que aquí es bienvenido siempre que quiera. Caray, si lo prefieres hasta le llevaré bocadillos…

Reí ante tanta generosidad.

– No creo que sea necesario.

– Deja de preocuparte, todo se resolverá.

Comienzo a pensar que es posible que haya solución.

Hoy apareció madame Luzeron, que iba de camino al cementerio con su perrillo peludo de color melocotón. Como de costumbre, compró tres trufas de ron; últimamente se muestra menos distante, más dispuesta a quedarse y a degustar una taza de café moca y una ración de mi pastel de chocolate de tres capas. Se queda, si bien casi nunca habla, aunque le gusta mirar a Rosette mientras dibuja detrás del mostrador u hojea sus libros de cuentos.

Se puso a estudiar la casa de Adviento, que está abierta a fin de ver la escena del interior. La de hoy tiene lugar en la entrada: los invitados llegan a la puerta de la casa y, vestida de fiesta, la anfitriona los recibe.

– El escaparate es de lo más original -aseguró madame Luzeron y acercó la cara empolvada al cristal-. Está lleno de ratones de chocolate y los muñequitos…

– Están muy bien hechas, ¿no? Las creó Annie.

Madame bebió un sorbo de chocolate.

– Tal vez es un acierto -reconoció por último-. No hay nada más triste que una casa vacía.

Los muñecos están fabricados con pinzas de madera, coloreados con sumo cuidado y primorosamente vestidos. Su confección ha requerido mucho tiempo y esfuerzo y me reconozco en la dueña de casa. Mejor dicho, reconozco a Vianne Rocher, cuyo vestido está fabricado con un trozo de seda roja; por petición de Anouk, su larga melena negra, constituida por un mechón de mis cabellos, ha sido pegada y recogida por un lazo.

– ¿Dónde está tu muñeco? -pregunté más tarde a Anouk.

– Todavía no lo he terminado, pero ya lo acabaré -repuso, y se mostró tan aplicada que sonreí-. Haré un muñeco de cada uno y en Nochebuena estarán terminados, las puertas de la casa se abrirán y habrá fiesta para todos…

Vaya, comienza a aflorar la punta, pensé.

El veinte es el cumpleaños de Rosette. Nunca hemos celebrado una fiesta en su honor. Siempre ha sido un mal momento, demasiado próximo al solsticio de invierno y no lo suficientemente alejado de Les Laveuses. Anouk lo menciona cada año, pero a Rosette no parece molestarle. Para ella todos los días son mágicos y un puñado de botones o un trozo de papel de aluminio arrugado pueden ser tan maravillosos como el más apetecible de los juguetes.

– Mamá, ¿podemos organizar una fiesta?

– Venga ya, Anouk, sabes que no es posible.

– ¿Por qué? -insistió erre que erre.

– Como ya te he dicho, es una época muy ajetreada. Además, en el caso de que nos mudemos a la rue de la Croix…

– Uf -farfulló Anouk-. Eso es exactamente lo que quería decir. No deberíamos mudarnos sin despedirnos. Deberíamos celebrar una fiesta en Nochebuena, una fiesta por el cumpleaños de Rosette y por nuestros amigos. Sabes que en cuanto nos mudemos al apartamento de Thierry todo será distinto, tendremos que hacer las cosas a su manera y…

– Anouk, no es justo.

– Pero es verdad, ¿no?

– Tal vez.

Una fiesta en Nochebuena, pensé. Como si no tuviese bastante trabajo en la chocolatería durante la época más movida del año…

– Por supuesto, ayudaré -añadió Anouk-. Redactaré las invitaciones, planificaré el menú, me ocuparé de los adornos y también puedo preparar un pastel para Rosette. Como sabes, el de naranja con chocolate es el que más le gusta. Podemos preparar un pastel con forma de mono, aunque también podríamos dar una fiesta de disfraces y que los invitados se vistan de animales. Beberemos granadina, Coca-Cola y, por supuesto, chocolate…

Me eché a reír.

– Lo tienes todo pensado, ¿eh?

Anouk hizo un mohín.

– Bueno__, puede que un poco.

Suspiré.

¿Por qué no? Tal vez ha llegado el momento, pensé.

– Está bien -accedí-. Celebrarás tu fiesta.

Anouk rió feliz.

– ¡Genial, genial! ¿Crees que nevará?

– Es posible.

– ¿Los invitados pueden venir disfrazados?

– Nanou, solo si les apetece.

– ¿Podemos invitar a quien queramos?

– Por supuesto.

– ¿También a Roux?

Tendría que haberlo sabido. Me obligué a sonreír.

– ¿Hay algo que lo impida? -pregunté-. Tendrás que averiguar si sigue aquí.

No he hablado a fondo de Roux con Anouk. No le he comentado que trabaja para Thierry a un par de manzanas de la chocolatería. Omitir no es mentir, pero estoy segura de que, si lo supiese…

Anoche volví a echar las cartas. No sé por qué, pero las saqué de la caja; todavía huelen a mi madre. Lo hago con tan poca frecuencia…, ya casi no creo…

Pero aquí estoy, barajando los naipes con la experiencia de muchos años; los coloco según el árbol de la vida, el preferido de mi madre, y veo pasar las imágenes…

Las campanillas permanecen inmóviles en la tienda, pero aun así la oigo: es una resonancia como la del diapasón, que me provoca dolor de cabeza y pone de punta el vello de mis brazos.

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