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A cualquier precio [Saving Faith - es]

Электронная книга - «A cualquier precio [Saving Faith - es]». Краткое содержание книги:

David Buchanan aplica sucias presiones para financiar causas honrosas. Robert Thornhill, un alto cargo de la CIA, descubre el juego y empieza a chantajearle, pues quiere devolver a la CIA el prestigio perdido. Faith Lockhart, una tercera persona implicada en este asunto, opina que se ha ido demasiado lejos y decide confesarlo todo al FBI. Su vida a partir de entonces tiene un precio
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Se levantó y se dirigió a la casa pero, en vez de entrar, fue al patio cercado, dejó la pistola sobre la mesa, se desvistió y se zambulló en la piscina. Calculó que la temperatura del agua era de unos treinta grados. Los escalofríos le desaparecieron al momento y se sumergió hasta el fondo, lo tocó, intentó hacer el pino al tiempo que expulsaba agua con cloro por los orificios de la nariz y luego se quedó flotando boca arriba, contemplando el cielo moteado de nubes. Nadó un poco más, practicó su crol y el estilo braza y a continuación se acercó al borde a fin de beberse otra cerveza.

Salió de la piscina y meditó sobre la ruina de su vida y sobre la mujer que la había causado. Volvió a zambullirse, hizo varios largos más y luego salió del agua definitivamente. Bajó los ojos, sorprendido. Aquello sí que tenía gracia. Levantó la vista hacia la ventana a oscuras. ¿Estaba dormida? ¿Cómo se atrevía? ¿Cómo demonios podía estar dormida después de todo lo sucedido?

Lee decidió averiguarlo. Nadie podía destrozarle la vida y sumirse acto seguido en un plácido sueño. Volvió a mirarse el cuerpo. ¡Mierda! Echó un vistazo a su ropa mojada y llena de arena y se volvió de nuevo hacia la ventana. Apuró otra lata de cerveza con tragos rápidos, en aparente sincronía con su pulso acelerado. No necesitaría los trapos. También dejaría la pistola ahí abajo. Si las cosas se ponían feas, no quería que empezara a llover plomo. Lanzó la última lata de Red Dog por encima de la verja, sin abrir, para que los pájaros la abrieran y se emborrachasen. ¿Por qué iba a divertirse sólo él?

Abrió la puerta lateral con sigilo y subió las escaleras de dos en dos. Pensó en abrir de una patada la puerta del dormitorio pero la encontró entornada. La empujó, se asomó al interior y permitió que sus ojos se acostumbraran poco a poco a la oscuridad. La distinguió en la cama, un bulto alargado. «Un bulto alargado», pensó. Para su mente saturada de alcohol esa frase resultaba sumamente graciosa. Dio tres pasos rápidos y se plantó junto a la cama.

Faith levantó la mirada hacia él.

– Lee.

No lo dijo como una pregunta. Era una sencilla afirmación que para él no tenía significado.

Sabía que ella había visto que estaba desnudo. Incluso en la oscuridad confiaba en que Faith notara su grado de excitación. Lee apartó las sábanas de golpe.

– ¿Lee? -repitió ella, esta vez en tono de pregunta.

Él contempló las delicadas curvas y la suavidad de su cuerpo desnudo. Se le aceleró el pulso, la sangre corría por sus venas a una velocidad de vértigo, confiriendo una potencia diabólica a un hombre que había sido tratado con injusticia. Se abrió camino entre sus piernas con brusquedad y se dejó caer sobre su pecho. Ella no opuso resistencia, no parecía tener fuerzas. Él empezó a besarla por el cuello pero se detuvo. No se trataba de eso. No había lugar para la ternura. La agarró con fuerza de las muñecas.

Faith seguía tumbada, sin abrir la boca, sin exigirle que la soltara. Eso lo enojaba. Le respiró con fuerza en la cara. Quería que supiera que era por la cerveza, no por ella. Quería que sintiera, que supiera que no era por ella ni por su aspecto ni por los sentimientos que él pudiera albergar hacia ella ni nada por el estilo. Era un cabrón borracho con los ojos enrojecidos, y ella era una presa fácil. No había nada más. Dejó de apretar fuerte. Quería que gritara, que lo abofeteara con todas sus fuerzas. Entonces se detendría, no antes.

La voz de ella se oyó por encima de los sonidos que él mismo emitía.

– Te agradecería que me quitaras los codos del pecho.

Sin embargo él no estaba dispuesto a parar; siguió adelante. Codo duro contra piel suave. El rey y la campesina. «Vamos, Faith, dámelo todo», pensó.

– No hace falta que lo hagas así.

– ¿Se te ocurre otro modo? -preguntó él arrastrando las palabras.

La última vez que había estado casi igual de borracho había sido durante un permiso de la Marina en la ciudad de Nueva York. Sentía intensas palpitaciones en las sienes. Cinco cervezas, unas cuantas copas de vino y ya estaba como una cuba. Cielos, se estaba haciendo viejo.

– Yo encima. Obviamente estás demasiado borracho como para saber lo que haces -dijo ella en tono categórico, como haciéndole un reproche.

– ¿Encima? ¿Siempre mandando, incluso en la cama? Vete a la mierda. -La sujetó con tanta fuerza de las muñecas que sus dedos pulgar e índice se tocaban. Faith aguantó la situación sin proferir un quejido aunque Lee notó que el dolor le recorría el cuerpo, tenso bajo su peso. Le toqueteó los pechos y las nalgas, le pasó la mano con violencia por las piernas y el torso. Sin embargo, no hizo el menor intento de penetrarla. Y no era porque estuviera demasiado borracho para poner en marcha el mecanismo, sino porque ni siquiera el alcohol lo impulsaría a hacerle eso a una mujer. Mantuvo los ojos cerrados, no quería mirarla. No obstante, pegó su rostro al de ella. Quería que Faith oliera el hedor de su sudor, que se empapara de la mezcla de cebada y lúpulo que provocaba su lujuria.

– Pensé que disfrutarías más, eso es todo -afirmó ella.

– ¡Maldita sea! -bramó él-. ¿Vas a dejarme hacerlo sin más?

– ¿Prefieres que llame a la policía?

La voz de ella sonó como un taladro que le perforase la cabeza. Se cernió sobre ella, con los brazos extendidos, posición que hacía resaltar sus desarrollados tríceps.

Sintió que una lágrima le corría por la mejilla, como un único copo de nieve errante, sin hogar, igual que él.

– ¿Por qué no me mandas a la mierda, Faith?

– Porque no es culpa tuya.

Los brazos empezaron a flaquearle y le entraron náuseas. Ella movió el brazo y él la soltó sin que se lo pidiese. Faith le tocó la cara con suavidad, como una pluma caída del cielo. Con un único movimiento le secó la lágrima solitaria. Faith habló con voz ronca.

– Porque te he arruinado la vida.

Él asintió.

– Entonces si huyo contigo, ¿consigo esto cada noche? ¿La galletita de premio, como a los perros?

– Si eso es lo que quieres… -De repente apartó la mano y la dejó caer encima de la cama.

Él no hizo ademán de volver a agarrársela.

Al final abrió los ojos y contempló la abrumadora tristeza del rostro de ella, el dolor vivo en la rigidez de su cuello y de su rostro; el dolor que él le había infligido y ella había soportado, en silencio; el reguero de sus propias lágrimas de desesperación contra sus mejillas pálidas. Era como si un calor abrasador le atravesara la piel, chocara contra su corazón y lo evaporase.

Se quitó de encima de ella y se dirigió al baño dando traspiés. En cuanto llegó al inodoro, la cerveza y la cena salieron mucho más deprisa de lo que habían entrado. Acto seguido, perdió el conocimiento sobre los caros azulejos italianos que revestían el baño.

El cosquilleo de la toalla fría contra la frente lo hizo volver en sí. Faith estaba detrás de él, sosteniéndolo contra el pecho. Llevaba una especie de camiseta de manga larga. Distinguió sus pantorrillas alargadas y musculosas y sus dedos de los pies finos y curvos. Lee notó que una toalla gruesa le rodeaba la cintura. Todavía estaba mareado y tenía frío, le castañeteaban los dientes. Ella lo ayudó a incorporarse y luego a ponerse en pie rodeándole la cintura con el brazo. Él llevaba unos calzoncillos. Debió de habérselos puesto ella pues él habría sido incapaz. Se sentía como si hubiese pasado dos días atado de pies y manos a un helicóptero en marcha. Volvieron juntos a la cama, ella le echó una mano para acostarse y lo tapó con la sábana y el edredón.

– Dormiré en la otra habitación -murmuró ella.

Lee no dijo nada y se negó a abrir los ojos una vez más. Oyó que Faith se dirigía a la puerta.

– Lo siento, Faith -dijo cuando ella estaba a punto de salir de la habitación. Tragó saliva; tenía la lengua hinchada como una maldita pelota.

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